Lawrence Durrell: apóstol del sexo promiscuo

POR Miranda Seymour
TRADUCCION José Luis Duran King
Lawrence Durrell vivía con Nancy Hodgkin en Corfú, donde escribía poemas y había iniciado su novela El libro negro, cuando obtuvo clandestinamente una copia de Trópico de Capricornio que le alentó a escribir una carta entusiasta a Henry Miller, la cual dio origen a una correspondencia de por vida entre los dos apóstoles del sexo promiscuo

“Debo confesar que no he disfrutado nada en mi vida. He estado aburrido desde que salí de la matriz de mi madre”, declaró Lawrence Durrell en televisión en 1988, dos años antes de su indigna muerte en un baño francés.
El sexo fue la receta de Durrell para mantener el aburrimiento al margen. La pregunta que se han hecho varios de los biógrafos es si el legado de Durrell –el Cuarteto de Alejandría, el Quinteto de Avignon, los libros de viajes y los poemas– justifica el precio que su familia y sus amantes tuvieron que pagar.

Pianista de club nocturno
Los primeros años de la vida de Durrell fueron más convencionales de lo que él gustaba recordar cuando hablaba acerca de sus antecedentes irlandeses. Nació en India en 1912, fue el primer hijo de un ingeniero altamente competente y de una mujer delgada y exuberante. Partiendo de la primera novela intensamente autobiográfica de Durrell, Pied Piper of Lovers, Ian S. MacNiven, editor de Las cartas Durrell-Miller 1935-80, pinta un retrato vívido de una niñez angloindia. Fue en India, sugiere McNiven, donde Durrell adquirió su sensibilidad por el color y por la sensualidad; asimismo, una conciencia temprana del culto tibetano a la muerte marcaría su obra, una conciencia que se evidencia sobre todo en el último capítulo de Mountolive, que describe el luto de Naronz.
La familia se mudó a Inglaterra después de la muerte prematura del padre de Durrell en 1928. Nadie que haya pasado un tiempo en la costa sur de Inglaterra podría simpatizar con el joven aspirante a escritor por preferir Londres a la vida de Bournemouth con su madre y sus hermanos. Para 1932, Durrell se había convertido en un callado aprendiz de fotógrafo y en pianista de un club nocturno, donde conoció a Nancy Hodgkin, quien más tarde sería su primera esposa. Cuando años después se paró frente a Henry Miller, Durrell añadió un toque de sabor exótico a su vida: “Botellas rotas, esputos, comida frugal, carne rancia, urinarios, el aroma de hospitales cerrados. Y así diariamente bebíamos y moríamos un poco”.
Durrell vivía con Nancy en Corfú, donde escribía poemas y había iniciado su novela El libro negro, cuando obtuvo clandestinamente una copia de Trópico de Capricornio que le alentó a escribir una carta de simpatizante a Henry Miller, la cual dio origen a una correspondencia de por vida entre los dos apóstoles del sexo promiscuo. En 1937, Durrell y Miller unieron fuerzas con Anaïs Nin en París. Las cartas continuaron, mientras el diario de Nin se convirtió en un poder espectral que conjuraba noches de alcohol, fanfarronerías y charla. “Mi trabajo me está arrojando a los precipicios”, Durrell escribió a T. S. Eliot, su editor putativo en Londres. Teresa Epstein, una atractiva judía morena, fue la primera de sus muchas amantes de París y, quizá, la encarnación primitiva de la Justine de Durrell.
“La situación del mundo continúa imponiéndose”, MacNiven anota con la ironía que le permite establecer una distancia escéptica de las exageraciones de Durrell. Es necesario señalar que “la situación del mundo” existió desde el momento mismo en que inicia la correspondencia Miller-Durrell, no obstante que para 1941 Durrell se va de Grecia a Egipto como un refugiado oficial.
Nancy, su paciente esposa, exhausta por la infidelidad, abandona a Durrell, a quien le deja su hija. El escritor, sumido en “la presión alcohólica del amor”, conoce y posteriormente se casa con Eve Cohen, mientras su imaginación trabaja febrilmente para convertir, mediante un cuarteto, a la polvorienta y seca Alejandría en un sensual mundo políglota. Muchas de las descripciones de la infancia de Eve sirvieron de base para construir la ficción de Durrell en torno a la enigmática ciudad del desierto.

Sensualidad intoxicante
El tiempo fue el gran tema de las novelas alejandrinas, pero el tiempo que parece no tener retorno. Hace 30 años nadie hubiera puesto en duda que el Cuarteto de Alejandría fue el éxito más notable de Durrell, por el cual merecía el Premio Nobel que nunca llegó. En el clima austero de la ficción de posguerra, las novelas de Durrell poseen la sensualidad intoxicante de los pétalos de la gardenia; ahora el Cuarteto… luce anticuado y sobrescrito, una curiosidad literaria, el último jadeo del imperio británico.
Durrell empezó a escribir Justine en Chipre en 1953, teniendo todos los pronósticos en contra. Marginado por los isleños por su papel de oficial de prensa del gobierno británico, también sufrió el aislamiento por parte de Eve y de su joven hija, Sappho. La culminación del Cuarteto… y la celebridad internacional llegaron una década después, cuando él estaba viviendo en Francia con su tercera esposa, Claude-Marie. Una de las primeras señales de la fama provino de Hollywood: Lawrence Durrell fue considerado el único hombre capaz de escribir el guión de una nueva película: Cleopatra. (Agradecido, pero sin mostrar mucho interés, optó por declinar la oferta).
La rivalidad entre Durrell y su hermano menor, también escritor, Gerald, apenas si es abordada en el libro de MacNiven; el lector se entera que Lawrence fue apartado de sus hermanos tras la muerte de Louisa, una madre a la que raramente vieron. Por otra parte hacen falta argumentos más objetivos para compartir la opinión de MacNiven acerca de que Sappho, la hija de Durrell que se colgó en 1985 a los 33 años, sufrió abusos sexuales por parte de su padre.
“Mi hermano destruía a las mujeres”, dijo alguna vez Gerald Durrell. Es un comentario que los capítulos finales de la biografía de MacNiven parecen avalar. Ofrecen testimonios de un Durrell pequeño, que corre a los amigos de cada una de sus amantes, que presume a los cuatro vientos sus técnicas amatorias (fue un devoto del Kama Sutra).
Desafiando sus propios anacronismos, Lawrence Durrell siempre ofreció la excusa de ser un eterno niño, excusa que no todos los que lo conocieron compartían. Incluso su gran amigo, Henry Miller, alguna vez se refirió al autor del Cuarteto… como “un genio amargado”.
Lo fue? Nadie lo sabe. Lo único cierto es que ahí quedan varias grandes novelas, tres maravillosos libros de viajes sobre las islas griegas y un puñado de poemas memorables que están fuera de cualquier cuestionamiento.

Tomado de: The New York Times.