Myra Hindley: la mirada de la Medusa oxigenada

POR José Luis Durán King
Myra Hindley forma parte de la cultura sesentera británica, junto con los Beatles y la píldora anticonceptiva. Pero, esta asesina de niños también representa el fin de la inocencia en su país

Cuatro párrafos, de dos líneas cada uno, mereció la noticia de la muerte de Myra Hindley. El 15 de noviembre de 2002, algunas agencias informativas británicas resumieron en unos cuantos caracteres el fallecimiento de uno de los iconos más oscuros en la historia del crimen inglés. Sin embargo, en 1966 la foto Hindley, junto con la de su amante Ian Brady, ganaron las primeras planas no sólo de los periódicos de su país sino de todo el mundo tras ser arrestados como los sospechosos de asesinar, en orgías de sexo y sangre, a los niños Lesley Ann Downey (10 años), John Kilbride (12), Keith Bennett (12) y Pauline Reade (16), los cuales fueron violados antes de morir en manos de la pareja. La última víctima, Edward Evans (17), fue sacrificada frente al joven cuñado de Hindley, quien más tarde denunció los hechos a la policía.
Asesinos de niños han entrado y salido de las cortes británicas. En los últimos 36 años han sido legión, pero la fotografía de la Medusa de cabello oxigenado, mirando detenida y desafiante la lente de la cámara, se convirtió para el público inglés en el símbolo más refinado de la maldad humana y del sexo retorcido.
Por supuesto, aquella imagen contribuyó para que su juicio se transformara en un caldo de cultivo de odios y repulsión. Un año antes de la detención de Hindley y Brady, es decir, en 1965, la pena de muerte había sido abolida en Gran Bretaña, por ello los brujos de los pantanos de Saddleworth fueron condenados a cadena perpetua y a partir de 1966 Myra fue la prisionera número 964055 en las instalaciones de máxima seguridad de Chester Assizes.

Hombre de uñas limpias
Myra Hindley nació en Gordon, distrito de Manchester. Fue hija de un padre incapacitado por un accidente de trabajo y de una madre obrera. Myra siempre se caracterizó por su fuerte catolicismo, por carecer de ambiciones y por ser una joven callada. Cuando tenía 16 años conoció a Ian Brady, un empleado del Millwards Chemical Merchants. Brady era inteligente y culto, no obstante sus pocos estudios. Atraída por la personalidad glamurosa de su nuevo novio –“fue el primer hombre que conocí con las uñas limpias”–, Hindley se enamoró perdidamente. “Deseo que me ame y que algún día nos casemos”, escribió Hindley en su diario. El destino, sin embargo, tenía otros planes. Brady era dueño de un historial en el que destacaba la tortura de animales, el hurto, la literatura nazi, el sadismo y la pornografía. Myra de alguna manera fue atrapada por aquella espiral de violencia y, quizá sin querer, jugó el papel de elemento reactivo para que su relación con Brady se tornara en un vendaval de sexo duro, fantasía y realidad y de horror, mucho horror.
Desde un principio fue claro que Myra Hindley participó en los asesinatos de John Kilbride, Lesley Ann Downey, Keith Bennett, Pauline Reade y Edward Evans. De hecho, cuando la arrestaron, ella declaró: “Lo que haya sido, yo también ahí estuve”. Y, al ser señalada en la corte, no mostró emoción ni culpa alguna. Tuvieron que transcurrir 21 años para que Myra decidiera ayudar a la policía a encontrar los restos de Pauline Reade, quien tenía 16 años cuando desapareció en 1963. El cuerpo de Keith Bennett nunca fue hallado; el caso sigue abierto, como una herida. Al morir Myra Hindley, la madre de Keith, Winnie Johnson, no vaciló en decir: “Espero que [Myra] arda en el infierno… Siempre le rogué que me dijera lo que yo quería saber… Quiero que mi hijo sea enterrado en una tumba digna”.

Fin de la inocencia
Un silencio de dos décadas fue algo difícil de explicar para aquellos que trabajaron a favor de la libertad de Hindley. Su cambio de actitud, argumentaron los defensores, era parte de una lucha interna para olvidar los horrores en los que ella participó. Se habló incluso de remordimiento y rehabilitación, sólo que la sociedad inglesa nunca olvidó las imágenes que muestran a Myra Hindley posando con su mascota en brazos al lado de la tumba clandestina de Lesley Anne Downey en los pantanos de Saddleworth. Por ello, cuando en 1987 colaboró con la policía para que ésta rescatara los cuerpos de los niños perdidos, el público consideró que el gesto de Myra era un elemento más de su cinismo ya ampliamente conocido.
Ian Brady y Myra Hindley son considerados los primeros asesinos seriales modernos de Inglaterra. Hindley es la primera mujer británica en esa categoría. Ahora forma parte de la cultura sesentera británica, junto con los Beatles y la píldora anticonceptiva. Pero también representa el fin de la inocencia en su país. Por tales razones su rostro es indeleble, tiene una curul honoraria en la cultura pop. La sola mención de su nombre aún mantiene encendida la flama de la discordia; divide e intriga. ¿Qué hay detrás de esa expresión pétrea? ¿El sonido de una grabación en la que se escucha a una niña que grita “mamá, por favor”, mientras es asesinada? ¿O la presidiaria sonriente que recibe su título de la universidad abierta? ¿Puede alguien cambiar tanto, al grado de convertirse en una asesina de sangre glaciar?
Hindley y su amante asesinaron a cinco niños. Los torturaron, le tomaron fotografías a Lesley Anne Downey (amarrada con pañuelos y desnuda, excepto por los zapatos y las calcetas), grabaron sus lamentos (“¡por favor, mamá, por favor!”). Lo hicieron para divertirse. El cuñado de Hindley, quien atestiguó el asesinato de Edward Evans, declaró que la pareja reía escandalosamente. Tuvieron que subir a la habitación de la abuela de Hindley para calmarla, pues la anciana despertó a causa de la efusividad de los asesinos. Al terminar su obra bebieron té, en tazas salpicadas con la sangre de la víctima.
Las autoridades rechazaron cuantas veces les fue solicitada la liberación de Hindley. Detrás de la negativa estaba la opinión pública, que nunca cesó en su presión para que Myra continuara en la cárcel, con lo que la Medusa estableció el récord triste de ser la mujer que más años purgó en una prisión británica. Y hay algo de ironía en el hecho de que en la cárcel Myra encontrara la oportunidad de alcanzar un título universitario, un logro que en la libertad quizá nunca hubiera consolidado. Así, con cursos y exámenes de Holloway, Durham, Cookham Wood y finalmente Highpoint, Hindley obtuvo su licenciatura en Humanidades, convirtiéndose en una lectora voraz y en una estudiante acuciosa de la política.
En las entrevistas desde la prisión, en los artículos que publicó en diarios británicos de prestigio como The Guardian, Myra Hindley era una sorprendente y articulada observadora de la sociedad que la había mantenido encerrada durante décadas. Esa mujer de mediana edad, cálida, simpática e inteligente era irreconocible de la Górgona que con su mirada petrificó a la sociedad de los años sesenta. Incluso, los generalmente indiferentes guardias de la prisión que tuvieron contacto con ella, apoyaron las constantes campañas en pos de su liberación. Sin embargo, sus crímenes fueron tan terribles que casi nadie estaba preparado para aceptar su rehabilitación como genuina. A final de cuentas el mito de la mujer devoradora de niños se imponía y la sociedad veía en el arrepentimiento de Hindley un reiterado esquema de manipulación.
En 1998, Hindley argumentó que ella había sufrido abusos sádicos por parte de Ian Brady, quien la amenazó de asesinar a su madre, abuela y hermana si no participaba en los asesinatos. Dijo que su amante la quería extorsionar con una colección de fotografías pornográficas en las que ella aparecía desnuda. Pero Brady, quien nunca luchó por alcanzar su libertad, parecía determinado a que su antigua pareja permaneciera en la cárcel. Un año antes, en 1997, Brady declaró que Hindley había participado activamente en los asesinatos y que, por lo tanto, eran cómplices de atrocidades.
Lo cierto es que, al término del juicio, en sus recomendaciones finales, el presidente del jurado, Fenton Atkinson, hizo una distinción entre los dos acusados, sugiriendo que Hindley merecía un trato más favorable por parte de la justicia. Dijo: “Creo que Ian Brady es malvado más allá de cualquier esperanza de redención; no puedo sentir necesariamente lo mismo por Hindley, una vez que se haya removido de su vida la influencia del señor Brady. Deseo que Brady no sea liberado en el futuro y que Hindley permanezca en prisión por mucho tiempo”.

El diablo está en su corazón
En 1995, Hindley escribió en The Guardian una semblanza de su vida. Fue su respuesta a un libro que recién había aparecido acerca de ella escrito por Peter Topping, quien fungía como jefe superintendente al momento en que la pareja de asesinos fue aprehendida y cuya investigación la basó en las confesiones que Hindley hizo a la policía en 1985. Tanto el artículo de Myra como el libro de Topping son incompletos en su intención de comprender las raíces del mal en la asesina.
A principios el año 2000, Duncan Staff logró entrevistar a Myra Hindley en prisión. Fue el corolario de una relación que ya tenía como antecedente una correspondencia de más de 200 cartas en las que los motivos de la loba se hacían más comprensibles. “Sé que ya has hecho tu propio balance. Después de todo este tiempo que ha transcurrido, yo sólo quiero explicar lo que realmente sucedió. Después, la gente podrá decidir lo que mejor le plazca”, decía una de las primeras cartas. Las misivas que se refieren a los asesinatos son profundamente perturbadoras. Pero también están ahí las que hacen un recuento de los últimos 30 años, una visión desde dentro de la prisión. El resultado es un mosaico de sangre, soledad y dolor.
Las calles que Hindley describe, en las que transcurrió su infancia, ya no existen. Pero las referencias principales de su niñez sobreviven: su escuela primaria, la iglesia de San Francisco y el pub donde su padre solía emborracharse. “Yo lo detestaba, porque después llegaba a golpear a mi madre, lo que era muy frecuente. Tan pronto como escuchábamos su voz en la puerta nos poníamos a la defensiva. Yo siempre terminaba en el suelo a causa de sus patadas”, describe Hindley en torno a su padre.
Las referencias al inicio de su romance con Ian Brady serían las de una chica común y corriente, de no ser por el sangriento epílogo de la relación. “Siempre fui una soñadora que se enamoraba de las estrellas de cine; estaba loca por James Dean y Elvis. Cuando Brady me miró y sonrió tímidamente, eso fue exactamente lo que sucedió”, explica.
Sólo que Ian Brady estaba muy lejos de ser James Dean, pues a los 21 años ya contaba con pequeñas estadías en reformatorios. “Algunas veces me hablaba normalmente y en otras me ignoraba por completo. En mi diario llegué a escribir que lo odiaba cuando era cruel y egoísta, mientras que en otras ocasiones yo le agradecía a Dios por haber puesto a Ian en mi camino”, dice Myra en una parte de la entrevista con el periodista Duncan Staff.
Lo que en esos instantes Myra ignoraba es que estaba dando sus primeros pasos en un camino que la llevaría al asesinato. La interrogante que aún no se despeja es si ella accedió a las peticiones de Brady de manera voluntaria o fue obligada a ello. En uno de sus artículos publicados en The Guardian aduce que su amante empezó adoctrinándola, alimentando su odio contra judíos y negros, un adoctrinamiento que mezcló sexo y violencia. La descripción que hace de su primer encuentro sexual parece más una violación que un acto de amor. La violencia se intensificó con el correr de las semanas y Hindley era regularmente violada, golpeada y humillada sexualmente. Posteriormente, Brady fue introduciendo la idea del asesinato. Le regaló un libro llamado Compulsion, en el que un niño de 12 años es raptado y asesinado. Uno de los personajes de la historia se llamaba Myra. “Entonces, una noche, en estado de sobriedad, me dijo que él quería llevar a cabo el crimen perfecto y que yo le ayudaría”, dice el mencionado texto de The Guardian.
Por supuesto, ahora ya nadie podrá jamás discernir la verdad de la mentira en las confesiones de Myra Hindley, la asesina serial más prominente de Gran Bretaña. A unas cuantas semanas de que su caso volviera a ser examinado por las autoridades inglesas, y con muchas probabilidades de alcanzar su libertad dadas las recomendaciones de la Cámara de los Comunes por el largo tiempo que había permanecido en el encierro, Hindley falleció, a las 4:58 horas del 15 de noviembre de 2002 en el hospital West Suffolk, al que ingresó en varias ocasiones en las últimas semanas por problemas respiratorios vinculados a su afición al cigarro.
La noticia de su muerte causó sentimientos encontrados de alivio y enojo entre los familiares de las víctimas. Por ejemplo, Danny Kilbride, hermano del asesinado John Kilbride, dijo que el deceso de Hindley contribuye poco para restaurar el sentimiento de pérdida en su familia. Por su parte, Phil Woolas, quien propuso que se cubrieran para siempre los pantanos de Saddleworth después de los asesinatos, declaró: “Hay un sentimiento de alivio y creo que ahora podemos empezar el proceso de dejar esta pesadilla atrás de nosotros”.