De Farrah y la Rubia Superior

POR: Alfredo C. Villeda

La fascinación de una melena rubia es ancestral y no es fácil escapar a ella. Alfred Hitchcock, embebido de esa magia de oro, elegía por ese atributo a sus heroínas, una distinta para cada uno de sus grandes filmes, la efigie de la güera mítica que nunca pudo tener en el largomentraje de su vida personal. Por eso no sorprende que Farrah Fawcett se convirtiera en un símbolo de la belleza. Quizá no con la sensualidad de Marilyn Monroe, el garbo de Marlene Dietrich o el carisma de Anna Nicole Smith, pero con una marca en venta de carteles y una sonrisa que igual cautivaron a Lee Majors, el Hombre Nuclear, que a Ryan O´Neal, la gran estrella de Hollywood.
Fawcett no brilló en el cine, como las dos primeras, o en la moda y los escándalos, como la infortunada ex conejita que le dio otro rumbo a la promoción de jeans con su campaña para Guess. Farrah sí lo hizo, empero, en una industria tanto o más poderosa, la televisión, con la célebre serie Los Ángeles de Charlie, que la convirtió en icono de la belleza gringa. Y conste que no competía con pesos medianos, incluso en el propio célebre programa de los años 70 y principios de los 80.
Tan sólo ahí compartía créditos con Jaclyn Smith, una escultura blanca de inmensa y negra cabellera; pero también disputaba rating con Catherine Bach, otra maravilla trigeña de la naturaleza, que interpretaba a la prima Daisy de Los Dukes de Hazard (otra serie con altísima audiencia en la época), y con una actriz bajada del Olimpo: Linda Carter, la Mujer Maravilla. Si en el cine había otro parámetro, era el marcado por Jessica Lange, otra ninfa rubia, la bella del King Kong de 1976, y en la música popera pocas hacían sombra a Olivia Newton John.
En cuanto a los carteles, tenía una fuerte competencia de otra rubia, ésta Miss California 1969 y también figura de la televisión: Susan Anton, mejor conocida como la Golden Girl, hoy de 58 años, pero entonces más chica dorada que Pamela Anderson o Paulina Rubio. Tanto el afiche de la Fawcett en su traje de baño rojo como el de Anton con su leotardo negro y short oro eran indispensables para los adolescentes de la época, junto con los que publicaba la revista Conecte de grupos como Kiss, Alice Cooper, Yes y otras leyendas del rock.
Junto con ese tesoro, el fusilero teenager también rendía culto a otra güera, no Venus Rubia como la Dietrich ni con la esbeltez de Deborah Harry, la voz de Blondie, pero también habitante recurrente de sus exaltaciones oníricas. Ella que de vez en vez aparecía en las contraportadas de algunas revistas y eventualmente en anuncios de periódico. Pero era más fácil hallarla antes, en medio y al final de las transmisiones televisivas de los partidos de futbol y en algunas fotos promocionales en la tienda de la esquina: era la Rubia que todos quieren, la cerveza Superior.
Años después se acabaron Los Ángeles de Charlie y Farrah pasó de la cresta mediática de la televisión y los anuncios de champú al olvido, como sus compañeras de la serie y sus colegas Catherine Bach, Linda Carter y Susan Anton. Deben haber vuelto al Olimpo entre fanfarrias y una pieza de Berlioz al piano. El fusilero y otros siervos de semejantes deidades guardaron en la medianía de los 80 los carteles de las güeras y de los roqueros, y se dedicaron desde entonces a rendirle culto a la única que jamás pasó de moda, a la Rubia Superior, con la que este fin de semana brindaron para desearle buen viaje a la gatita de angora, con felina melena dorada, del misterioso Charlie. ¡Salud!

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