James Whale: monstruos de labios pintados

POR José Luis Durán King

Con La novia de Frankenstein, James Whale encontró el medio perfecto para trastocar uno de los tabús preferidos de occidente: el homosexualismo, el cual no sólo sería ventilado de manera pública sino que se contrapondría de forma frontal a los roles sexuales socialmente admitidos

En 1931, dos años después de que la gran quiebra cubría con sus tinieblas la economía del mundo, afectando incluso a Estados Unidos, un país que por primera vez se percataba que también podía ser pobre, se estrenó en las pantallas de la unión americana Frankenstein, del director británico James Whale. Durante un año, la cinta basada en la novela de Mary Shelley se convirtió en el refugio psicológico de un público ansioso por escapar de los terrores que la realidad imponía. El castillo del barón Von Frankenstein, con su estilo gótico, además de una música siniestra y la triste presencia de una criatura fabricada con retazos de diversos cadáveres, fue no sólo un ominoso entretenimiento sino también una poderosa ruta de escape capaz de injertar por casi dos horas una fantasía de celuloide sobre el tejido muerto de una sociedad que frente a la pantalla se olvidaba de la pesadilla de su existencia.
Una década después de ese estreno, instalado en la comodidad de su sillón favorito y ajeno a las mordeduras del hambre, el crítico Edmund Wilson, refiriéndose a la inmortalidad ya insinuada de la cinta de Whale, señaló que “el ansia por experiencias místicas en periodos de confusión social, (así como) el instinto de inocularse contra el pánico y los horrores reales que afectan al mundo”, explican por qué filmes como Frankenstein se convierten en clásicos.
Además de ser un fenómeno propio de la crisis económica, Frankenstein tuvo méritos adicionales, entre ellos implantar por vez primera el miedo instintivo hacia los excesos de la ciencia y la tecnología. Las advertencias ya estaban hechas desde por lo menos diez años antes lo mismo por William Blake, quien con pluma compungida se había referido a “las aspas satánicas de la revolución industrial, cuyas manchas de humo asfixiaban a los obreros de Inglaterra”, muchos de ellos niños que pasaban de una miseria absoluta a una relativa, mediante contratos leoninos que los liberaban de la prisión del orfelinato sólo para morir de cansancio y enfermedades en minas estrechas por las que sólo cabían cuerpos menudos.
Aunque también, si se habla de perturbaciones de la modernidad, qué tal la imagen del barón Larrey, el sombrío cirujano de Napoleón, que aprovechó al máximo el descubrimiento de la anestesia local para realizar amputaciones al mayoreo en las trincheras de Moscú, congelando los labios de las heridas de los soldados, quienes en cuestión de minutos dejaban sobre las mantas de hielo alguna de las extremidades con las que vinieron al mundo.
Con un magro presupuesto de 262 mil dólares, Frankenstein es una obra de arte con un alto octanaje de subversión, lo que explica que a 78 años de su estreno su calidad permanezca intacta e inspire anualmente decenas de estudios académicos y profanos.

Arriba la novia
Con la fama a cuestas de haber inventado el cine de horror, James Whale se dio el lujo de rechazar por varios años la elaboración de una secuela de la cinta que lo había colocado en la cima de los Estudios Universal. Sólo que su espíritu subversivo nuevamente se impuso y adivinó en el guión de La novia de Frankenstein el medio perfecto para trastocar uno de los tabús preferidos de occidente: el homosexualismo, el cual no sólo sería ventilado de manera pública sino que se contrapondría de forma frontal a los roles sexuales socialmente admitidos, así como a los hipócritas valores familiares.
James Whale, quien jamás ocultó su homosexualismo, se apoyó en el brazo de La novia de Frankenstein (1935) para penetrar sin vaselina de por medio el inconsciente de las audiencias masivas que esperaban con desesperación lastimera la mercurial presencia de Boris Karloff en su interpretación de la criatura oligofrénica del barón Frankenstein.
Rebosante de fantasías y monstruosidades proscritas –perseguidas como la comunidad gay de la época—, La novia de Frankenstein conjuntó un verdadero gabinete de actores masculinos que en su vida privada daban mucho de qué hablar con sus tendencias homo y bisexuales. Ernest Thesiger, por ejemplo, era una “reina” del cine clandestino de los años treinta del siglo pasado. Colin Clive, quien protagonizó al demencial barón Frankenstein tanto en la primera como en la segunda películas de James Whale, nunca desmintió su bisexualidad. Charles Laughton también fue parte de las estrellas de la segunda parte de la película inspirada en la obra de Mary Shelley. Laughton era, además de esposo de Elsa Lanchester (quien hace el papel de la prometida del monstruo), un connotado masoquista gay, plenamente conocido en las fiestas extremas de la industria del cine.
Para cerrar con broche rosa el mensaje de la proscripción gay implícito en La novia de Frankenstein, Whale introdujo la imagen del amor sincero e inmaculado, sólo que en esta ocasión no lo abanderan un hombre y una mujer, sino dos varones –la criatura y el ermitaño ciego, protagonizado por O.P. Heggie—, quienes se comportan como el matrimonio gay perfecto, alejado de las vilezas y la persecución de los convencionalismos, viviendo su vida en un rinconcito ideal perdido del mundo.