El asesino serial de la página de al lado

POR José Luis Durán King

El meridiano oscuro de la red ha sido motivo de controversias interminables que difícilmente se dirimirán en el corto plazo, por ser un espacio en el que el usuario llega al límite de preguntarse si el tipo de la página de al lado es un asesino serial

Hace algunos años, el navegante de Internet podía acceder a la página web de Danny Rolling (http://members.aol.com/danrolling/home.html), un sitio con un pésimo diseño, como muchas otras direcciones que existen en el espacio cibernético. Por principio de cuentas, el usuario hallaba una fotografía instantánea que mostraba a su orgulloso propietario alardeando sobre sus atributos: “Hola, soy Danny. Sensitivo, de buena naturaleza, amable y romántico.” Más adelante señalaba que también tenía el sobrenombre de Ennad, además de otras virtudes posiblemente no tan románticas: “Si quieres darme un buen día, ¡pon atención! ¡Es tu día de suerte! ¡Puedo violarte… pero no quiero tu sangre!” Aunque ahí no terminaba la cosa, había algo peor. La descripción continuaba: “Soy Géminis… puedo poblar tus sueños de gritos. Soy un demonio… un asesino… estoy sediento de sangre… soy psicótico… soy terrible. Provengo de todos los odios, de todos los dolores, de todo lo enfermo e insano que ha sucedido.”
Danny Rolling hablaba en serio. Aquellos que conocen el universo oscuro de los ángeles caídos saben que Rolling también fue conocido como Ennad, Géminis o El Grizzly de Gainesville.
Cuando la gente podía consultar la página de Danny Rolling, éste languidecía en el corredor de la muerte de una prisión de Florida. Desde ahí, desde el encierro, y gracias a la tecnología y al ciberespacio, aquel asesino pluralista podía darte un recorrido por su mundo personal.
Desde 1995, varios abogados y activistas opositores a la pena capital de Estados Unidos lucharon con bastante éxito por inaugurar en Internet páginas domésticas con el propósito de que los inquilinos de los corredores de la muerte de Estados Unidos pudieran difundir libremente al mundo sus pensamientos más íntimos.
La página personal de Danny Rolling, por ser una de las primeras en esa tendencia, era un poco diferente. Él no deseaba persuadir a nadie de su inocencia. Al contrario, se confesaba y, al parecer, se sentía profundamente satisfecho por las atrocidades que cometió. Asimismo, no quería encabezar campaña alguna contra la pena de muerte. No, lo que Géminis quería mostrar era su arte –una especie de cómic escalofriante, garabateado a la usanza de las portadas de los discos de heavy metal, al tiempo que endilgaba al lector sus narraciones cortas—, una serie de sobreexcitados cuentos góticos a los que denominó Leyendas del pantano negro.
Aprovechando al máximo su espacio, Rolling anunció la presencia en todas las librerías de Estados Unidos de su libro, The Making of a Serial Killer, coescrito con Sondra London, la amante de Rolling, una obra exhaustiva que se remonta al pasado de El Grizzly de Gainesville en un intento por explicar por qué llegó a ser lo que había sido.
El mercado de los asesinos seriales es un fenómeno familiar desde las postrimerías del siglo XX y partió de la fascinación que mucha gente siente por los homicidas pluralistas. Sólo recuérdese que las pinturas de John Wayne Gacy –cuya temática se centraba en imágenes de payasos espectrales— fueron adquiridas a precios elevados por todo tipo de clientes.
Sin embargo, Danny Rolling aportó algo novedoso a ese comercio: un asesino serial que utilizó la Internet para promover un libro que hablaba de sí mismo. Aún más: la red brindaba ayuda a todo aquel que deseaba copias autografiadas del autor de The Making of a Serial Killer. En ese contexto, el cliente sabía de antemano que era imposible que Rolling acudiera a una librería a firmar ejemplares. A cambio de ese inconveniente, el público podía elegir cinco dedicatorias diferentes y ulteriormente aguardar pacientemente a que el volumen fuera entregado hasta las puertas de su hogar.

Apocalipsis cultural
Con la consolidación de Internet, los tecnoentusiastas adivinaron (y tuvieron razón) que la red haría posible nuevas formas de comunicación, incluso contar con un libro autografiado por el asesino serial de su preferencia. Gracias a la facilidad de acceso y a su relativo bajo costo, la red se ha convertido en la mayor industria editorial del apocalipsis cultural, de la celebración de los ministerios fundamentalistas y de la estética del tremendismo. La auto-promoción de los asesinos seriales no sólo es una arista más del ciberespacio, hay también grandes cantidades de fanáticos que esperan ansiosamente nuevos archivos criminales en la línea, desplegados en los océanos de la información por fetichistas del gore y demás seres enfermizos del amanecer de este siglo. Posiblemente uno de los sitios más conocido es Internet Crime Archive (http://www.mayhem.net/Crime/archives.html), que se autoproclama como “la home page digital de los asesinatos masivos, de los asesinos seriales.” Entre las secciones de este archivo puede encontrarse la de “Quién es quién en la cadena de los asesinos seriales (ve a tu asesino favorito y confirma si está en la lista de éxitos)”, así como páginas actualizadas del canibalismo en Rusia.
En la introducción del libro All the Fallen Angels, su autora, Sondra London, apuntaba que los asesinos seriales han llegado a ser iconos de adoración por “haber llegado hasta la cúspide”. London vinculaba ese fenómeno al persistente romanticismo que rodea la ilegalidad, al sentimiento de vulnerabilidad de las personas y a lo que London denomina la “estética de la fealdad” de fin de siglo.
Un ejemplo de tal estética lo representó durante los años noventa la dirección británica Home of Death (http://www.users.zetnet.co.uk/surfer/). Dedicada a los “psicóticos freaks de la muerte de todos lados”, el sitio abría con una incorporación de imágenes de muerte y sufrimiento. Salvadas las advertencias preliminares, el resto era un carnaval de escalofríos, con fotografías de personas mutiladas y sangrantes. Leyendas como “¡Wow, ahí están las entrañas”, acompañaban una viscosa imagen de la autopsia de un hombre con el vientre abierto en canal, exponiendo su interior como si fuese una sandía. “¡Hey!, ¿alguien puede echar una mano a este tipo”, era un rótulo comparsa de la foto de un hombre cuyo brazo había sido intervenido quirúrgicamente y que mostraba sin pudor huesos y tendones, con filamentos que se desprendían del muñón.
También por esa época estaba la página web con sede en California Grim Remains (http://www.geocities.com/Hollywood/2256/). Una vez que se superaban las sierras motoras animadas y el goteo de sangre, se accedía a una galería de fotos instantáneas de línea dura, es decir, hombres atropellados por tráileres, intestinos que decoraban el asfalto y torsos cercenados limpiamente por las ruedas de trenes… un muestrario multicolor que provocaba una incómoda sacudida de estómago.
La proliferación de sangre en Internet fue parte de una tendencia cultural mundial. Al anochecer del siglo pasado, el cuerpo humano, vivo o muerto, entero o por abonos, representó algo así como una zona del silencio. El usuario, en la intimidad de su escritorio, experimentó una extraña fascinación por la materialidad sorda del cuerpo, lo que derivó en una disposición por conocer los secretos tibios de las entrañas.
Los noventa fue la época de oro de los subversivos de la red… y los había y por montones. Con las herramientas que tenían a la mano, intentaban causar verdaderas trombosis en los destinatarios, incluyendo una variedad amplia de horrores corporales e imaginerías grotescas: deformaciones físicas, fluidos interiores e incluso acercamientos con fotos instantáneas a la materia fecal.
Así, lo que antaño era patrimonio exclusivo de los libros de texto médicos, comenzó a circular libremente por las estancias de los confortables hogares del universo. El territorio era de todos y en ese alegre comunismo de lo sórdido no había razón para que los niños contaran con su propia página web, con la salvedad que muchos sitios se engolosinaban con fetos e infantes mutilados.

Tumor trasnacional
El meridiano oscuro de la red ha sido motivo de controversias interminables que difícilmente se dirimirán en el corto plazo. De acuerdo con el escritor estadounidense Mark Dery, autor de Escape Velocity, un estudio acerca de la cultura marginal en las computadoras, el apocalipsis cultural en la línea se vincula a la velocidad con la que los medios de comunicación devoran miríadas de gesticulaciones rebeldes. Dery escribió que “la cultura juvenil es empujada hacia los rituales más extremos de resistencia” y, a partir de esta premisa, opinaba el escritor, se dio el incremento de una imaginería grotesca y de los fanáticos de los asesinos seriales.
J.G. Ballard, autor de la inquietante novela Crash, opinaba que la película Terciopelo azul de David Lynch ofrecía una visión más apropiada del futuro que la de Blade Runner de Ridley Scott. Para Ballard, los suburbios de la transición de siglos estarían mayoritariamente poblados por personajes más del tipo Dennis Hopper que del interpretado por Harrison Ford. Y todo parece indicar que no se equivocó…
El sueño de Marshall McLuhan, de que la tecnología de punta en comunicaciones nos insertaría en una aldea global de nuevo tribalismo, sólo es una verdad a medias. Viéndolo desde otro ángulo, la red se torna en una especie de somnolencia trastornada, un tumor cerebral transnacional, un lugar en el que las patologías individuales y colectivas se exponen, la esfera en la que irremisiblemente te preguntas si el tipo de la página de al lado es un asesino serial. Todo es cuestión de que inicies la navegación, encuentres tu isla misteriosa y oprimas el botón izquierdo del ratón.