Kundera: LA BROMA comenzó hace 42 años

POR Carlin Romano
Milan Kundera no es muy querido en la República checa, quizá porque con su obra La broma (1967) condenó al sistema comunista emanado de la posguerra, convirtiéndose en un reproche al stalinismo que maculó el espíritu de la Primavera de Praga

Cuarenta y dos años han pasado desde que Milan Kundera publicó su primera novela: La broma. El libro sacudió a los críticos locales, al mostrar a un autor realista que condenó a la patria comunista de la posguerra, un reproche a los años cincuenta stalinistas que impregnaron al espíritu de la Primavera de Praga de los sesenta.
El drama-complot gira en torno a Ludvik Jahn, un veterano que desea vengarse de Pavel, el jefe de un tribunal estudiantil que lo expulsó de la universidad y el Partido Comunista en 1949, por dormir con Helena, la esposa de Pavel.
Después de que voló de Checoslovaquia a París en

1975, Kundera mostró muy poca paciencia por las interpretaciones. Cuando un compañero participante en una discusión televisiva “llamó a La broma la mayor acusación al stalinismo, yo contesté rápidamente: ´Ahórreme su stalinismo, por favor. ¡La broma es una historia de amor!” Su origen fue la anécdota de una joven que roba flores de cementerio para dárselas a su amante.
Kundera ha mantenido su vigencia en el mundo literario desde que comenzó no como un Solzhenitsyn checo sino más bien como un Nabokov europeizado, un descendiente estético de François Rabelais exuberante, lo que puede explicar su compromiso actual con Francia como su actual hogar y con el francés como su lengua literaria.


La cortina: Un ensayo en siete partes con las formas que Kundera emprendió en el Arte de la novela: encantador, hilando observaciones sobre el género al que ha consagrado su vida, con ecos, miradas frescas y –hay que reconocerlo– con reiteraciones de cosas pasadas.
Kundera añoraba, como un ambicioso artista nacido entre lo que él llama “el provincialismo de las pequeñas naciones”, ser un novelista cosmopolita europeo en casa con pares como Hermann Broch y Robert Musil, hábilmente moderno como el polaco Witold Gombrowicz, aunque de algún modo también en una línea descendiente de las sagas islandesas. El resentimiento almacenado en un escritor que creció en los bloques europeos puede expresarse en formas feroces, pero en Kundera el resultado fue una exaltación casi religiosa de la novela como arte.
Esa posición ha apelado siempre a los eruditos literarios estéticamente dispuestos del mundo, reforzando el prestigio de Kundera, tanto como su ironía existencial en novelas como La vida está en otra parte y La insoportable levedad del ser han hecho de Kundera el autor más leído de los estudiantes de los años ochenta del siglo XX, quienes, por cuestión de generación, empacaron a Camus o Hesse. Sin embargo, Kundera no es muy querido en su patria, ahora la República Checa, donde los intelectuales se colocan entre Kundera (cerebral, autocomplaciente, casi apolítico y en ocasiones expatriado cínico) y el ex presidente Václav Havel (moralmente comprometido, ex prisionero disidente, detractor del comunismo).
La cortina hará poco para cambiar esas percepciones o líneas de batalla, las cuales, en los viejos días malos, condujeron Kundera a impugnar a Havel como “un exhibicionista” moral y Havel a acusar a Kundera como un kitsch decadente.
Kundera continúa como un pensador de categoría mundial en su forma literaria sagrada, la cual él considera que “surge en una libertad que nadie puede delimitar y cuya evolución será una sorpresa perpetua”. Su resignación ante la realidad política y moral –que los simpatizantes de Havel tanto le critican– aún persiste. “Todo lo que podemos hacer frente a esa ineluctable derrota”, escribe, “es tratar de comprenderla… esa es la razón de ser del arte de la novela”.
Aquí y en todas partes en la obra de Kundera, la historia se escribe con H mayúscula, aunque es simplemente “una manera de arrojar un haz circular de luz alrededor de la existencia humana”. Cuando su “cortina” se recorre para revelar observaciones concretas de escritores y de conexiones específicas, el libro adquiere vida.

Flaubert quería, remarca Kundera, “desteatralizar la novela (´de-balzacizarla´)”. ¿La muerte de Anna Karenina puede parecer predestinada a muchos lectores, hábilmente observa Kundera, “¿pero una persona atrapada está necesariamente condenada al suicidio? ¿Cuántas personas se adaptan a vivir dentro de una trampa?” En cuanto a encasillar a los escritores en nacionalismos, Kundera nos recuerda que “Rabelais, alguna vez subvalorado por sus compatriotas, nunca fue mejor entendido que por el ruso Bakhtin; Dostoyevsky por el francés, Gide; Ibsen por el irlandés, Shaw; y Joyce por el austriaco Broch”.

Tomado de: The Philadelphia Inquirer. Marzo 11, 2007.
TRADUCCION POR: José Luis Durán King