Una rola de los Doors en Michoacán

Alfredo C. Villeda

Una antigua canción de los Doors, con letra de Jim Morrison, se escucha en la oscuridad:

They got the guns
but we got the numbers

Resulta ineludible la asociación. Los versos fríos, aislados, sin el contexto de la gran rola, irrumpen en medio de los balazos que zumban por las nucas de una sociedad intimidada, así sean tiros que atrae la imaginación alborotada, si es verdad que sólo se están matando entre pillos.
Ahora La Familia, por ejemplo, puede recoger las estrofas del Rey Lagarto y adaptarlas, en medio de la ocupación militar de Michoacán, para concluir que las tropas enviadas al ojo del huracán tienen las armas, pero ellos, los narcos, también, junto con los efectivos, la base social que los cobija. ¿Cómo, si no, puede un capo, como La Tuta, dirigirse con desparpajo al Presidente, manifestarle sus respetos y proponerle un “pacto nacional”?
Caso diferente al de la capital, donde hace un par de semanas dos jefes policiacos cayeron, en situación aún no esclarecida, cuando encabezaban el rescate de una mujer en medio de una operación que movilizó a 60 agentes. Un hombre, con un rifle AK-47, les pudo hacer frente, eliminó a la avanzada, mató a la rehén y luego se suicidó, según la versión oficial. “No tenemos esas armas”, confesó con pesar el fiscal de la ciudad. En esta variante, los guardianes del orden tenían los efectivos, pero el secuestrador el arma correcta.
Apenas en enero pasado este diario dio a conocer el contenido de un diagnóstico que sobre México hizo el general Barry McCaffrey, ex zar antidrogas estadunidense, quien decía a propósito de las armas: “Los porcentajes de confiscación de granadas de mano, RPG y AK-47 están al nivel de las incautaciones de los campos de batalla en tiempos de guerra”.
El análisis planteaba: “Resulta difícil comprender la aparente indiferencia e incompetencia de Estados Unidos, a escalas estatal y federal, al punto de tan cruel despreocupación ante una amenaza a la seguridad nacional de un país democrático vecino. Lo consideraríamos un acto de guerra si nosotros fuéramos la víctima”. El ahora catedrático de West Point, que vino a exponer ese asunto a Valle de Bravo a finales de 2008, ve con alarma que el narco tiene las armas, pero también los efectivos.
Nada de esta dura realidad está a discusión. Los recuentos varían en cuestión de cifras de menos de un dígito en materia de ejecuciones diarias. Mitos urbanos de villanos devenidos héroes, narcocorridos, abundan. En la preparación de la portada de MILENIO Diario, días atrás, el fusilero comentaba con Carlos Marín aquella leyenda sobre una propuesta de Rafael Caro Quintero para quedar en libertad a cambio de pagar la deuda externa. Desmentida la versión por el propio personaje, ésta corre de texto en texto, de corrido en corrido, de plaza en plaza.
Pero la propuesta de pacto de Amado Carrillo, documentada en su momento por el propio Marín, y del ahora afamado La Tuta, hecha del conocimiento público esta semana por voz propia, nada tienen de mito urbano. Michoacán es el epicentro de los narcosismos: ahí empezó la guerra de Calderón al narco, ahí se lanzó el granadazo en el zócalo, ahí se maquinó y operó la mayor redada contra funcionarios ligados al tráfico de drogas y es ahí, ahora, donde está la mayor ofensiva policiaco-militar en respuesta a los ataques de La Familia.
Y es en Michoacán donde surge la primera propuesta, diferente a la bélica, para frenar el derramamiento de sangre: un narcopacto. Unos llaman a seguir ofrendado vidas de soldados y policías, otros exigen a gritos replantear la estrategia. Ningún cómo. Salvo el de La Tuta. ¿Fue esa narcollamada un aviso de superioridad? ¿Una solicitud de tregua? ¿O ya se les acabaron los tiros, como especula el gabinete de seguridad nacional?
En la oscuridad sólo se escuchan la metralla y su estela de muerte. ¿Quién tiene las armas, quién los efectivos?

Finalmente, otra estrofa de la misma rolita evocada, Five to One, advierte:

No one here gets
out alive

Es decir, nadie sale vivo de aquí.
acvilleda@gmail.com