CASTRATI, LA INFANCIA ETERNA

POR José Luis Durán King

Aunque la fabricación en serie de castrados comenzó en el siglo XVI, fue en el XVIII donde tomó auge, cuando los grandes escenarios operísticos de Europa enloquecían con los jóvenes emasculados con voces de ángeles

Los viajes ilustran, y los viajeros han ilustrado al mundo con sus registros acuciosos sobre sus andanzas, registros algunos de ellos bastante inquietantes. En el siglo XVIII, para no ir más lejos, ciertos trashumantes hablaban de jóvenes coquetos que sujetaban sus pechitos rechonchos con una especie de sostenes primitivos, mientras coqueteaban con los viandantes, ofreciéndose “para servir lo mismo a hombres que a mujeres”.
Esos hermosos andróginos en realidad eran castrados, condición que los colocaba en un terreno neutral y ventajoso, muy propicio para dispensar favores a diestra y siniestra.

Y algo han de haber tenido esos rapaces que hasta el vivido e inquieto Giacomo Casanova cayó rendido a los encantos de uno de ellos, según narra el veneciano en Historia de mi vida. La crónica de este encuentro no tiene desperdicio y vale la pena resumirla.
En Roma, un lugar “que obliga a los hombres a convertirse en pederastas”, Casanova conoció en una posada a un adolescente castrado de nombre Bellino. Aunque en un principio el gran seductor luchó contra la confusión de sus sentimientos, finalmente terminó cediendo a la tentación, convirtiéndose en un asiduo cliente del lugar de alojamiento. En cuanto sintió que pisaba terreno firme, don Giacomo ofreció al muchacho un doblón para que éste se bajara los pantalones y mostrara sus genitales. Grande fue la sorpresa de Casanova al descubrir que el muchacho en realidad era muchacha, quien, al más puro estilo de nuestra insigne Juana de Asbaje, sólo que Bellino en el universo musical, se hacía pasar de joven castrado para hacerse de una carrera en la ópera en una época en que los escenarios estaban prohibidos a las mujeres (¿que actividades no estaban prohibidas a las damas, que no fueran la cocina y la costura?).
Teresa Lanti, verdadero nombre del falso podado, se hizo amante del príncipe de los eróticos, y huyó con Casanova a Venecia. Poco duró el gusto a la pareja, pues ya en la tierra natal del también escritor y espía, la joven dio vuelta a la hoja, retomó su verdadera identidad y despegó en su carrera de cantante en los escenarios más progresistas de Europa, que para entonces abrían sus puertas a las mujeres.

Voces prepúberes
Las narraciones de los errabundos y del propio Casanova arrojan luz acerca de decenas de mozalbetes de sexualidad quirúrgica que dispensaban sus favores en los lugares populosos de Europa. Esta estirpe, sin embargo, cuando alcanza la notoriedad de la minuta histórica ya tenía tras de sí un largo camino andado, ya que la fabricación de los castrati había comenzado tímidamente en el siglo XVI y tomado auge en el XVII, cuando la popularidad de la ópera creó una demanda dolorosa de individuos de voces prodigiosas que combinaban las notas agudas de niños prepúberes con la fuerza de los pulmones adultos.
En ese universo del espectáculo clásico, lo peor y lo mejor que le podía suceder a un niño italiano era tener una voz de hermosa promesa. Si los padres accedían —en caso de que los tuvieran—, el infante era llevado al barbero de la esquina, donde la transformación se consumaba. La cirugía tomaba un par de horas. En realidad, el efecto del opio en los sentidos del muchacho era lo que requería mayor tiempo. Una vez que el chico estaba drogado, era colocado en una tina de agua caliente que permitía mantener la dilatación de la zona. Sin obstáculos de por medio, el barbero trabajaba a sus anchas, mutilando los conductos principales a los testículos, los cuales con el tiempo se marchitaban como ciruelas pasas.

Operaciones a destajo
Pero no siempre las promesas se cumplen. De la gran cantidad de niños que fueron pasados a cuchillo, sólo unos cuantos tuvieron la fortuna de cantar frente a las exigentes audiencias de la ópera europea. Si se atienden las estadísticas de la época, las cifras son como para cerrar las piernas de golpe. Por ejemplo, se estima que para principios del siglo XVIII, alrededor de 4 mil niños habían ingresado al Hospital Santa María de Florencia. Al salir, habían dejado algo en los retretes del nosocomio. Otro hospital, el Santa María Nova (irónicamente, todos esos mutilatorios tenían nombres de santos), destacaba por su excelencia productiva, donde un carnicero de nombre Antonio Santarelli presumía su gran capacidad para supervisar ocho operaciones al mismo tiempo.
Por si hicieran falta mayores datos para oscurecer un paisaje de por sí sombrío, no solamente era el fracaso profesional lo que enfrentaban los castrati. En muchas ocasiones lo que estaba en juego era su vida. De acuerdo con las habilidades del cirujano, la tasa de mortandad en las operaciones variaba, además de que el éxito de un castrado nunca era una ecuación garantizada, por una razón muy sencilla: después de la castración, los productos eran sometidos a un intenso entrenamiento vocal y no todos alcanzaban la calidad que exigía la etapa profesional. Muy pocos de ellos se convertían en las estrellas rutilantes que compensara el sacrificio de la sexualidad.
Para finales del siglo XVIII, la euforia de los castrati estaba en franca decadencia, el mundo de la ópera no los necesitaba más, por lo que muchos de ellos terminaron engrosando las filas de los coros de la Capilla Sixtina en el Vaticano, donde sus voces se tuteaban con las de los ángeles.
Generalmente, la edad de los niños emasculados oscilaba entre los siete y 12 años, lo que cortaba de tajo su madurez. Por eso no resultan extraños que los divinos castrados fueran individuos antipáticos, de un egocentrismo infantil, a menudo atacados por rabietas y caprichos, aunque también hay que apuntar que su condición los convertía en verdaderos predadores sexuales, perseguidos con olfato de sabueso por decenas de damas aristócratas.
A diferencia de los eunucos otomanos, que eran castrados siendo niños y que, por lo mismo, crecían con características femeninas y una ausencia casi total de deseo sexual, los emasculados a partir de los 12 años tenían un desarrollo físico casi normal, y una amplia mayoría de éstos lograba la erección sin problemas.La resistencia adicional en el lecho, además de su incapacidad para la concepción, convirtió a los castrados en preciados trofeos para las mujeres de alcurnia, al grado que una dama británica, después de ver la actuación en Londres del más prodigioso de los castrati italianos, Farinelli, en una carta, fechada en 1734, dejó muy mal parados a los hombres enteros, a los cuales, con tono de reclamo, la mujer no bajó de “presumidos y jactanciosos”.