El autogol de la señora presidenta

POR Alfredo C. Villeda

Cuántos pesares se habría ahorrado Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de Argentina, si estuviera no sólo al tanto de la grilla política en su país y en el subcontinente, sino también de lo que escriben sus paisanos. Cómo habría cambiado su fortuna en las pasadas elecciones, cómo habría cambiado la fortuna de sus compatriotas víctimas de influenza humana, si estuviera más atenta a los problemas ingentes de su país y no sólo a los concernientes al futbol.
Porque si antes de apersonarse junto a la mafia en persona, Julio Grondona, máximo directivo del balompié argentino, y Diego Maradona, “Dios”, según el básico entender de la hinchada que incluso le levantó una Iglesia, ella hubiera hojeado una novela reciente de su paisano Tomás Eloy Martínez, o si alguno de sus consejeros avezados en novedades editoriales le hubiera resumido el texto en una tarjeta informativa, la señora presidenta no habría emitido, el viernes pasado, la siguiente expresión a propósito de la transmisión televisiva del pambol:
“Te secuestran los goles hasta el domingo, como te secuestran las imágenes y las palabras. Como secuestraron a 30 mil argentinos. No quiero más una sociedad de secuestros, quiero una sociedad cada día más libre”, dijo ante los aplausos del auditorio, donde también estaba la mayoría de los presidentes de los clubes de futbol, según reportó el diario Página 12.
En un pasaje de su novela Purgatorio (Alfaguara, 2009), Eloy Martínez cuenta la anécdota de una pareja que ve un programa cómico en televisión, parodia siniestra de un cuento de Kafka titulado “El artista del hambre”, en plena guerra sucia: “Apareció el plano general de un comediante muy pálido, que vestía una malla negra y ajustada. Estaba sentado en el suelo de una jaula, sobre parvas de paja dispersa, exhibiendo el desconsuelo de sus prominentes costillas (…) la gente paseaba desdeñosa frente a él, sin detenerse a mirarlo (…) Mientras tanto, al compás de luces que se encendían y se apagaban, el calendario del ayuno se modificaba en el cartel colocado ante la jaula del hombre: van 35 días, van 40 días, y así (…)
“Al llegar al día 73, un guardián se acercaba, examinaba con desdén la paja húmeda, buscaba al comediante con una pértiga y, como no lo veía, acercaba el oído a los barrotes. Una voz infantil, casi inaudible, asomaba entre las parvas: ´¡Sáquenme de aquí! ¡Estoy desapareciendo!´. Y de nuevo se alzaba el coro de risas grabadas (…) La cámara se acercaba a una parva mustia y húmeda, de la que emergía el ayunador, minúsculo como una hormiga: ´¡No me pisen!´, gritaba con una voz tan aguda, tan inasible, que sólo los micrófonos de la televisión podían captarla. ´¡No me pisen! ¡Soy un desaparecido!´ El sketch terminaba cuando la suela de un enorme zapato se cernía, implacable, sobre el comediante, mientras el público estallaba en aplausos y carcajadas”.
Varios días después de este episodio más kafkiano que el cuento del propio Franz, escribe Eloy Martínez, la pareja se enteró de que el actor del sketch cómico había pedido espontáneamente disculpas al público y a las autoridades, encabezadas por La Anguila, es decir, el mismísmo Jorge Rafael Videla. “Hago chistes de mal gusto (…) Por torpeza, estoy contribuyendo a las campañas de difamación contra nuestro país. Soy indigno de vivir entre ustedes. Los argentinos somos gente de paz y yo no he respetado esa paz. Las bromas sobre desaparecidos le hacen el juego a la subversión”, declaró el comediante arrepentido de Eloy Martínez.
Pero la señora presidenta no ha leído a su paisano. También parece ignorar que varios testimonios de secuestrados por la dictadura recuerdan con pavor cómo los captores se tomaban su tiempo durante la Copa del Mundo Argentina 78 para festejar los goles del Matador Mario Kempes en la final ante Holanda, o la famosa, por increíble, tunda de cuero a Perú, en un partido cuya limpieza está en duda hasta la fecha. Cómo puede alguien esperar, entonces, que K haya leído o tenga noticia de la novela La broma, de Milan Kundera, que bien le hubiera venido conocer antes de su infausto discurso.

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