Rasputín, la santidad maldita

POR José Luis Durán King
Rasputín fue un hombre de religiosidad sincera, aunque no exenta de perversidad; un monje que creía en la caridad como único voto, quien fue tragado por el remolino de locura y corrupción que rodeaba la corte rusa de principios del siglo XX

Ha transcurrido casi un siglo desde su asesinato en 1916 y la sombría figura de Grigori Rasputín, el controversial santón de los últimos días del imperio ruso, continúa rutilante. Actualmente hay quienes lo consideran un monstruo de lascivia, mientras que otros están convencidos que fue un santo poseído por misteriosos poderes curativos. La explosiva dicotomía de su personalidad y su aura de persuasión han inspirado libros, películas e incluso una ópera.
Como muchos otros gurús del pasado y de ahora, Rasputín pudo haberse perdido en las cenizas de la historia de no ser por un hecho crucial que le correspondió vivir: un momento determinante de la historia de Rusia, que él utilizó para ganar la fe y la confianza, así como la influencia política de Alejandra, la última emperatriz de Rusia. Las desastrosas consecuencias de esa relación contribuyeron a la caída de la dinastía de los Romanov, un vínculo humano que resulta fundamental comprender al momento de encarar la historia de la revolución rusa. En este último punto existe consenso entre los historiadores de que la influencia de Rasputín puede ser trazada a partir de la habilidad que mostró en las ocasiones que se le requirió para aliviar las dolencias del heredero hemofílico del trono ruso.
Sin tratamiento, la hemofilia puede poner en peligro la vida de quienes la padecen, no tanto por el riesgo de desangrarse hasta la muerte a causa de una herida, sino por los azarosos y arbitrarios sangrados internos que a la vez provocan grandes dolores. En los tiempos de Alejandra, la ciencia médica era aún incapaz de contener la furia de la hemofilia. Así, la agonía de ver cómo el sufrimiento hacía presa del hijo amado condujo a la desesperada madre a aferrarse a lo que le ofreciera una esperanza, por mínima que fuera, sin importar que aquella proviniera de un misterioso curandero.
A finales de los años noventa aparecieron en el Reino Unido dos libros que tuvieron como tema al monje ruso. El primero de ellos es Rasputin: The Saint Who Sinned (Rasputín: El santo que pecaba) de Bryan Moynahan, el cual, como reza su título, se aboca a los pecados del santón ortodoxo, sobre todo a los relacionados con la carne. Moynahan sugiere, en lo que es una hipótesis atrevida, que la hemofilia del pequeño heredero del trono ruso fue el pretexto para la relación entre la emperatriz y Rasputín. El autor se aventura a señalar: “Su atracción fatal por Rasputín nació del alma, de la histeria, del misticismo y la desolación… de la obstinación y el orgullo autócrata. La hemofilia del heredero apenas si está comprobada”.
Aseveraciones tan contundentes como las que ofrece Bryan Moynahan demandan ser comprobadas. Un historiador escribe su versión de la historia de acuerdo con las fuentes a las que recurre. En el caso de Moynahan al parecer sólo se basó para sustentar su imaginería en otros libros y, específicamente, en los que refieren los secretos de alcoba, dando por resultado que la obra de este autor nunca logre desprenderse de un halo sensacionalista.
Por el contrario, The Rasputin File (El archivo Rasputín) de Edvard Radzinski lanza de entrada las siguientes líneas: “Un nuevo mito ha emergido en torno al zar y al campesino Rasputín como los preservadores de las ideas inmemoriales rusas de la ortodoxia y la autocracia”, ideas que, subraya Radzinski, han pasado a ser patrimonio del sucesor de Boris Yeltsin: Vladimir Putin.
Por supuesto, la obra de Radzinski se planteó un propósito más serio e histórico que la presunta investigación elaborada por Moynahan. Radzinsk. Nada más para acallar dudas, basó sus pesquisas en los archivos de la otrora tenebrosa agencia de inteligencia soviética, la KGB y, específicamente, en los informes que tenía ésta en torno al asesinato del monje ortodoxo. Este suceso, que marca el inicio de la caída del imperio de los Romanov, recoge los testimonios (que los hubo, pero fueron archivados por la mencionada agencia) de varios de los conspiradores, mismos que permiten seguir lo que realmente sucedió en la mansión del príncipe Feliks Yusupov en Petrogrado la noche de diciembre de 1916.
El corazón de este valioso material, al que por supuesto ya habían suprimido documentos antes de llegar a las manos de Radzinski, es fruto de la investigación en torno al fin de los Romanov lanzada en 1917 por el gobierno provisional ruso durante el breve intervalo entre la caída de la familia real en marzo y la revolución bolchevique de noviembre.
El archivo Rasputín es una investigación que pone su acento en el ascenso al poder de su santidad maldita, una historia casi tolstoiana por sus complejidades e ironías. En ocasiones, por tratarse de una personalidad de atracción sobrenatural, los árboles de las intrigas ocultan el bosque del destino de una nación que se dirigía al precipicio. Afortunadamente, Radzinski no pindonguea con los escándalos de alcoba, aunque no quedan fuera del contexto histórico las orgías y los enredos sexuales dentro de la corte de los Romanov.Finalmente, hay que apuntar que Radzinski ofrece una descripción muy diferente de Rasputín a la que los medios nos han presentado: un hombre de religiosidad sincera, aunque no exenta de perversidad; un monje que creía en la caridad como único voto, quien fue a su vez tragado por el remolino de locura y corrupción que rodeaba la corte rusa. Radzinski concluye uno de sus capítulos con unas palabras que pueden servir de colofón a esta entrega: “Ambos (Rasputín y la zarina Alejandra) practicaron a la perfección el arte del exterminio mutuo, aunque sin darse cuenta de que se avecinaba una catástrofe