Jeffrey Dahmer: canibalismo en Milwaukee

POR José Luis Durán King

El 28 de noviembre de 1994, Jeffrey Dahmer, “El caníbal de Milwaukee”, fue asesinado en la Institución Correccional de Columbia Portage. Su muerte representa el fin de otro antihéroe de los medios de comunicación y de la cultura pop norteamericana

Unos días antes de su muerte, en su sesión bíblica semanal, Jeffrey Dahmer había descubierto el Libro de las revelaciones. Roy Ratcliff, el ministro de la Iglesia de Cristo de Madison y visitante regular de Dahmer, dijo que éste “a menudo se preguntaba acerca de la muerte”, demandando una respuesta, pues sentía que “pecaba contra Dios por seguir vivo”.
Desde su primer encuentro con Dios en 1992, durante el juicio que se llevó a cabo contra el “Caníbal de Milwaukee”, Dahmer entró a un periodo de arrepentimiento sincero. Incluso, poco después de que se le condenó a 936 años de prisión por el asesinato de 16 jóvenes, consideró la opción liberadora del suicidio. Sin embargo, tras su bautizo en mayo de 1994 en la capilla de la prisión, su deseo de muerte se alejó. “El vio más allá de su vida, vio más allá para servir a Dios, pues éste lo había perdonado”, argumentó el ministro Ratcliff.
Pero la muerte, otrora cómplice y compañera de juegos sexuales de Dahmer, lo alcanzó la mañana del 28 de noviembre de 1994. A los 34 años, el hombre de la mirada de mármol, el asesino serial más notorio de Estados Unidos, fue descubierto en medio de un charco de sangre en los retretes de la Institución Correccional de Columbia, Portage. Los guardias habían dejado solos a Dahmer, a Jesse Anderson y a Christopher Scarver (apellido que paradójicamente podría traducirse, en caso de que se permitiera traducir apellidos, como “descuartizador”) durante 20 minutos. Aparentemente, los tres internos apenas si se conocían entre sí. Dahmer y Anderson fueron golpeados hasta perder la conciencia. Anderson murió dos días después del ataque, Dahmer ese mismo día, mientras la ambulancia lo conducía al Hospital del Divino Salvador, en Wisconsin.

Un mango de escoba de metal y sangre en la ropa del afroamericano Scarver hacen sospechar que fue él quien, aprovechando el descuido de los otros dos internos, decidió matarlos. Aunque al principio se argumentó que el atentado contra Dahmer y Anderson tuvo tintes racistas –pues no debe olvidarse que entre las víctimas del “Caníbal de Milwaukee” hubo muchos negros–, lo cierto es que Scarver estaba, desde varios años atrás, en tratamiento con base en medicamentos psiquiátricos y, según afirman varios internos, sufría de ataques repentinos de ira. No se ha confirmado, y posiblemente nunca se confirme, pero Christopher Scarver fue el principal sospechoso de las muertes de Jeffrey Dahmer y Jesse Anderson.
De acuerdo con las pocas personas que pudieron asomarse al alma de Dahmer, él siempre estuvo dispuesto a morir. Perseguido por su legado de asesinatos y canibalismo, sentía que merecía la muerte, una apreciación que compartían las familias de las víctimas. Joyce Flint, la madre de Dahmer, pensaba distinto. “Ahora todos están felices, verdad?”, comentó llorando cuando se enteró del destino de su hijo. “Ahora que ha sido golpeado hasta morir espero que sea suficiente para todos.”
Para algunos de los familiares de los 16 jóvenes sacrificados por Dahmer, la respuesta es afirmativa. Para otros, como Theresa Smith, que visitó a Jeffrey en marzo de 1994 para conocer más detalles sobre los últimos momentos de vida de su hermano Eddie, descuartizado a la edad de 28 años por el “Caníbal de Milwaukee”, un asesinato es un asesinato: “He estado rezando por sus padres, no merecía una muerte así.”
Pero, muerto o vivo, el nombre de Jeffrey Dahmer siempre evocará las imágenes espeluznantes que sacudieron al mundo el verano de 1991: los restos humanos congelados, el corazón listo para freírse[1], los rostros deformes de algunas de sus víctimas. Fue tal el impacto causado, que incluso un antiguo fiscal argumentó que “Dahmer fue como el cometa Halley. Un criminal así aparece una vez cada 75 años. Gracias a Dios, pasará mucho tiempo antes de que otro como él surja en el mundo del crimen”.
A diferencia del resto de los asesinos seriales, Dahmer siempre estuvo dispuesto a hablar. Lo hizo desde el principio. Después de que un hombre esposado escapó de su departamento en julio de 1991 y condujo a la policía a la fantasmal escena del averno, Dahmer confesó todos los asesinatos, incluyendo uno del que jamás se encontraron evidencias. Habló también de los motivos del lobo: de lo que lo impulsaba a ligar jóvenes en los bares gay, llevarlos a casa, drogarlos, estrangularlos, violar los cuerpos muertos y, en algunos de los casos, comerlos.
Desde el momento en que fue aprehendido y sus atrocidades salieron a la luz pública, el espectáculo de la sinrazón se activó: necrofilia, homosexualismo, rituales caníbales, pedofilia y racismo fueron ingredientes suficientes para que los medios de comunicación prepararan un cóctel de efectos embriagantes. No es de extrañar, pues, que la muerte del “Caníbal de Milwaukee” en manos de otro prisionero diera la vuelta al mundo a la velocidad de los noticiarios de Ted Turner.
A pesar de haber librado la pena máxima por el simple hecho de que en Wisconsin no se aplica el castigo capital, desde el momento en que ingresó a la Institución Correccional de Columbia la ejecución de Dahmer sólo parecía cuestión de fechas. Así lo advirtió en 1992 Henry Lee Lucas, en una entrevista que dio desde el pabellón de la muerte de la prisión de Huntsville, Texas. Lucas se asomó al infierno que esperaba a Dahmer tras las rejas y dijo: “Para alguien que ha asesinado adolescentes es muy difícil librar el código de los otros presos.”
De hecho, todo mundo pensaba que Dahmer era un hombre afortunado por haber cometido su carnicería en Wisconsin, uno de los pocos estados de la Unión Americana que no aplica la pena de muerte. En el estado vecino de Illinois, por ejemplo, el 10 de mayo de 1994 un eclipse solar fue el sombrío escenario para la ejecución de John Wayne Gacy Jr. Su deuda se remontaba a los años ochenta, cuando fue acusado y convicto del asesinato de 33 adolescentes, a quienes violó salvajemente antes de remitirlos al sótano de su casa.
Con el cuerpo de Dahmer se enterró la ofensa. El fin de este antihéroe de los medios de comunicación y de la cultura pop norteamericana sólo es la prolongación de una vida profundamente miserable y solitaria. Desde 1993 encontraba en el Libro de las revelaciones un sustento espiritual para la soledad de su condena. La masturbación era cosa del pasado y la necrofilia sólo le interesaba como asunto psiquiátrico.
Sin embargo, tanto la necrofilia como el canibalismo fueron argumentos poderosos para que el caso Dahmer ganara una popularidad perversa. El primer término, aunque difícil de tipificar, se refiere al acto sexual con un cuerpo muerto. John Christie, por ejemplo, asesinó a seis mujeres en los años cincuenta del siglo XX con el simple propósito de tener prácticas sexuales con ellas. Pero existen otros necrófilos: aquellos que roban muertos y los coleccionan, los que gustan de dormir en cementerios y los que encuentran hermosa a la muerte.
Según Erich Fromm, los necrófilos generalmente son pálidos (como lo era Jeffrey Dahmer) y poseen un habla monótona (la voz de Dahmer carecía de expresión o inflexiones). Las máquinas les fascinan, pues éstas no tienen sentimientos, son inhumanas. Peter Sutcliffe, el “Destripador de Yorkshire”, por ejemplo, pasaba horas enteras jugando con motores de autos.
Peter Kürten, el “Vampiro de Düsseldorf”, recordaba con lujo de saña y detalle los crímenes que había cometido años atrás. Pero quizá el acto necrofílico más extravagante es el que compartían Dahmer y Kürten: el de la “lujuria de la muerte”; es decir, cuando el acto de matar produce excitación sexual. En Kürten la lujuria alcanzaba niveles exasperantes, pues, cuando no conseguía una víctima a modo, sacrificaba animales. Lo que es cierto, aunque incómodo para muchas conciencias asépticas, es que la necrofilia generalmente representa la perversión más extrema de algo que esencialmente es bueno: el instinto amoroso.
Tras los sucesos del 28 de noviembre de 1994, cuando Jeffrey Dahmer fue asesinado a tubazos en el área recreativa de la Institución Correccional de Columbia, la mayoría del público que concurre a las noticias cómodamente instalado en su sillón favorito sintió alivio. Pero es un alivio pasajero, pues, como lo ha apuntado Robert Ressler, el investigador del fbi que acuñó el término “asesino serial”, de un predador que existía en 1957 en Estados Unidos (Ed Gein, en quien está inspirado en gran parte el personaje “Buffalo Bill” de la película El silencio de los inocentes) actualmente se cree que existen más de 150 asesinos seriales deambulando por los parajes solitarios de las carreteras interestatales de Norteamérica.
En las entrevistas que siguieron a su detención, Dahmer negó que su soledad, que la niñez alienada en Bath, Ohio, fueran las responsables de su psicopatía. Tampoco culpó a las escenas amargas del divorcio de sus padres o a las drogas que su madre pudo haber tomado durante el embarazo, tal y como lo ha sugerido el padre de Dahmer. “A quienes debemos culpar es a las personas que están cruzando frente a ti”, dijo Dahmer en enero de 1993 a un reportero de la revista Inside Edition. “No fueron mis padres ni la sociedad ni la pornografía. Todas esas son sólo excusas”.
Cuando Dahmer fue sentenciado a 15 cadenas perpetuas consecutivas en febrero de 1992 –la decimosexta vendría posteriormente por su primer asesinato, un vagabundo de Ohio al que ultimó en 1978–, con una expresión de alivio comentó: “No quiero volver a ser libre. Francamente deseo morir.”
Ese deseo de muerte quizá explica parcialmente por qué siempre rechazó el trato especial en prisión. Por su notoriedad, pasó su primer año en Columbia en una sección desolada de 96 celdas donde la libertad de movimiento estaba severamente limitada, además de que era forzado a utilizar esposas cada que abandonaba la celda. Sin embargo, a principios de 1993, su buena conducta convenció a las autoridades penales para que lo enviaran a un área menos restringida y que le extendieran sus privilegios. Le fueron permitidos 15 revistas, 30 libros, cuatro periódicos, una Biblia, dos llamadas telefónicas y tres visitas a la semana, una televisión, un radio y que pudiera asistir a clases y a trabajar.
En su celda, cuando no deseaba salir, mataba el tiempo fumando, leyendo vorazmente materiales religiosos y escuchando cintas de música clásica, cantos gregorianos y ambientes de ballenas. Atrás habían quedado las épocas de las Campanas tubulares y del heavy metal. En 1993, cuando Inside Edition lo entrevistó, confesó que dormía varias horas durante el día y que pasaba despierto la mayor parte de la noche. Los viejos hábitos aún no los perdía por completo, pues confesó que no le gustaban los fines de semana, “porque es cuando las antiguas compulsiones parecen regresar.”
A partir de que Dahmer se hiciera siniestramente famoso, la vida de muchas personas cambió. Entre ellas la de su madre, un ex consejera de pacientes con sida en Fresno, California, quien, a causa de la presión social, perdió su empleo. Y, en marzo de 1993, al mismo tiempo en que su ex esposo fue amonestado por la publicación del libro Father`s Story, intentó suicidarse con píldoras para dormir.

El asesino como atracción turística
Reza el refrán que “de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno”. Así lo comprendieron las autoridades del FBI cuando, a través de una entrevista, abrieron una ventana hacia el alma de uno de los asesinos seriales más depravados de todos los tiempos. La entrevista, que “tomó varias horas”, según un reporte posterior a la misma, produjo 40 cuartillas de las mil 155 que integran el archivo que el Buró de Investigaciones Federales integró sobre el caso de Jeffrey Dahmer, el “Caníbal de Milwaukee”.
Durante la plática, conducida por algún agente anónimo, Dahmer, cuyas orgías sexuales sacudieron a Estados Unidos, se muestra como un hombre cándido y casi clínico al momento de hablar de sus deseos y sus asesinatos. Por ejemplo señala: “No hubo odio. Fue sólo que… era la única manera de que ellos continuaran allí… conmigo. Me proporcionó un sentimiento de control total e incrementó la emoción sexual. Esa fue la motivación. No hubo odio en todo eso”.
La información producida por la entrevista originalmente se utilizaría “para propósitos de aprendizaje” de la Unidad de Ciencia de la Conducta de la Academia del FBI, la cual, sin embargo, conduce sus propias entrevistas, por lo que finalmente los resultados fueron evaluados por el Centro Nacional para el Análisis de Crímenes Violentos, también del FBI, que provee apoyo, investigación y entrenamiento para asistir a las fuerzas legales en los niveles federal, estatal y local.
Los crímenes de Jeffrey Dahmer fueron más allá de lo imaginable. Fue Satán en la Tierra, sembró semillas de maldad que nadie hasta ahora se ha atrevido a analizar detenidamente. Las llamas de su infierno particular se asomaron a la superficie por vez primera el 22 de julio de 1991, cuando dos policías de Milwaukee presenciaron una escena extraña: un hombre esposado que corría hacia ellos, gritando que había escapado de que alguien lo asesinara. El sujeto era Tracy Edwards y estaba destinado a ser la víctima 18 de Dahmer si la suerte no hubiera intervenido. “La única razón por la que ese tipo escapó”, dijo Dahmer a su entrevistador, “es que estuve inconsciente por más de seis horas… No sé por qué me quedé en blanco aquella ocasión”. Los policías acudieron al departamento en el que vivía el presunto agresor. Súbitamente las piezas del rompecabezas se unieron: el olor fétido, los sonidos en los caños que los vecinos escuchaban todas las noches, la cámara de seguridad en la sala, el barril de 55 galones. Pero había algo más: fotografías de cuerpos mutilados y un cráneo preservado en el refrigerador.
Una búsqueda más exhaustiva en el departamento dio inicio la mañana del 23 de julio, que reveló una literal cámara de los horrores. La multitud de curiosos se arremolinaba a la entrada del apartamento, localizado en un área peligrosa de la ciudad. “Fue una atracción turística”, declaró Lisa Holewa, una reportera que cubrió el caso y que es coautora, junto con Robert Dvorchak, del libro Massacre: Jeffrey Dahmer and the Milwaukee Murders. “La ciudad estaba horrorizada, la gente no creía lo que leía. Tenían que verlo por sí mismos”. El primer cráneo fue hallado en el refrigerador, tres más en el congelador. Dos cabezas fueron descubiertas en uno de los apartados del armario, dos más en una caja de computadora y finalmente tres en un gabinete. Tres torsos sin cabeza se encontraron en un barril de 55 galones. Algunas manos y penes descompuestos también fueron recuperados. Navajas, sierras, botellas de ácido, cloroformo y formaldehído fueron parte del inventario oscuro de Dahmer, así como decenas de fotos Polaroid que registraron puntualmente cuerpos humanos en diferentes estados de descomposición. Los restos de 11 víctimas fueron encontrados en el departamento y Dahmer, voluntariamente, proporcionó información acerca de otros seis asesinatos. En los 17 casos, Dahmer dijo a los entrevistadores, sus víctimas llegaron por su propia voluntad, la mayoría de ellos fueron ligados en bares gay y en librerías para adultos. Generalmente, Dahmer utilizaba píldoras diluidas en café o cervezas para dormir a sus presas. Pocas veces utilizó la fuerza.
De acuerdo a la entrevista, Dahmer descubrió su homosexualidad a los 13 años, la cual mantuvo en secreto para su familia y amigos. En 1978 se graduó de la high school y para ese verano ya vivía solo debido a que sus padres se habían separado y mudado de la propiedad familiar. Una noche que conducía a casa vio a un joven que pedía “aventón”; era Steven M. Hicks, de 19 años. “Nunca imaginé lo que sucedería, pero todo salió a pedir de boca en esa ocasión”, confesó el asesino a su entrevistador.
Acordaron tomar unas cervezas. Pero las cosas se salieron de control. “El tipo se quería ir y yo no quería que se fuera”, declaró Dahmer. Éste golpeó con una barreta la cabeza de Hicks, una y otra vez. Después, continúa la entrevista, obtuvo satisfacción sexual con el cadáver, antes de abrirlo en canal “para examinarlo”. En este punto vale la pena detenerse. De acuerdo a la opinión del doctor Ashok Bedi, director del Hospital Psiquiátrico de Milwaukee, Jeffrey Dahmer pudo haber sido un cirujano de gran renombre. Bedi –quien siguió de cerca el caso del caníbal y que lo trató hasta antes de que el asesino fuera victimado en 1994– cree que el lado oscuro de Dahmer tomó el control de su habilidad natural como cirujano y, al final, el resultado fue un reino de asesinato y mutilaciones. “Una línea muy delgada separa al cirujano del asesino serial”, opina Bedi. “La necesidad de bisturís, de cortar la carne, es algo muy sádico. Si un asesino serial potencial es capaz de comprender esa necesidad, él puede darle un uso socialmente aceptable”. El profesional, autor de la obra Path to the Soul, opina que “todos tenemos un lado demoníaco y otro luminoso. En aquellas personas que niegan algún lado, éste se multiplica. En Dahmer, la oscuridad se incrementó más y más, hasta que tomó un control absoluto de él.”.
Jeffrey Dahmer sentía una gran fascinación por la anatomía y los órganos internos, una atracción que empezó en su juventud, cuando disecaba animales. Años más tarde utilizó sus habilidades para desmembrar , desollar y preservar sus víctimas humanas. Incluso visitó a un taxidermista para perfeccionar sus propias técnicas.
El caníbal de Milwaukee fue convicto de 15 homicidios en Wisconsin y sentenciado a 16 cadenas perpetuas consecutivas. No cumplió una sola, ya que en 1994 fue asesinado por Christopher Scarver, un preso de color que estaba bajo tratamiento psiquiátrico debido a que creía ser nada menos y nada más “Dios”.
Lo cierto es que Milwaukee y Jeffrey Dahmer se han vuelto sinónimos. Han trranscurrido muchos años y el miedo permanece inmaculado. “Cuando paso frente al departamento, lo miró y siento escalofríos, sobre todo los días lluviosos. Hay una presencia ahí”, declaró LaTaryn Williams a Associated Press. “Recuerdo cuando sacaron el refrigerador con los restos de cadáveres. Nunca lo olvidaré, nunca”.
Estamos de acuerdo: nadie olvidará a Dahmer, un hombre de gustos especiales en cuanto a comida se refiere. En la mencionada entrevista realizada por el FBI, por supuesto se aborda el tema de la necrofilia, pero también el que se refiere a la conservación de restos humanos… y algo más. Al parecer fue a partir de la séptima víctima que Dahmer se inició en el canibalismo. “Empezó como un experimento”, declaró el peculiar asesino. “Sentía que ellos eran parte de mí”.
El entrevistador pregunta acerca del sabor.:
Dahmer contesta: “Mmmmh… no hay forma de describirlo sin que suene, mmh, horripilante”.
“Puede no ser ofensivo”, insiste el agente del FBI.
Dahmer: “Está bien… no sé cómo describírtelo… ¿Has probado el filete mignon, verdad? Es muy tierno…”Durante la entrevista policiaca, Dahmer aseguró constantemente haber utilizado salsa para ablandar la carne. Lo que no ha perdido consistencia en un decenio es el dolor de los familiares de las víctimas. Carolyn Smith, por ejemplo, que actualmente es una activista que brinda ayuda a personas con miedo a las alturas, fue diagnosticada con un desorden de stress postraumático. Recuerda que cuando su hermano desapareció en 1990 batalló enormemente y en vano para que los medios publicaran la fotografía. “Ahora cada que transmiten un programa especial de Jeffrey Dahmer aparece la fotografía de mi hermano”.
[1]La palabra “caníbal” es una traducción corrupta de Caribe, el nombre de los naturales de las Indias Occidentales, a quienes gustaba comerse, en un intento de disuasión, a los colonizadores que capturaban. Los misioneros cristianos que arribaron después de las fuerzas coloniales pusieron un alto a esta cocina. Pero no sin dificultades, puesto que los caribeños estaban convencidos de que la palabra de Dios alentaba el canibalismo a través de los evangelios. Y prácticamente no hay nación del mundo que no haya coqueteado con la dieta caníbal. Existen evidencias en la Irlanda de mediados del siglo xvii, cuando los ingleses, en un esfuerzo por mitigar los levantamientos sociales, causaron una etapa de hambre entre los locales. De igual manera, en la década del siglo los habitantes de partes remotas de la entonces Unión Soviética sufrían tal hambre que terminaron comiendo lo mismo a parientes que a amigos. En 1995 la historia se repitió en las ruinas de la urss, y 10 personas fueron acusadas de asesinato y posterior canibalización de sus víctimas.