El cigarro, enemigo del Tercer Reich

En 1941, la revista nazi Auf Der Watch (En guardia) incluyó en sus páginas una ilustración que anunciaba una nueva ordenanza de salud pública. El cartel mostraba un cigarro, un puro y una pipa, todos bajo una bota negra, un águila y una suástica de aspectos amenazadores.

La ilustración, y docenas de similares más, actualmente pueden conocerse gracias a los estudios de Robert N. Proctor, historiador de la ciencia, en cuyo libro The Nazi War on Cancer (La guerra nazi contra el cáncer) señala que la investigación científica y médica bajo las directrices de Adolf Hitler produjo algunos parteaguas en el terreno que no deben menospreciarse.
Por ejemplo, la Alemania nazi se mantuvo por décadas en la delantera, con respecto a las democracias, en lo que corresponde al descubrimiento de que fumar cigarro causa cáncer de pulmón, así como en lo que concierne a identificar cancerígenos en los lugares de trabajo y en el ambiente.
Lo que es más: el Tercer Reich promovió una serie de medidas de salud públicas que bien podrían emparentarse con las reglas de lo políticamente correcto que hoy día han obtenido la simpatía de millones de personas en el mundo, entre ellas: la prohibición de fumar en lugares públicos, una campaña propagandística agresiva anticigarro y colocar advertencias visibles en las paredes en los lugares que no se permitía fumar. En este punto, una interrogante salta por adelantado a la mente: ¿debemos agradecer a Hitler la primera campaña de la historia en la prevención del cáncer?
La respuesta aún no está del todo clara. Pese a que decenas de estudiosos han escrito a fondo en torno a la ciencia y la medicina nazis, pocos –o ninguno antes del señor Proctor— habían puesto su mirada en los esfuerzos hechos por aquel régimen contra el cáncer. ¿Por qué? Por una sencilla razón: los experimentos médicos –crueles e innecesarios— que los nazis pusieron en práctica en los prisioneros que abarrotaban los campos de concentración, las esterilizaciones masivas, así como la “eutanasia” aplicada a los individuos con discapacidades mentales y físicas. De hecho, en un principio el historiador Proctor al parecer tampoco mostró mucho interés en el tema, ya que su primer libro acerca de la ciencia fascista, Racial Hygiene: Medicine Under the Nazis (Higiene racial: la medicina bajo los nazis), lo enfocó en las conexiones entre la ideología racial y la práctica médica.
El cáncer, enfermedad relativamente desconocida a fines del siglo XIX, emergió como un mal de importancia social a principios del siglo XX. Los alemanes, más que sus contrapartes de la mayoría de las naciones industriales del mundo, parecían estar obsesionados con el cáncer, en buena medida porque Alemania era el mayor productor de tintes de carbón cancerígenos y otros productos potencialmente dañinos, por lo que consecuentemente tuvo un desproporcionado número de casos de enfermos de cáncer. En la ideología nazi, el cáncer se convirtió en un símbolo poderoso, una enfermedad de la modernidad de la nación que debía ser erradicado. Los judíos, para el caso, jugaron el papel de chivos expiatorios por partida doble: eran vistos como agentes incubadores genéticos y como transmisores de la enfermedad; eran, a los ojos de los alemanes nazis, un tumor en sí mismos y unos seres cuya debilidad racial los hacía víctimas propicias del mal.
Hitler, por supuesto, compartía aquellas teorías. No fumador, no bebedor, vegetariano, el führer promovió la idea de que mediante el ascetismo el ser humano podía comprobar la salud de su raza. Esto contribuyó a orientar la medicina alemana no tanto a curar el cáncer como a prevenirlo. Así, unos científicos nazis hicieron importantes investigaciones acerca de los daños causados por la exposición prolongada de rayos X, al tiempo que otros previnieron, antes que nadie, sobre lo nocivo que eran los asbestos y los polvos de cuarzo.
Pero, en lo que es un hallazgo sorprendente para la época, establecieron los vínculos entre fumar cigarro y el cáncer pulmonar. Revisando la obra de docenas de investigadores alemanes ahora en el olvido, el historiador Proctor concluyó que la sociedad cigarro-cáncer pulmonar –acreditada erróneamente a los investigadores británicos y estadounidenses de los años cincuenta— fue en realidad descubierta por los expertos alemanes en cáncer de principios de la década de los cuarenta.
Pero, ¿por qué el cigarro fue centro de campañas públicas tan enconadas? Si hacemos memoria, los nazis organizaron campañas “anti” prácticamente a diestra y siniestra: contra los libros, contra el arte, contra la música, por ejemplo. El estilo de vida limpio era el objetivo.
Lo que llama más la atención es que contra la bebida la campaña fue muy atemperada, por ser parte de la “forma de vivir de la clase trabajadora”. Fumar era otro boleto. El hábito se asociaba con el jazz, con los bailes del swing, con la rebelión, con Africa, con los negros degenerados, con los judíos y los gitanos, con muchos otros miedos que, acrisolados, causaron que el gobierno nazi entrara en una paranoia criminal, en una fortaleza xenofóbica de pureza, de fanatismo en favor del macho musculoso, saludable y atlético.
Hoy que los fumadores son acosados por las medidas asépticas de lo políticamente correcto, la lección de la pureza corporal sigue en pie, del mismo modo que es vigente la consigna del doctor Louis Ferdinand Destouches (Céline), escritor francés y colaboracionista nazi, quien escribió: “Cuando los grandes de este mundo se ponen a darte muestras de amor, es que quieren convertirte en salchichón de guerra… Es la señal… Es infalible”.