Dickens y los gabinetes de fantasías

POR David Pescovitz

Los gabinetes de curiosidades surgen en Alemania, albergando un capital onírico cosechado en diferentes partes del mundo y en el que la sorpresa es el ingrediente principal

Si la curiosidad mató al gato, el cráneo de éste bien podría adornar las vitrinas de un gabinete de curiosidades, quizá al lado de un modelo anatómico de cera de un mono del siglo xix o debajo de una espada de verdugo ruso del siglo xvii. O posiblemente arriba de una herramienta de trepanación utilizada para agujerar el cráneo de un paciente o frente a la mandíbula de un dinosaurio o de una colección de figuras de marfil.
En realidad no importa dónde se acomode, pues siempre estará junto a otra maravilla, en el vecindario de los artefactos más inusuales, dispuestos todos sin mayor propósito que mostrar a los curiosos que el universo de la lógica siempre es veleidoso.
Fue precisamente el factor sorpresa el que produjo el primer oleaje de los gabinetes de curiosidades en los siglos xvi y xvii de Europa. Fueron los ancestros de los museos modernos, desplegados en los hogares de los príncipes, de los médicos, incluso de los políticos, quienes en materia de sorprender han llegado a manejar la alquimia a la perfección.
Los gabinetes de curiosidades –surgidos inicialmente en Alemania, por lo que llevan el nombre de Wunderkammern– albergan especimenes vegetales y minerales de llanuras distantes, así como artefactos extraños de culturas “primitivas”, armas fantásticas, esqueletos de “monstruos humanos” (como, por ejemplo, gemelos pegados o niños hidrocefálicos), plantas mutables, instrumentos quirúrgicos de la medicina antigua, extremidades de momias, conchas de mar con figuras peculiares grabadas en ellas… todo lo que posee un atisbo de fantasía cabe en esos jarritos sabiéndolo acomodar, como fue el caso del de Tradescant El Viejo, uno de los gabinetes más prominentes en la historia, tal y como quedó señalado en una carta dirigida al secretario de la Marina inglesa en 1625.
Entonces, como ahora, los coleccionistas viajaban alrededor del mundo en busca de objetos que pudieran engrosar su capital onírico. El gabinete clásico de Sir Walter Cope, un miembro del Colegio de Anticuarios Elizabethiano, se desplegaba en “un apartamento rebosante de sorprendentes objetos extranjeros en cada una de sus esquinas”, según puede leerse en un diario personal incluido en el libro Los orígenes de los museos, editado por los curadores del Museo Ashmolean de la Universidad de Oxford, el cual incluye imágenes de la colección de Tradescant El Viejo. El gabinete de Walter Cope también poseía vajillas y porcelanas de China, una madonna hecha con plumas, una cadena formada con dientes de mono y un “cuerno extraído de la cabeza de una mujer”.
Por supuesto, las maravillas del mundo actual se han vuelto más accesibles y ahora a los coleccionistas se los halla en las banquetas de los grandes bulevares, en los mercados de pulgas y en las tiendas de antigüedades de prácticamente todas las ciudades del mundo, dispuestas a adornar generosamente los anaqueles de quienes ven en ellas verdaderos santos griales.

Estética y pasado
Una vez que las personas inician en el noble arte de la colección se abre para ellas un universo de lo descatalogado, los sinuosos caminos que conducen a los traficantes de lo azaroso, a los tesoros heredados por la historia, golosinas de y para la imaginación cuyo celofán envuelve añosos instrumentos científicos, amarillas farmacopeas médicas, modelos de cera anatómicos esculpidos con exquisita maestría, esqueletos y cráneos decorados. Un buen día alguien coloca frente a ti una reliquia y te cambia la vida para siempre, sin importar que la pieza tenga a o no diseño Art Decó o que sea una mano de cristal acero o la mandíbula de un oso grizzly que alguna vez saboreó carne humana o la camisola agujerada por los impactos de bala de un asesino ejecutado en una penitenciaría estatal.
Lo que interesa al coleccionista de maravillas es la confluencia de la estética y el pretérito. Es el accidente y el incidente que rodea a cada pieza. Es el azar de tropezar con un objeto que nadie en este mundo hubiera siquiera imaginado ya no su utilidad sino su existencia misma.
En la fascinación por los objetos inusuales nadie está solo. El incremento en el número de tiendas de curiosidades en Europa y Estados Unidos, el asombro de la cultura popular por las rarezas como lo evidencia la legión de programas televisivos y radiofónicos que basan en los legados cada vez más vivos de los freakshow y “las maravillas naturales”, la popularidad de las exhibiciones de museos y de los catálogos de piezas antiguas, no son sino indicadores del resurgimiento de la sensibilidad Wunderkammern.
Son los naturales flujo y reflujo de las culturas los que ocasionan los intereses oscuros por hurgar en los sótanos de la humanidad y sacar a la luz nuevamente los tesoros olvidados de los hombres. Tal es el bamboleo del péndulo de lo posmoderno.
“Los últimos 20 años han sido testigos de un profundo cuestionamiento hacia los ideales del orden, la racionalidad y el buen gusto”, arguyen Lorraine Daston y Katherine Park en su libro Wonders and the Order of Nature (Maravillas y el orden de la naturaleza).
“Las maravillas y los maravillados han vuelto prominente un oleaje de sospecha y auto duda concernientes a los estándares y sensibilidades que durante mucho tiempo excluyeron el asombro de las respetables conductas intelectuales”, señalan las autoras.
¿O acaso el resurgimiento de lo maravilloso es una reacción inconsciente mediada por la demanda cultural de realidad? ¿Qué hace que dirijamos la mirada hacia las experiencias viscerales, ya sea que éstas se presenten en forma de deportes extremos, en las estadísticas de asesinos seriales, en la moda de las mascotas extravagantes o en la asistencia a circos ambulantes que exhiben cuerpos deformes suspendidos en formaldehído? Nos cubrimos los ojos, pero abrimos una pequeña rendija entre los dedos para no dejar de mirar.
Quizá sea una combinación de todo tipo de fuerzas, condimentada con una dosis saludable de insaciabilidad. Entre más vemos, más queremos ver.

Tomado de: Encyclopedia Britannica Online. Abril de 2000.