¿Por qué te fuiste, Bettie Page?

En la guerra contra la pornografía de los años 50 en Estados Unidos, tres personajes menores, pero cuyo trabajo había tenido gran resonancia nacional, fueron citados a comparecer: los hermanos Irving y Paula Klaw, así como la modelo Bettie Page, quien ese mismo año había sido la imagen central de la revista Playboy

Fue un nuevo oleaje de oscurantismo en Estados Unidos. McCarthy ya se había ido, pero sus peculiares ideas sobre los enemigos dentro de casa se quedaron y, al parecer, para siempre. La guerra hacia fuera terminó por el momento y ahora había que centrarse en las batallas al interior, las más sordas pero las más devastadoras, porque el objetivo alcanzaba los derechos civiles y ciudadanos de la población norteamericana.

De repente, cualquier comportamiento era motivo de sospechoso, después, incluso la edad fue un blanco punitivo.
En 1955, dos años después de culminar la conflagración con Corea, el gobierno de Estados Unidos puso manos a la obra para restablecer su maltrecha unidad nacional. La histeria anticomunista, ensamblada en la mente endeble de la clase media norteamericana por el senador Joseph McCarthy, continuaba extendiéndose como un cáncer saludable y favorable para los barones del poder. En el rubro del anticomunismo, la tarea se había cumplido. ¿Quién faltaba?
La segunda mitad de los años cincuenta del siglo XX estadounidense se recuerda como un capítulo de histeria colectiva, de delación y de odios aún sin rótulo, pero que a la luz del presente pueden considerarse homo y xenofóbicos. Todo era digno de sospecha. ¿Eras negro? Bueno, ése no era ningún problema, tu gobierno tenía el remedio para ese mal: ¿qué tal un linchamiento como el ocurrido en 1955 en Mississipi contra Emmett Hill, un adolescente de 14 años de Chicago que tuvo el mal tino de visitar el sur estadunidense y tropezarse con un pueblo de racistas blancos y fanáticos de la segregación racial?
Si ser negro era un problema, ser joven era otro. Para mediados de los cincuenta, la maquinaria editorial oficial señalaba a la juventud como una nueva preocupación criminal. Revistas como Reader´s Digest hacían su obra pía publicando historias y artículos que sugerían que el rock and roll era un peldaño hacia la perversión sexual, una lógica moral que no por ser utilizada hasta la saciedad se ha agotado.
El “enemigo oculto”, como se llamó al rock and roll, se asoció con la juventud de la época, instalando un ingrediente extra a los estragos que causaba el comunismo. La publicación primero de Howl de Allen Ginsberg en 1956 y después de On the Road de Jack Kerouac al año siguiente merecieron una atención especial por parte de las autoridades.
La campaña moral contra los jóvenes tuvo un episodio cumbre cuando el senador demócrata Estes Kefauver logró en 1955 que se aprobara una serie de audiencias denominadas Subcomité del Senado sobre Delincuencia Juvenil, para lo que armó un equipo que, entre otros integrantes, contaba con el joven Robert F. Kennedy. Ese mismo año fue llamado a comparecer como testigo estelar el psiquiatra Fredric Wertham, autor de un prejuicio maravilloso titulado La seducción del inocente, una obra que advertía sobre los peligros que la pornografía entrañaba para los niños, y que incluye capítulos de gran octanaje sensacionalista como “Diseñado por la delincuencia” y “Quiero ser una maniático sexual”, un trabajo tendencioso que nos debería mover al escándalo de no ser porque durante el sexenio de Vicente Fox los mexicanos aceptamos sumisamente una publicación llamada Guía de padres, cuyo aderezo conservador lo digerimos sin hacer gestos.
En la guerra contra la pornografía, el senado estadounidense alentó y autorizó una nueva cacería de sospechosos, esta vez no contra brujas reales o imaginarias, sino contra homosexuales. Amparadas y sustentadas por un documento oficial que tuvo el nombre de “Empleo de homosexuales y otros pervertidos sexuales en el gobierno”, los burócratas en turno concluyeron que los gays –que entonces no autodenominaban así– “no eran personas apropiadas para trabajar en el gobierno por dos razones: primero, porque son generalmente incompetentes y, segundo porque constituyen un riesgo para la seguridad, ya que carecen de estabilidad mental”. (World Socialist Web Site www.wsws.org, 5 June 2006).
También en 1955, como parte de las investigaciones de la liga de la decencia, tres personajes menores pero cuyo trabajo había tenido gran resonancia nacional, fueron citados a comparecer: los hermanos Irving y Paula Klaw, así como la modelo Bettie Page, quien ese mismo año había sido la imagen central de la revista Playboy. Dos años después de ser llamados por primera vez, los Klaw cerraban su negocio y la carrera de la joven cuya fotografía humedeció los sueños de aquella generación llegó a su fin. Irving Klaw, atemorizado por las posibles secuelas como fotógrafo de modelos, quemó aproximadamente 80 por ciento de su archivo, el 20 restante fue suficiente para construir de forma eterna el templo ingrávido de la señorita Page, la reina de las pin up.
Sin arrepentimiento
Nativa de la patria del country, Nashville, Tennessee, la presencia de Bettie Mae Page (quien utilizó su verdadero nombre para bien y para mal) iluminó al mundo por vez primera el 22 de abril de 1923. Hija de un mecánico y de una mujer con sangre cherokee en las venas, Bettie tuvo una infancia difícil en la que hubo episodios tristes y cruentos. A los diez años, como ella dice, empezó su carrera de modelaje, aunque el escenario en esa ocasión fue el orfanato al que fue enviada junto con sus hermanos. El regreso a casa no fue lo mejor que le pudo haber sucedido, pues a partir de los 13 años su padre se encargó de arrancarle la virginidad,
Después de aprender cocina y costura en el centro comunitario local, Bettie decidió que Nashville le quedaba chico, por lo que se casó y mudó a San Francisco, donde se empleó como secretaria, un trabajo al que siempre recurrió cuando las cosas no marchaban bien.
Tras divorciarse de su primer esposo, Page se trasladó a Nueva York en 1950. Fue en Connie Island donde conoció a Jerry Tibbs, un policía aficionado a la fotografía, que la introdujo al mundo de las revistas. Pero correspondió a Irving y Paula Klaw, quienes manejaban un estudio de fotografía y un negocio de entrega de imágenes por correo, descubrir la verdadera esencia de Bettie Page, y los que le sugirieron los tacones de aguja, los bikinis, los desnudos inocentes, pero también las series de piel, látigo y cuerdas que conjuraron al masoquista que todo hombre lleva adentro.
¿Cuántas imágenes existen de Bettie Page? ¿Cuántos hombres y mujeres lamentaron su ausencia después de su ominosa partida en 1957? ¿Su adiós no es la mejor justificación para la generación del 57, también llamada como la del suicidio?Bettie Page falleció de un ataque al corazón el 11 de diciembre del 2008 en Los Angeles, California. Tenía 85 años. Alejada desde hace medio siglo de los reflectores y de los embates de las buenas conciencias, en una entrevista aclaró que nunca tuvo deseos de regresar por el camino ya andado. “Por favor, recuérdenme como fui”, nos dice”, “Espero que comprendan. Estoy contenta ahora. Disfruto mi privacidad y mi vida sencilla, no hay arrepentimiento”. Gulp, así será, Bettie.