Influenza: tan letal como la peste negra

Todo empezó como una epidemia de gripe que atacó a pescadores y campesinos que viajaban a bordo del barco Forsete rumbo a las minas de carbón de Longyearbyen, Noruega. En cuestión de semanas la Influenza española se propagó, acabando con la vida, en 1918, entre 20 y 40 millones de personas en el mundo

POR José Luis Durán King

Todo empezó como una epidemia de gripe que atacó a pescadores y campesinos que viajaban a bordo del barco Forsete rumbo a las minas de carbón de Longyearbyen, Noruega. En cuestión de semanas la Influenza española se propagó, acabando con la vida, en 1918, entre 20 y 40 millones de personas en el mundo

(tumblr.com)
Existe un pequeño pueblo de las islas noruegas al norte del círculo ártico llamado Longyearbyen. En él hay siete tumbas en las que pueden leerse los siguientes nombres e inscripciones: Ole Kristoffersen (1 de febrero de 1896-1 de octubre de 1918), Magnus Gabrielsen (10 de mayo de 1890-2 de octubre de 1918), Hans Hansen (14 de septiembre de 1891-3 de octubre de 1918), Tormod Albrigtsen (2 de febrero de 1899-3 de octubre de 1918), Johan Bjerk (3 de julio de 1892-4 de octubre de 1918), William Henry Richardsen (7 de abril de 1893-4 de octubre de 1918) y Kristian Hansen (10 de marzo de 1890-7 de octubre de 1918).

En una primera instancia, quizá al lector le parezca intranscendente que un cementerio europeo albergue lápidas y muertos, sobre todo cuando sus inscripciones nos hablan de 1918, año en que la Primera Guerra Mundial llegó a su fin, no sin antes reclamar una alta cifra de víctimas. No obstante, 1918 también se ha ganado un lugar en las efemérides por la aparición de una gripe extraordinariamente letal que se propagó por todo el planeta, matando entre 20 y 40 millones de personas. Tan solo en ese año, el número de estadounidenses que falleció es más alto que la combinación de bajas humanas que arrojó la Primera y Segunda guerras mundiales, la de Corea y la de Vietnam.

Un barco llamado Forsete

(retalesdehistoria.blogspot.com)

El 24 de septiembre de 1918, tres días después de haber zarpado de la costa norte de Noruega, el Forsete arribó a Longyearbyen. Era el último barco del año; después de su llegada, los hielos se cerraron e hicieron imposible el paso por mar. El Forsete llevaba entre sus pasajeros a pescadores y campesinos que durante el invierno se dirigían al norte en busca de ganar un dinero extra en las minas de carbón de Longyearbyen. Sin embargo, durante el viaje la nave fue atacada por una epidemia de gripe. Al llegar al puerto, muchos de los tripulantes tuvieron que ser trasladados al hospital local y algunos de ellos murieron en las siguientes siete semanas. Fueron enterrados, en fila, en el cementerio de la aldea, y en sus sepulcros quizá puede hallarse el misterio de la Influenza española, una extraña enfermedad que viajó por los cinco continentes lo mismo en barcos, que en autos, camiones y trenes, matando tan rápidamente que en algunas ciudades los tranvías hicieron las veces de carrozas fúnebres y los campos se abrieron para improvisar tumbas masivas. Pero, más allá de cualquier metaforización, de las millones de tumbas que se dispusieron durante el ataque de la epidemia, las siete de Longyearbyen son las que permanecen en la mente de los hombres de ciencia, puesto que en ellas podría hallarse la solución a uno de los enigmas más grandes dentro de los territorios de la medicina.

Es oportuno señalar que los tripulantes del barco Forsete no fueron los portadores inaugurales de la así llamada Influenza española. Se sabe que el 4 de marzo de 1918 se registró, en Camp Funston, Kansas, el que podría señalarse como el primer caso de esta enfermedad. En los siguientes 18 meses a partir de su aparición, el virus integró epidemiológicamente al mundo, aunque, en el tumulto de la Primera Guerra Mundial, esa primera ola pasó desapercibida.

En ese entonces nadie sabía que los virus de la influenza son notoriamente inestables y “genéticamente aptos”. Por ejemplo, si se coloca un virus de influenza junto a otro, y si en ambos existe la posibilidad de intercambiar genes, se produce un proceso denominado reinstalamiento. Ese reinstalamiento puede desembocar en la creación de un virus estrechamente cercano a sus “padres”, pero con sus propias peculiaridades genéticas. En raras ocasiones –como en la pandemia de 1918– las consecuencias resultan tan dramáticas. El virus se convierte en una especie de Frankenstein contra el que la humanidad no posee un antídoto a corto plazo.

El 22 de agosto de 1918 se presentó el primer caso del segundo oleaje de la Influenza española en Brest, un puerto que albergaba tropas estadounidenses. En cuestión de días, un virus reinstalado explotó casi simultáneamente en tres locaciones geográficas bastante alejadas entre sí: Francia, Sierra Leona (África) y Boston (Estados Unidos), donde los especialistas identificaron 17 mil casos, de los cuales alrededor de 800 murieron. Todo parece indicar que un factor de movimiento de la enfermedad fue el constante desplazamiento de soldados que demandaba la beligerancia del momento. En cosa de semanas, el virus ya estaba plenamente instalado en Europa. Llegó a España a través de Portugal, cruzando los Pirineos; Escandinavia fue infectada por Inglaterra; Italia por Francia. Cuando las fuerzas aliadas se unieron a los ejércitos antibolcheviques durante la Revolución rusa, también trajeron consigo la influenza. Asimismo, europeos y estadounidenses se hicieron cargo de llevar la enfermedad a Islandia y Nueva Zelanda. En India, la pandemia llegó por barco, camión y tren. La influenza atacó con tal ferocidad que la comunidad médica quedó impactada, temiendo que ese extraño patógeno nuevo pudiera ser una versión aérea de la peste negra, ya que los pacientes fallecían literalmente ahogados por la sangre y flujos arrojados por sus pulmones. Incluso algunos historiadores especulan que fue la Influenza española, y no la política, la que llevó al armisticio a la Primera Guerra Mundial.

Uno de los misterios de la epidemia de 1918 se centra en las características de las víctimas y, por lo tanto, de los virus. Aunque las gripes ordinarias son causal de muerte entre la población infantil, los ancianos también están expuestos a la fatalidad debido al debilitamiento de su sistema inmunológico. El virus de 1918 cobró víctimas en ambos segmentos de la sociedad, pero tuvo una inclinación especial entre personas cuyas edades comprendían el rango de 25 a 34 años de edad.

El alineamiento de las estrellas

(elbauldejosete.wordpress.com)

Hace algunos cientos de años, los europeos creían que las epidemias de gripe estaban determinadas, o “influenciadas”, por el alineamiento de las estrellas. Hoy se sabe que la influenza es causada por una clase de virus que se encuentra entre los patógenos más infecciosos que haya conocido el ser humano. Las partículas del virus de la influenza literalmente flotan en el aire durante horas después de que un enfermo las ha expulsado, esperando ser inhaladas por nuevos huéspedes, los cuales incluyen no sólo a las personas sino también perros, caballos, cerdos, pájaros y hasta algunos mamíferos marinos. El primer virus de influenza en humanos fue aislado en 1933, cuando un hurón para pruebas de laboratorio estornudó en pleno rostro de un científico, quien desarrolló los síntomas de la enfermedad.

Una vez inhalado, el virus infecta las células que cubren el aparato respiratorio. En huéspedes susceptibles, la infección puede causar fiebres altas, una tos dolorosa que tiene posibilidades de convertirse en neumonía, dolores corporales y malestares pulmonares. Muchos de los casos de influenza se confunden con los síntomas de un simple resfriado, factor que complica los esfuerzos de las autoridades de salud pública para determinar las proporciones de una epidemia de influenza. Aún más: personas asintomáticas son capaces de transmitir la enfermedad.

Después de 1918 se tiene conocimiento de dos epidemias de grandes proporciones, aunque no tan devastadoras: la gripe asiática de 1957, que cobró alrededor de 70 mil víctimas; y la gripe de Hong Kong, que mató a 33 mil personas durante el invierno 1968-69. Con suerte, los especialistas podrían anticipar el próximo oleaje de la Influenza española antes de que ésta cause mayores daños. El problema es que no existe un ejemplar del virus de 1918, puesto que en esa época no se conocían los métodos de aislamiento de virus. Además de que la influenza muta tan rápidamente, que prácticamente nadie reconocería las variaciones del virus de 1918.

Paradójicamente, la única manera de conocer el virus de 1918 es encontrarlo, una tarea que se antoja imposible, ya que los cuerpos de los siete mineros enterrados en el frío cementerio de Longyearbyen no estaban, contrariamente a lo que se creía, preservados. El congelamiento prolongado disecó los tejidos blandos, momificándolos. Es decir, en un estado de congelamiento, los flujos corporales simplemente se evaporan. A este proceso se le conoce como sublimación. Es el cambio de un estado sólido a uno gaseoso sin pasar por el estado líquido. El fenómeno puede corroborarse incluso a nivel doméstico. Si se coloca un recipiente para cubos de hielo en el congelador y se deja ahí durante dos semanas aproximadamente, los cubos de hielo se harán más chicos.

Aves y sexo viral

(terra.com.mx)

Después de los resultados desalentadores que arrojaron los siete cadáveres de Longyearbyen, los científicos se abocaron a recabar muestras forenses de más de 2 millones de soldados muertos durante la Primera Guerra Mundial, todo en busca del virus de la Influenza española. Este trabajo ha arrojado conclusiones preliminares. Existe la hipótesis, por ejemplo, de que la influenza española se originó –por lo menos parcialmente– a causa de un ave, probablemente un pato. Los depósitos de agua, como los lagos, son lo que los virólogos llaman “reservas” para la influenza. Ahí se almacenan la mayoría de los subtipos de influenza, lugares en que las aves, entre muchos especimenes, excretan sus heces, para después trasmitir enfermedades a todo el reino animal. La influenza de seres humanos y animales –caballos, cerdos, perros, entre otros– probablemente se originó en las aves.

Pero no todo es tan simple. El virus originado en aves pudo haber sido hospedado por ejemplo en los cerdos y, de ahí, llegó a los seres humanos. En esa cruza se dio una mezcla, emergiendo así un verdadero crucigrama morboso. Algunos científicos denominan al proceso de combinación de dos o más virus “sexo viral”, un término apropiado, puesto que, como en la reproducción humana, el producto siempre recibe la herencia genética del padre y la madre. Procesos similares se presentaron en las gripes de Hong King y asiática.

En un mundo que ha entrado en un proceso irreversible de comunicación, la globalización de enfermedades no sólo incluye a los seres humanos sino también a los animales. En los años setenta, el experto en patología W.I.B. Beveridge, autor de una historia natural del virus de la influenza, advertía: “No existe una razón conocida para qué no haya habido otra pandemia catastrófica como la de 1918 o incluso peor”. La influenza, señalaba, siempre ha tenido la capacidad de convertirse en una plaga universal: “Un chispazo en una esquina remota del mundo puede iniciar un fuego que nos alcanzará a todos”. Tal chispazo actualmente tendría consecuencias aún inimaginables; ahora que la población del mundo se ha cuadriplicado y más de un millón de personas cruzan por los aeropuertos del globo, una influenza similar a la de 1918 mataría –según estimaciones de los expertos– a cientos de millones de seres humanos.