En compañía de monstruos

Una serie de sacrificios al parecer vinculada al satanismo colocó a la hermosa ciudad de Florencia en el mapa mundial del asesinato serial

Fueron 17 de años de terror absoluto. Nueve parejas perdieron la vida de forma brutal, el caso nunca se resolvió satisfactoriamente, la investigación judicial fue la más larga y cara que jamás haya emprendido el gobierno italiano por una serie de homicidios, se interrogó a más 100 mil personas, la reputación de muchos de los presuntos sospechosos se vino abajo y, al final el monstruo, quizá de forma esparcida, aún camina por las calles de Florencia.
Los asesinatos —que siempre tuvieron la impronta de una pistola Beretta .22 y la mutilación genital en las víctimas femeninas— ocurrieron en Florencia, el bello enclave italiano que, como un investigador señaló, sirvió parcialmente como inspiración para Dante Alighieri cuando escribió el apartado del “Infierno” de su obra Divina comedia; una ciudad, asimismo, con una larga tradición de brujería.
La mañana del domingo 7 de junio de 1981, vecinos de la villa La Sfacciata — famosa porque ahí tuvo su hogar Américo Vespucio, el personaje de la historia al que un continente debe su nombre— llamaron a la policía para reportar un automóvil en cuyo interior estaba un hombre muerto.
Giovanni Foggiun, de 30 años, estaba sentado en el asiento del conductor. Aproximadamente a 15 metros de distancia del auto estaba tirado entre la hierba el cuerpo de Carmela de Nuccio, de 26 años. Le habían disparado en la nuca y presentaba múltiples heridas de arma punzocortante. Tenía la falda levantada hasta la cintura, el torso desnudo, las piernas abiertas, una medalla religiosa en los labios y la vagina mutilada.
En cuanto la policía dio a conocer los pormenores de la autopsia, un reportero del periódico La Nazione, Mario Spezi, escribió que la misma pistola Beretta calibre .22 había sido utilizada en el asesinato de una pareja en Florencia siete años atrás.
El 14 de septiembre de 1974, la policía fue requerida en Borgo San Lorenzo, donde un transeúnte descubrió, dentro de un auto Fiat 127, los cadáveres de Stefania Pettini y Pascuale Gentilcore, de 18 y 19 años, respectivamente. El cuerpo del hombre estaba sentado en el asiento del conductor, mientras que el de ella, completamente desnudo, colocado con las piernas y brazos abiertos, estaba en el piso. Su vagina había sido mutilada.
Por la naturaleza de la mutilación genital en los homicidios de 1974 y 1981, la policía asumió que el criminal era un sujeto masculino con conocimientos de cirujano o carnicero. Aunque existían todos los elementos que sugerían que el criminal no era un aficionado sino alguien perfectamente acostumbrado a matar, los investigadores decidieron comenzar sus pesquisas entre los sospechosos comunes en delitos de naturaleza sexual al aire libre: los mirones.
La policía hizo una redada de “indios”, como se conocía a los voyeurs (mirones) que rondaban las colinas en busca de parejas cariñosas que elegían parajes oscuros para tener relaciones sexuales. Entre los detenidos figuró un cura, quien, además de practicar el voyeurismo, era cliente asiduo de prostitutas, a las que rasuraba el vello púbico. El religioso no era el hombre que las autoridades buscaban, pero sus parafilias le impidieron regresar del descrédito.
Los sospechosos tuvieron que ser liberados después del 23 de octubre de 1981, cuando el asesino atacó nuevamente. Susanna Cambi y Stefano Baldi, ambos de 26 años, decidieron hacer una parada en Calenzano antes de llegar a casa. Otra pareja de enamorados descubrió los cadáveres de los jóvenes. El patrón de los homicidios se repitió.
Paolo Mainardi, de 22 años, y Antonella Migliorini, de 20, fueron las víctimas siguientes del “Monstruo de Florencia”, como los medios bautizaron al predador nocturno. Paolo sobrevivió el tiempo suficiente para ser llevado al hospital, donde falleció sin proporcionar datos de su agresor. Sin embargo, por estrategia, la policía decidió informar a la prensa que el joven estaba vivo. El ardid funcionó y poco después comenzó una relación telefónica entre las autoridades del hospital y el asesino, quien preguntaba si su víctima continuaba viva.

Son legión
Una vez que el asesino salió del armario, recomendó a la policía que revisara los expedientes de un doble homicidio ocurrido en 1968. Barbara Locci, la “Abeja reina”, y su amante murieron acribillados con una escopeta en una de las colinas de Florencia. El esposo de Locci, Stefano Mele, fue culpado del crimen y remitido a prisión. Un nuevo vistazo a los expedientes reveló que el forense había reportado la participación de un arma más en el homicidio: una pistola Beretta .22, y no sólo eso: el análisis balístico demostró que las ojivas en el homicidio de 1968 y los actuales habían sido disparadas por la misma arma. El monstruo de Florencia atacaba desde 1968 y no era uno solo, por lo menos eran dos.
La comunicación con el hospital cesó y comenzó con la policía, a la que le eran enviados sobres con senos o pezones mutilados a las mujeres. Por alguna extraña razón, el criminal se reservaba las vaginas.
La carnicería de parejas terminó con el asesinato primero de dos jóvenes varones homosexuales. Al parecer el asesino se confundió y atacó pensando que el joven de cabello largo y rubio era una mujer. En esa ocasión no hubo mutilación sexual. Posteriormente una pareja de franceses fue ejecutada el 8 de septiembre de 1985. El rito de la Beretta .22 y la mutilación vaginal se cumplió al pie de la letra.

Magia negra
Tras interrogar a miles de personas, a principios de los años noventa la policía detuvo a Pietro Pacciani, un taxidermista de 68 años. El hombre tenía antecedentes penales que se remitían a 1951, cuando encontró a su esposa en la cama con un vendedor de puerta en puerta. Además de asesinar al intruso, Pacciani violó el cadáver. El agresor pasó 13 años en prisión. Tiempo después se involucró con Mario Vanni, Giovanni Faggi y Giancarlo Lotti, tres hombres de la tercera edad que formaron una sociedad vinculada a la magia negra.
En febrero de 1996, Pacciani fue declarado limpio de culpas y quedó en libertad, no así sus amigos. Sin embargo, las evidencias continuaron almacenándose y los investigadores adujeron que el monstruo de Florencia en realidad era una pandilla de ancianos pervertidos que ofrecía el producto de sus mutilaciones a Satán. Pacciani no volvió a pisar la cárcel, aunque el 23 de febrero de 1998 fue encontrado muerto en el piso de su casa, con la trusa hasta los tobillos y la playera anudada a su cuello. Sorprendentemente, la causa de su muerte fue clasificada como ataque cardiaco. Mario Vanni, Giovanni Faggi y Giancarlo Lotti continuaron en prisión y el caso del monstruo de Florencia — no obstante que sus ramificaciones quizá se extendían hasta otros prominentes personajes florentinos, los cuales pudieron ser los causantes de la muerte de Pacciani— fue concluido.