Flaubert en los burdeles de Egipto

POR Victor Brombert
Acompañado por una perfumada cortesana egipcia, Flaubert emprendió en 1849-un viaje de año y medio por Medio Oriente, donde fue hipnotizado por los bazares, burdeles, camellos y bailes lascivos, experiencias que alimentarían sus novelas

Flaubert decía que un escritor nunca debe celebrarse, que, de hecho, debe pretender no haber vivido. Decía ser un homme plume, y que las únicas aventuras en su vida fueron las oraciones que escribió. Pese a todo, no siempre estuvo atado a su escritorio, pluma en mano. Viajó a Egipto, Siria, Turquía y Grecia. En París, en 1848, atestiguó la lucha en las calles y la violencia de las turbas.
Frecuentó a la gente más notable de su época: el escultor James Pradier, los hermanos Edmond y Jules Goncourt, el crítico Sainte-Beuve, el novelista ruso Ivan Turgenev, George Sand –con quien desarrolló una tierna amistad–, la princesa Mathilde Bonaparte y Guy de Maupassant, quien se consideraba discípulo de Flaubert. Tuvo un amorío turbulento con la escritora Louise Colet, una de las mujeres más extravagantes del siglo XIX.
A pesar de los votos casi monásticos que pronunció en favor de la religión del arte, la vida de Flaubert no fue tan mística como se pudiera creer. Al contrario, rebosa de encuentros y acontecimientos; es, de hecho, una vida bastante interesante, sobre todo cuando la cuenta un biógrafo connotado como Frederik Brown, cuyo ritmo editorial cuidadoso, colorido, e inteligente nunca falla –en casi 600 páginas— en atrapar la atención del lector.

Cambio de atmósferas
Muchas de las acepciones de Flaubert deben tomarse con una dosis de escepticismo. En algún punto, por ejemplo, expresa su deseo de escribir un livre sur rien (un libro sobre “nada”) –una obra ideal que se mantendría firme por la fuerza escarpada de su estilo y estructura, sin ninguna preocupación por el tema. Esa metáfora de la creación separada de un artífice divino ha sido muy citada por los críticos impacientes en ubicar a Flaubert entre los primeros posmodernistas. Pero el hecho es que Madame Bovary, aflorando en las realidades diarias de su natal Normandía, lo suficientemente contenida en su temática como para convertir a sus paisanos normandos en compañeros, grita con cólera. Emma Bovary, oprimida y reprimida por una sociedad mediocre, es descrita cuidadosamente como un caso clínico. Ella es también una figura quijotesca en una búsqueda patética de lo inalcanzable, y en eso sigue siendo superior al ambiente que la tritura. Ciertamente nadie pensó en el tiempo en que apareció Madame Bovary que simplemente se trataba de un tour de force estilístico. La notoriedad de Flaubert en 1857 se debe en gran parte a un ensayo bien publicado que desafió la moralidad religiosa y pública, pero, sobre todo, a la conducta decente.
No es Salammbô, la cual resucita a la antigua Cartago, una novela sobre la “nada”. Flaubert fue al problema de la meticulosa histórica y la investigación arqueológica, e incluso viajó a Túnez en la primavera 1858. Como en L’Éducation sentimentale, la gran novela de Flaubert sobre la historia moral y política de una generación entera que se sienta a horcajadas sobre la Revolución de 1848, se enfoca en momentos históricos específicos, así como en recuerdos personales agudos. Brown nunca pierde de vista el contexto histórico de Flaubert. Lo hace con la sensibilidad que tienen los historiadores frente a los cambios de atmósferas durante un periodo inquieto, extraordinariamente rico en agitaciones y transformaciones políticas.

Flaubert nació en 1821 en una familia acomodada y bien respetada. Su padre, Achille-Cléophas Flaubert, fue el cirujano en jefe reverendo del Hospital Dieu en Rouen. Gustave era un muchacho en la Restauración que marcó la vuelta de los Borbón tras la caída de Napoleón. Creció hasta ser un adolescente después de que los Borbón fueron perseguidos una y otra vez, y Francia se convirtió en una monarquía constitucional bajo Luis Felipe. Flaubert tenía 27 años cuando la Revolución de 1848 se deshizo de aquel rey también y la República nació. Esa república también tuvo una vida corta. Sólo tres años después, un golpe de Estado encabezado por su presidente transformó a Francia en el Segundo Imperio, y Luis Bonaparte se convirtió en Napoleón III. Flaubert vivió para ver el fin de ese régimen también, cuando Prusia venció a Francia en 1870 y los soldados prusianos ocuparon la casa familiar de Flaubert en Normandía. La violencia de la Comuna de 1871 y su represión brutal, que no fue olvidada pronto, cedió el paso a la estabilidad evidente de la Tercera República. Flaubert murió de una hemorragia cerebral en 1880, después de años de comer y fumar pipa en exceso, y sin duda también por los efectos a largo plazo de la epilepsia y la sífilis. Los achaques diarios de indignación seguramente también afectaron su presión arterial.

El ermitaño de Croisse
Del primer párrafo del Flaubert de Brown, donde vislumbramos las ensoñaciones del personaje en su Normandía prosaica, de desiertos distantes, sabemos que estamos en un convite. Elegante y bien articulada, la narrativa de Brown ilumina la complejidad de las contradicciones interiores de Flaubert. Celoso de su independencia, frecuentemente misántropo, considerando su retiro con el orgullo parecido al de un monje, “el ermitaño de Croisset”, como llegó a ser conocido, estaba de hecho sediento de amistad, afecto y estímulo. En los años posteriores, a pesar de su enfado e iconoclasia, fue distinguido con la amistad y protección de la princesa Mathilde Bonaparte, convirtiéndose en un visitante asiduo del salón Rue de Courcelles e invitado especial a las fiestas de la corte imperial.
Brown es especialmente bueno al detallar el retrato físico y moral del novelista: su sentido de lo cómico, sus arranques y vituperaciones, su aversión a las mascotas, sus fantasías eróticas, su risa ruidosa y voz estentórea, su fascinación con la imbecilidad, su léxico escatológico. Detrás de la fachada vigorosa había, oculto de la visión pública, un ser vulnerable que buscó refugio de cada forma de implicación indeseada (como elegir una carrera), dando la bienvenida a la epilepsia que emergió cuando él tenía 23 años. Por encima de cualquier cosa necesitaba una amistad, misma que fue bien retribuida. Sus amigos incluyeron al brillante Alfred Le Poittevin, su mentor temprano que lo introdujo a la filosofía; Maxime Du Camp, su compañero de viaje a Egipto; Louis Bouilhet, su consejero literario y confidente a través de los años; George Sand, una amistad tardía por la que él sentía un afecto especial que se refleja en su intercambio de prolífica correspondencia; e Ivan Turgenev, además de varios conocidos desperdigados en París, con los que tejió fuertes lazos.
Estimulado y alentado por su maestro de historia Adolphe Chéruel, Flaubert pudo haberse convertido en historiador. Su pasión temprana por la historia está atestada de numerosos textos y fragmentos que escribió mientras estaba en la escuela. Nunca perdió su apetito por la investigación y la erudición. En la preparación de sus libros, sobre todo para La tentación de San Antonio, Salambó y Bouvard et Pécuchet, realizó lecturas enciclopédicas al punto de la indigestión. Esa obsesión por la documentación, especialmente si ésta tenía que ver con regiones exóticas y antiguas, fue para él una forma de viajar en el tiempo y espacio.
Su anhelo de emociones exóticas se cumplió cuando emprendió en 1849 un viaje de año y medio por Egipto y otros países de Medio Oriente. Visitó las pirámides y el Valle de los Reyes, viajó en balsa por el Nilo y pasó una noche en el vapor Esna acompañado de una perfumada cortesana egipcia: todas esas experiencias alimentarían sus novelas. Fue hipnotizado por los bazares, los burdeles, los baños, los camellos y los bailes lascivos (aunque él encontraba este arte vulgar de alguna forma). Pero mientras soñaba despierto durante el lento viaje por el río hacia las cataratas del Nilo, también empezó a considerar proyectos literarios que lo remitían a las realidades de los aburridos normandos y a los sueños de Emma Bovary.

El viejo trovador
Brown al parecer contó con una capacidad impresionante para la documentación. Nos ilustra sobre el sistema académico francés, los conflictos personales entre médicos y cirujanos, el curricular legal parisino, el tratamiento de la epilepsia. Nos provee evocaciones coloridas de Rouen, con sus calles medievales y modernas manufacturas textiles; de Paris en los años cincuenta del siglo XVIII, cuando el barón Haussmann demolió los enormes arrabales y creó las arterias modernas. Nos lleva de excursión por distintas instituciones francesas, incluyendo las puertas literarias como las canas en Magny, con su exquisita comida y sus intercambios cacofónicos entre luminarias como Sainte-Beuve, Hippolyte Taine, Ernest Renan, los hermanos Goncourt y el propio Flaubert. (Fue en una de esas cenas, celebradas cada dos meses, donde Flaubert conoció a Turgenev).
Cada biografía de Flaubert debe confiar en su abundante correspondencia, y Brown hace un buen uso de las extraordinarios cartas que Flaubert escribió a su amante Louise Colet durante los años que estuvo trabajando en Madame Bovary. Su viveza y atractivo, la variedad de sus humores y su exuberancia la convierten en una correspondencia verdaderamente excepcional en la lengua francesa. A través de estas cartas es como si, sin el beneficio de una grabadora, pudiéramos escuchar la voz de Flaubert.
Además de que hay mucho contenido en ellas. Nos comunican las preocupaciones estilísticas del novelista, por la estructura y el ritmo de su libro, sus esfuerzos y sus dudas, sus tribulaciones teóricas. El culto al Arte (una palabra que habitualmente él escribía con mayúscula) se encuentra en su centro, y este culto, junto con una creencia casi religiosa en la vocación del escritor, se basa en un profundo pesimismo acerca de la inadecuación de la existencia y la decadencia instantánea de las cosas.
Las cartas ayudan también a disipar la niebla de algunas nociones sobre el realismo de Flaubert (que, de hecho, él detestaba la realidad) y el feroz desenmascaramiento de las lecturas románticas de Emma Bovary. Flaubert nunca dejó de proclamar su lealtad al romanticismo, llamándose a sí mismo un viejo “trovador”. En su ansia por lo inalcanzable, el autor de Emma Bovary parece él mismo afectado por el bovarismo.
Brown ha rechazado la tentación demasiado frecuente de los biógrafos de psicoanalizar e inventar estados del ser. Él no sigue a Jean-Paul Sartre quien, en El idiota de la familia, conjura escenas íntimas (por ejemplo, entre el padre de Flaubert y la madre en la cama), de las cuales no existen pruebas. El estudio de Sartre sobre Flaubert, resultado de una relación de años de amor-odio con él, es una brillante tour de force, especialmente en el análisis de la juventud del novelista. Pero es tendencioso en su énfasis sobre un padre autoritario y represivo, y en su insistencia sobre la epilepsia voluntaria del joven Gustave con el propósito de justificar su pasividad y, por tanto, convertirse, a través de la escritura, en un “caballero de la nada”. Brown, juiciosamente, ofrece un retrato diferente del padre, quien, al parecer, era un hombre cariñoso, tolerante y de mente abierta en el trato con las dificultades de su hijo. También es justo con la madre (aunque ella era, sin duda, posesiva e inclinada al chantaje sentimental), Louise Colet, quien ha sido muy satanizada.
Esta nueva biografía de Flaubert proporciona una serie de animados bocetos de algunos famosos y no tan famosos personajes que cruzaron la ruta del novelista. Y hay retratos que se convierten en minibiografías. Aunque en ocasiones hay demasiadas divagaciones de Brown. Por ejemplo, ¿es necesario saber que el papa Pío VII negó la autorización de la luz de gas y las vacunas contra la viruela en el territorio papal?

Tomado de: Times Online. Agosto 30, 2006.