Gordon Stewart Northcott: lobo en gallinero

Por: José Luis Durán King

La detención de un adolescente en un rancho de Los Ángeles permitió a las autoridades descubrir una serie de asesinatos de niños

El matrimonio de Stanford y June Clark duró 55 años y procreó dos hijos. Durante ese tiempo, Stanford –quien murió en 1991, a los 79 años— participó en la Segunda Guerra Mundial y, a su regreso, se incorporó al servicio postal canadiense, en el que trabajó casi tres décadas. Muy atrás había quedado el año 1926, cuando su tío Gordon Stewart Northcott hizo un viaje a Columbia Británica, Canadá, con el propósito de invitarlo a trabajar en su rancho de Wineville, cerca de Riverside, California. Stanford, en aquella ocasión aceptó la oferta y viajó en compañía de su hermana mayor.
Dos años después, la hermana regresó a Canadá, pero antes de hacerlo acudió con las autoridades a declarar que Stanford era menor de edad y que su estancia en Estados Unidos era ilegal, además señaló que su tío era un hombre violento que acostumbraba a castigar a Stanford por cualquier cosa. Cumpliendo con la rutina, un agente del Departamento de Policía de Los Ángeles visitó el rancho de Gordon Stewart Northcott, donde encontró a Stanford y regresó acompañado por él a la comisaría, donde, ya bajo custodia, se prepararía su deportación a Canadá.
Al sentirse lejos de los terrenos del rancho Northcott, el joven, de entonces 16 años, decidió hablar de las experiencias al lado de su tío Gordon y de la madre de éste. Dijo que desde su llegada al rancho, su tío lo golpeaba y violaba sistemáticamente. Las autoridades no otorgaron mucho crédito a las palabras de Stanford, pues en una primera instancia creyeron que sólo trataba de impresionarlos para evitar que lo mandaran de regreso a su país. Sin embargo, conforme avanzó el relato, la policía comenzó a creer las palabras del muchacho. Habló de una serie de asesinatos ocurrida en el rancho, de niños encerrados en gallineros que posteriormente fueron cercenados a hachazos y cuyos restos fueron esparcidos en el desierto. Dijo que él había participado –obligado por su tío— en uno de los homicidios y que su abuela había hecho lo mismo con el niño Walter Collins, de nueve años, quien desapareció el 10 de marzo de 1928, de su hogar en Los Ángeles. Cuando uno de los agentes preguntó a Stanford de cuántas víctimas hablaba, el muchacho respondió: “19 o 20”.
El caso de Walter Collins había adquirido notoriedad nacional debido a que su madre, Christine, después de una ardua búsqueda de varios meses, recibió un niño hallado en Chicago, del cual las autoridades del Departamento de Policía de Los Ángeles decían que se trataba de Walter Collins. La madre siempre negó esa tesis e incluso presentó registros dentales para comprobar su alegato. La lucha de Christine Collins sirvió para desenmascarar una red de corrupción y trata de personas en las que estaban envueltos varios funcionarios judiciales.

Cal viva
Los oficiales de inmigración acudieron al rancho de Northcott acompañados por Stanford Clark, quien les indicó uno de los lugares donde presuntamente había restos de los niños sacrificados. Después de escarbar la tierra removida de un promontorio, los primeros vestigios de una historia abominable comenzaron a salir a la luz. Los oficiales encontraron huesos de dedos pertenecientes a varios individuos, así como un pie momificado, cortado a la altura del tobillo dentro de un zapato. En ese espacio nunca hallaron un cuerpo completo. Asimismo, recabaron varias hachas con huellas de sangre que, posteriormente se comprobó, se utilizaron lo mismo para cortar los cuerpos de los niños que las cabezas de gallinas.
Para entonces, Gordon Stewart Northcott y su madre habían huido a Canadá, donde fueron detenidos semanas después. Northcott declaró que el secuestro de niños era una práctica que realizó durante varios años. Mantenía cautivos en su rancho a los menores, los cuales eran alquilados con fines sexuales a pedófilos acaudalados de la región, aunque las autoridades nunca investigaron a nadie más que no fueran Gordon, su madre y Stanford Clark. Cuando los infantes dejaban de ser redituables por cualquier motivo, Northcott los asesinaba, ya sea con un balazo en la cabeza o los descuartizaba vivos con un hacha. Los restos los mezclaba con cal viva y posteriormente los esparcía en el desierto.
Los cadáveres de los niños prácticamente fueron reducidos a piezas, sólo se encontró el cuerpo decapitado de un adolescente mexicano, además de que las autoridades pudieron identificar a otras tres víctimas: Walter Collins, de nueve años, así como a los hermanos Lewis y Nelson Wilson, de 12 y 10 años, quienes fueron secuestrados en Pomona el 16 de mayo de 1928.
Stanford Clark fue sentenciado a cinco años de prisión, aunque su condena se redujo a 23 meses; una vez que la cumplió, fue deportado a Canadá. La señora Sarah Louise Northcott recibió cadena perpetua y falleció en prisión; Gordon Stewart Northcott subió al patíbulo en el que fue colgado el 2 de octubre de 1930. Antes de que el verdugo accionara la palanca para abrir la compuerta que dejaría caer el cuerpo, Northcott gritó a la gente ahí reunida que por favor dijera una plegaria por él. Excepto el cura de la prisión, nadie más lo hizo.