Ted Bundy. La belleza de Satán

Alguna vez fue director asistente del comité de Prevención del Crimen en Seattle e incluso escribió un boletín que instruía a las mujeres sobre cómo reducir al máximo los riesgos potenciales de una violación. De boy scout a individuo que prometía una carrera en la política del estado de Washington, Ted Bundy parecía ser el ejemplo más refinado del all american boy. Pero detrás de la fachada perfecta ardía una flama maligna que se extinguió cuando el verdugo institucional activó la palanca de la silla eléctrica de la prisión de Starke, Florida, en enero de 1989

Inteligente, atlético, bien parecido, el interés por Ted Bundy existe lo mismo en el público en general que en los profesionales de la justicia criminal. Hay algunas explicaciones en torno a este fenómeno. Parte de la fascinación pública descansa en el hecho de que Bundy parecía una persona normal: era el joven apuesto de la puerta de al lado, un hombre de bien, proveniente de una familia cristiana, la última persona que tú sospecharías que fuera un homicida maniático. Sus hazañas sangrientas cautivan porque al mismo tiempo han despertado una especie de vouyerismo en gente que usualmente experimenta una repulsión por las historias cruentas perpetradas por lunáticos sedientos de sangre.
Pero Bundy fue el clásico asesino serial. Mantuvo cuidadosamente una “máscara de sanidad” que convenció incluso a aquellos que lo conocieron de cerca. De hecho, hasta los profesionales de la conducta fueron engañados por este camaleón de piel seductora: los psicólogos se convencieron de su culpabilidad sólo cuando el psicópata oculto dejó caer su fachada encantadora.
Una vez que abandonó su capullo, Bundy demostró ser el predador serial arquetípico. Exhibió las características del ofensor al azar altamente organizado, así como la desorganización voluntaria del asesino que pide a gritos ser capturado para que su penoso transitar por el mundo termine de una vez por todas.
El festín de sangre comenzó en su propio vecindario, pero pronto los homicidios ocurrieron en lugares más distanciados e incluso Bundy viajó miles de kilómetros con el propósito de encontrar víctimas propicias, cruzando jurisdicciones para minimizar los riesgos de que la policía vinculara los crímenes a un solo perpetrador. Bundy seguía de cerca las notas periodísticas para enterarse de los progresos que hacía la policía en sus investigaciones. Podía ser excepcionalmente metódico, buscando sitios para deshacerse de los cadáveres mucho antes de que llevara a cabo un nuevo homicidio.
Desde Jack el Destripador, el fenómeno Ted Bundy ha merecido galones de tinta, aunque mucha de la información que circunda a este gentil caballero del horror peca de inconsistente. Lo anterior es más evidente en algunos sitios de internet que rinden un oscuro homenaje a este asesino. Desafortunadamente son muchas las páginas web que se han erigido en el espacio virtual más como producto de una extraña admiración por este predador que por la búsqueda de la objetividad periodística.
Pese a todo, el acercamiento por lo menos epidérmico a la entidad Ted Bundy es necesario para todo aquel envuelto en el estudio, investigación, defensa, prosecución o diagnosis de los ofensores sexuales, así como de sus conductas destructivas.

Porno duro
En sus horas finales previas a su ampliamente publicitada ejecución por el asesinato de aproximadamente 50 jovencitas de Utah, Washington, Idaho, Colorado y Florida, el homicida solicitó la presencia del psicólogo cristiano James Dobson en la Prisión Estatal de Florida. Bundy había mantenido una relación epistolar con el doctor Dobson –quien formó parte del la Comisión de Pornografía de la administración Reagan– desde dos años antes de que se conocieran personalmente. Mientras una multitud expectante y escandalosa hacía guardia afuera de la prisión, Bundy habló con Dobson acerca de la influencia de la pornografía en su conducta.
Ted Bundy dijo que empezó casualmente a leer pornografía suave cuando tenía 12 o 13 años. Sus amigos encontraron algunas revistas para adultos en los depósitos de basura del vecindario. “De vez en cuando intercambiábamos revistas pornográficas de naturaleza más dura… más gráfica, más explícita, que conseguíamos en alguna tienda”, dijo Bundy a Dobson en la entrevista.
“Sin embargo –continúa el asesino– la lectura durante varios años de pornografía dura se convirtió para mí en un hábito mortal. Mi experiencia con la pornografía… es que, una vez que te has vuelto adicta a ella (y la considero una adicción como cualquier otra), buscas paulatinamente un material más potente. Como una adicción, debes conseguir algo que te proporcione un mayor grado de excitación. Hasta que alcanzas un punto en el que llegas muy lejos”.
Con el paso de los años aquellos deseos latentes alimentados con material para adultos se expresarían con su primer asesinato. Aunque Bundy nunca culpó de forma explícita a la pornografía dijo que el consumo regular de ese material le moldeó su conducta. En la entrevista con Dobson incluso advirtió que “de todos los tipos de pornografía, la más nociva es aquella que involucra la violencia sexual”.
De acuerdo a un estudio llevado a cabo por los psicólogos Neil Malamuth, de la Universidad de California Los Ángeles; Gene Abel, de la Universidad de Columbia; y William Marshall, de la Penitenciaría de Kingston, diversas formas de pornografía pueden detonar fantasías que conducirían al crimen. En una prueba practicada a 18 violadores que utilizaban el material porno para instigar ofensas sexuales, siete de ellos confesaron que las revistas y cintas para adultos les proveyeron la señalización necesaria para hacer realidad sus fantasías de sexo forzado.
Un estudio conducido por la Universidad de New Hampshire ha demostrado que los estados de la Unión Americana que tienen el nivel más alto de lectura de revistas como Playboy y Penthouse también poseen el índice más alto de violaciones. El departamento de la Policía Estatal de Michigan encontró que la pornografía es utilizada o imitada en 41 por ciento de los crímenes sexuales que las autoridades judiciales han investigado.
La Libre Fundación de Investigación y Educación del Congreso norteamericano descubrió que la mitad de los violadores estudiada por la fundación utilizaron pornografía dura para excitarse antes de buscar una nueva víctima.

Una persona normal
El alcohol presuntamente rompió las leves ataduras que impedían a Bundy cometer su primer homicidio. “Lo que el alcohol hizo en conjunción con el consumo de pornografía es que la bebida redujo mis inhibiciones, al tiempo que las fantasías creadas por el porno salieron a la luz”.
Mientras cometía sus asesinatos, Bundy explicó que sentía estar poseído por “algo espantoso y extraño. No hay forma de describir la urgencia brutal por hacer aquellas cosas y, después de que sucedían, me encontraba más o menos satisfecho, hasta que la energía nuevamente se diluía y volvía a ser yo nuevamente. Pero básicamente yo era una persona normal. No andaba ligando tipos en los bares, tampoco era un pervertido de ésos que la gente ve y dice, ´sé que algo no anda bien en ese hombre´. Era, esencialmente, una persona normal”, Bundy dijo a Dobson.”La humanidad y el espíritu básico que Dios me dio están intactos pero, desafortunadamente, en ocasiones los desbordé”.
Ted Bundy reconoció que merecía la pena de muerte, pese a las protestas de los opositores a la pena capital que tenían lugar a las afueras de la prisión antes de su ejecución. “Merezco –dijo– el castigo más extremo que la sociedad tenga. Pero aún no quiero morir”.Dobson dijo que Bundy lloró varias veces durante la entrevista: “Expresó un gran remordimiento por aquellas mujeres a las que asesinó, por las familias que él hirió”. Pasó su última noche rezando en compañía de un pastor de Gainesville, Florida.