Elizabeth Arden y Helena Rubinstein: diosas solitarias

Por José Luis Durán King
Ricas y famosas, Arden y Rubinstein compartieron en sus vidas algo más que un odio mutuo: ambas tomaron por asalto a Estados Unidos a principios del siglo XX y las dos contribuyeron a construir el imperio del glamour en las principales capitales del mundo

“La pintura negra alrededor de los ojos es una convención tan familiar que resulta natural”, escribió Angela Carter en 1975, “lo mismo se puede aplicar a la pintura roja en los labios”. Las dos mujeres responsables de esa convención fueron rivales enconadas, ambas tomaron por asalto a Estados Unidos a principios del siglo XX y las dos contribuyeron a construir el imperio del glamour en las principales capitales del mundo.
Florence Nightingale Graham arribó de Canadá a Nueva York en 1907. Tenía 26 años y contemplaba una carrera de enfermera, sólo que debía enfrentar un pequeño obstáculo: se desmayaba ante la presencia de la sangre. Optó por aceptar un empleo como cajera en una tienda de productos de belleza. En los siguientes tres años cambió su nombre por el de Elizabeth Arden (en honor a Elizabeth I, famosa por su pasión por los cosméticos), además de que lanzó su propia línea de belleza.
Chaja Rubinstein provenía de una familia de judíos ortodoxos a los que dejó en Polonia. Armada con un tratamiento cosmético al que ella denominaba “crema de Krakovia” abrió una cadena de salones de belleza en Australia y París. Entonces tenía 38 años.
Con el correr de los años, ambas mujeres encabezaron compañías que facturaron millones de dólares, apuntaladas por la noción de que la juventud puede ser preservada y que la belleza puede materializarse desde la nada.
Ricas y famosas, Arden y Rubinstein compartieron en sus vidas algo más que un odio mutuo. Las dos reinas de la belleza tuvieron como primeros maridos a hombres que dormían en diferentes nidos de amor. Ambas contrataron detectives para investigar las actividades de sus respectivos cónyuges y posteriormente se casaron con unos tipos que decían ser –lo que resultó falso– príncipes rusos.
Arden y Rubinstein fueron mujeres sexualmente insatisfechas, lo que probablemente las orilló a trabajar de manera desmesurada. Rubinstein odiaba el contacto físico, tanto que casi nunca participaba personalmente en la aplicación de sus tratamientos de belleza. Irónicamente, aunque amasó una gran fortuna haciendo que otras mujeres se sintieran deseadas, su primer marido comentaba públicamente que jamás había sentido deseos por su esposa. El rechazo de los hombres la convirtió en una mujer insegura, al grado que, cuando empezaba un nuevo romance, acudía de inmediato a comprarse finas piezas de joyería. Pese a todo, Rubinstein duró casada con su primer esposo 25 años, lo que no le impidió que se hiciera famosa también por su enorme colección de gemas.

El primer esposo de Arden decía que ella era frígida, por lo que constantemente el marido se involucraba con las empleadas de Elizabeth. El pasatiempo subliminal de Arden eran las carreras de caballos; el de Rubinstein eran las compras.
Además de ser conocidas por sus milagros cosméticos, su rivalidad era tan fuerte que llegaba al extremo de robarse mutuamente a sus ayudantes. Se odiaban, se insultaban, pese a que nunca se conocieron personalmente.
Helena Rubinstein murió a los 94 años en abril de 1965. Cuando tres semanas más tarde, Arden pasó frente a uno de los salones de Rubinstein exclamó dramáticamente: “¡Pobre Helena!” Una de sus acompañantes afirma que la voz de Arden “denotaba tristeza, pero su expresión era de triunfo”. Elizabeth Arden falleció 18 meses después víctima de una trombosis. Fue sepultada con un vestido de chiffon color rosa diseñado por Oscar de la Renta. Pensó que ese color la haría inmortal. “Cuando la gente piense en rosa”, alguna vez dijo, “pensarán en Elizabeth Arden”.