Europa: el oscuro sueño de la bestia

En una isla tan antigua como el tiempo, consagrada al toro, retrocede la encarnación y revela su cabeza de dios. La dinastía de terror que engendra habla de lo que es eternamente bestial en el hombre y opacamente humano en los ojos del animal

POR George Steiner

En una isla tan antigua como el tiempo, consagrada al toro, retrocede la encarnación y revela su cabeza de dios. La dinastía de terror que engendra habla de lo que es eternamente bestial en el hombre y opacamente humano en los ojos del animal

Pablo Picasso

El nombre de Europa proviene de una ambigüedad mágica. Las raíces antropológicas del mito de Europa y del toro al parecer alcanzan los turbulentos enigmas del inconsciente. En las pinturas de las cuevas prehistóricas el toro porta dos atributos maravillosos: es el amenazante poder de generación sexual, la maestría erótica; su cornuda máscara es de una fuerza inquietante y a la vez vital y sobrenatural. Al mismo tiempo el toro es víctima, objeto de la ingeniosa cacería humana y de los sacrificios rituales. Es honrado y encantado en una dialéctica cuya duplicidad, inmersión y contradicción toca los orígenes de la experiencia religiosa a través de todo el mundo mediterráneo.
Rituales, constelaciones de simbolismos alrededor del toro se extienden desde el minotauro de Creta hasta la religión de Mitras. Tintinean como una luz distante en torno a la asociación entre la persona de Moisés y el cornudo dios o demonio. Hoy, los vestigios de esos primeros reconocimientos continúan activos en los rituales de la fiesta brava y en los rodeos.
Conocemos apenas nada de los orígenes del mito. Los inicios son, en este contexto, una especie de tautología ciega.
¿Cuáles fueron las primeras palabras, oraciones habladas por el Homo sapiens? ¿Cuál pudo haber sido la primera metáfora, una figura de percepción y sugestión sin la cual no podríamos siquiera imaginar nuestra humanidad? ¿Cuál fue el primer hombre o la primera mujer, en qué playa comparó por vez primera el mar con la lustrosa oscuridad del vino o el cuello de una mujer con una torre de marfil? ¿Por qué, pese al tiempo transcurrido del Antiguo Testamento y de los cantos homéricos, las sonrisas, las danzas del lenguaje inmediatamente comunicativo, que son tan antiguos, duermen y habitan nuestros clichés y la taquigrafía de nuestros discursos diarios? Toda nuestra contabilidad de la creación, de nuestro amanecer, es en sí misma mitológica. Existen mitos de los mitos o historias contadas a partir de la primera historia.
He puesto por delante la hipótesis de que los mitos primordiales que han generado la sensibilidad, los hábitos de reconocimiento en el pensamiento, literatura y artes de Occidente están en alguna interacción fundamental con las fuentes de la gramática indoeuropea. La mitología y la estructura ósea de la sintaxis están de alguna forma entretejidas. Existen sin duda formas pre o paralingüísticas de contar las historias de Ur alrededor de las cuales las sociedades arcaicas construyeron la legitimación de su pasado, su identidad etnohistórica y aquellas utopías que inspiraron sus propósitos a futuro. Códigos dictográficos, danza, la compleja semántica de la comunicación corporal, bien pueden proceder y ciertamente continuar hacia la evolución de manera paralela y en competencia con las formas lingüísticas. Pero es la palabra oral, y mucho más tarde la escrita, la que alienta la imaginación humana a narrar, a comprometerse a recordar, a variar las sagas, los cuentos, los mitos que son el alfabeto de nuestra cultura.
Las numerosas historias que gravitan en torno a la determinación de la identidad del protagonista han sido cantadas y contadas desde la Tierra del Fuego hasta Siberia, del Norte de África a Islandia. Reconocemos sus lineamientos arquetípicos en la lucha de Jacobo y el ángel, en el duelo de Rolando y Oliver, de Robin Hood y Little John. Sospecho que este meollo de mitos se ha desarrollado en estrecha reciprocidad con la organización de los pronombres personales, de la primera y segunda personas del singular.
Nada es más sorprendente en nuestras fuentes que la sintaxis que la evolución de optativos, de subjuntivos, de proposiciones contrafactuales. Qué complejos mundos de imaginación razonada subyacen en las oraciones que empiezan con si: si Napoleón hubiera ganado en Waterloo, si descubriéramos un remedio contra el sida, si no hubiera existido Mozart. Dichas oraciones dicen no a la realidad, nos permiten maniobrar múltiples conjuntos de posibilidades para soñar argumentativamente.
¿Cómo podemos separar el inicio de los divinos mandamientos, de las leyes cívicas, del concepto de trasgresión sobre el cual muchas historias primigenias están centradas, sin tomar en cuenta la gramática de imperativos, el potencial de los verbos para llegar como si fueran inamovibles? Vos debéis, vos no debéis están igualmente inscritos en la historia de la gramática, en las religiones y en los mitos seculares. Cuántas fábulas, cuántos cuentos de robos y reposiciones que han crecido con y alrededor de los reinos del tuyo y del mío, del su de él y de ella pueden haber tenido su propia evolución.
Esto es sólo una hipótesis.

La bella y la bestia

(fantasy-wallpapers.com)

Lo que parece ser cierto es la nominación del continente europeo de acuerdo a un mito o, en una simetría estricta, al nacimiento de un mito a partir del cual surge un nombre.
Es Moschus de Siracusa quien –aproximadamente en la segunda centuria antes de Cristo– expone por vez primera la seducción y violación de Europa por el padre de los dioses. Una hermosa hija del rey ha llegado, con su consorte, a jugar y cortar flores en la pradera. Es vista por Zeus, quien se inflama por el deseo. Adopta la forma de un toro blanco. Europa ofrece flores a la gentil bestia, acaricia su brillante costado y besa sumisamente su espalda. El dios se hace de su aterrada presa. Los mitógrafos sitúan la acción en la isla de Creta. Reasumiendo su físico divino, Zeus culmina el matrimonio. De su acto nacen Minos y Rhadamantis.
Se requeriría una buena parte de un museo para exhibir las pinturas, esculturas, relieves y cerámicas inspiradas por el mito de Europa. Encontramos a Europa y a su violador denunciados como emblemas de idolatría lasciva por Tertuliano y San Agustín en un altar romano de principios del año de 1245. La alta edad media y el renacimiento revelan el ambiguo tema de la virginidad y la visitación divina.
El tópico resulta tenue en las cerámicas, monedas y medallas de Urbino y Florencia. Pero la secuencia persiste hasta nuestros días en brillante y casi obsesiva reiteración. Se comprime en los trabajos de Max Beckmann, de Braque, en los cortes de madera de la Europa enamorada de Gauguin, en las versiones de Maillol y sus ilustraciones para Horacio y en las verdaderamente innumerables transmutaciones que Picasso hizo para las figuraciones del toro y de la mujer a la luz de Eros y la agresión. Desde el resplandeciente vaso de figuras negras que data del año 500 antes de Cristo, las encantadoras figuras del trapecio de Boucher (1765), y el abstracto Zeltoblekt de Ulrike Ottinger, una construcción cornuda fabricada en 1986, la leyenda continúa proveyendo de material a las artes.
La divinidad adopta la animalidad para encantar, seducir y refinar a la humanidad. La belle et la bête. Una bestia de fertilidad, un labrador de poderosa semilla cruza los estériles mares. En una isla tan antigua como el tiempo, consagrada al toro, retrocede la encarnación y revela su cabeza de dios. La dinastía de terror que engendra –la fille de Minos et de Parsiphaë– habla de lo que es eternamente bestial en el hombre y opacamente humano en los ojos del animal. Todo flujo elemental de las fronteras transgresoras entre naturaleza y cultura, entre lo orgánico y lo simbólico, y tan impulsor de la estructura antropológica moderna y la mitografía moderna, radica dramáticamente en esta historia.

Emil Kazaz (airiandomeoffineart.com)

El siglo XX se ha alimentado de los mitos griegos: en sus imágenes políticas, en su literatura, arte, música y narrativa de la conciencia humana. Ningún periodo desde el renacimiento florentino ha ejemplificado más vívidamente el dictum de Shelley: todos somos griegos. Marx hizo de Prometeo y de la rebelión prometea contra los dioses reaccionarios el emblema de su causa. Los textos magistrales de la modernidad –el Ulises de Joyce, los Cantos de Pound, Waste Land de T.S. Eliot, los Sonetos a Orfeo de Rilke y la poesía de Valéry– son variantes de la mitología griega. Nuestros teatros y casas de óperas abundan de elektras, helenas, antígonas, medeas, con reanimaciones de la Orestiada por parte de O’Neill, Hauptmann, Sartre o Eliot. Las quemas y saqueos de las ciudades europeas entre 1914 y 1945 se basaron en la flama oscura de Troya. Para Brecht, para Anouilh, el drama del despotismo, de la ocupación enemiga, es la reproducción de Creón y Antígona. El psicoanálisis freudiano tiene el mito de Edipo en lo más profundo de su corazón. Por donde quiera que se vea, en los filmes de Cocteau, en las aguafuertes de Picasso, en las cantatas y ballets de Stravinsky, en las fábulas filosóficas de Gide, es la mitología la que encontramos.
Uno está tentado, ciertamente con respecto a dichas recopilaciones como aquellas de los Cantos de Pound o la odisea épica de Joyce, a percibir la obsesión, en el siglo XX, como un acto final de inventiva, una visita final a los museos y bibliotecas de Occidente antes de que se cierren los tiempos. Pero cualesquier que sea el mecanismo psíquico subyacente, el hecho es contundente: es el repertorio de las leyendas griegas el que provee los principales códigos de reconocimiento, de autoidentificación en el modernismo. ¿Somos incapaces ya de imaginar y contar nuevas historias? Hay, después de todo, algunas vetas de posibilidad en mi propia hipótesis, la cual entreteje casi inseparablemente los mitos primarios del antiguo Helas con la evolución e impronta de nuestra gramática.
El mismo Goethe apuntó los aspectos de Prometeo en su material de Fausto, que es en verdad un Prometeo romántico poseído por una libido sciendi, por los sueños de rebelión de la inmensidad humana y el progreso. Aunque hay señales diferentes. El pacto con el diablo está explícitamente arraigado en la cristiandad. La mitología clásica no conoce la encarnación del mal o la seducción filosófica del alma. No incluye el complejo tema medieval tardío de la sensualidad del pensamiento y la imaginación especulativos, de la potencialmente depravación congruente entre Eros y el intelecto. Las relaciones entre Hamlet y los antiguos precedentes ha sido muy bien apuntada por Freud. Existe un sentido vívido en el cual Hamlet es una variante de Orestes en el Templo de Atreus. Es de manera muy especial cómo la dramatis persona de Shakespeare se convierte en un mito colectivo, en un código de conciencia general. Es el movimiento romántico, sobre todo en Alemania y Rusia, el que identifica ciertos modos de sensibilidad, de autoimagen, de apreciación psíquica y social con el idioma y con los contornos físicos de Hamlet.
Mucho de esto es verdad en las modulaciones de un personaje ficticio dentro de un adjetivo: quijotesco. Cervantes identifica y proporciona una perdurable figuración a una constante en el espíritu humano: la dinámica de los sueños, la idealización. Huellas de esta constante pueden ser encontradas en las literaturas bíblica y clásica, en el idealismo platónico, en la configuración de la inocencia del Santo Tonto en Parsifal. Aunque la dramatización narrativa de esta constante en oposición al mundo moderno, contra mundum, corresponde a Cervantes. Lo quijotesco ingresará a la taquigrafía interior de reconocimiento y autorreconocimiento en Occidente. Y la dualidad del alto, flaco, ascético soñador, don Quijote, haciendo pareja con el pequeño, gordo, realista glotón, Sancho Panza, pone en marcha un arquetipo que encontraremos nuevamente en Robin Hood y Little John, en Sherlock Holmes y el doctor Watson, en Laurel y Hardy y, por supuesto, en Don Giovanni y Leporello.
Es el caso de don Juan la excepción más fantástica en la economía general de los mitos fundamentales de nuestra cultura. Es el donjuanismo el que añade al gran repertorio de las antiguas mitologías algo radicalmente nuevo. El cazador de la libido cazado por un deseo irrefrenable, es inconcebible dentro de la matriz grecolatina. Pero incluso más sorprendentemente, este mito prodigiosamente fértil –el holandés volador o el judío errante son correlatos tipológicos– es, hasta donde sabemos, producto de una visión individual: la de Tirso de Molina.
Casi por definición, los mitos no tienen autores. Pero Don Juan es producto de un acto imaginativo de Tirso de Molina. Y dentro de un hermoso y breve periodo, vía Molière y Mozart, vía Byron y Pushkin, la historia del amante demoníaco y del hombre de piedra han llegado a convertirse en lenguaje, literatura, arte, música y filosofía para Occidente.

Malabares de arcanos

Jacob Jordaens

El término Europa parte, como hemos visto, de un mito de hambre erótica y seducción. La psique europea parece despeñarse poderosamente dentro de su propia leyenda de hambre erótica y de una praxis de seducción rústica que no puede encontrarse del todo excepto en la aniquilación, en esa imagen nihilista de Medusa, la cual parece más y más crucial para el hombre occidental.
Pueden hallarse elementos sutiles pero influyentes de lo mitológico en la visión fundadora y en los actos que, después de 1945, tuvieron significado para crear la unión europea. No es accidental que Schumann, Adenauer y De Gasperi, los padres fundadores, fueran católico-romanos. Ni que ciertos sitios como Aquisgrán y Estrasburgo jugarán un papel tan ejemplar en sus designios. En tales designios el doble legado de la Roma virgiliana –un imperio de civilitas compartida tras el sufrimiento catastrófico (la caída de Troya) y la civilitas de la unión cristiana como aura de Carlomagno– fueron seminales.
En una forma casi grotescamente irónica, la erradicación de los judíos de gran parte de Europa podría interpretarse como un preludio trágicamente necesario para ese renovado sueño de la Europa cristiano-romana. La Iglesia coronó a Carlomagno como emperador el día de Navidad. En el proyecto de la confederación europea, aboliendo las fronteras del odio, reafirmando a Europa como la suprema fuente de la vida intelectual y moral de Occidente, el sacro imperio romano es el paradigma. Troya renació en Roma. Roma renació en la Nueva Roma de San Pedro. La tumba de Carlomagno se convirtió en el sitio para la elección del emperador sacro romano cuyas reglas se extenderían de Lisboa a Varsovia, de Mesina a Bruselas. En 1945 esas leyendas y fantasmas dorados tomaron una momentánea sustancia.
Hoy, como hemos visto antes, esos legados esperanzadores de símbolos e imágenes se han, a su vez, convertido en mitos. La Europa que pudo haber sido durante la visita de Churchill a Estrasburgo en 1945 se ha transformado, en el mejor de los casos, en una autoimportante burocracia. El tribalismo, los odios religiosos, el chauvinismo de todos los matices, caracterizan las relaciones entre los miembros de lo que es, en los hechos, un sistema bizantino de arreglos comerciales y tecnocráticos. Las nostalgias por el pasado tanto de fascistas como de comunistas debilitan las democracias de Oriente y Occidente. La sola palabra de Maastricht ha devenido en una oscura mofa de los sueños de la comunitas. Las atrocidades cometidas en los Balcanes, aunque también en Ulster y el país vasco, se han probado, se están probando, en la voluntad política de Europa y en el resurgimiento del espíritu. Estas pruebas han fracasado ferozmente. Lo que está claro es lo siguiente: una grey incansable, un sentido de demasiada historia oscurece los asuntos europeos. Las únicas energías manifiestas son las del dinero. El dinero nunca había apestado más bruscamente, nunca había sacudido más profundamente nuestros problemas. Europa ha imitado las obsesiones norteamericanas de riqueza y artilugios. Se ha imitado poco el futuro y generosidad norteamericanos.
En consecuencia, existen en el presente pocas voces que articulan una filosofía, una teoría política o social, una estética que contenga al mismo tiempo herencia europea y relevancia mundial. Las iglesias forcejean en los compromisos mundanos y la vagancia teológica. Nuestras filosofías más visibles –visibles en el sentido de la media– son malabares de arcanos. Juegan con las palabras. De manera casi total, la cultura europea es parte de los museos, de los archivos, de la celebración de las obras maestras del pasado. ¿Quién entre nosotros cree sinceramente que será testigo de un nuevo Dante, un Shakespeare del siglo XXI, un Mozart por venir?

La venganza de lo inhumano

Rembrandt

¿Cómo podría ser de otra manera? Entre agosto de 1914 y abril de 1945, alrededor de 70 millones de hombres, mujeres y niños murieron en la guerra, de hambre, durante deportaciones, en campos de concentración o en celdas de tortura desde Madrid hasta Moscú, del Báltico al Mediterráneo. Las finalidades del horror, la bestialización humana, la quema de libros y seres humanos, la esclavización de millones de personas han proliferado en todas las tierras de Europa. Nada dentro de las obras de un Goethe o un Schubert previnó un solo momento de Auschwitz. Nada en la ilimitada humanidad de Pushkin o Tolstoi puso coto a las monstruosidades del Gulag. Gieseking interpretó incomparablemente a Debussy a pocos kilómetros de los llantos, el hambre y el castigo de Dachau. La insoportable vista de Walter Benjamin probó una verdad: al pie de cada obra maestra subyace el peso de la barbarie. Mucha de la gloria humana ha provenido de Europa y su fuente judeo-helénica-romana. Pero lo que ha llegado en nuestro siglo es la venganza de lo inhumano. La locura en el mito fundador llora una máscara de cruel encanto; el gentil toro ha llegado a ser un minotauro de sangre.
Los gurúes posmodernos nos dicen que el tiempo de las grandes historias ha terminado. Que no podremos por mucho tiempo contar dichas historias. He intentado sugerir que, si esto es verdad, Europa no recobrará, en su intimidad, un sentido auténtico o de florecimiento. Déjenos, por lo menos, preguntar: ¿qué historia, qué mito sería correspondiente a nuestra condición presente? ¿Qué nuevo mito podría ofrecernos un espejo viviente a nuestro ser europeo?
Como una historia, creo, hay que abarcar la realidad de las ciencias. Nada es más sintomático en la debilitación, en la descompresión de la imaginación de Occidente, que nuestra incapacidad de responder en los terrenos de la Luna. Ni sólo un gran poema, pintura, metáfora ha llegado de este acto suspirante, del rescate de Prometeo de Ícaro o de Faetón en vuelo hacia las estrellas.
Si lo mítico es para revivirnos, debe verse también la ciencia en el hombre. Debe forzarse completamente el despliegue de la visión y voz de la mujer. La última vez que nuestra Europa dijo “sí” a sí misma, al misterio de la esperanza, fue a través de los labios de una mujer, de Molly Bloom de Joyce, una poderosa Penélope, más certera en el amanecer que el héroe masculino. Es la voz de Europa la que necesitamos oír claramente, cuando ella encontró el amor en los grandes ojos del toro blanco, cuando experimentó el terror en las olas y en el ambiguo éxtasis del alumbramiento tan eternamente inaccesible a la imaginación de los hombres. Una nueva mitología tendremos para conocer el desafío del renacimiento: la fusión, el interjuego dialéctico de lo judeocristiano y lo grecorromano, de Atenas y Jerusalén. En ocasiones sueño al contador de cuentos que nos enseñará que la última cena, en la narrativa del Cuarto Evangelio, y la cena recontada por Platón en el Simposio, tienen lugar, como lo fue, en la misma casa, que Alcibiades sale de la noche cuando Judas entra. Pero primero lo primero. Una historia para Europa tendría que encarar el shoa. Tendría que hacer concebible para nuestros corazones y mentes –aunque sólo parcialmente– la construcción deliberada del infierno sobre la Tierra, en el momento cuando el viejo infierno de abajo ya no contenga más convicción. Como una historia poderosa, por ejemplo, narra el cambio en el color de las estrellas sobre nuestras cabezas europeas. Millones de hombres perfectamente inocentes, mujeres, niños fueron forzados a portar una estrella amarilla (ya en el siglo XVIII tenían que llevar sombreros amarillos). Vistiendo esa estrella fueron escupidos, golpeados y después llevados a una horrible muerte.
Como ahora miramos en los cielos sobre Sarajevo o Belfast, sobre las ciudades contaminadas y los ríos muertos de Alemania oriental, las estrellas parecen haberse tornado amarillas. Y a menos de que tengamos una suerte tremenda –económica, social, étnica– Europa otra vez experimentará inmigración masiva, desamparo y conflictos raciales. Bajo esas estrellas amarillas Europa ha rechazado, ostensiblemente, encarar su reciente pasado y la insoportable responsabilidad europea en ese pasado. Sólo una gran historia podría, quizá, ayudar a traer a nuestra casa la verdad.
Podría ser cantada por una mujer o un niño. El dios escuchará. Y recordará, aunque sin terror, que siempre existe, en la turbulencia del amor inmortal, el extraño y oscuro sueño de la bestia. Que ahí Europa sigue.