Pernkopf, el anatomista de Hitler

En 1998, una comisión ordenada por Alfred Ebenbauer, rector de la Universidad de Viena, reveló que el Instituto de Anatomía bajo el mando de Eduard Pernkopf recibió de la Gestapo alrededor de mil 400 cadáveres para pruebas científicas y para ilustrar su “atlas anatómico de belleza maligna”

 

POR José Luis Durán King


En 1998, una comisión ordenada por Alfred Ebenbauer, rector de la Universidad de Viena, reveló que el Instituto de Anatomía bajo el mando de Eduard Pernkopf recibió de la Gestapo alrededor de mil 400 cadáveres para pruebas científicas y para ilustrar su “atlas anatómico de belleza maligna”
Andreas Vesalius, en cátedra de anatomía (vesaliusfabrica.com)
En el prefacio del libro Experimentación con sujetos humanos (Fondo de Cultura Económica, 1976), Stephen R. Graubard señala que “la escuela y el ghetto son dos de los sitios más obvios para experimentar con seres humanos”. La afirmación fue corroborada de manera contundente bajo el régimen nazi, cuando los institutos anatómicos y psiquiátricos de Alemania tuvieron un auge al contar con miles de especimenes humanos –provenientes de los campos de concentración– que involuntariamente se convirtieron en conejillos de indias lo mismo para las pruebas científicas más descabelladas que para ilustrar, con su interior, atlas anatómicos que no por destacar por su belleza y precisión quedan exentos de un aura maldita por haber sido concebidos en un contexto histórico de barbarie y racismo.
En 1999, William E. Seidelman, profesor perteneciente al Departamento de Medicina Familiar y Comunitaria de la Universidad de Toronto, publicó en la revista Dimensions: A Journal of Holocaust Studies (Volumen 13, Núm. 1) que “hace más de un siglo, las universidades, museos, clínicas e institutos de investigación de Alemania y Austria dieron nacimiento a la medicina y a la ciencia médica modernas. Esos logros fueron cimentados en la aplicación rigurosa de los principios académicos y científicos de investigación, documentación y publicación. Hace seis décadas, muchas de esas instituciones participaron en algunos de los más grandes crímenes en la historia de la humanidad”.
Seidelman se refería, por supuesto, a los excesos cometidos por la Alemania nazi en nombre de la ciencia. Aunque los experimentos con sujetos humanos han sido un factor medular de la investigación científica, la percepción pública y especializada cambió dramáticamente una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando se contempló más cuidadosamente las aristas éticas que conlleva ese tipo de investigación. La brutal experiencia europea proveyó de combustible al interés y a las demandas de crear un marco ético que precisara “las condiciones en las cuales puede realizarse la experimentación en el hombre”. (Stephen R. Graubard, Íbid).
Un listado no exhaustivo de las atrocidades cometidas en los laboratorios de los institutos que estuvieron bajo el escrutinio de Tercer Reich invita a reflexionar por qué surgió la preocupación de establecer códigos en torno a una actividad que durante la última de las grandes guerras careció de fronteras éticas.Salón de la fama
Eduard Pernkopf (2_taringa.net)
La especialidad del doctor Hermann Stieve (1886-1952) fueron las mujeres. Como anatomista en jefe de la Universidad de Berlín estuvo siempre al pendiente de los programas de aniquilación impuestos por el régimen. La propuesta de investigación de Stieve estaba basada en el miedo. Una vez que él conocía la fecha de ejecución de alguna mujer en edad reproductiva, hacía del conocimiento de la fecha fatal a las víctimas en curso. Su objetivo era estudiar los efectos del miedo en el patrón menstrual de las condenadas. Para cerciorarse que sus apuntes no carecieran de objetividad, una vez que las mujeres eran ejecutadas, Stieve removía los órganos pélvicos para un ulterior examen histológico. Cabe destacar que Hermann Stieve sobrevivió a su contrato y se convirtió en una eminencia que dictaba conferencias médicas ante audiencias de azorados aunque silentes estudiantes de medicina de Berlín Oriental. Actualmente una sala de lectura y una escultura de él engalanan el Hospital de la Caridad de Berlín.
Al amparo del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Heidelberg, Carl Schneider (1891-1946) dirigió un programa de evaluación psicológica infantil. Con información de primera mano, proporcionada por los verdugos de los campos de concentración, obtuvo para su investigación cerebros frescos de los infantes. Una vez terminada su auscultación, disecaba los órganos, los cuales pasaban a formar parte de su colección privada. Los resultados de sus investigaciones no son del todo conocidos, ya que, una vez que inició la persecución en contra de los científicos nazis que aportaron su granito de arena para cimentar el terror de una época, Schneider prefirió salirse por la tangente y se colocó una bala en la sien.
Los retretes psiquiátricos de Brandenburgo fueron el hábitat ideal del neuropatólogo Julius Hallervorden (1882-1965), quien amasó una gran cantidad de cerebros primero para investigar y después para coleccionar cuando estuvo al frente del Instituto de Investigación Cerebral Kaiser-Wilhelm, hasta donde le eran remitidos, de cuerpo entero, los pacientes psiquiátricos ejecutados en los campos de concentración. La sorprendente y vasta colección de Hallervorden, considerado por los alemanes uno de los fundadores de la neurología infantil, puede apreciarse actualmente en el Instituto Max Planck para la Investigación Cerebral de Francfort.
Mención aparte merece el médico Eduard Perkonpf, que estuvo al frente de la elaboración de un atlas anatómico considerado una maravilla editorial, una obra de arte criminal y maldita, ilustrada vívidamente por los mejores pintores y acuarelistas comerciales de Austria, cuando esta nación estaba bajo el influjo y yugo del Tercer Reich.

Un hombre obsesivo

(ebookee.org)

El interés de Eduard Pernkopf (1888-1955) siempre fue la música, la que estudió durante su infancia y tuvo que abandonar al fallecer su padre. Para garantizar los ingresos de la familia, en 1907 se matriculó en la Escuela de Medicina de Viena donde, además, por vez primera perteneció a una fraternidad, y no a cualquier fraternidad sino a la Die akademische Burschenschaft Allemania, fundada en 1815, que albergaba a la juventud alemana y que durante el régimen nazi fue uno de los bastiones principales, ideológicamente hablando, de las tesis de supremacía racial.
Tras titularse como médico en 1912, Pernkopf encontró trabajo como asistente en el Instituto Anatómico de Viena, en el que impresionó con sus habilidades al director Ferdinand Hochstetter, quien se convirtió en su tutor, le enseñó anatomía topográfica y contribuyó para que el peloncito de lentes (así era físicamente Penkopf) alcanzara los rangos de profesor extraordinario (1926), profesor de anatomía en la Universidad de Viena (1928) y sustituto del propio Ferdinand Hochstetter como director del Instituto Anatómico (1933).
Poco antes de ser nombrado director del Instituto Anatómico, Penkopf había empezado a trabajar en un manual de laboratorio, una guía de disección que serviría de apoyo a los estudiantes a desentrañar los misterios interiores del cuerpo humano. Penkopf había buscado textos y atlas para la tarea pedagógica que tenía asignada, pero ninguno lo satisfacía. Pronto, lo que comenzó como un simple material de soporte para las clases adquirió nuevas dimensiones, más ambiciosas, perfeccionistas: hacer un mapa exhaustivo del cuerpo humano. El sueño fue materializándose hasta adquirir magnitudes colosales que demandaban más de 15 horas de trabajo por día.
El oscuro objeto del deseo transformó los hábitos de Penkopf. Diariamente se levantaba a las cuatro de la mañana, a completar o continuar con el trabajo que había dejado la noche anterior. Penkopf era un hombre obsesivo, así lo demuestran los 15 cigarros –ni uno más, ni uno menos– que fumaba por día. A su afición de leer a Schopenhauer, ahora se añadían dos motivos a los que dedicaría todo su esfuerzo, disciplina y lealtad: el atlas y el Partido nazi.

Disección a cuatro tintas

(elespectador.com)

En 1933, poco tiempo después de que tomó posesión como director del Instituto Anatómico de Viena, la editorial Urban & Schwarzenberg se presentó ante él para hacerle una oferta de publicación de su atlas. La empresa era épica, del tamaño de los sueños de Penkopf: cuatro volúmenes, un atlas anatómico de siete libros. El intrincado y viscoso interior del cuerpo humano a todo color, extrayendo todo el jugo al avance tecnológico de ese momento en cuestiones de impresión: la separación a cuatro colores, que permitiría la reproducción fidedigna de las 800 láminas que contendría la obra.
Penkopf organizó su atlas por regiones: el pecho y la región pectoral; el abdomen, pelvis y región pélvica; el cuello; y la anatomía topográfica y estratigráfica de la cabeza. Con la firma del contrato de edición con Urban & Schwarzenberg, Pernkopf cerró un año perfecto para sus intereses, pues también en ese lapso se unió al Partido Nazi (algo que tuvo que hacer en secreto, pues las leyes austriacas lo prohibían en ese entonces) y, meses después, a la Sturmabteilung, las camisas pardas, el temible ejército subterráneo y sin uniformar del Tercer Reich.
Con el presupuesto aportado por la firma Urban & Schwarzenberg, Penkopf se dio a la tarea de reclutar a su equipo de artistas, el cual provendría de la prestigiosa akademische Maler. Las condiciones económicas y sociales obraban en su favor.
La década de los treinta del siglo XX en Viena destacó por un feroz desempleo. La majestuosa arquitectura de Austria contrastaba con la gran cantidad de pordioseros en las calles. Un hombre rico en aquel tiempo era aquel que tenía un techo y una bicicleta. Los pintores que en otra época acudían a parques y puentes a pintar acuarelas para vender ahora lo que intentaban era sobrevivir, sin importar que para ello tuvieran que contratarse para ilustrar un atlas anatómico. “Al igual que Pernkopf, los artistas invitados también eran miembros activos del Partido Nazi. El primero de ellos era Erich Lepier (1898-1974), quien durante algún tiempo firmó sus pinturas con la suástica. Lepier se convirtió en el líder de otros artistas; los más importantes de ellos fueron Ludwig Schrott, Jr. (1906-1970), Karl Endtresser (1903-1978) y Franz Batke (1903-1983)”. (William E. Seidelman. “Medicine and Murder In the Third Reich”. Who Named It. http://www.whonamedit.com/doctor.cfm/2031.html).
Con su orquesta de cámara formada, Pernkopf se encargó, nadie más que él, de dirigir las disecciones, de preparar los cadáveres para que modelaran en las ilustraciones. Era un ritual, llevado a cabo por un maestro de la precisión, de la exactitud, un genio vivisector, que desollaba sin lesionar músculos, venas o cartílagos, que podía revelar un cráneo en sus diferentes capas, que dejaba al descubierto las arterias. Y una cosa aprendió rápidamente el anatomista: las ilustraciones debían hacerse mientras la carne estaba fresca. Una vez que los interiores eran expuestos varias horas perdían su color vívido.
Pero, muy bien, ya estaba firmado el contrato con la Urban & Schwarzenberg, las primeras disecciones y, por ende, las primeras ilustraciones estaban hechas. ¿Quién y cómo se abastecería las remesas siguientes de especímenes para continuar con la obra?

Los modelos Pernkopf

(mirrormaskcamera.tumblr.com)

Incluso antes de que Eduard Pernkopf se matriculara en la Universidad de Viena, los tiempos violentos habían comenzado. El odio se respiraba con aroma de adrenalina en el ambiente. En las universidades, en los institutos bajo la férula del Tercer Reich, existía la creencia plenamente arraigada de que los judíos corrompían la cultura alemana. Bajo esa premisa, el hostigamiento, persecución y asesinato de judíos, aun de forma soterrada, estaba en curso.
Cuando el 12 de marzo de 1938, Adolf Hitler entró de manera triunfal a Viena, el huevo de la serpiente estaba completamente incubado. La limusina en la que el führer recorrió la ciudad en que nació estuvo flanqueada por banderas con suásticas que ondeaban a fiesta. La propaganda había hecho su parte y la población que sentía correr en sus venas la sangre aria estallaba en júbilo y esperanza. Otros, como Sigmund Freud, que vivía en la calle de Bergasse, a unas cuantas cuadras del Instituto Anatómico, ponían en orden sus maletas y documentos para marcharse antes de que los bordes oscuros de la pesadilla nazi los alcanzara.
Y aquella luminosa mañana de marzo, en el hemiciclo del instituto, Eduard Pernkopf, en su papel de decano, pronunciaría lo que él consideraba el discurso más importante de su vida, y lo diría frente al admirado führer. Como de costumbre, Pernkopf se levantó a las cuatro de la mañana, pero en esa ocasión para preparar las palabras que con emoción soltaría. Su esposa se encargó de transcribirlas a máquina.
¿Cuál fue el contenido del discurso de Pernkopf? ¿De qué otra cosa podía ser? Habló a favor de “la higiene racial”, de “la eliminación de lo defectuoso”, de la esterilización y “el control de los matrimonios”, del hombre (Hitler) “en quien la leyenda de la historia ha florecido”.
El discurso de Eduard Pernkopf del 12 de marzo de 1938 debe considerarse como la fecha en que aflora el cinismo de la persecución contra los judíos en Viena. En las semanas siguientes, los estudiantes judíos son removidos del tercer piso del Instituto de Anatomía y enviados al patio trasero del inmueble. La purga alcanzó a 157 elementos de la facultad de medicina, quienes fueron corridos. Al empeorar las condiciones, varios miembros de ese mismo estudiantado fueron enviados a los campos de concentración y ocho más serían colgados como corderos detrás del instituto. De estos últimos se sospecha que sirvieron de modelos para el atlas anatómico de Pernkopf. “Después de que Hitler invadió Austria en 1938, Pernkopf fue nombrado decano de la Escuela Médica. Uno de sus primeros actos fue purgar de judíos y otros elementos indeseables a la facultad de medicina. La Universidad de Viena, alguna vez entre las primeras escuelas médicas de Europa, perdió 153 de sus 197 miembros de la facultad, incluyendo tres premios Nobel”. (William E. Seidelman. Ídem).

La realidad animal del cuerpo humano

(alancook.wordpress.com)

La adhesión de Pernkopf y del instituto que encabezaba a las políticas raciales nazis se tradujo en enormes beneficios para la investigación anatómica de ambas instancias. Se asume, aunque nunca se ha comprobado, que Pernkopf tuvo a su disposición casi mil 500 cuerpos de elementos ejecutados por la Gestapo.
El atlas anatómico de Pernkopf, iniciado en 1933 y culminado dos décadas después, magníficamente ilustrado, el Topographische Anatomie des Menschen (Atlas de Anatomía y Topografía Aplicada Humana), es considerado una de las obras anatómicas más importantes de todos los tiempos, a la par del trabajo de De Humani Corporis Fabrica de Andreas Vesalius, quien en 1543 publicó en Basilea, Suiza, su atlas anatómico dedicado a Carlos V. Vesalius utilizó el término “fábrica” por las connotaciones arquitectónicas del cuerpo humano.

Aun así, “el atlas de Pernkopf es de una hermosura cegadora, una exaltación, un himno, todo al mismo tiempo. Página tras página, el cuerpo humano se deshoja, lo invisible se hace visible y algunos de los secretos más profundos se revelan. (…) Es sorprendente, pomposo, surreal, la evidencia de hueso y músculo, la realidad animal de quiénes somos debajo de la piel. Esos paisajes incomprensibles y aterrorizantes nos demuestran que la vida es, por principio y a final de cuentas, un proceso biológico”. (Michael Paterniti. “The Most Dangerous Beauty”. Gentlemen´s Quarterly, septiembre de 2002).
El profesor William E. Seidelman aduce que en la edición de dos volúmenes en inglés de 1964 del Topographische Anatomie des Menschen aún puede apreciarse las firmas originales con iconografía nazi de los pintores Franz Batke, Eric Lepier y Kart Entresser. Asimismo hace hincapié en algo que es innegable y que no ha podido ser eliminado en ninguna de las ediciones: la edad, apariencia y corte de cabello de uno de los modelos, lo cual es una prueba irrefutable de que el espécimen correspondía a un prisionero proveniente de los campos de concentración nazis.
Prácticamente desde que terminó la Segunda Guerra Mundial ha habido solicitudes para que se investigue en torno a la experimentación con sujetos humanos hecha con presupuesto y beneplácito de la Alemania nazi. Los avances han sido casi irrelevantes. Por ejemplo, en 1995, el director de Mártires del Holocausto, Yad Vashem, agendó una petición formal para que las universidades de Viena e Innsbruck investigaran en torno a los modelos que Eduard Pernkopf utilizó en la realización de su sorprendente atlas. La petición fue negada.
Dos años después, con base en la solicitud de Vashem, el rector de la Universidad de Viena, Alfred Ebenbauer, decidió enfrentar con entereza el pasado y formó una comisión universitaria de investigación, cuyos frutos fueron dados a conocer el 1 de octubre de 1998, revelando que el Instituto de Anatomía bajo el mando de Pernkopf recibió alrededor de mil 400 cadáveres de las cámaras de ejecución de la Corte Regional de Viena, entonces a cargo de la Gestapo.
Al término de la conflagración, Eduard Pernkopf pasó tres años de su vida en una prisión cercana a Salzburgo, aunque nunca fue acusado por los crímenes de guerra en los que presuntamente participó. No obstante que obtuvo su libertad, los tiempos de los excesos, la orgía racial, habían terminado. En bancarrota económica, profesional y moral regresó a una vieja oficina de la universidad a intentar culminar la obra que, irónicamente, lo colocó a mano derecha del máximo líder del Tercer Reich y que después lo azotó como un fardo en la fría loza de la morgue del repudio histórico. Murió como debió vivir antes de albergar las ilusiones de una antipática aventura: trabajando en el primer libro del cuarto volumen de su, horrores aparte, magnificente atlas.