VAGINA DENTATA: amantes e insectos

POR Elizabeth Grosz

La atracción que la Mantis religiosa explaya, la cual puede ayudar a explicar el estatus privilegiado del insecto en los mitos de muchas culturas, es su cercana y curiosa asociación con la feminidad, con la sexualidad femenina, sobre todo con la fantasía de la vagina dentata


Las contribuciones pioneras de Roger Caillois a la etología han sido ampliamente reconocidas. Su análisis actualizado de la función de la imitación en el mundo de los insectos ha demostrado ser saludable para cualquier análisis de materialidad que reduce a instrumentalidad cualquier intento de definir la forma en términos de función, así sea en términos de telos.

Muestra, desde sus primeros escritos, que las características particulares que definen una especie de insectos –su color, habilidades de camuflaje, la organización de sus órganos sensitivos–, son siempre un exceso de sus valores de supervivencia. Esa cierta superabundancia estructural, anatómica o conductual, quizá es la superfluidad misma de la vida, además de las necesidades de supervivencia del organismo:
“Es obvio que el papel utilitario de un objeto nunca justifica completamente su forma; o, puesto de otra manera, que el objeto siempre excede su instrumentalidad. Así es posible descubrir en cada objeto un residuo irracional…”
Ese “residuo irracional”, ese acercamiento a la señal, ese gasto intrínsecamente excesivo, una economía de lujuria, se convierte en un locus [en la biología, lugar donde está un gen en un cromosoma.] de intensa fascinación para él. En su obra sobre el mimetismo, Caillois deja en claro que la habilidad de un insecto para camuflarse –que en sí misma no contiene el valor de supervivencia– no protege a la criatura del ataque o de la muerte y, de hecho, puede hacerlo vulnerable a formas aún más horribles e inimaginables de muerte. Cita casos de orugas partidas por la mitad a causa de la podadora o de insectos devorados por algún miembro de su propia especie que lo confundió con una hoja. El camuflaje es excesivo a la supervivencia, como el plumaje del pavo real es excesivo para la reproducción sexual. En vez de demostrar la finalidad de las determinaciones instintivas, una existencia definida en términos darwinianos, Caillois introduce una dimensión gratuita a su explicación de dichos rasgos de la existencia animal. El camuflaje, la capacidad para imitar el hábitat o el entorno, lejos de realizar una función adaptativa, atestigua la fascinación de una criatura por las representaciones de su espacio, su desplazamiento desde el centro, desde una “conciencia” de su lugar a la perspectiva de otro. El insecto que imita vive su existencia camuflada no tanto como sí misma sino como la del otro.

Coleccionista de insectos
Caillois, quien se describe a sí mismo como un “coleccionista de insectos”, parece tener una fijación de toda la vida con la Mantis religiosa. Aduce haber sido atraído por esa especie en parte por una curiosidad frustrada, ya que donde vivió de adolescente, el insecto no habitaba. Su curiosidad al parecer estuvo determinada por poseer, ver y conocer a la Mantis. Su descripción es expresada en términos de una epistemofilia apasionada.
“La dificultad de conseguir un espécimen sólo incrementó mi deseo por poseer uno. Tuve que esperar dos años y, finalmente, durante unas vacaciones de verano en Royan me emocioné al capturar una hermosa Mantis religiosa…”
Parte de la atracción que la Mantis religiosa explaya, no sólo para Caillois sino para muchos otros, y la cual puede ayudar a explicar el estatus privilegiado del insecto en los mitos de muchas culturas, es su cercana y curiosa asociación con la feminidad, con la sexualidad femenina, sobre todo con la fantasía de la vagina dentata (vagina dentada); con lo oral, la digestión y la incorporación; y con los celos de la mujer y su poder sobre los hombres. Más aún, su poder ricamente evocativo, su habilidad para ser utilizada como fuente de fantasía y especulación, debe atribuirse en parte a su misteriosa semejanza a la forma humana, el isomorfismo de sus miembros con los de los humanos:
“… de todos los insectos es el único cuyos trazos más nos recuerdan las formas humanas, principalmente debido a la semejanza de sus piernas rapaces con los brazos humanos. En cuanto a su actitud ordinaria, no es la de alguien que reza, como el consenso común ha hecho que creamos (uno no ruega sobre el estómago del otro), sino la de un hombre haciendo el amor [¡con el hombre arriba!] Esto así solo no es suficiente para justificar una identificación constante y oscura. Uno puede ver ahora por qué los hombres siempre han estado interesados en la Mantis y sus hábitos, y por qué es tan aptamente asociado con el amor y con el odio, cuya unidad ambivalente se condensa de forma tan admirable”.
La ambivalencia se deriva principalmente de una identificación narcisista facilitada por la postura de la mantis, semejante a la forma humana. Más próximas a esta identificación son las consecuencias, por el destino siniestro del sujeto humano/masculino que se identifica con el mantis (masculino). Lo que al parecer más provoca la fascinación de Caillois son los terribles hábitos nupciales, la bien conocida inclinación de la mantis hembra a devorar al macho en el acto del coito.
La Mantis religiosa hembra es la más ingrata de las compañeras, engullendo y en última instancia destruyendo a su amante en un frenesí de arribismo. Esta escena es amplia en posibilidades, y Caillois no vacila en sugerir que la Mantis religiosa pueda servir como una representación apropiada del amante femenino predador que devora, que ingiere e incorpora a su compañero, castrándolo o matándolo durante el proceso. El pequeño mandamiento de la femme fatale. Este pequeño insecto es el heredero de una serie entera de proyecciones fundamentalmente paranoicas, en las que no es el sujeto masculino o el falo que amenaza al amante femenino sino más bien es la amante femenina la que amenaza al falo. La posición de castración del padre –cara a cara con el hijo– es transformada en la imagen de la madre que devora. La madre no es más el objeto potencial de violación sino más bien el autor de un robo, castrando al hijo y manteniendo su falo para ella, en una especie de venganza contra la autoridad y la ley del padre.
El psicoanálisis es claro al aducir que no es lo que la madre hace al hijo sino más bien lo que el hijo teme de la madre. Ella, no menos que la mantis, es el vehículo proyectivo de los peores temores del hijo. Lo anterior puede ayudar a explicar la identificación antropomórfica de la hembra mantis con la hembra humana. Una neutralización de la inversión del hijo en la imagen del padre como una amenaza y un peligro, el costo por el cual la castración se vincula a la madre, provocando que el falo, y el placer sexual, se conecten con la mutilación o la muerte. Para Caillois, lo anterior vincula a la mantis a una serie de imágenes vampíricas y parasitarias –el vampiro, el murciélago y la mandrágora– que, en virtud de su semejanza al humano, en particular con el macho, le da también forma de proyección e identificación:
“En ningún caso es coincidencia, en mi opinión, que la creencia en espectros que chupan sangre utilicen al murciélago como una especie de punto natural de referencia. El antropomorfismo del murciélago es particularmente profundo y va más allá del nivel de una identidad estructural general (la presencia de manos con el pulgar opuesto a los otros dedos, senos pectorales, un periodo de flujo menstrual, un pene de ´manos libres´)”.

El placer del asesinato
La mantis hembra ha sido “científicamente observada” desde por lo menos el siglo XVI en el acto de decapitar al macho, no sólo después o durante el coito sino incluso ¡antes! Él será devorado completamente después de la copulación. Durante siglos se creyó que dichos actos de canibalismo podían ser descritos en términos de utilidad: la hembra podía encontrar grandes cantidades de la proteína necesaria para la fertilización y desarrollo de los huevos devorando a su pareja. Sin embargo parece que más probable que la decapitación del macho pueda también servir no sólo para una función procreadora sino también específicamente para funciones sexuales de la mantis hembra:
La teoría de Dubois se pregunta si el objetivo de la Mantis religiosa al decapitar al macho antes del acoplamiento no es sino para obtener, mediante la ablación de los centros inhibidores del cerebro, una mejor y más prolongada ejecución de los movimientos espasmódicos de la cópula. De modo que en el análisis, podría ser que el principio de placer de la hembra es el que dictaría el asesinato de su amante, cuyo cuerpo, además, ella comienza a comer durante el acto sexual mismo.
La hembra decapita al macho para facilitar movimientos coitales ¡más vigorosos! Caillois está más interesado en la naturaleza automática del manejo sexual del macho: decapitado, sin un cerebro que elija representaciones o emprenda un comportamiento voluntario, persiste obstinadamente, sin embargo, en sus movimientos sexuales automáticos, y es aún capaz de utilizar algunas estrategias autónomas para evadir el peligro y a los predadores, mientras, en un cierto sentido al menos, está muerto (¡aunque continúa pataleando!):
“El hecho es que hay poquísimas reacciones que son capaces de realizar cuando son decapitadas… En esa condición, puede caminar, recuperar el equilibrio, mover autónomamente alguno de sus miembros amenazados, asumir la posición espectral, aparearse, poner huevos y, lo que es bastante asombroso, caer en una inmovilidad falsa parecida a un cadáver cuando enfrenta el peligro u obedeciendo un estímulo periférico.
Utilizo deliberadamente medios indirectos de expresión debido a que nuestro lenguaje, me parece, posee muchas dificultades para expresarse, pero el hecho es que, cuando muere, la mantis puede simular la muerte”.
El automatismo en ese procedimiento convence a Caillois de que es uno de los rasgos más significativos de la Mantis religiosa; ésta no sólo puede “hacerse la muerta” mientras es decapitada, su comportamiento sexual es inducido reflexivamente. Puede realizar sus funciones sin la estructura organizativa de la conciencia (lo que quiera que signifique en el caso de la mantis), las estructuraciones proporcionadas por un incluso sistema nervioso cuyos vínculos se han perdido o por un aparato perceptivo intacto.

Artrópodos y androides
Caillois cita la argumentación de Binet con aprobación: “El insecto se nos revela como una máquina con un mecanismo perfecto, capaz de funcionar automáticamente”. La mantis como una máquina perfecta: no una máquina de supervivencia (el tiburón generalmente es mencionado como la máquina asesina y de alimentación perfectas) sino una máquina de coger, cuya reacción, bajo la amenaza de muerte inminente, es coital. Caillois lleva la afirmación de Binet aún más lejos: si la mantis es una máquina parecida a un humano, y el androide, de manera particular, es cifrado como la hembra:
Así, la asimilación de la mantis en un autómata –es decir, en vista de su antropomorfismo, a un androide femenino– me parece ser una consecuencia del mismo tema afectivo: la concepción de una mujer-máquina artificial, mecánica, inanimada e inconsciente, inconmensurable con el hombre y otras criaturas vivientes proviene de un modo particular de envisionar la relación entre el amor y la muerte, y, más precisamente, de una premonición ambivalente de encontrar al uno dentro del otro”.
Caillois postula una red de asociaciones, un acoplamiento implícito entre la mantis, la religiosidad, el alimento y la oralidad, los vampiros succionadores de sangre, la madre que alimenta a su hijo, el canibalismo, la vagina dentata, la hembra devoradora, la femme fatale, los mecanismos de automatismo y el androide femenino. Tiene la perspicacia para sugerir, no que esto es de algún modo un juego natural o innato de conexiones, sino que es en gran parte la función de una constelación de conceptos que son sobredeterminados en sus relaciones mutuas: por unión del placer sexual al concepto de la muerte, en el acto sexual que se lleva a cabo mientras se muere. La mujer, así, es colocada en la categoría del no humano, la no viva, o el truco vivo de la muerte.
La intuición de Caillois sobre el carácter formativo del eslabón entre placer sexual, la muerte y morir, encuentra una confirmación clara en los abundantes ejemplos de la vida diaria: la producción de armas basadas en el modelo del falo, la función del falo como arma de guerra y venganza, la dependencia del falo en el complejo de castración, las operaciones de la impotencia física, el agotamiento de la energía física después del orgasmo, la proyección fantasmagórica en la mujer del poder fálico durante la cópula. El acoplamiento “evolutivo” de la muerte del individuo a la reproducción (sexual) de la especie (el eslabón percibido entre la sexualidad y la inmortalidad) prefigura o da testimonio a la tenacidad del eslabón entre el deseo y la muerte.

Tomado de: Space, time and perversion. Routledge, 1995. Nueva York.
Traducción: José Luis Durán King.