Caperucita: la seductora niña vestida de rojo

POR José Luis Durán King
Contrariamente a sus primas hermanas, Cenicienta y Bella Durmiente, cuya felicidad posible se centra en la contracción de nupcias, la historia de Caperucita Roja sugiere un mundo de maternidad soltera

“Había una vez una dulce niña. Todos la amaban a primera vista, aunque quizá era su abuela quien la amaba más… Siempre llevaba una pequeña capa de terciopelo rojo, con la cual lucía aún más hermosa y que nadie más tenía una igual. Por ello, la niña era conocida como Caperucita Roja”.

Casi dos siglos han transcurrido desde que los hermanos Grimm retrataron a aquella inocente criatura, a su enfermiza abuela y al siniestro lobo en los afamados Cuentos de la infancia y el hogar. No obstante el tiempo transcurrido, Caperucita Roja permanece como uno de los personajes favoritos de las narraciones de hadas, aunque su historia, si se le rasca un poco, quizá no tenga que ver mucho con la moralidad de la que actualmente presume. El viaje a través de los años y de los bosques ha despojado al cuento, y a la propia Caperucita, de sus imágenes de seducción y de esclavismo sexuales por parte de una bestialidad tanto humana como bestial.
Así lo deja en claro el libro Little Red Riding Hood Uncloaked de Catherine Orenstein, quien elabora la evolución del cuento a partir de la tradición oral al clásico literario, incorporando las diversas permutaciones que la inquietante niña ha experimentado en películas, programas de televisión e Internet. Para sustentar sus investigaciones, Orenstein introduce en cada capítulo una variante del cuento, un desarrollo que va de la popular versión de los Grimm para la hora de ir a la cama hasta la cruda sexoexplotación que flota en el ciberespacio. Son diez adaptaciones que proveen de un rico material siempre anclado en el análisis cultural e histórico, sin que la autora pierda de vista el contexto social omnipresente en los cuentos de hadas.
En 1697 Charles Perrault escribió Le petit chaperon rouge como una crítica a la indulgente cultura del salón parisino bajo Luis XIV. Perrault advertía a las jóvenes nobles de dulce hablar para que se cuidaran de los “lobos”, es decir, de los elementos masculinos, cuyas alianzas se basaban en la castidad de las hijas. Los hermanos Grimm subestimaron este tono didáctico en su versión de 1812, invistiéndola con una moraleja de tintes católicos que les garantizaba mayores audiencias: ¡Obedece a tus padres!
El común denominador en las versiones de Perrault y de los Grimm es el peligro constante que corre Caperucita Roja de convertirse en una víctima de los predadores masculinos, y de ellos hay que salvarla. Lo que la mayoría de los lectores ignora es que la niña posee una malicia precoz que la ayuda a huir sin un solo rasguño de las fauces del lobo, característica que se enfatiza en el capítulo “El cuento de la abuela” y que, siglos después, en los años ochenta de la centuria pasada, estimuló a diversas feministas a abrazar a este personaje como un icono rebelde que se opone a la tradición literaria ampliamente dominada por los hombres. Porque, entre otros factores, contrariamente a sus primas hermanas, Cenicienta y Bella Durmiente, cuya felicidad posible se centra en la contracción de nupcias, la historia de Caperucita Roja sugiere un mundo de maternidad soltera. Pero, precisamente tal ausencia de sujetos masculinos en el cuento original, en el que no aparece ni de chiste el famoso leñador que la salva de ser devorada por la bestia, ha provocado que la niña de la capa roja sea vulnerable a interpretaciones variopintas, que la ubican, en el mejor de los casos, como un personaje tremendamente seductor de la industria de la pornografía y, en el peor, como una estrella porno lesbiana de aventuras sadomasoquistas.
Pero, como bien señala Catherine Orenstein, “Tanto los cuentos de hadas como la pornografía proveen un escenario y unos personajes para explorar… los límites extremos de lo aceptable”.