Caso Lindbergh: la construcción de un culpable

POR José Luis Durán King

El 20 de mayo de 1927, Charles Lindbergh, de 25 años, despegó de Nueva York en su avioneta llamada “El espíritu de San Luis” para dirigirse hacia París, cruzando el océano Atlántico. Sin los aparatos sofisticados que hoy son imprescindibles en las aeronaves, el piloto emprendió la hazaña confiando sólo en sus cálculos. Treinta y seis horas y 5 mil 800 kilómetros después aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget, en París, convirtiéndose en el primer hombre que atravesó el Atlántico. La gente lo llamó “el águila solitaria” y la fama lo agobió en poco tiempo.
Huyendo de una notoriedad a la que nunca se acostumbró, Lindbergh y su esposa decidieron construir una mansión en Hopewell, una zona retirada en Nueva Jersey, donde se refugiaban los fines de semana.
Cinco años después de su hazaña, el 1 de marzo de 1932, Lindbergh tenía planes de asistir a una conferencia en la Universidad de Nueva York. Durante varios días, el clima había sido frío y lluvioso. El hijo del matrimonio, Charles Augustus Lindbergh, de 20 meses, estaba resfriado, por lo que sus padres decidieron pasar el resto de la semana en la residencia. A última hora, Lindbergh decidió cancelar su cita y prefirió sentarse en compañía de su esposa a un lado de la chimenea.
Horas después, el piloto declararía que alrededor de las nueve de la noche escuchó un ruido semejante al crujir de una rama, pero no le tomó importancia. A las 9:40 dio las buenas noches a Anne, su esposa, y entró a la biblioteca para atender sus asuntos personales.
Un poco después de las 10, la niñera Betty Gow entró a la recámara de Charles Augustus para cerciorarse que todo estuviera en orden. En cuanto los ojos de la señora Gow se acostumbraron a la oscuridad, descubrió que el pequeño no estaba en su cuna. Pensó que el menor estaría con su madre. No era sí. Las dos mujeres entraron a la biblioteca para averiguar si el niño estaba con su padre. Tampoco. Tras una rápida inspección, la incertidumbre inundó la mansión.
Charles Lindbergh era un hombre que sabía qué hacer en momentos difíciles. Encendió la luz de la habitación de su hijo y vio huellas de lodo en el piso, también observó que un mueble había sido arrimado a una de las ventanas. Ordenó que nadie tocara nada y de inmediato llamó a su abogado de Nueva York, Henry Breckinridge, a la policía de Hopewell y a un grupo de detectives encabezado por el coronel Norman Schwartzkopft, el mismo que muchos años después acompañaría a George Bush hijo en su cruzada militarista en Medio Oriente.
Con el secuestro del niño dio inicio un caso que para muchos especialistas representa una mácula para el sistema judicial estadounidense, en el que estuvieron presentes la xenofobia, la Mafia, un ejército de oportunistas, el abuso de poder y el juicio sumario de un aparato mediático que enseñó su músculo pero también su maleable objetividad.

Actos fallidos
Las negociaciones por el rescate fueron contaminadas por varios factores. La cifra inicial propuesta por los captores fue de 50 mil dólares, que se incrementó según un par de notas enviadas los días 5 y 6 de marzo siguientes. “La primera mostraba la disconformidad de los secuestradores con el hecho de que el padre [Lindbergh] hubiera implicado a la policía en el asunto; añadían que la cuantía del pago había aumentado a 70 mil dólares y que no negociarían hasta que ´la policía esté fuera… y los periódicos dejen de hablar de todo esto´. La segunda carta decía que el pequeño estaba bien”. (“El secuestro Lindbergh. Sumario del crimen. Viaje a lo más profundo del delito. Núm. 31).
Lindbergh finalmente reunió 50 mil dólares y aunque evitó cuanto pudo la intromisión de las autoridades, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos metió las manos y decidió que el rescate se pagaría con billetes patrón oro, tal y como se hizo el 2 de abril de 1932. El enlace con los captores, un hombre conocido como “Cementerio John” (porque fue un cementerio el que sirvió de lugar de interlocución entre él y Lindbergh y sus representantes), dijo que más adelante recibirían una nota con un croquis indicando el lugar en que encontrarían al niño. La nota nunca llegó.
El 12 de mayo, tres semanas y días después del secuestro, dos camioneros encontraron el cuerpo de Charles Augustus Lindbergh, a escasos siete kilómetros de la mansión de la que fue sustraído. De nada valió el pago del rescate, tampoco la intermediación del doctor John Condon, un oportunista labioso que ofreció “los ahorros de su vida” para ayudar a Lindbergh, un hombre al que “el pueblo americano agradece sinceramente el gran honor que nos ha dispensado con su valor y osadía”.
Vale la pena destacar la aparición en el escenario del siniestro Al Capone, el barón de la Mafia de Chicago, quien cumplía condena por evasión de impuestos y que propuso entregar al niño sano y salvo a cambio de que se le otorgara la libertad. La propuesta fue desechada por las autoridades, aunque Lindbergh, en los oscurito, contactó a los mafiosos Salvy Spitale e Irving Bitz, quienes fracasaron en sus intentos. No obstante, su presencia en el caso fue ampliamente criticada por la policía, la sociedad religiosa y los medios.

El carpintero
Una vez que el infante fue hallado muerto, la policía centró sus investigaciones en atrapar a los asesinos. Además de la escalara de madera vieja utilizada para llegar cerca de la ventana de donde el niño fue robado (para salvar la distancia que restaba entre la escalera y la ventana forzosamente sugería la presencia de por lo menos dos captores) y un escoplo de carpintero, amén de que, según Lindbergh y Condon, el misterioso “Cementerio John” hablaba con acento alemán, las autoridades aún no tenían nada consistente en las manos.
Transcurrieron dos años para que la estratagema de los dólares en patrón de oro diera resultado. El 19 de septiembre de 1934 fue arrestado Bruno Richard Hauptmann, un carpintero alemán de 34 años que llegó a Estados Unidos en 1924. Al ser registrado su taller, la policía halló más billetes marcados. Aunque el sospechoso pudo demostrar que el día del secuestro estuvo en casa acompañado por su esposa, su testimonio fue desechado. La maquinaria legal y mediática se había puesto en movimiento y llegaría hasta las últimas consecuencias. Bastaron dos horas de interrogatorio para que el alemán fuera acusado de los cargos de secuestro, asesinato y extorsión. Cuando se le inquirió acerca del dinero en patrón de oro que tenía en su poder, Hauptmann declaró que se lo había dado un hombre llamado Isidor Fisch, un judío polaco cuya especialidad era el fraude y que era un maestro en vender dinero caliente a bajo precio.
El juicio contra Bruno Richard Hauptmann comenzó el 2 de junio de 1935, con una sala llena de curiosos y rebosante de representantes de los periódicos y emisoras de todo Estados Unidos. El inculpado tenía todos los pronósticos en contra. Durante el proceso salió a relucir su nacionalidad. Estados Unidos aún tenía frescos los recuerdos de la carnicería de la Primera Guerra Mundial, donde Alemania jugó el papel protagónico. Asimismo, Hitler ya era canciller y sus tesis de la supremacía aria preocupaban a una gran parte del planeta. La psicosis fue perfectamente capitalizada por el fiscal general de Nueva Jersey, David Wilentz, quien se solazó atacando al acusado.
La prensa, por su parte, explotó hasta la saciedad la misteriosa sonrisa y la frialdad de Hauptmann, aduciendo que eran muestras de su culpabilidad y de un cinismo sin límites. Sin embargo, el papel de los medios impresos fue ampliamente cuestionado cuando el carpintero alemán fue interrogado en torno al número telefónico de John Condon, que la policía descubrió escrito en uno de los muebles del inculpado. Éste no supo qué responder. Y no lo supo, por una razón muy sencilla: un periodista del Daily News de Nueva York anotó el número después del arresto de Hauptmann, todo para construir “una buena historia”.
El 13 de febrero de 1935, Bruno Richard Hauptmann fue sentenciado a muerte. El júbilo estalló en la sala, aunque casi de inmediato surgieron decenas de protestas callejeras. Una de ellas fue encabezada por la mismísima esposa del presidente Roosevelt, quien no tuvo empacho en declarar que el juicio le había hecho preguntarse demasiadas cosas. El Colegio de Abogados de Estados Unidos lamentó públicamente que el juicio se hubiera convertido en un espectáculo público. Mientras que el escritor Madox Ford señaló: “No creo que en esta cacería el zorro haya tenido demasiadas oportunidades. La acusación se ha excedido” (Íbid, pág. 1113).
Hauptmann, el chivo expiatorio de una nación que divide a sus ciudadanos en héroes y villanos, fue ejecutado el 3 de abril de 1936 en la silla eléctrica de la prisión estatal de Trenton, Nueva Jersey.