POR Victor Sonkin

La historia de cómo la maxima obra de Lewis Carroll llegó a la Unión Soviética es casi tan extraña como el propio libro
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A principios de este año el mundo celebró el 175 aniversario del nacimiento de Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido por su nombre literario: Lewis Carroll. Prácticamente, cualquiera que ama los libros puede decir que Carroll es el autor de Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, una obra maestra de la literatura infantil que ha sido traducida a más de 100 idiomas, incluido el ruso.
Sin embargo, pocos conocen la historia de cómo Alicia apareció en Rusia, en lo que es un cuento fantástico con varias vueltas de tuerca y que es tan absurdo casi como el libro mismo.
Alicia apareció por vez primera en ruso hace aproximadamente 130 años, pero, en retrospectiva, parecía que al libro no le iría bien en aquella nación. La versión traducida de manera anónima en 1879 fue considerada confusa. “Las ilusiones fatigantes, aburridas, confusas y enfermas de una niña”; “los sueños absurdos pueden ser relatados en el círculo familiar como entretenimiento, pero no deben ser publicados, ilustrados y presentados al gran público”; “cuesta trabajo imaginarse algo menos sensible y más absurdo que este cuento de hadas; debe impulsarse a todas las madres a desatender esta fantasía sin valor”. Las anteriores fueron algunas de las críticas de la época en Rusia.
El mundo absurdo de Lewis Carroll, que inmediatamente fascinó a los lectores en el Reino Unido, resultaba bastante extraño para el público de otros lugares. Además, la literatura infantil en la Rusia de aquel entonces tendía a ser extremadamente moralista, por lo que la imaginación desbocada de Carroll no tuvo éxito. Conforme el tiempo transcurrió, otras nuevas traducciones de Alicia aparecieron, una de ellas (francamente mala) fue hecha por el joven Vladimir Nabokov. Pero durante casi un siglo, Alicia no fue un título conocido para los rusos, aun cuando los traductores se esforzaban por adaptar al ruso las oscuras insinuaciones inglesas y los juegos poéticos de Carroll.
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Para finales de los años sesenta, las condiciones estaban maduras para un renacimiento de Carroll. Hubo un auge de poesía para niños escrita en forma muy sencilla (o traducida al el ruso de otras lenguas), y el género ya no resultaba desconocido a los lectores. Asimismo, la propia vida soviética se fue deslizando hacia el absurdo y, aunque el “absurdismo” no era alentado oficialmente en la literatura para adultos, los lectores lo reconocían.
En eso estaban, cuando algo extraño, completamente “carrolleano” sucedió.
Un funcionario responsable de la literatura socialista no soviética hojeaba la lista de libros recientemente publicados en los países “de la democracia popular”, como eran llamados entonces los estados satélites de Europa del Este, cuando tropezó con la publicación búlgara de un libro acerca de una muchacha llamada Alicia. Pensando que era un libro búlgaro, el funcionario ordenó que se realizara una traducción al ruso y que fuera publicada en Sofía para más adelante ser importada por la Unión Soviética (en lo que era el procedimiento aprobado para dichas publicaciones, el cual era financiado con dinero soviético). Los búlgaros estaban sorprendidos y decidieron persuadir a alguien que tradujera la obra del inglés y no del búlgaro.
La traducción fue encargada a Nina Demurova, una instructora universitaria de inglés que desde hacía mucho estaba fascinada por Carroll. Fue así que la primera versión rusa de la posguerra de Alicia apareció en 1967 en Sofía, con ilustraciones del artista búlgaro Petar Chuklev; Nina Demurova tradujo la mayor parte del texto, mientras que los poemas fueron traducidos ostentosamente por Dina Orlovskaya. Resultó que Demurova, una casi desconocida, dejó en el camino a varios traductores famosos de diversas casas editoriales prestigiosas de Moscú, quienes pugnaban por traducir Alicia. Quizá por esa razón existe la leyenda urbana de que Demurova actualmente es búlgara.
“Estoy muy agradecida con el editor búlgaro, Angel Stoyanov –que fue un hombre inolvidable– por encontrar un modo de engañar al sistema obtuso soviético”, dijo en una entrevista reciente en su departamento de Moscú. “Fue él quien consultó a sus colegas soviéticos y finalmente sugirió que yo tradujera el libro. Después de la publicación tuve que pasar por mis honorarios en el banco central en Sofía, donde el director no podía entender por qué estaba cobrando en esa ciudad por una traducción de un libro del inglés al ruso. Estaba impactado de que yo no hablara nada de búlgaro”.
El libro azul marino, con una llave en la portada, era codiciado por todos y su precio en el mercado negro alcanzó al sueldo mensual de un ingeniero. Cuando yo tenía diez años pasé varios meses en un hospital, donde una joven enfermera alguna vez dijo “Alicia” mientras veía a mi cama. Estaba completamente abrumada y me rogó para que le prestara el libro por solo una noche. Muchas historias de ese tipo serían recontadas en una nueva edición, a cargo de Demurova, sobre la recepción de Carroll en Rusia.
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Varios años después de la publicación búlgara, Demurova actualizó su traducción para las series de la prestigiosa compañía Literaturniye Pamyatniki. Debido a que se trató de una publicación académica, su texto requirió cambios significativos; la traducción fue más cercana al original y los poemas fueron traducidos nuevamente por Olga Sedakova, quien ahora es una de las poetas más famosas de Rusia. El libro también incluyó un comentario extenso del escritor especialista en ciencia y en Carroll, Martin Gardner.
“Lamento que la edición de Sofía saliera solo una vez”, opina Demurova. “La primera traducción fue pensada para niños. La nueva fue más académica, lo que obligó a dar nuestro resto para mantenerla legible y accesible. No creo que alguna de ellas sea mejor que la otra, sólo los objetivos fueron diferentes”.
Después de la edición de Literaturniye Pamyatniki, cuatro nuevas traducciones de Alicia han aparecido en Rusia. La más destacada entre ellas es la de Boris Zakhoder, un autor y traductor bien conocido por los niños, cuyas versiones de Winnie-the-Pooh y Mary Poppins convirtieron a esos libros en clásicos de las familias de aquel país. Su versión de Alice es también admirada por muchos.
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La traducción de Demurova fue utilizada para dos importantes tributos soviéticos a Carroll. Uno de ellos fue un álbum doble de discos de vinilo titulado Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, montado por actores de primer nivel en 1974. La fuerza motriz de la empresa estuvo a cargo del actor de culto, compositor y cantante Vladimir Vysotsky, quien escribió todas las canciones de la obra. Vysotsky no fue visto con buenos ojos por algunos funcionarios, por lo que debieron tomarse decisiones drásticas y valientes para impedir que fuera prohibida la puesta en escena. Por ejemplo, la poeta Bella Akhmadulina dio una entrevista al influyente semanario Literaturnaya Gazeta en la que felicitaba por fin de año a los lectores, prometiéndoles un hermoso regalo en forma de un cuento de hadas musical. Después de eso, para los censores fue más difícil aplicar cualquier medida.
La segunda obra maestra fue creada en 1981 en los estudios de cine Kievnauchfilm. El animador hizo un par de caricaturas basado en Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas y en la secuela A través del espejo. Muy diferente a la versión edulcorada de Disney, las caricaturas soviéticas retrataron los matices oscuros, extraños y sentimentales del País de las Maravillas; en otras palabras, se apegaron al original de Carroll.
Alicia tuvo otra resonancia en la cultura pop soviética. En los años ochenta, el autor de fantasy Kir Bulychyov escribió una serie bastante popular de libros de ciencia ficción dirigida a los niños que tenía como protagonista a una niña llamada Alisa Seleznyova (la serie más adelante se llevó a la televisión y al cine, así como a una caricatura titulada El misterio del tercer planeta). Es muy probable que el nombre de la heroína de Bulychov aludiera a la Alicia de Carroll, quien también confronta numerosos misterios en mundos extraños.
Demurova tiene su propia teoría sobre por qué Carroll se hizo tan popular entre los lectores soviéticos y rusos.
“Hay un punto importante en los libros de Carroll”, aduce. “Los cuentos de hadas tradicionales de la época –británicos, alemanes o rusos– eran más bien tenebrosos, y los niños en ellos demostraban sus miedos. Alicia es diferente, ahí no hay miedo. Creo que eso fue fundamental”.
Así, quizá, la ausencia de miedo fue una ponderosa razón detrás de la popularidad de Carroll en la Unión Soviética. Para la gente que vivía una ominosa realidad, el agujero del conejo y mirar a través del espejo le ofrecía un escape.

Tomado de: Context. Marzo 9, 2007.

Traduccion: José Luis Duran King.