EL CIRCO: espectáculo y origen del museo natural de historia

POR: Opera Mundi
Desde su origen en Inglaterra, el circo fue a menudo de la mano con el teatro. Ahí tenían lugar dramas ecuestres, con números basados en batallas famosas que generalmente culminaban con los jinetes y caballos a todo galope cuando la trama llegaba a su clímax

Contrariamente a la opinión popular, el circo, como lo conocemos ahora, es de origen reciente y tiene muy poco que ver con los antiguos recintos y anfiteatros romanos. El antiguo se limitaba lo mismo a competencias de carruajes que a combates entre gladiadores, sacrificio de bestias, combates navales simulados y pantomimas espectaculares. Aunque, ciertamente, muchos de los números asociados con el circo moderno fueron conocidos por nuestros antepasados. Los acróbatas y malabaristas son probablemente tan antiguos como la misma humanidad. Asimismo, los griegos estaban acostumbrados a ver funámbulos y los romanos estaban especializados en el entrenamiento de animales, incluyendo los elefantes, a los que se adornaba con ropajes adecuados; mientras que los payasos han desplegado sus rutinas en cada uno de los periodos de la civilización, lo mismo en farsas en grupo que en actuaciones individuales.
Hasta mediados del siglo XVII, sin embargo, no hubo intentos por organizar dichos números en un entretenimiento empresarial, no obstante que anteriormente lo mismo payasos solitarios que pequeñas troupe de saltimbanquis vagaban a través de Europa, Asia y África. Los profesionales de la risa aparecían en plazas donde la gente los rodeaba, en los salones de la nobleza, en las celebraciones comunales y en los mercados. El rey Alfredo el Grande de Inglaterra (reinó de 871 a 899) gustaba que lo entretuviera un espectáculo de bestias salvajes; Guillermo el Conquistador (rey de Inglaterra de 1066 a 1087) “importó” grupos de funámbulos y contorsionistas de Francia a Inglaterra.
Los saltimbanquis itinerantes entrenaban osos, monos, caballos, perros y demás animales para exhibir las habilidades de éstos en las ferias, lugares que jugaron un papel importante en el desarrollo del comercio en Europa a partir del siglo VII. Para fines de la Edad Media, conforme los canales de comercio se estandarizaron, las ferias se convirtieron más en un lugar de entretenimiento que de compra, venta e intercambio de bienes, integrando a muchos de los actores ambulantes, junto con sus animales, en los primeros escarceos de lo que ulteriormente serían los circos.

El anfiteatro
El circo comenzó a delinear su fisonomía actual en Inglaterra en 1768, cuando el ex sargento Philip Astley (1742-1814) aprendió sin desearlo un truco: encontró que si galopaba en círculo mientras se paraba en el lomo de su caballo, la fuerza centrífuga contribuía a que mantuviera su balance. Para realizar su truco construyó un escenario público. Pronto incorporó un payaso –Mr. Merryman—, músicos y otros actores a su establecimiento, al tiempo que añadió un escenario para actuaciones más dramáticas, como el de los funámbulos. Astley siempre se refirió a su escenario –que estaba ubicado a uno de los costados del puente Westminster de Londres, en Lambeth— como un “anfiteatro”. El término “circo” fue empleado por vez primera cuando un jinete rival y ex empleado de Astley llamado Charles Hughes inauguró el Royal Circus a 50 metros al sur del anfiteatro de Astley.
Las circunstancias fueron favorables para el desarrollo del circo. Durante la segunda mitad del siglo XVIII las ferias iban en decadencia y algunas de sus atracciones principales habían sido prohibidas. Muchos de los hombres espectáculo en busca de sustento hallaron el circo: acróbatas, funámbulos, prestidigitadores y otros cuyos números se basaban en la destreza, la agilidad y la fuerza, quienes descubrieron que sus actuaciones eran mejor apreciadas en los escenarios que en las calles.
En 1772, Astley fue a Francia a presentar sus “sorprendentes dotes de jinete” ante el rey y la corte galas, percatándose de que ahí también muchos hombres espectáculo estaban hartos de las ferias. Diez años después regresó a Francia y abrió otro anfiteatro. Cuando las hostilidades entre Francia e Inglaterra llegaron a su punto más crítico después de la Revolución francesa, Astley arrendó su negocio a Antonio Franconi (1737-1836), miembro de una familia noble veneciana, quien había sido forzado al exilio tras participar en un duelo en el que su contrincante murió. Aunque primero fue un prestidigitador inigualable, en lo que destacó fue como director. Franconi unió fuerzas con Astley y, cuando éste se marchó, el espectáculo continuó. Sus vástagos, Laurent y Henri, junto con sus esposas e hijos, continuaron los pasos del patriarca, y la familia Franconi actualmente es reconocida como una de las fundadoras del circo francés. A los Franconi correspondió estandarizar el diámetro del anillo circense en 13 metros, una medida que aún se respeta en muchos circos modernos.
En 1782, Astley viajó a Belgrado, visitando en su camino Bruselas y Viena, donde levantó por lo menos 19 circos permanentes. Sin embargo fue Charles Hughes quien introdujo el circo a Rusia. Añadió una compañía de jinetes acróbatas para la cuadra de caballos que le había comisionado para su entrenamiento Catalina la Grande en 1793, por lo que fue recompensado con un circo privado en el palacio real de San Petersburgo. El circo ruso fue perfeccionado por un francés llamado Jacques Tourniaire (1772-1829).
En 1793, John Bill Ricketts, un jinete que anteriormente había actuado en Inglaterra, inauguró circos en Filadelfia y Nueva York, los primeros de los que se tiene memoria en el nuevo mundo. Al mismo tiempo Benito Guerre presentó sus habilidades en España. Con el arribo del siglo XIX los circos se habían extendido por Europa y se establecían firmemente en Estados Unidos. Los espectáculos se ofrecían permanente o semipermanentemente en edificios que sobresalían por su diseño llamativo. La gran amenaza siempre fue el fuego, que Astley y Ricketts sufrieron particularmente: el anfiteatro de Astley ardió en tres ocasiones en los primeros 62 años de su historia, y Ricketts perdió sus circos tanto de Filadelfia como de Nueva York a causa de las llamas.

Ópera ecuestre
Desde su origen en Inglaterra, el circo fue a menudo de la mano con el teatro. En los anfiteatros de Astley, en el Royal Circus y en el resto de sus similares, un proscenio y un escenario se disponían detrás del anillo circense. Ahí tenían lugar dramas ecuestres, con números basados en batallas famosas que generalmente culminaban con los jinetes y caballos a todo galope cuando la trama llegaba a su clímax. En Francia este género de entretenimiento paulatinamente fue exiliado a los teatros regulares, pero en Inglaterra continuó floreciendo en carpas y circos permanentes a lo largo del siglo XIX. Ricardo III y Macbeth de Shakespeare e incluso la ópera de Verdi Il trovatore fueron escenificadas con caballos y jinetes durante la época de Astley. El club más exclusivo de París mantuvo su propio escenario privado en el Cirque d´Été y en San Petersburgo los establos eran regularmente acondicionados en beneficio de los visitantes aristócratas.
Las familias circenses lograron prominencia durante el siglo XIX. De una generación a otra, los miembros de una familia eran entrenados desde temprana edad en las habilidades y disciplina necesarias para lograr la perfección en una determinada especialidad. Por ejemplo, la familia Cristiani de Italia era reconocida por sus expertos jinetes, aunque algunos de sus miembros lograron la excelencia en el ballet o en la acrobacia. De hecho los miembros de las familias circenses se casaban con los de otras familias de la misma profesión. La familia Cooke, que viajaba de Escocia a Nueva York a principios del siglo XIX era un grupo ecuestre que se unió mediante varios matrimonios con los Cole y los Orton, ambas familias circenses renombradas en Estados Unidos. Cuando una familia circense se expandía, las ramificaciones se establecían en numerosas áreas y sus miembros generalmente iban de una ramificación a otra. La familia Cristiani estableció ramificaciones tanto en Europa como en Estados Unidos. Hacia el final del siglo XIX, los circos rusos estaban dominados por una familia circense italiana, los Cinisellis, la cual, como muchas otras, nunca fue profeta en su propia tierra.

Museo Barnum
Para principios del siglo XX, el circo continuaba extendiéndose a muchos otros países. La familia circense británica Harmston se estableció en Asia del este y, por años, su único rival fue el circo ruso Isako. Los Boswell dejaron Inglaterra por Sudáfrica, donde enfrentaron la competencia de los alemanes Pagel. Frank Brown, cuyo padre había sido un payaso del anfiteatro Astley, viajó a Sudamérica. En Australia el circo prosperó bajo el cuidado de los Wirths. Los Lobe, de Budapest, echaron raíces en Persia y los Sidoli encontraron en Roma la tibieza necesaria para realizar sus números.
Entre las atracciones de los circos pueden mencionarse los actos ecuestres, la presencia de animales salvajes, los actos de habilidad, los payasos, la banda de música, los animales amaestrados, entre otros.
Sin embargo, en 1871, después de haber cosechado éxitos con su afamado museo de Nueva York, Phineas Taylor (P.T.) Barnum formó una sociedad con William C. Coup y el ex payaso Dan Castello para fundar el P.T. Barnum´s Museum, Menagerie and Circus. Éste ofrecía diversas atracciones extraídas del primer museo, pero lo que más llamó la atención del público fue el “anexo” del espectáculo: las anormalidades humanas, como mujeres gordas, los gigantes y los enanos, las “maravillas sin brazos”, las muchachas de cuatro piernas, los ilusionistas y magos, los autómatas, los inventos curiosos, Hiram Power –la estatua desnuda del “esclavo griego”—, entre otras novedades. Los fenómenos de circo generalmente eran anunciados en letreros gigantescos o paneles que ilustraban las maravillas del interior. Un elemento vital de este espectáculo era el pregonero, cuya voz estruendosa atraía al público.