El bravucón

POR Alfredo C. Villeda

Una novela contemporánea que exalta el valor de la palabra y su significado, en el entorno correspondiente, es Historia del cerco de Lisboa. La anécdota es sencilla, pero su desarrollo un monumento posmoderno: un corrector de pruebas incurre en un error voluntario al agregar un “no” en la frase “los cruzados ayudaron a los portugueses a conquistar Lisboa”. En ese momento, escribe José Saramago, se subvierte la vida, la historia, y se accede a la literatura.
En el primer capítulo de esta obra maestra, el narrador hace decir a un personaje: “Los tópicos, las frases hechas, las muletillas, las palabras de relleno, las sentencias de almanaque, los adagios y los proverbios, todo puede parecer novedad a condición de que sepan manejarse adecuadamente las palabras que están antes y después”.
Los personajes públicos, a diferencia de los literarios, viven con la liviandad de sus actos y palabras certeros, o con el peso de su infamia, de sus errores. Sorpresa fue lo menos que provocó, por ejemplo el martes pasado, la bravuconería del secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, desafiando al narco a un tirito como si de escolapios tratárase, o peor aún, volviendo a lo que el fusilero llamó antes el síndrome del Wild Wild West, padecimiento por el cual la autoridad se erige en una especie de John Wayne y busca a los forajidos legendarios, como el Billy the Kid borgesiano, mediante la pega de cárteles con el título de “wanted”.
Tan desafortunado resultó el lanzamiento de bravatas que el propio petit comité de Bucareli consideró la posibilidad de hacer una corrección pública, cuando medio mundo había censurado tan peculiar mensaje… salvo Marcelo Ebrard. Inconcebible este gesto si ha de tomarse en cuenta que la autoridad federal, en las personas de los policías Cárdenas Palomino y García Luna, le están poniendo la camita al procurador local Miguel Ángel Mancera con el caso Martí. El primero madrugándole con la captura, presentación y videograbación de un hampón que se dice asesino material del hijo del empresario deportivo (con lo que hace tambalear el proceso que ya se sigue contra la banda de La Flor), y el segundo que ya tiene en la mira al fiscal y, en palabras de testigos cercanos, “no lo quiere para nada”. ¿Aún así, tiene Ebrard necesidad de quedar bien con el secretario de Gobernación en el momento en que éste se trompica?
Resaltan más las balandronadas de Gómez Mont si ha de recordarse que una semana atrás salió al quite, también con ese aire pendenciero, para lidiar con un telespectador de presunta identidad (capo de La Familia), y envuelto en la bandera dijo que con la delincuencia no se dialoga ni se negocia. Como es público, sin embargo, debe recordarse que hay un doble discurso en este mensaje.
Hace poco más de un año, a propósito de la búsqueda de dos eperristas desaparecidos, el titular de la PGR, Eduardo Medina Mora, no dudó en llamar “terrorista” al grupo rebelde, tras las explosiones en ductos de Pemex. Otro funcionario, Guillermo Valdés, jefe del Cisen, dijo en una charla en la que participó el fusilero que esos atentados eran “el 11-S de México”. Y como todos sabemos, hay incluso una comisión para negociar con ellos. O había hasta hace poco y el EPR quiere que se reinstale. Entonces surge la duda natural: ¿Sí se negocia con “terroristas”, pero no con “delincuentes organizados”?
Los actos y las palabras dibujan a los personajes, públicos o literarios. En su función como burócratas mayores, los primeros no pueden darse el lujo de quitar y poner un “sí” o un “no”, como el insubordinado corrector de la novela de Saramago. Hacen falta más ideas y menos bravatas.
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