Albert Fish. La cena del monstruo

Noviembre de 1934. La señora Delia Budd había perdido toda esperanza de encontrar viva a su hija Grace, desaparecida en junio de 1928. Atribulada por el destino incierto de su niña, lo que menos interesaba ahora a la señora Budd era conocer nuevas recetas de cocina. Sin embargo, una tarde recibió una carta muy extraña, cuyas líneas explicaban, a través de un proceso culinario, las circunstancias en torno a la ausencia de Grace.
“Estimada señora Budd
“En 1894 un amigo mío, el capitán John Davis, zarpó en el barco de vapor Tacoma. Navegó de San Francisco a Hong Kong. Al arribar a su destino, mi amigo, junto con otros dos marineros, se fueron de juerga. Al regresar, el barco ya no estaba.
“Eran épocas de hambre en China. La carne de cualquier tipo costaba de uno a tres dólares por libra. Era tanto el sufrimiento, que los niños pobres menores de 12 años eran vendidos como comida para evitar que otros murieran de inanición. Un niño o una niña menor de 14 años no estaban seguros en las calles. Piezas del cuerpo desnudo de un niño o niña podían adquirirse con sólo indicar el corte que se apetecía. El trasero de un niño o una niña es la parte más dulce del cuerpo, por lo que se vendía al precio más alto.
“Mi amigo permaneció muchos años en China, los suficientes para adquirir el gusto por la carne humana. Al regresar a Nueva York secuestró a dos niños, uno de siete y otro de 11 años. Se los llevó a su casa, los desnudó y amordazó en el armario. Quemó todas las pertenencias de los niños. Día y noche los azotaba –torturándolos–, para hacer más tierna su carne.
“Primero asesinó al niño de 11 años, debido a que éste tenía el culo más gordo y por lo tanto el más carnoso. Cada parte de su cuerpo fue cocinada y devorada, excepto la cabeza, los huesos y las entrañas. Fue cocinado en el horno. El niño más pequeño fue el siguiente, mediante el mismo proceso. En ese tiempo yo estaba viviendo en el número 409 de la calle E-100. Él me había platicado acerca de lo sabrosa que es la carne humana y en mi mente tenía la idea de probarla.
“El domingo 3 de junio de 1928 llegué con ustedes en el 406 de la calle W-15. Les compré un poco de fresas con crema. Almorzamos. Grace se sentó en mis piernas y me besó… Yo quería comérmela.
“Solicité a usted su permiso para que ella fuera conmigo a una fiesta. Usted dijo que sí podía ir. La llevé a una casa vacía de Westchester que yo había visto con anterioridad. Cuando llegamos le dije que permaneciera afuera… Ella cortó algunas flores… Subí las escaleras y me despojé de todas mis ropas… Sabía que si no lo hacía me mancharía con la sangre de ella.
“Cuando todo estuvo listo me asomé por la ventana y la llamé. Me escondí en el armario hasta que apareció en la habitación. Cuando me vio desnudo empezó a llorar e intentó correr hacia las escaleras… La agarré y dijo que quería ver a su mamá.
“Primero la desnudé… Cómo pateó, mordió y arañó. Apreté hasta asfixiarla. Después la corté en trozos pequeños que distribuí en las habitaciones. La cociné y me la comí. Qué dulce y tierno traserito fue cocinado en el horno. Me tomó nueve días devorar el cuerpo completo. No me la cogí, aunque hubiera podido hacerlo de haberlo querido. Ella murió virgen” [1].

Con piel de oveja
La tragedia de los Budd empezó con una acción rebosante de buenas intenciones. Edward, de 18 años, hermano de Grace, colocó un anuncio en la edición dominical del periódico New York World. Era el 25 de mayo de 1928, el día ideal para que el muchacho de buena complexión empezara a contribuir con su fuerza al gasto familiar. A la mañana siguiente, en lo que parecía ser el principio de una cadena de sucesos risueños, el granjero Frank Howard se presentó en la casa de la familia Budd. Quería conocer al joven del anuncio.
Howard era la imagen del abuelo que toda familia desea tener. El bigote y el cabello grises adornaban el rostro apacible de un hombre que ha ganado sabiduría con el tiempo. Convencido por el aspecto saludable del joven Budd, el visitante ofreció a éste 15 dólares de salario, además de que también contrató a Willie, el amigo más cercano de Edward. Al despedirse, el viejo dijo que pasaría la semana siguiente por sus dos nuevos empleados.
Al domingo siguiente, Frank Howard tocó la puerta con sus flacos nudillos. Traía consigo fresas con crema y el infierno detrás de él. Mientras la familia Budd y el visitante almorzaban apareció Grace en la sala, una niña de diez años, quien regresaba de misa. Con el truco de “adivina cuánto dinero tengo en la mano y te lo ganas” el viejo obtuvo la confianza de la niña. Howard dijo que debía asistir a la fiesta de una de sus nietas y que regresaría por Edward y Willie por la noche. Convenció a éstos para que fueran al cine mientras él regresaba. Incluso dio dos dólares a cada uno. Al cruzar la puerta, el viejo volteó a ver a la niña y preguntó a la señora Budd si le daba permiso de acompañarlo. Estarían de regreso antes de las nueve de la noche. La señora no estaba segura, pero la insistencia de su hija y la mirada de “qué puede pasar” de su esposo la convencieron de autorizar la petición.
La noche llegó, luego el día, las semanas y los meses, hasta que una carta, recibida seis años después de cruel incertidumbre, narró un episodio de terrible verdad que permanece como uno de los ejemplos más contundentes de barbarie humana.

Niños perdidos
La desaparición de Grace fue parte de un ominoso oleaje de niños perdidos en Nueva York. En julio de 1924, cuatro años antes de que Frank Howard entrara a la vivienda de la familia Budd, Francis McDonnell, de ocho años, jugaba pelota frente a la mirada atenta de su madre, Anna McDonnell. Alertada por la presencia de un viejo parado a mitad de la calle, quien abría y cerraba los puños compulsivamente y musitaba algo para sí mismo, Anna ordenó a su hijo que se metiera a la casa. La advertencia sólo alcanzó para unas horas. La tarde de ese mismo día, algunos niños vieron cuando el viejo caminaba hacia una zona boscosa en compañía de Francis.
Después de una búsqueda exhaustiva organizada por la familia McDonnell, el cuerpo del infante fue hallado entre unas ramas. Había sido brutalmente violado y mutilado. Fue estrangulado con su propia trusa. El salvajismo invertido en el crimen hizo dudar a la policía que aquello fuera obra de un anciano.
Al rendir su declaración, Anna McDonell dijo que la imagen del viejo vagabundo la tendría presente toda su vida. “Apareció deambulando por la calle, hablando solo, haciendo movimientos amanerados con las manos. Nunca olvidaré esas manos. Sentí escalofríos al verlo… cómo las abría y cerraba, las abría y cerraba, las abría y cerraba. Observé que miraba a Francis y a los otros niños. Vi su cabello gris, su espeso bigote gris. Todo en él parecía difuso y gris”[2].
El 11 de febrero de 1927 dos niños desaparecieron mientras jugaban en la calle. Después de una búsqueda desesperada los familiares encontraron a uno de ellos, de tres años de edad, en la azotea del edificio. El otro, Billy Gaffney, de cuatro años, parecía haberse desvanecido en el aire. Debido a su corta edad, el niño rescatado no pudo explicar qué había sucedido con su compañero de juegos. Repetía que el coco se lo había llevado. Cuando por fin alguien preguntó al niño cómo era el coco, éste dijo que era un viejo de cabello gris.
Pese a la movilización de la policía y a la incansable búsqueda que la gente organizó para hallar al niño desaparecido los resultados fueron infructuosos. Tiempo después saldría a flote la terrible verdad. Aunque salvajemente asesinado, el cuerpo de Francis McDonell fue rescatado. Billy Gaffney no gozó de la misma suerte: terminó en las entrañas de su verdugo, cocinado a fuego lento, bajo la misma receta con que fue preparado el platillo llamado Grace Budd.

Atrapado
Irónicamente fue la carta maldita enviada a la familia Budd la que condujo a la policía a capturar al asesino de Grace y otros niños. En el matasellos las autoridades distinguieron las siglas N.Y.P.C.B.A (New York Private Chauffeur´s Benevolent Association). La caligrafía de Howard empataba con un agremiado de nombre Albert H. Fish. El 13 de diciembre de 1934, la policía detuvo al sospechoso cuando recogía el dinero que le enviaba uno de sus hijos.
“La carta tuvo un efecto terrible sobre la señora Budd, como es fácil de comprender, y la impulsó a ponerse en contacto con el detective William F. King, quien se había encargado de investigar la desaparición de Grace. Una dirección semiborrada en el dorso del sobre permitió que King siguiera la pista de Albert Fish, de 66 años de edad, hasta una mísera pensión en la calle 52 de Nueva York, donde fue arrestado el 13 de diciembre. Que tuviera en su poder una colección de recortes de periódico donde se narraban los crímenes de Fritz Haarman, el ogro de Hanover, acabaría demostrando ser más significativo de lo que parecía a primera vista”[3].
El caso de Albert Fish atrajo la atención no sólo de la policía y la prensa, también un grupo de psiquiatras atendió las declaraciones del asesino. Dada la naturaleza de la confesión del sospechoso, las autoridades judiciales decidieron proporcionar una versión cuidadosamente editada a la prensa. Fish dijo que sus ataques mortales eran precedidos por una “sed de sangre” y que solía actuar siguiendo las órdenes de Dios. Aceptó que en el caso del asesinato de Grace Budd su objetivo inicial era el joven Edward, pero que cambió de parecer cuando vio la fortaleza del muchacho. Afortunadamente, declaró, apareció en escena la niña de diez años.
Después que los señores Budd dejaron a Grace en manos de Fish, éste se dirigió a la estación de trenes y compró tres boletos hacia Worthington: dos de ida (para Fish y Grace) y uno de vuelta (sólo para Fish). Era tal la emoción del viejo por satisfacer su apetito que olvidó sus herramientas de carnicero en el asiento del tren. Fue Grace quien las recogió y entregó al que sería su verdugo.
El edificio abandonado de una zona boscosa llamado Wisteria Cottage sirvió de matadero improvisado. Fish estranguló a la pequeña Grace, al tiempo que sentía una enorme gratificación sexual. “Colocó la cabeza de la niña en un recipiente y la decapitó, almacenando la sangre en el recipiente. Posteriormente arrojó la sangre en el campo. Desvistió a la criatura decapitada y después cortó el cuerpo en dos con su cuchillo de carnicero. Se llevó consigo algunas partes del cuerpo envueltas en papel periódico. El resto lo dejó y regresó días después para deshacerse de él arrojándolo por la barda trasera de la casa. Dispuso de sus herramientas de la misma forma”[4].
Aunque parecía que Albert Fish estaba narrando una pesadilla, la policía confirmó la veracidad de la confesión cuando acudió a Wisteria Cottage y recuperó los restos de la niña Grace Budd. La lujuria del viejo, el canibalismo, la frialdad a la hora de cazar y asesinar despertaban muchas preguntas en la curiosidad de los agentes. Aturdido por la depravación de la que hacía gala el asesino, el capitán John Stein solo atinó a preguntar por qué había escrito la carta a los señores Budd. “Tengo la manía de escribir”, fue la escueta respuesta de Albert Fish.
La muerte del niño Billy Gaffney fue más dolorosa. Después de raptarlo, Fish lo llevó a una casa abandonada cerca de una zona de pantanos. Lo amarró con una cuerda que encontró en el camino y, de regreso a casa, tiró a un pantano la ropa y los zapatos del infante. Al día siguiente, con el maletín de carnicero en la mano, Fish entró a la casa a cumplir su misión. Encajó su cuchillo en la separación de las nalgas del niño hasta que la sangre empezó a escurrir por las piernas. Los gritos de dolor del niño nadie los escuchó. Después mutiló la nariz, las orejas, rebanó la garganta de lado a lado, extrajo los ojos y, antes de destazar en piezas pequeñas el cuerpo, colocó su boca en el vientre de la criatura y bebió la sangre. Con papas, cebollas, ajos, zanahorias, sal y pimienta cocinó la carne.
Albert Fish también confesó el asesinato, en 1932, de la joven de 15 años Mary O’Connor. El cadáver mutilado fue encontrado en Far Rockaway, en un bosque cercano a una casa que el viejo había pintado.
“Fish admitió haber cometido actos obscenos con casi un centenar de niños, casi todos habitantes de los ghettos negros de 23 estados desde Nueva York hasta Montana… y admitió haber asesinado a 15”[5].

El dolor como objetivo
Albert Fish nació en mayo de 1870 en Washington D.C. Su padre, el capitán Randall Fish, pereció ahogado en Pennsylvania, por lo que el niño Albert tuvo que ingresar a un orfanato, donde permaneció hasta los nueve años, aprendió a cantar en el coro y tuvo sus primeras incursiones sexuales con sus compañeros. Al ser echado a la calle sobrevivió gracias a pequeños hurtos. Su historial, por haber comenzado desde temprano, era amplio e incluía arrestos por conducta obscena. Los pabellones para enfermos mentales tampoco le eran ajenos. De hecho, el psiquiatra Frederick Wertham, quien, con base en las entrevistas que sostuvo con Albert Fish escribió el libro El espectáculo de la violencia, señala que la psicosis parecía ser el sello familiar de los Fish. “Un tío paterno sufrió de una psicosis religiosa y falleció en un hospital estatal. Un medio hermano también murió en un hospital del Estado. Un hermano menor era un débil mental y falleció de hidrocefalia. Su madre lo golpeaba por ´ser marica´ y decía que escuchaba voces y veía cosas. Una tía paterna fue considerada ´completamente loca´. Un hermano sufrió de alcoholismo crónico. Una hermana padecía algún tipo de aflicción mental”[6].
Sin embargo, Albert Fish considerabna como fuente de sus males el abandono en el que lo dejó su última esposa (la cuarta de ellas), quien se marchó repentinamente, con todo y muebles, dejando a Fish al cuidado de sus seis hijos.
Desde el arresto de Albert Fish en diciembre de 1934 hasta marzo de 1935, el psiquiatra Frederick Wertham encabezó los exámenes de la conducta del asesino. El especialista adivinó de inmediato que estaba frente “a uno de los casos de perversión sexual más desarrollados existentes en toda la literatura de la psicología anormal”. Las conversaciones no estuvieron exentas de sobresaltos para el psiquiatra. “Era como oír a una ama de casa explicando las recetas de sus platos favoritos. Tenías que recordarte continuamente que estaba hablando de una niña… Acabé convencido de que, fuera cual fuese la definición legal y médica de la cordura, Fish se encontraba más allá de sus límites”[7].
Aunque los estudios realizados por Wertham y su equipo de psiquiatras sirvieron para sostener la defensa por locura, para el público que abarrotó la corte durante el juicio una cosa era innegable: Albert Fish no era sólo un desequilibrado mental. Sádico y masoquista, el asesino presumía conocer hasta la saciedad la gruesa enciclopedia de las perversiones sexuales. Era un hombre temeroso de Dios, para ello se flagelaba constantemente, aunque también gozaba al propinar dolor a los demás y a sí mismo, ya que las radiografías tomadas en prisión demostraron que había varias agujas enterradas en la zona anal del acusado.
“Sus perversiones no se limitaban a los daños infligidos a otras personas, abarcaban el causarse dolor a sí mismo. Uno de sus métodos preferidos era clavarse agujas alrededor de los genitales. Una radiografía tomada en la prisión reveló que tenía 29 agujas en el cuerpo; algunas llevaban tanto tiempo allí que ya habían empezado a oxidarse. (…) Fish también describió las emociones que experimentaba al comer sus propios excrementos, y el obsceno placer que le producía introducirse trozos de algodón empapado en alcohol dentro del recto y prenderles fuego”[8].

Ejecución anunciada
Qué hacer con un asesino de niños, con un caníbal de más de 60 años. Sus defensores utilizaron el recurso de la locura para intentar salvar a Fish de la silla eléctrica. Incluso contrataron a un equipo de alienistas que dio tremenda batalla a la parte acusadora. Sin embargo, cuando el jurado escuchó las descripciones de los crímenes, aunado a que se presentó como evidencia una caja de cartón que aún contenía el aroma de la cabeza horneada de Grace Budd, el veredicto fue único e inapelable.
Después de las pruebas presentadas, de los testimonios y de la investigación concluida, el juicio duró apenas diez días y el jurado invirtió menos de una hora en emitir su veredicto.
Según un reportero del Daily News, Albert Fish estaba nervioso por su condena a muerte, aunque al mismo tiempo le excitaba sexualmente que iba a ser castigado por un calor mucho más poderoso que el que había utilizado para marcar su piel.
Con esos sentimientos encontrados, el 16 de enero de 1936 Albert Fish, el reo más viejo en cumplir su cita con la muerte en Estados Unidos, fue ejecutado al interior de la prisión de Sing Sing. Algunos testigos declararon que se fue la luz al interior de la prisión cuando la descarga provocó un corto circuito a causa de las agujas que Fish retenía dentro de su cuerpo.
“Nunca sabremos el placer que Albert Fish sacó de su propia ejecución. Lo que sí sabemos es que la gélida mañana del martes 16 de enero de 1936 la perspectiva de ser ejecutado parecía alegrarle bastante: incluso ayudó a ajustar las correas con que le ataron a la silla eléctrica”.

1. Bardsley, Marilyn. Albert Fish. www.crimelibrary.com
2. Ibid.
3. Lane, Brian. Los carniceros. Una antología de crímenes macabros e investigación forense. Editorial Valdemar, serie Psycho-Killers, Madrid, España, 1991, pp. 116.
4. Bardsley, Marilyn. Albert Fish. www.crimelibrary.com
5. Lane, Brian. Los carniceros. Una antología de crímenes macabros e investigación forense. Editorial Valdemar, serie Psycho-Killers, Madrid, España, 1991, pp. 117.
6. Bardsley, Marilyn. Albert Fish. www.crimelibrary.com
7. Lane, Brian. Los carniceros. Una antología de crímenes macabros e investigación forense. Editorial Valdemar, serie Psycho-Killers, Madrid, España, 1991, pp. 117.
8. Idem.
9. Idem, pp. 118.