Letrinas y poesía

POR José Luis Durán King
“Alegre comunismo de la caca”, escribió el autor francés Louis-Ferdinand Céline al referirse a la actividad intestinal compartida en los baños públicos, un servicio que ha acompañado a la humanidad prácticamente desde que ésta sintió deseos de aligerar el peso de la vida

Un epigrama del poeta romano Marcial (40-104 a.C.) revela un aspecto peculiar de la vida urbana de la antigüedad: “Vacerra chismorrea durante horas, sentado diariamente en un hoyo de las letrinas (públicas). Vacerra desea cenar, no vaciar sus vísceras”. Aunque para los lectores modernos estas palabras pueden resultar confusas y chocantes, lo cierto es que tal sentencia dice mucho de los romanos de entonces. Los habitantes de la Roma imperial reconocían abiertamente sus escusados públicos, los tenían bien ubicados y por ello los convertían en lugares de interacción social, pues todos debían utilizarlos en el curso de sus actividades diarias.
Y ayer como hoy, las paredes de aquellos servicios públicos estaban atiborradas de epítetos jocosamente obscenos. Las letrinas romanas eran diseñadas para albergar grupos de aproximadamente 25 personas; su interior generalmente estaba esculpido en mármol, con mosaicos finamente elaborados, había pinturas, esculturas, fuentes e, incluso, santuarios a la diosa Fortuna, deidad de los grandes bienes. En tal ambiente, nuestro amigo Vacerra podía sentarse confortablemente durante horas a negociar una cena. En caso de que no hubiera suerte en un escusado público, siempre existía la opción de ir a otro.
Los escusados públicos se situaban en importantes puntos de reunión del imperio –foros, teatros y baños— y su precio de entrada era bastante económico. Senadores y hombres de negocios se reunían frecuentemente en un escusado público situado arriba de las tiendas del foro de César, donde, en un área semicircular, se establecían conversaciones, duelos de oratoria y otro tipo de actividades también mundanas.

Familiaridad intestinal
En el mundo moderno, los baños públicos son considerados sitios potenciales de vandalismo, de conducta inapropiada y de peligro inminente. Pero, independientemente de las medidas de seguridad adecuadas, los retretes populares mantienen viva la tradición de ser focos de animados discursos como en la antigüedad, hecho que puede corroborarse en cualquier baño de escuela o salón de baile, donde hombres y mujeres por separado se reúnen para acicalarse y chismorrear de lo lindo.

Asimismo, por su carácter socializante, los escusados públicos tienen un sitio sagrado en la literatura de nuestros tiempos. El escritor estadounidense Henry Miller, por ejemplo, los pondera en reiteradas ocasiones en su trilogía Sexus, Plexus, Nexus. Pero es el autor francés Louis-Ferdinand Céline quien escribió las que quizá son las páginas más hermosas y odoríferas emanadas de estos sitios soterrados y bizarros. En Viaje al fin de la noche los retretes públicos –a los que denomina de “familiaridad intestinal” — alcanzan una dimensión casi poética:
“Una especie de piscina, pero vacía, una piscina infecta, ocupada sólo por una luz filtrada, mortecina, que iba a dar allí, sobre los hombres desabrochados en medio de sus olores y rojos como tomates con el esfuerzo de soltar sus porquerías delante de todo el mundo, con ruidos bárbaros. (…) Los recién llegados debían responder a mil bromas asquerosas mientras bajaban los escalones de la calle; pero, aun así, parecían encantados, todos. (…) Cuando el sonido de una cadena anunciaba una vacante, redoblaban los clamores en torno al alvéolo libre, cuya posesión se jugaba muchas veces a cara o cruz. Los periódicos, nada más leídos, pese a ser espesos como cojines, eran deshojados al instante por aquella jauría de trabajadores rectales”.
Pero si en la literatura los retretes públicos han formado parte del paisaje narrativo de muchos autores, actualmente la televisión ha irrumpido de lleno con cámaras y micrófonos para demostrar que estos espacios íntimos de la gente no siempre se utilizan de manera ortodoxa. A finales de febrero de 1998, los noticiarios de las 23 horas de Houston, Phoenix, San Diego y Seattle, todas ellas ciudades de Estados Unidos, escandalizaron sus respectivas audiencias cuando presentaron lo último en videoporno de aficionados.
La escena, filmada en nostálgico blanco y negro, mostraba a un hombre, en el espacio individual de un retrete público, con los pantalones bajados a la altura de los tobillos, recargado en el suelo con sus dos rodillas y una mano, la otra la ocupaba para masturbarse. En el siguiente corte se ve al mismo hombre, arrodillado nuevamente, sólo que ahora en dirección del escusado, practicando el sexo oral a otro hombre; los pantalones del primer personaje continúan bajados a la altura de los tobillos.
El filme, elaborado casi artesanalmente por un mirón profesional, integró la serie en dos partes: Sexo en el baño, transmitida por la estación KGTV, con sede en San Diego. Sobra decir la alharaca que causó tal programa entre los grupos de homosexuales y lesbianas de Estados Unidos, no tanto porque se ventiló una conducta sumamente popular en las enormes minorías antes mencionadas sino debido a las caras de azoro, repulsión y condena que durante la transmisión no se cansaron de poner las conductoras.
Sin embargo, lo que más viento levantó fue la forma como se concibió el filme de marras. Sucede que J.W. August, productor en jefe de KGTV, quiso mostrar al público cómo se utilizan los impuestos en parques y escuelas de Estados Unidos. Para su sucio propósito, August ordenó a uno de sus reporteros que permaneciera, cámara en mano, en uno de los baños de la Universidad Estatal de San Diego. Aproximadamente 20 minutos después, la espera del reportero tuvo su recompensa y capturó lo que él llamó “una verdadera orgía”.
Pese a que las audiencias estadounidenses están acostumbradas a discutir incluso de manera global los amoríos de sus presidentes, la serie Sexo en el baño espantó a más de uno, además de que replanteó las fronteras casi invisibles que separan al oportunismo periodístico de la violación de la intimidad. Lo que quedó patente es que los escusados públicos, con su sutil antifaz de clandestinidad, continúan construyendo puentes hacia la historia remota de la humanidad.