Herbolaria contraceptiva: el jardín oculto de Eva

POR José Luis Durán King
La herbolaria contraceptiva ha sufrido durante siglos el acoso de las buenas conciencias.
Su uso se vinculado, incluso, a las prácticas de la brujería

Pocas conductas en la historia de la humanidad se han salvado de la represión. Las hierbas, aunque parezca increíble, también han sido motivo de persecución, sobre todo las que cumplían una función contraceptiva. La herbolaria ha acompañado a las mujeres en su larga lucha por evitar embarazos no deseados. Así, por ejemplo, cualquier comadrona de la Grecia antigua cultivaba en su jardín el poleo, una planta parecida a la hierbabuena, cuya fama por aquel entonces incluso le mereció ser mencionada en una comedia del irreverente Aristófanes, cuando el dios Hermes aconseja a su héroe: “Añade una dosis de poleo”, al saber que visitará a su amante.


Todavía en el siglo XVIII, el poleo aparecía en la enciclopedia londinense Experienced Midwife; sin embargo, actualmente la botánica ha sido sustituida por la química y las bondades de la naturaleza ahora forman parte de la farmacopea clínica. La medicina moderna ha dado al traste con los remedios íntimos que al cobijo de los hogares evitaban todo tipo de indiscreciones. El médico universitario sustituyó a chamanes, brujas y comadronas, toda una grey que hoy sólo habita los terrenos de la imaginería popular. Las hierbas, en el presente, se utilizan en el menor de los casos para ataques leves de tos, insomnio o nervios y, en casos más preocupantes para la seguridad interna de las naciones, para traficar sueños en niveles globales.
En lo que corresponde a cuestiones contraceptivas, lo irónico del asunto es que en la actualidad las hierbas que cumplían su labor de espantacigüeñas se extrañan más que nunca. Pese a los avances ostensibles en la ciencia reproductora, los embarazos no deseados continúan quitando el sueño de nuestras alegres sociedades y una buena parte de ellos culminaba hasta hace poco en abortos practicados a la luz mortecina de clínicas mercenarias. Los contraceptivos son más seguros y efectivos que nunca, pero su utilización aún no es general, además de que guardan el riesgo siempre latente de los efectos colaterales, un riesgo que se volvió realidad a principios de los años sesenta, cuando el consumo de la temible droga canadiense Talidomida engendró niños con deformidades monstruosas.
Pese a todo, la clínica se ha impuesto a la botánica y en esa transposición de conocimientos ha quedado barrida una buena parte de historia consignada en papiros de la civilización egipcia, atacada en bulas papales, condensada en antidotarium medievales y condenada en obras morales de la sociedad victoriana.

Planta contraceptiva
Pero, ¿por qué tendría que ser de otro modo? Sobre todo, porque, cuando a los médicos se les habla de historia, tienden a pensar en el coloso de Rodas, en los jardines colgantes de Babilonia, en el faro de Alejandría, pero no en las especies de plantas que alguna vez significaron alivio y sosiego a los problemas que las travesuras genitales traen irremediablemente consigo. Un botón de muestra es el hinojo gigante conocido como silphium, que crecía generosamente en África del norte. En el siglo VII antes de Cristo un grupo de griegos se asentó en un lugar de lo que hoy es Libia, fundando la ciudad de Cyrene. El dato sería irrelevante de no ser porque ahí encontraron algo más que lugares apropiados para construir oráculos en honor a Delfos. Lo que hallaron fue silphium a montones, un contraceptivo que por aquellas épocas no tenía competencia.

De acuerdo con el médico griego Soranus, que extendió sus recetas al por mayor en el siglo II de nuestra era, el jugo de una porción de aquella planta maravillosa, tomada una vez al mes, era suficiente para evitar cualquier sobresalto. Para deleite de los cyrenos y congoja del resto del mundo antiguo, el silphium sólo crecía en África del Norte. Cuando las tentativas de transplantar la hierba a Siria y Grecia fracasaron, el silphium alcanzó una cotización tan alta que la convirtió en un producto exclusivo de la aristocracia. Sin embargo, tres siglos después el silphium se había extinto incluso de las llanuras de África del Norte.

Paraíso de la planeación familiar
El silphium fue el contraceptivo de la aristocracia, el equivalente a los condones de piel de carnero que centurias después recibirían tantas congratulaciones del amante de amantes: Giacomo Casanova. Pero los contraceptivos no se redujeron exclusivamente al silphium; indudablemente hubo muchos más. No obstante que muchos historiadores opinan que en la antigüedad muy pocos sabían de la conexión existente entre sexo y preñez y que, por lo tanto, menos conocían de la existencia de plantas que inhibían la concepción, actualmente existen argumentos que se oponen a dicha teoría.
Ejemplo de lo anterior es un documento que el historiador John M. Riddle incluye en su libro Eve´s Herbs: A History of Contraception and Abortion In the West, una tasa de nacimientos en la Grecia antigua, que va de 5.0 nacimientos por mujer en el 2000 antes de Cristo a 3.3 en el 120 de nuestra era. ¿Cómo le hicieron para controlar la natalidad? Algunos historiadores apoyan la tesis del infanticidio. Sin embargo, los esqueletos de mujeres hallados en sitios de la antigüedad pocas veces son acompañados por restos de niños. Otros investigadores opinan que la castidad se practicaba a diestra y siniestra. Pero, como el estudioso John M. Riddle señala, la castidad no fue una práctica común en los antiguos.
La mejor respuesta parece ser la siguiente: los habitantes de la antigüedad no eran tan ignorantes como parecían. Sus conocimientos en la contracepción eran vastos y se ponían en práctica lo mismo en animales que en seres humanos, siempre apoyados por hierbas con características específicas para tales menesteres.
Grecia fue una especie de paraíso de la planeación familiar. Toda una cadena de conocimientos, vinculada con la ciencia egipcia, sentó las bases de una farmacopea que incluso hoy día sorprende a propios y extraños. Pero, siglo tras siglo, estatuto por estatuto, las cosas cambiaron. Entre los romanos la contracepción fue tolerada, aunque las mujeres a quienes se descubría que la practicaban eran desterradas: a las minas si eran pobres o a islas remotas del imperio si eran ricas. Durante la Edad Media los curas preguntaban a las mujeres en confesión: “¿Has tomado algún maleficium para no tener hijos?” Si la aludida respondía afirmativamente, entonces tenía que cumplir una penitencia de 40 días.
Pero las cosas empeoraron. En Italia, a finales de la Edad Media, los miembros de una secta de fertilidad denominada I Benandanti mantuvieron entretenidos duelos con unas presuntas brujas de la localidad, quienes al parecer practicaban el control natal y el aborto. La Inquisición, para que no se pensara que actuaba de manera parcial, colocó a ambos grupos en el cadalso. Tales son los primeros debates entre la curandería –que a fin de cuentas desembocaría en la medicina– y la Iglesia católica, la cual llegó a sugerir –hinchada de fervor religioso en favor de la procreación– que incluso el esperma era proclive de contener almas. Por el otro lado se estableció la medicina, que también se volvía menos tolerante y más profesional.Los grados universitarios se hicieron necesarios para practicar la contracepción, sólo que en las universidades no eran aceptadas las beneficiarias y a la vez protagonistas principales de esta nueva tendencia. Peor aún, en la lucha que libraron científicos y curas las mujeres quedaron en medio, sobre todo aquellas que eran depositarias de algún conocimiento o propiedad terrenal. ¿Cuál fue el resultado de esta batalla? Un genocidio femenino en el que millones de “brujas” en la hoguera iluminaron el horizonte europeo entre los años 1450 y 1700, época aciaga en la que el rey James I acreditó una consigna que aun en el presente mantiene una carga inédita de miedo: “Más mujeres, más brujas”.