Cuentos del bosque: las flechas doradas de Eros

POR Terri Windling

Durante siglos, hombres y mujeres han aportado una rica imaginería mítica para crear obras de arte dedicadas a los dioses del amor sensual y el deseo, en pintura, poesía, escultura, teatro, danza, versos líricos y prosa

Psique_1(lacomunidad.elpais.com)

Había una vez una hermosa doncella llamada Psique. Tan grande era su belleza que los hombres empezaron a renegar de los templos de Afrodita, lo que causó la ira de ésta, la diosa de la belleza. La divinidad llamó a su hijo para decirle: “Eros, quiero que provoques la desdicha de esa joven, enamorándola. Dispara tus flechas doradas y cáusale un deseo similar a la de una repugnante bestia”. Eros se dispuso a realizar su tarea, pero, cuando llegó hasta la puerta de la doncella, la belleza de ésta era tan grande que el dios mismo se enamoró.

El padre de Psique sospechó que las intenciones de Afrodita eran causar daño a su hija, por lo que se dirigió al templo de Apolo en busca del consejo divino. El oráculo emitió noticias terribles: la muchacha estaba destinada a casarse con una bestia. Tal destino era ineludible, por lo que la joven fue transportada por los vientos al palacio aislado de su consorte. Durante el día, la doncella vagaba sola, pero por la noche su marido llegaba hasta ella y, aunque Psique nunca había visto el rostro de su pareja, en sus manos sintió la carne tibia de un hombre, no de una bestia. Todas las noches, la joven era besada y acariciada; al amanecer, su lecho siempre estaba vacío. Psique pronto se enamoró apasionadamente del ser que la estrechaba en sus brazos por la noche y que deseaba ver su rostro y sus formas, aunque eso no estaba permitido.

La joven tenía dos hermanas recién casadas, y los vientos les permitía visitarla. Las hermanas temían que Psique estuviera casada con una bestia, por lo que le sugirieron que encendiera una vela y mirara. De esta manera, su temor y curiosidad quedarían satisfechos. Cuando su esposo dormía, ella encendió una pequeña vela… y lo que encontró no fue un monstruo sino un hermoso joven, con una piel blanca como la leche y cabello tan oscuro como las alas de un cuervo. Tres gotas de cera cayeron de la vela y despertó, sumiéndose en el llanto y la pena. Se transformó en una serpiente alada, voló por la ventana y desapareció. Embarazada con el hijo del dios, Psique fue en busca de su esposo. No fue sino hasta después de varios intentos que consiguió que Eros volviera, con lo que alcanzó la inmortalidad y apaciguó por fin la ira de Afrodita.

Este sensual cuento de la Grecia antigua (con resonancias en Bella y la Bestia, Al este del Sol, al oeste de la Luna, Urvasi y Pururavas y otros cuentos de todo el mundo) es sólo uno de los muchos mitos y folclores que reconocen el poder del amor sensual, corporizándolo aquí en la forma de Eros: el dios de la pasión. Dichos cuentos pueden ser llamados eróticos, celebrando las fuerzas del amor y el deseo, ante los cuales el propio Eros tuvo que postrarse.

Son parte de una tradición mítico-erótica que también es muy antigua. Las historias más remotas, sensuales y abiertamente obscenas pueden hallarse entre las tradiciones orales y textos antiguos de todo el globo terráqueo, aunque quizá las más famosas son las de Grecia, donde Zeus perseguía a ninfas y doncellas con verdadero abandono, en las que los celos sexuales eran abundantes entre los dioses y donde Eros lanzaba sus flechas para provocar todo tipo de travesuras divinas.

Eros es descrito como un apuesto joven alado; algunas veces tierno y en otras cruel; porta dos clases de flechas en su jaca: las doradas del amor y las de plomo, de la aversión. No obstante los simpáticos cupidos que hoy vemos en las tarjetas del Día de San Valentín, Eros era un dios temido y reverenciado, puesto que poseía el poder (de acuerdo con Hesíodo) de “paralizar los miembros y vencer la mente y el sabio consejo de todos los dioses y todos los hombres”. Menos conocido que Eros era su hermano, Ant(i)eros, dios del amor que retorna, que castiga a todos aquellos que se niegan a regresar el amor que se les ha dado.

Afrodita era también una diosa del amor, de la belleza y el matrimonio; simbolizaba el amor de alta naturaleza. Dionisio, el dios del vino, estaba asociado con las bajas pasiones carnales. Los ritos dionisiacos, que involucraban grandes cantidades de vino y ruidosas procesiones de silenos (espíritus ebrios del bosque), sátiros (hombre-cabra de lujuria insaciable) y bacantes (participantes de las orgías sagradas) eran sumamente populares durante los cuatro festivales de la fertilidad dedicados a este dios del placer.

La diosa madre

Psique_2(euclides59.wordpress.com)

En la mitología egipcia se dice que Atum creó a dioses y diosas, quienes, a su vez, crearon la Tierra y el cielo entre ellos; ambos tuvieron que ser separados por la fuerza para dar al mundo su forma presente. En los mitos maori, los dioses Rangi nacieron del acto amoroso entre la Nada y la Noche, sumiendo al mundo en una oscuridad formada por el espacio entre sus cuerpos. En los orígenes del Upanishads de India, atman (El Mismo) se dividió en dos partes, masculino y femenino. Bajo forma humana, los dos se aparearon para crear los primeros hombre y mujer; bajo la forma de vaca y toro crearon el ganado, así sucesivamente, hasta que el mundo fue poblado.
En muchas de las historias mitológicas antiguas, una diosa madre (Ishtar, Isis, Cibele, etcétera) es acompañada por un consorte masculino que muere cada invierno y renace cada primavera, simbolizando el ciclo de las estaciones de la naturaleza en bosques y campos. En el folclor celta, el salvaje Hombre Verde del bosque (representado como un rostro masculino de cuya boca brota la vegetación) tiene su contraparte femenina en la Sheela-na-gig, una figura de cuya entrepierna brota la vegetación, un símbolo potente de conexión mítica entre fecundidad humana y fertilidad terrestre. Esculturas relacionadas con Shecla-na- gig, halladas en templos celtas antiguos, mantienen correspondencia con figuras femeninas, colocadas en puertas y santuarios de la India, sentadas con las piernas separadas, un símbolo sagrado de la mitad femenina de la divinidad de doble sexo.
Asimismo, tanto en oriente como en occidente, la sensualidad divina forma parte de un amplio espectro de relatos serios y humorísticos, desde los mitos en los que el placer sensual es visto como una fuerza cosmológica sagrada hasta los cuentos obscenos de fuerzas engendradas por violentos apetitos carnales. Es en esta última categoría en la que Trickster hace su aparición, con un perverso brillo en los ojos. Trickster es una criatura paradójica, inteligente y tonta, un héroe de la cultura y una influencia destructiva, todo generalmente al mismo tiempo. Hermes, Loki y Pan son aspectos europeos del mito de Trickster; otros ejemplos del mundo incluyen a los maui de Polinesia, al Tío Tompa del Tíbet, a Coyote en Estados Unidos, a las zorras que cambian de forma en China y Japón. En particular, los relatos de Coyote son generalmente sexuales, escatológicos y muy divertidos, cuentos de seducción, violación y de machismo: falos que viajan a través del aire intentando alcanzar su objetivo, flatos y excrementos con poderes mágicos, vejigas de animales en lugar de genitales, decenas de trucos para representar el goloso apetito sexual.
Las zorras cambiantes de forma de Asia son más oscuras y peligrosas, pues buscan la posesión sexual de hombres y mujeres para sustraerles la fuerza vital que alimenta su poder. Los relatos de Trickster constituyen un eslabón entre los grandes ciclos mítico-cosmológicos y los cuentos alrededor de la fogata; para los Trickster da lo mismo que sucedan las cosas en el hogar de los dioses (como Loki o Hermes) que en los bosques de hadas (como Phooka, Puck o Robin Goodfellow).
Sin embargo, lo mismo en los relatos mitológicos que en los cuentos de hadas, encontramos que en todos ellos la fuerza de Eros es un tema común. Los bosques de Europa, las montañas de Asia, en la abundancia húmeda de Sudamérica y las tierras frías del norte de Canadá rebosan de criaturas fantásticas, de espíritus naturales y demás apariciones que embrujan, engañan y seducen. La mayoría de los cuentos de hadas ha llegado hasta nosotros a través de los libros infantiles o las caricaturas de Walt Disney, imágenes populares de candor alado y asexuado con el aroma de la niñez. No obstante, nuestros ancestros reconocían a las hadas como criaturas de la naturaleza: caprichosas, peligrosas y bien pertrechadas con todas las pasiones terrenales. El folclor está lleno de cuentos cautos que delinean los peligros de ese país de la seducción, recordándonos que esa hermosa hada que hallamos en un claro de bosque puede ser una ilusión disfrazada: sus dulces besos pueden costar a un hombre la razón… o la vida.
El glanconer o el Love-Talker irlandés aparecen bajo la forma de un joven encantador, para infortunio de las mujeres que caminan con él, pues pueden desfallecer ante su simple tacto. El caballero Elfin de las baladas escocesas seduce en sus lechos a las doncellas virtuosas; tales jóvenes terminan su vida abandonadas en las riveras, todo por no desconfiar de la mano traicionera. La leanan-sidhe es la hada musa que inspira con su tacto a poetas y artistas, causando que ardan tan brillantemente que mueren antes de tiempo. Las woodwives de Escandinavia son terrenales, salvajes y sensuales, aunque su feminidad es ilusoria y la parte trasera de sus cuerpos está hueca. Nix y nixies son los espíritus masculino y femenino que moran en las riveras inglesas, impactantemente bellas a la vista, aunque es sumamente peligroso besarlas, como las hermosas doncellas bonga que cazan en la riberas de la India, las cacce-alde de los arroyos de Lapland y las neriadas de la Grecia antigua. Las sirenas toman el Sol en los confines de los océanos, entonando irresistibles canciones; los marineros que son seducidos por ellas se sumergen en las olas hasta ahogarse.

Imaginería del deseo

Psique_3(sergidolcet.deviantart.com)

Cuando atendemos las antiguas versiones de las historias que consideramos cuentos infantiles (La Bella Durmiente, Caperucita roja, etcétera) encontramos que también tienen un mensaje sensual: en las versiones primitivas de La Bella Durmiente, la princesa es despertada de su largo sueño no con un respetable beso sino por el nacimiento de unos gemelos, tras de que la princesa fue fornicada una y otra vez en su cuerpo pasivo. En los cuentos de “matrimonios bestiales” precursores del familiar Bella y la Bestia, la heroína se casa con el bestial novio antes de la transformación final de éste; en la oscuridad de la noche él se despoja de su forma animal para encaramarse al lecho. “Quítate las ropas y todo lo que te cubre”, dice el lobo a Caperucita roja. “Tengo que ir a afuera a aliviar una necesidad”, responde la joven. “Orínate en la cama, mi niña”, dice el lobo, con un brillo siniestro en sus ojos, que es el que hace que Caperucita sepa que no es la abuela la que está debajo de las sábanas. Fueron cuentos creados no para niños; fueron cuentos para una audiencia adulta, para escuchas y lectores que sabían que las pasiones de los príncipes no siempre son castas; que las jóvenes hermosas crecen para casarse con bestias; que los lascivos lobos pueden esconderse en los bosques o despojar a las mujeres de sus ropas.

Durante siglos, hombres y mujeres han aportado una rica imaginería mítica para crear obras de arte dedicadas a los dioses del amor sensual y el deseo, en pintura, poesía, escultura, teatro, danza, versos líricos y prosa. Este legado llega hasta nosotros en hermosos trabajos de antigua poesía: de Anacrón y Safo de Grecia; de las mujeres poetas del ancestral Japón como Onono Komachi e Izumi Shikibu; y la “Emperatriz de la canción” de China, Li Chi´ing-Chao. En India, las deliciosas historias sensuales de Shiva, las diosas danzantes y los amoríos de Krishna, son evocaciones hermosas que incluyen a Jelaluddin Rumi, cuyos versos se transforman en danzas estáticas para los derviches giratorios, así como la princesa india Mirabai, cuyos magníficos y apasionados poemas los dedica a Krishna, El Oscuro.

En occidente, una influencia represiva dominó las artes cuando la sociedad cristiana intentó distanciarse de la sexualidad terrenal de las antiguas religiones animistas. Como resultado, tenemos sólo una historia parcial de la poesía y prosa que expresaban las pasiones físicas del amor desde el siglo IV en adelante (contrariamente a India, China y Japón, donde el amor sensual fue percibido como una fuerza natural y no como una causa de vergüenza). No obstante, utilizando el folclor y los símbolos de los mitos precristianos, los artistas y escritores de occidente hallaron una importante salida para la imaginaría del deseo. Particularmente esto se aprecia en el arte luminoso del Renacimiento italiano, donde las obras devotas cristianas desfilaron hombro a hombro con obras místicas de naturaleza sensual, como las voluptuosas ninfas y diosas paganas de Botticelli; la Leda de Miguel Ángel (la violación de Leda por parte de Júpiter disfrazado de cisne) y los frescos secretos de Rafael para los baños del cardenal Bibiena en el Vaticano.

En la literatura de occidente, la sensualidad está firmemente entrelazada con el mito y la fantasía en trabajos de algunos de los escritores más grandes del idioma inglés. Los hallamos en las hechiceras seductoras de Le Morte D’Arthur de Malory; en los hombres y mujeres encantadas de amor y glamour en Lays de María de Francia; en las intrigas sensuales de la Faerie Queene de Spenser; en el Sueño de una noche de verano de Shakespeare, así como en la sensualidad oscuramente mágica de La tempestad, en los peligros de la seducción fantástica condensadas en las baladas de Sir Walter Scott, así como en los poemas de Byron, Keats, Blake, Tennyson y Yeats.

Lascivia con alas de hada

Psique_4Millais Cinderella (www.fanpop.com)

En la Inglaterra victoriana, los cuentos folclóricos, los relatos de hadas y el simbolismo arturiano provocaron una explosiva popularidad al mismo tiempo que las expresiones sensuales fueron reprimidas por la sociedad política. Las pinturas fantásticas de Fuesili, Noel Paton y J.A. Fitzgerald gotearon un erotismo que bien pudo ser prohibido de las galerías respetables si los desnudos pintados tan lujuriosamente no hubieran sido representados con alas de hada.

Por otra parte, Aubrey Beardsley nunca ganó respetabilidad; las ilustraciones distintivas de este hombre para The Rape of the Lock y otras fantasías eran deliberadamente perturbadoras, llenas de lánguidas mujeres semidesnudas rodeadas por hadas y sátiros. Las míticas damas prerrafaelistas de Rossetti, con sus insinuantes labios rojos a la espera de besos, fueron atacadas por la prensa victoriana a causa de sus imágenes lúbricas e inmorales (aunque tales pinturas hoy en día resultan románticas). Goblin Market, el famoso poema de Christina Rossetti (hermana del pintor), era una historia simple acerca de los peligros de comer frutas encantadas, aunque en ella podía encontrarse una vaporosa metáfora de la seducción de jóvenes inocentes. La “música encantada”, compuesta para harpa —una novedad sumamente popular en tiempos victorianos— también incluía armonías distintivas eróticas; sus compositores gozaron una celebridad comparativamente similar a las estrellas de rock actuales a causa de provocar desmayos y sofocamientos durante sus actuaciones. Las traducciones de Richard Burton de las historias árabes de Las mil y una noches también bañaron de sensualidad al público victoriano en forma de cuentos encantados. La franca traducción (en aquella época) de Burton originó un escándalo editorial; pese a todo (o quizá por eso) el libro se convirtió en un bestseller, y el orientalismo llegó a ser sinónimo de sensualidad mágica.

A principios del siglo XX, los escritores celtas dieron un toque especial de sensualidad a sus trabajos extraídos de los mitos y el folclor, como es el caso de la poesía encantada irlandesa de Yeats y la prosa proveniente de los sueños de opio del fantasioso Lord Dunsany. Pero, conforme el siglo transcurrió, los cuentos encantados fueron relegados a las guarderías y despojados así de sus tentadores elementos de sensualidad. Ahora nos hemos volcado hacia la imaginería ensoñadora de los surrealistas, ordeñando simbolismos de los arquetipos míticos. Particularmente notables en esta afluente son las historias y pinturas de Leonora Carrington y su amiga cercana Remedios Varo, ambas con un interés muy marcado por la magia esotérica. Las pinturas de Max Ernst, Dorothea Tanning y Salvador Dalí también explayan elementos mítico-eróticos deliberadamente inquietantes.

Cuando el surrealismo también titubeó ante el cambio de modas después de la Segunda Guerra Mundial, las obras de magia sensual fueron difíciles de encontrar… a menos que uno atienda su manifestación más oscura: el beso del vampiro. Desde el Nosferatu de Werner Herzog hasta Entrevista con el vampiro de Anne Rice, la sensual naturaleza de los cuentos vampíricos seguramente no requiere explicación. Los cuentos vampíricos parecen cruzar la tenue línea entre las obras de la fantasía y el horror, condensando un atractivo irresistible incluso para los lectores que tradicionalmente evitan el género. Conforme el siglo avanza y la fantasía literaria goza de un resurgimiento popular, encontramos que los cuentos mágicos tienen una tendencia sensual hacia la combinación fantasía/horror, mezclando a la vez símbolos de los mitos y el folclor con los iconos del horror gótico. Con la ubicuidad (en mi opinión, perniciosa) del apareamiento de la sexualidad y la violencia en nuestra cultura moderna, es más, difícil hallar la ficción de fantasía sensual.

Tanto en la literatura como en las artes visuales, la fantasía solía ser un potente mecanismo para expresar lo inexpresable, para evocar arquetipos, para provocar a los dioses, para cruzar fronteras conocidas hacia laderas más allá de lo cognoscible. El arte de Eros, como el arte de la fantasía, es el reino del artista “serio” que no ha sido alentado a viajar por él. Pero los artistas de la fantasía aprenden pronto a ignorar dichas reglas y fronteras limitantes, optando por perseguir a aquellas criaturas seductoras que nos atraen desde las profundidades de los bosques…

 

Tomado de: Realms of Fantasy.

 

Traducción: José Luis Duran King.