La Viuda Negra y La Depravada

POR Alfredo C. Villeda

Un exorcismo saludable en una época en que a menudo se ve al espíritu crítico como algo inútil o al estudio de la filosofía como una pérdida de tiempo. Así considera la revista francesa Le Point su ejercicio, del que Fusilerías dio cuenta en una primera entrega hace dos semanas, sobre el desmantelamiento de múltiples mentiras históricas. Dos falsos retratos que han sobrevivido a los siglos, femeninos hasta donde el adjetivo aguanta, asoman en esa centena de textos recogidos, en los casos que nos ocupan, por Olivier Tosseri: Catalina de Médicis y Lucrecia Borgia.
Catalina, llamada la reina madre, nada más de tres reyes de Francia, fue una florentina a quien se adjudica un poder sin límite encauzado a manipular a sus muchachos, a complotar y, sobre todo, a masacrar a los protestantes. Baste recordar el célebre episodio conocido como La noche de San Bartolomé, ocurrido entre el 23 y la madrugada del 24 de agosto de 1572, pese al edicto que permitía ese culto religioso y estipulaba que nadie podía ser molestado por sus opiniones en la materia.
La leyenda, por cierto, la arrastraba ya en vida. Austera, maquiavélica, con un insólito temple para jamás arredrarse ante nada con tal de mantener el poder. Tales son los argumentos de los cronistas de la época, de los historiadores, de los pintores y aun de los grandes novelistas, como Alexandre Dumas en La reina Margot y la biografía de Balzac. Pero la evidencia histórica dice otra cosa.
Catalina es una de las más grandes mecenas de la historia de Europa. En las fiestas suntuosas se hacía rodear de sus protegidos Ronsard, Montaigne y Francisc Clouet. Mandó construir el castillo de las Tullerías y ampliar el de Chenonceau.
La primera guerra que estalla por la religión, la masacre de Wassy, en 1562, es seguida por otras siete hasta 1598 y ella intentará por todos los medios lograr la pacificación para salvaguardar la herencia de sus hijos y la unidad de su reino. En defensa propia, si se quiere. Pero es desde 1560 que se alía con los políticos que buscan la cohesión del Estado y la autoridad de la monarquía. Como mando tras la muerte de Francisco II, multiplica sus actos en pos de la reconciliación.
Nada, empero, la despoja de un sobrenombre lapidario: La Viuda Negra.

El cardenal Rodrigo Borgia, papa Alejandro VI en 1492, fue padre de César y Lucrecia, esta última devenida instrumento político de su finísima parentela. Pero fue su primer esposo, Giovanni Sforza, quien inaugura las historias de depravación que acompañan a la fecha al personaje. Escandalosa, la mujer es señalada desde el siglo XV por acostarse con su hermano y como coleccionista de amantes. El número de maridos ayuda a la leyenda: después de Sforza vinieron Alfonso de Aragón y Alfonso I, futuro duque de Ferrare.
Sus enemigos políticos se regodearon con las intrigas. Envenenamientos, fratricidios, incestos y complots, despotismo y depravación, nada era ajeno a los Borgia en la lente de sus adversarios. Se dice, de hecho, que César inspiró El Príncipe de Maquiavelo. Lucrecia, como Catalina en su momento, se consagra con su tercer matrimonio al mecenazgo, lo que hará de su corte uno de los más grandes centros artísticos de Europa.
Lejos de intrigas y espionaje, recuerda el citado Tosseri en Le Point, Lucrecia está interesada en el misticismo y frecuenta a otras mujeres que comparten ese entusiasmo, y muere cuando da a luz a un séptimo hijo, en 1539, con sólo 39 años. El redactor reprocha por eso los excesos faltos de rigor histórico de Victor Hugo, en su tragedia Lucrecia Borgia, y del cineasta Abel Gance en su filme de 1935, que abonan a la visión lapidaria de una depravada. pm

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