John Wayne Gacy: la casa de los jóvenes muertos

En la primera hora del 10 de mayo de 1994, John Wayne Gacy recibió en sus venas las tres inyecciones que acabaron con su nerviosismo, su vigilia y su vida. Las funciones de “la amenaza misteriosa que se esconde detrás de un rostro de payaso” habrá que buscarlas en otro teatro
El 10 de mayo de 1994, miles de personas de Francia, Estados Unidos y México pudieron presenciar un de los últimos “anillos de fuego” del siglo XX, un eclipse solar que atravesó a América del Norte de costa a costa y que provocó un descenso en la temperatura de aproximadamente cinco grados. Ese mismo día otro eclipse tuvo lugar a las 00:58 horas en la prisión de Stateville, a unos 100 kilómetros al sudoeste de Chicago: John Wayne Gacy fue ejecutado mediante la aplicación de una inyección letal, cumpliendo así una vez más con el oscuro ritual de la pena de muerte en Estados Unidos.
Al día siguiente, el periodista John Whiteside, del Herald News de Chicago, escribió un artículo titulado “The Bogyman In All Our Nightmares”, el cual sirve para ilustrar el ánimo que rodeó la ejecución de un asesino que con sus acciones trastocó a la sociedad de su época: “Detrás de los muros grises del Centro Correccional de Stateville un hombre murió esta madrugada. Hombres mueren todos los días y sólo se enteran sus amigos y seres amados. Pero el fallecimiento de John Wayne Gacy fue noticia. Su muerte fue registrada hasta en sus mínimos detalles. Aparecerá hoy en los titulares de todos los periódicos. Sus palabras, la historia de su vida, incluso lo que cenó por última vez son detalles que se preservarán en millones de letras impresas y en volúmenes de videotape televisivos. La muerte de este hombre, monitoreada minuto a minuto, fue compartida totalmente con el público. ¿Por qué? Porque Gacy fue el coco de nuestras pesadillas. Fue un símbolo maligno de lo peor que puede ocurrir. Gacy fue la cosa más cercana al monstruo humano que nuestras mentes pueden concebir. Fue la amenaza misteriosa que se esconde detrás de un rostro de payaso”.
Durante sus últimos 14 años de vida, Gacy siguió una rutina en su celda del Centro Correccional de Menard, en Illinois: se levantaba a las 7 de la mañana para inmediatamente trapear el piso de su celda. Después de desayunar, leía meticulosamente las decenas de cartas provenientes de todas partes del mundo antes de centrarse en una actividad que, como muchas de sus obsesiones, paliaban su estancia en prisión: la pintura al óleo, óleos extraños y demenciales cuya temática giraba en torno a los payasos. Asimismo gustaba responder llamadas telefónicas al público que pagaba una tarifa especial por charlar con él. Crudo y brutal cuando se refería a su bisexualidad, disfrutaba inquietar a sus interlocutores con referencias a sus preferencias por los adolescentes para satisfacer sus compulsiones sexuales. Finalmente se iba a la cama alrededor de las 3 de la madrugada.
La rutina empezó a cambiar conforme se aproximaba la fecha de su ejecución. Un elemento del equipo de seguridad de la prisión lo inició en el tratamiento de apoyo psicológico que se brinda a los reos que tienen cita con la pena capital. Tras aceptar –en el momento de su captura, en 1978– la autoría del asesinato de 33 adolescentes, Gacy más tarde se declaró inocente, al grado de autodenominarse la “víctima número 34”.
Gacy, quien al morir contaba con 52 años de edad, fue declarado culpable el 12 de marzo de 1980 de la muerte de los 33 adolescentes, crímenes que tuvieron lugar entre 1972 y 1978. Aparte de él no existe todavía en Estados Unidos un asesino que haya sido convicto por haber sacrificado a tanta gente. Veintisiete de los cuerpos fueron hallados sepultados bajo el piso de la casa donde Gacy vivía, en un vecindario a las afueras del aeropuerto de O`Hare. La mayoría de los cadáveres tenía huellas de tortura sexual. Cabe señalar que 21 de los asesinatos fueron cometidos antes de que en Illinois se reactivara la pena capital, por lo que recibió por ellos sólo la sentencia de cadena perpetua. El resto de los homicidios lo condujo al corredor de la muerte.

Los otros cuatro
Después de varios meses de presión judicial, el 22 de diciembre de 1978 Gacy finalmente acudió por su propio pie a las instalaciones de la policía y confesó todo, no obstante que sus abogados le pidieron que no lo hiciera. Al día siguiente continuó su relato, mecánica que se repitió durante varios días. Posteriormente cambiaría la versión, argumentando inocencia, excepto en un caso: el de un adolescente que conoció en una estación de camiones foráneos con el que tuvo relaciones sexuales y el cual, según Gacy, lo atacó con un cuchillo que el muchacho tomó de la cocina.
Durante sus confesiones habló de varias personalidades que habitaban en él. “Son, en realidad, cuatro Johns”, dijo. John el contratista era el primero; John el payaso era el segundo; John el político era el tercero. La cuarta entidad incluso tenía nombre: “Jack Hanley”. “Jack”, según Gacy, era el asesino y el que había llevado a cabo aquellos actos malignos.
La personalidad múltiple es común entre los asesinos seriales. Muchos de ellos hablan de sentimientos incontrolables. Algunos han dicho que todo comenzó a la manera de voces extrañas en la infancia que los orillaban a perpetrar actos de naturaleza sexual, mismos que paulatinamente adquirieron características rituales que culminaron en violación, desmembramiento, mutilación e incluso canibalismo.
Vale la pena hacer un paréntesis en este punto para conocer las opiniones de Katherine Ramsland, autora de más de 20 libros sustentados por sus posgrados en psicología forense, psicología clínica y filosofía, además de la experiencia obtenida como profesora de psicología en la Universidad DeSales en Pennsylvania. En su artículo Multiple Personalities: Crime and Defense, el cual puede consultarse en la página web http://www.crimelibrary.com/ y en el que comparte créditos con la también psicóloga Rachel Kuter, la doctora Ramsland establece: “Entre los profesionales de la salud mental, el diagnóstico de Desorden de Identidad Disasociada (DID) es el nombre otorgado por la Asociación Psiquiátrica Americana de Diagnósticos y Manual Estadístico de Desórdenes Mentales, cuarta edición (1994), para lo que se ha dado en llamar Desorden de Personalidad Múltiple. Previo a esto, sólo era conocido como condición histérica disasociada, sin código de diagnóstico”.
Ramsland y Kuter añaden que el Desorden de Personalidad Múltiple (MPD) en un solo cuerpo ha provocado equivocaciones al confundirse con la esquizofrenia o la personalidad escindida.
Lo que caracteriza a este desorden es la fractura personal en diversas personalidades alter y que dos o más subpersonalidades comparten un solo cuerpo, cada una con su propia identidad, y cada una turnándose el control de la personalidad y la conducta, aseveran las profesionales.
De acuerdo a Ramsland y Kuter, el Desorden de Personalidad Múltiple emerge como resultado de un trauma, generalmente producido por el abuso sexual en una edad temprana. Las personalidades alter protegen a las personas de la totalidad de sus recuerdos, al tiempo que mantienen los secretos individuales al resguardo de la indiscreción de los extraños.
Los expertos en esta perturbación de la personalidad, aducen las investigadoras, hablan de una memoria oculta que puede emerger en síntomas como la depresión, la apatía, la hípersensibilidad y en las reacciones agudas a ciertos detonantes ambientales. “Los pacientes con Desorden de Personalidad Múltiple también experimentan vagos flashbacks o el recuerdo puede regresar espontáneamente muchos años después del incidente. Esa gente puede ´salir del trance´ o perder ´contacto con la realidad´, ignorar el dolor y experimentar ataques repentinos de pánico. También pueden tener desórdenes alimenticios, ser abusivos con otros o consigo mismos, o adquirir adicciones serias. Generalmente muestran problemas en la intimidad y pueden tener disturbios en el sueño”.

El osario
Los asesinatos perpetrados por John Wayne Gacy ocurrieron entre las tres y seis de la mañana. En una ocasión, a petición de un vecino, la policía hizo acto de presencia en la casa de Gacy. Sin embargo, los agentes pensaron que los presuntos gritos de dolor que se habían escuchado no eran sino bromas de la imaginación. Más de 150 jóvenes prostitutos desfilaron por la casa de Gacy. Algunas veces éste sólo se limitaba a desvestirlos, a platicar y a beber con ellos. Mató a los que elevaban la tarifa acordada y a los que amenazaban con delatar la conducta homosexual del contratante. Con excepción del joven de la estación de autobuses, que fue golpeado hasta morir, los demás fueron estrangulados.
Algunas de las víctimas fueron enganchadas en un área de Chicago denominada Burghouse Square, otras trabajaban para Gacy y unas más dejaron su hogar para dirigirse directamente al domicilio del asesino para rentar sus servicios. Hubo veces en que Gacy asesinó a dos jóvenes en una sola noche. En otras mantuvo los cuerpos en el armario todo un día antes de decidirse a enterrarlos. Uno de los cadáveres fue sepultado en el patio trasero de la casa, otro en el garaje. Los demás encontraron su lugar en una especie de cisterna que existía debajo de la morada de Gacy. Los cuerpos estaban enterrados tan cercanamente que cuando la policía excavó encontró que las cabezas de algunos reposaban en los pies de otros. Hubo incluso casos en que un cuerpo era “cargado” por el de abajo.
En diciembre de 1978, los oficiales iniciaron una excavación en el terreno y debajo del piso de la casa marcada con el número 8213 de la avenida Summerdale, en Des Plaines, Illinois, la cual culminó en el rescate de 27 cuerpos de jóvenes masculinos, todos en diferente estado de descomposición. Otros cadáveres fueron rescatados de un río cercano. John Wayne Gacy fue acusado de homicidio en primer grado. La cifra oficial fue de 33 cuerpos recuperados.
La pesadilla llamada John Wayne Gacy descubría sus horrores en abonos, a plazos. El paso siguiente consistía en identificar los restos que el monstruo había tirado al suelo después de su banquete. Era un paso necesario y doloroso para las familias que enfrentaban la desaparición de alguno de sus seres queridos. No era una tarea sencilla, además de que las acciones eran obstaculizadas parcialmente por la gran cantidad de curiosos que rodeaba la casa maldita. Pese a que la gente afectada directamente proporcionó lo que tenía a la mano –placas de rayos x, registros dentales, licencias de manejo, etcétera–, en un intento por contribuir a la identificación de los restos, hubo padres que optaron mantenerse al margen de las pesquisas por su reticencia a aceptar que sus hijos habían sido parte de los circuitos de homosexuales en los que se desplazaba el asesino.
El proceso de identificación fue lento y llegó un momento en que la labor de las autoridades alcanzó un punto en que ya no hubo avance. Casi la mitad de los cuerpos contaba ahora con su cédula de reconocimiento, pero faltaba mucho para completar la tarea. Fue hasta entonces que la policía decidió apoyarse en los antropólogos forenses Charles P. Warren y Clyde C. Snow, especialistas en reconstrucción de osamentas.
La primera decisión de los antropólogos fue identificar y separar cada hueso rescatado. Después determinaron sexo, edad, raza y enfermedades padecidas por los individuos en vida. La colaboración de los académicos fue fundamental para reponer nombre y apellido de las víctimas. Por ejemplo, con base en sus investigaciones concluyeron que un determinado esqueleto pertenecía a una persona de 1.75 m de altura, zurdo, que en algún momento de su vida sufrió un severo golpe en la cabeza, así como la fractura de un brazo. En ese caso en particular, los datos empataron con un ex marine llamado David Talsma.
Un año después se incorporó al equipo antropólogos la escultora Betty Pat Gatliff, a quien correspondió el examen de los cráneos que faltaba por identificar. Con base en cada una de las piezas construyó moldes que le ayudaron a esculpir la figura aproximada de la víctima. Una vez concluida esa fase, a la escultura se colocaba dos ojos protésicos.y una peluca con el color real de cabello de acuerdo a las muestras sobrevivientes en cada cráneo. Para concluir se tomaba una fotografía del maniquí y se distribuía en varios puntos estratégicos de la ciudad.

Nocturno al lobo
John Wayne Gacy nació el 17 de marzo de 1942. Su padre era alcohólico y brutal con su familia. Los modales afeminados de John provocaban la ira y el rechazo de su padre, quien siempre mantuvo una conducta indiferente y distanciada con respecto a su hijo. A escasos meses de terminar la universidad, John tuvo que abandonar los estudios para incorporarse a una agencia de pompas fúnebres en Las Vegas. Posteriormente regresó a Chicago, donde atendió una tienda de zapatos. A los 22 años se casó con una mujer cuyo padre era dueño de una cadena de restaurantes de la franquicia Kentucky Fried Chicken en Waterloo, Iowa, en la que pronto obtuvo la gerencia, incrementando a la par su actividad social, misma que reforzó al afiliarse a la célula local del Partido Demócrata.
En 1968, la atracción que sentía por los adolescentes lo orilló a iniciar un viaje tortuoso de diez años por los laberintos de la criminalidad que culminaría en su arresto como asesino serial. Su primera sentencia la obtuvo después de que un joven empleado suyo lo acusó de acoso sexual. Aunque Gacy argumentó que se trataba de una incriminación, existían demasiadas evidencias que lo inculpaban. Su esposa, escandalizada por la conducta de su pareja, solicitó el divorcio de inmediato, con lo que la gerencia de la cadena de restaurantes se esfumó. Su comportamiento ejemplar en prisión ayudó para que Gacy obtuviera su libertad bajo palabra a los 18 meses. Sin dinero, regresó a su natal Chicago para probar suerte como cocinero y finalmente como contratista en el negocio de la construcción.
Pero el periodo de gracia no duró mucho. En 1971 intentó violar a un adolescente y por segunda vez fue detenido. Gracias a que el joven no acudió a refrendar la acusación, Gacy evitó la prisión. De lo que no pudo librarse fue de un segundo matrimonio, que naufragó poco tiempo después por su descarada homosexualidad. Para mantener una fachada de responsabilidad continuó sus actividades comunitarias como delegado del Partido Demócrata e inició sus funciones en instituciones de beneficencia y orfelinatos disfrazado como el payaso “Pogo”, ya para entonces su cadena de asesinatos era aterradora. “Pogo” el payaso nació en 1976, tenía rostro blanco, labios rojos y un maquillaje azul alrededor de los ojos. Según palabras de Gacy, el nombre de “Pogo” está vinculado al origen étnico de su creador, a los poles (polacos) y el ir hacia adelante go, cualidad que estos centroeuropeos han demostrado en territorio norteamericano.
El divorcio permitió a Gacy disfrutar a su manera el tiempo libre que su negocio le dejaba. Sin ataduras, sin hijos, con ingresos más altos que los ciudadanos medios estadounidenses, el contratista gustaba organizar en su casa fiestas para sus compañeros políticos, amigos y algunos vecinos. El aroma a putrefacción que emanaba el sembradío de cadáveres debajo de su vivienda cada vez era más difícil de ocultar y en varias ocasiones fue inquirido por sus invitados acerca de la extraña atmósfera que se respiraba. Sin mucha preocupación se limitaba a responder que posiblemente había algún problema con el drenaje. Con el humor negro que caracteriza a muchos asesinos seriales aseguraba que ya tenía algunos muchachos trabajando en el desperfecto bajo el piso de la edificación.
Gacy nunca negó la atracción que sentía por los muchachos. Los buscaba todo el tiempo, los contrataba para que trabajaran en su negocio, les hacía promesas. Muchos de los chicos acudieron de noche al hogar del homosexual con la certeza de que intercambiarían un rato de placer por algo de dinero. Muchos jóvenes llegaron por su propio pie al domicilio de Gacy… no todos tuvieron la suerte de salir vivos. En la intimidad de su hogar, el hombre ganaba paulatinamente terreno ayudado por las drogas y el alcohol. Estaba acostumbrado a obtener la confianza de los jóvenes. Cuando consideraba que las circunstancias lo favorecían, Gacy proponía alguna estratagema para inmovilizar a sus huéspedes. Por ejemplo, el truco de las esposas. Primero las colocaba en sus propias muñecas, giraba las manos y se liberaba. Cuando el turno correspondía al invitado, éste se daba cuenta que su integridad corría peligro cuando ya era muy tarde.
Gacy había acondicionado algunos de los muros de su casa para obtener ventajas al momento de torturar sexualmente a sus víctimas. En unas argollas, por ejemplo, colocaba a los jóvenes esposados. Ya indefensos eran violados salvaje y repetidamente, algunos por horas, otros durante varios días. Cuando el asesino se aburría de sus juguetes los estrangulaba, ya sea mediante torniquetes elaborados con la ropa de los muchachos o con las manos cuando deseaba disfrutar un último hálito de intimidad. De acuerdo a las confesiones del criminal, en ocasiones recitaba pasajes de la Biblia mientras culminaba su obra.
Un joven llamado Jeffrey Ringall tuvo la suerte de estar frente a las fauces del lobo y vivir para contarlo. Sucedió el 22 de mayo de 1978, cuando el muchacho incursionó en una zona de bares y diversión llamada New Town. Mientras caminaba por las calles iluminadas por los anuncios de neón, un Oldsmobile negro le cerró el paso. El conductor lo invitó a fumar un poco de marihuana mientras daban la vuelta por el lugar. Ringall pensó que era su noche de suerte. Un poco de marihuana para iniciar la fiesta no le caería nada mal. Sólo que en aquella ocasión, en lugar de un pitillo de droga, el joven aspiró el cloroformo que el desconocido, en un lapso de distracción, le colocó en la nariz con la ayuda de un pañuelo.
Mientras el hombre continuaba manejando, Ringall intentó recobrarse, sólo para que el extraño le aplicara otra dosis de cloroformo. Cuando despertó, Ringall estaba esposado a una pared. El hombre regordete, totalmente desnudo, lo observaba detenidamente y con curiosidad. Tenía una expresión muy diferente a la persona afable que horas antes le había invitado a compartir un cigarro de marihuana. En el suelo reposaban varios dildos (objetos sexuales en forma de pene) apuntando hacia Ringall. No fue necesario que el joven preguntara qué tarea cumplirían los artefactos. Durante varias horas el desconocido torturó y violó a su presa. Nadie escuchó los gritos de la víctima.
En las primeras horas de la mañana, en un estado físico desastroso, con laceraciones y quemaduras en la piel, además de los daños que posteriormente los médicos le diagnosticarían en el hígado a causa del cloroformo, Ringall fue abandonado, totalmente vestido, a los pies de una estatua en el Lincoln Park de Chicago. Aunque de momento no lo sabía fue una de las pocas víctimas de John Wayne Gacy que logró eludir la muerte. ¿Por qué el asesino se tomó la molestia de vestir a Ringall, transportarlo hasta el parque y, sobre todo, por qué no lo enterró en el cementerio clandestino que tenía bajo su casa?

Cierto olor a podrido
El viaje de Gacy hacia la cámara de ejecuciones empezó el 12 de diciembre de 1978, cuando acudió a una farmacia a hacer un presupuesto de remodelación. Robert Piest, un joven de 15 años, lo atrajo extraordinariamente. Y ahí estaba, esperando que uno de los encargados le diera una solicitud de trabajo. Gacy entabló plática con él, prometiéndole un empleo en su constructora. La gente vio salir al muchacho, pero a partir de entonces desapareció como si la tierra se lo hubiera tragado.
La familia de Robert Piest acudió a la policía a denunciar la desaparición.. Durante la investigación rutinaria, los agentes se enteraron que John Wayne Gacy no sólo había estado en el lugar poco antes de la desaparición del adolescente, sino que también era él último que había platicado con él. ¿Quién era John Wayne Gacy? En primera instancia parecía que era un ciudadano responsable, que pagaba puntualmente sus impuestos y con participación política en su comunidad. Las apariencias se derrumbaron cuando los archivos judiciales arrojaron que había purgado una condena en prisión por abusar sexualmente de un adolescente.
Sin embargo, el hecho de que Gacy hubiera sido la última persona en hablar con Robert Piest y que tuviera antecedentes de abuso sexual no significaba nada en términos legales para la policía. Faltaban muchos elementos para que las autoridades tuvieran algo más en forma y pudieran girar la orden de aprehensión en contra de su principal sospechoso.
Un grupo de agentes fue creado para que sus integrantes se turnaran en la vigilancia de Gacy. Los oficiales presionaron hasta el límite. No dejaron un momento de reposo al contratista. Finalmente a un agente se le ocurrió una idea para entrar al hogar de Gacy. Solicitó que le permitiera utilizar el baño de la casa. Al ingresar, el agente percibió el aroma a descomposición que emanaba la parte inferior del inmueble. Con la primera orden de cateo, los agentes hallaron un anillo que pertenecía a un adolescente cuya desaparición había sido reportada meses antes, así como un rollo de fotografía que Robert Piest ya no tuvo oportunidad de entregar en los laboratorios para su revelado. La revisión de la casa de Gacy provocó cierta incomodidad en los elementos policíacos a causa del mal olor en el interior del inmueble, un aroma que si bien no era insoportable sí era muy persistente.
John Wayne Gacy sabía que era cuestión de días para que las consecuencias de sus actividades nocturnas fueran expuestas por los investigadores. Su equilibrio mental estaba a punto de derrumbarse, por lo que 22 de diciembre de 1978 acudió voluntariamente a la policía a confesar sus crímenes. Sentía la necesidad de hablar y habló de todo, de su homosexualidad, de sus funciones benéficas, de lo mucho que le atraían los jóvenes, de su necesidad de matar y del osario que mantenía debajo de su casa. Dijo que su primer asesinato ocurrió en enero de 1972 y que el segundo lo cometió dos años después, en enero de 1974. Más adelante admitió que, por falta de capacidad en su casa, arrojó a otras víctimas en un río cercano, el Des Plaines.
La policía no sabía cuántos cadáveres estaban enterrados bajo la modesta edificación, pero no estaba preparada para enfrentarse a un sembradío de cuerpos putrefactos.
No había transcurrido una hora cuando los trabajadores desenterraron el primer cuerpo. La cuenta y la indignación aumentarían con el paso de los días. La noticia del macabro hallazgo fue cubierta por todos los medios de la época y dio la vuelta al mundo. Para las audiencias y lectores estadounidenses, el lugar de residencia de Gacy fue conocida como “la casa blanca”.
Como un insecto que almacena comida para después alimentar a sus larvas, John Wayne Gacy había almacenado los cuerpos de decenas de jóvenes en la parte inferior de su hogar. Según los reportes, algunas de las víctimas habían sido enterradas tan cerca una de otra que la policía especuló que habrían sido asesinadas o enterradas al mismo tiempo. Después de varias semanas de trabajo intenso las autoridades habían exhumado 27 cuerpos. En ese mismo lapso, varios cuerpos más fueron rescatados del río Des Plaines
Hasta el momento, 32 cadáveres habían sido recobrados, pero aún faltaba su identificación. La familia de Robert Piest presenciaba atentamente las excavaciones rogando que su hijo no estuviera entre la multitud silenciosa de muertos. Y, efectivamente, Robert Piest no figuraba entre los cadáveres rescatados en la casa de Gacy ni en los del río Des Plaines.
Fue hasta abril de 1979 cuando los restos de Robert Piest fueron desenterrados de un lugar del río Illinois. Había muerto por estrangulamiento en manos de Gacy.

Hombre indiferente
El 6 de febrero de 1980 las puertas del edificio de las cortes criminales del condado de Cook, en Chicago, Illinois, se abrieron para iniciar el juicio de John Wayne Gacy. El jurado estuvo compuesto por cinco mujeres y siete hombres. Fueron cinco semanas en las que desfilaron más de 100 testigos y que para el acusado, a juzgar por su indiferencia, representaron un suplicio de aburrimiento. Ni siquiera la narración pormenorizada de sus crímenes o el testimonio del sobreviviente Jeffrey Ringall, interrumpido por una crisis nerviosa que lo obligó a vomitar en pleno estrado, alteró la frialdad del inculpado.
Aunque la defensa apuntaló su estrategia en la presunta locura de su cliente, basada en el Síndrome de personalidad múltiple, el guión estaba escrito para que fuera condenado a muerte. El jurado sólo requirió dos horas para dar su veredicto. El 13 de marzo la sentencia a muerte fue oficial. Mientras tanto, el reo permanecería en el Centro Correccional de Menard, en Illinois.

Un preso popular
Al momento de ser arrestado, John Wayne Gacy tenía 36 años. Después de 14 años de encierro su piel, de por sí blanca, adquirió el tono pálido de los inquilinos de las celdas más aisladas de las prisiones de alta seguridad. Cuando su cita con la muerte estaba próxima, su cabello se había tornado plateado. En su rostro rollizo, el bigote que durante mucho tiempo lució y con el que le fue tomada la fotografía judicial que dio la vuelta al mundo, ya no existía.
Los custodios lo llegaron a apreciar y se referían a él como John Wayne, Gacy, Chester Molester o simplemente J.W. Durante 12 años mantuvo un silencio sepulcral, negándose a cualquier tipo de entrevista, no obstante las peticiones para que hablara eran abundantes. Por ejemplo, Oprah Winfrey lo solicitó a través de una carta escrita a mano. Lo mismo hizo Truman Capote, al que la muerte sorprendió sin haber obtenido respuesta alguna. Fue hasta 1992 que decidió hablar con un reportero de Chicago, aunque inmediatamente volvió a su introversión habitual. Decía que se negaba a toda entrevista porque la prensa lo presentaba como un monstruo, además de que no buscaba fama o alimentar el ego.
Desde el interior del Centro Correccional de Menard, Gacy contestó más de 27 mil cartas, cientos de llamadas y se convirtió en el preso que más visitas recibió en esa prisión. Los visitantes eran de lo más heterogéneo: estudiantes de leyes interesados en el caso, activistas opositores a la pena de muerte, admiradores, morbosos que deseaban conocer los aspectos sexuales de la saga, fanáticos que consideraban tener puntos coincidentes con él, otros que habían visto sus pinturas y deseaban intercambiar puntos de vista, y algunos que creían en su inocencia y querían ayudarlo.
En 1993, el periodista Charles Nemo logró romper el hermetismo de Gacy y realizó la primera de cuatro visitas al Centro Correccional de Menard[1]. En un momento de la entrevista, el periodista apunta: “Aunque me reuní con él durante casi 20 horas, por lo menos la mitad de ese tiempo estuvimos sólo los dos en una habitación, mientras unas mujeres se reunían con el ´guardaespaldas´ no oficial de Gacy (otro inquilino del corredor de la muerte) en una habitación cruzando el pasillo. Contrariamente a otras áreas de visitas carcelarias, ahí no había barras o ventanas entre Gacy y sus visitantes, aunque él siempre estaba esposado. Una cámara en una de las esquinas de la habitación permitía a los guardias, en una celda al lado, vigilarnos. Nunca me preocupé porque Gacy intentara algo peligroso para mí, aunque en una ocasión hizo un comentario que me inquietó (mientras él caminaba detrás de mí y me di cuenta de que me observaba cuidadosamente): dijo que podía romperme el cuello antes de que los guardias pudieran llegar desde el cuarto en el que atendían lo monitores de circuito cerrado”.
Charles Nemo no sólo fue el último periodista que entrevistó a John Wayne Gacy, también fue una de las últimas personas en verlo vivo. En la cuarta visita a la correccional, Gacy mostraba bastante nerviosismo y habló acerca de un presunto donante anónimo que aportaría medio millón de dólares para financiar otra ronda de apelaciones. Nunca se supo si existió ese donante o aquello era una forma con la que el asesino se daba ánimos para postergar su cita con la inyección letal.
Días antes de morir, Gacy intentó comunicarse con Nemo para decirle adiós. No había nadie en casa y las palabras tristes del payaso quedaron registradas en la máquina contestadora.
La noche del 9 de mayo de 1994, Gacy degustó su última cena en este mundo gentil: pollo frito, papas a la francesa, coca cola y una pieza de pastel de fresa. Un reportero del Knight Tribune hizo un intento desesperado por recoger las palabras finales del asesino. Gacy se negó, aunque comentó a los guardias que lo custodiaban lo siguiente: “Se han escrito 11 libros basados en mi caso, 31 ensayos, dos guiones, una película, una obra para Broadway, cinco canciones y más de cinco mil artículos. ¿Qué más puedo decir? No tengo el suficiente ego para tanta basura”.En la primera hora del 10 de mayo, Gacy recibió en sus venas las tres inyecciones que acabaron con su nerviosismo, su vigilia y su vida. Las funciones de “la amenaza misteriosa que se esconde detrás de un rostro de payaso” habrá que buscarlas en otro teatro.
[1] Los resultados de las cuatro charlas pueden consultarse en la dirección electrónica user.aol.com/Karol666/page4/gacy.htm y llevan por título “Johnny, We Hardly Knew Ye! (Four Visits to Serial Killer John Wayne Gacy) by Charles Nemo”.