Pasolini: un gato callejero en busca de amor

POR Opera Mundi
Poseído por una feroz energía y una continua visión moral contradictoria, Pier Paolo Pasolini desnudó su alma ante los medios, tratando a su público simultáneamente como sicoanalista, confesor y confidente

Aunque las calles de Roma son estrechas y tortuosas, a los romanos les fascinan los carros rápidos y, en lo más íntimo de la capital italiana en el año 1975, todos sabían a quién pertenecía un Alfa Romeo Giulia 2000GT: a Pier Paolo Pasolini, afamado realizador de cine, novelista, poeta y ensayista. Su trágica y escandalosa vida quedó al descubierto en la biografía de Barth David Schwartz, Pasolini Requiem.
Director de cintas como Oedipus Rex (1967), Teorema (1968) y El Decamerón (1971), Pasolini fue también un agitador político y un Jeremías profesional. En su papel de comunista radical censuró desde su columna semanal en uno de los periódicos más importantes de Italia la obsesión de esa nación por las riquezas materiales. Su carro pudo haber costado varios años del salario de un trabajador; sin embargo, esas inconsistencias en su tendencia de clase nunca le valieron que sus compatriotas lo consideraran un hipócrita.
El Alfa 2000 era una presencia reconocible fuera de los más importantes lugares de reunión de la cultura de izquierda. El novelista Alberto Moravia y la esposa de éste, Elsa Morante, cenaban con Pasolini una vez a la semana. El también realizador cinematográfico, Bernardo Bertolucci, y la escritora Natalia Ginzburg, estaban entre sus amigos íntimos. Pasolini dirigió a Orson Welles, colaboró con Andy Warhol, persuadió a la diva María Callas para que fuera su estrella en una película y desafió el statu quo filme tras filme. Dentro de la poderosa industria del cine italiano de la posguerra estuvo a la altura de Federico Fellini, Luchino Visconti y Michelangelo Antonioni.
En los lugares pobres de Roma, también, su Alfa Romeo era bien conocido, aunque por razones diferentes. Al caer la noche, el carro se deslizaba alrededor del Coliseo, el Circus Maximus, en las desiertas explanadas del Tíber, cuando Pasolini salía en busca de jóvenes. “Miles de ellos, es imposible amar sólo a uno”, escribió al referirse a los rudos adolescentes de los borgate, los barrios pobres, jóvenes cuya vitalidad e independencia celebró en sus libros y películas. “Conduzco para obtener impresiones para mi labor literaria”, explicaba , argumento que sólo en parte era verdad.
Lo cierto es que el carro de Pasolini fue lo primero que se encontró. La policía del antiguo puerto romano de Ostia alumbró un Alfa Romeo 2000GT plateado que corría a más de 150 kilómetros en sentido contrario por una calle. El conductor era un delincuente de 17 años llamado Pino Pelosi, a quien Pasolini había levantado horas antes. Las contusiones de su cara, dijo, se las había causado al golpearse con el parabrisas. Lo oficiales no sabían de quién era el carro, aunque era obvio que un punk como Pelosi no podía ser dueño de un carro así. Lo acusaron por robo de auto. Pero a la mañana siguiente el cuerpo tumefacto de Pasolini fue encontrado, con lo que dio inicio el circo de los medios de comunicación.

Sentimientos limítrofes
Con 12 años en la elaboración y alrededor de 600 páginas, el libro de Schwartz brinda una extensa vista panorámica de la vida de Pasolini y de sus logros. No obstante el título Pasolini Requiem, Schwartz está menos interesado en exponer una apreciación a manera de elegía que en proporcionar la verdad sobre el complejo artista.
El punto de vista italiano que ahora prevalece es que Pasolini fue, como Alberto Moravia escribió tras la muerte del director, “una figura central de nuestra cultura, un poeta que marcó una era, un director genial”. Pese a ser una figura central, Pasolini también fue deliberadamente periférico, buscador compulsivo de los límites tanto en su arte como en su política. Consciente de esas contradicciones, Schwartz atrapa la corriente eléctrica que corre a través de Pasolini: un hombre huyendo constantemente del lugar común, poniendo a prueba la amistad, la censura artística, el discurso político. “El mundo no me quiere, pero no lo sabe”, alguna vez escribió y, para la fecha de su muerte había logrado ofender con extremismo radical a muchos de sus amigos, tanto en los filmes como en sus obras literarias.
La mayoría de las biografías sobre la vida de Pasolini comienzan con los eventos de cierta noche de noviembre de 1975, la de su brutal asesinato. En un país donde el sensacionalismo es lugar común, durante cuatro años seguidos las fotografías continuaron imprimiéndose. En ellas, el inteligente rostro del cineasta, tan familiar en la televisión y en los periódicos, está aplastada, su nariz quebrada, sus dedos rotos.
Aunque impactó en esa época, el asesinato de Pasolini en un sucio campo de futbol (los periódicos continuamente describían a la localidad pobre como “pasolinesca”) ha llegado a parecer como la única conclusión lógica a una vida transcurrida en una desesperación interminable y sin respiro. Pelosi juró que había arrollado a Pasolini, accidentalmente, en su prisa por escapar. Habían tenido una riña, dijo. Como el clásico muchacho de borgate que era, Pelosi no se consideraba homosexual. Durante siglos, gente de su condición se ha ofrecido por dinero para ser utilizada. Pero existen reglas. Pelosi se mantuvo una y otra vez en el testimonio de que Pasolini había roto el acuerdo tácito: “Yo era el que tenía que hacerle de hombre”.
La carencia de evidencias importantes nunca había detenido a la prensa italiana para hacer especulaciones libres. Y tras el asesinato de Pasolini, algunos periodistas argumentaron teorías sobre una conspiración. Pasolini era un hombre que se encontraba en buena forma, difícil de matar, razonaban. Fascistas radicales habían estado contra él durante 30 años. ¿Habían sus enemigos cometido el último de sus sucios trucos? La búsqueda de conspiradores nunca condujo a algo concreto. Así que la versión original se mantuvo.
La muerte rápidamente enfrió la reputación de Pasolini, no obstante que fue el tipo de artista que se colocaba en los bordes mismos de la línea con todo lo que producía, con cada acto. “Devoro mi existencia con apetito insaciable”, alguna vez escribió. Poseído por una feroz energía y una continua visión moral contradictoria, desnudó su alma ante los medios, tratando a su público simultáneamente como sicoanalista, confesor y confidente. En sus ensayos y colaboraciones periodísticas expuso sus pensamientos sin reservas, recordando, a la manera de Andre Gide, por ejemplo, el descubrimiento de su homosexualidad en un jardín público cuando tenía 13 años de edad.

Cuatro meses en Sodoma
Nacido en Casarsa, norte de Italia, Pasolini pudo haber pasado su vida enseñando en la oscuridad de una provincia, de no haber sido por la homosexualidad que lo marcaba y que era como ser, alguna vez dijo, “una rubia en tierra de morenas”. En 1949 un incidente homosexual con tres adolescentes en un paraje nebuloso durante una festividad local cambió su vida. Cuando la historia salió a la luz fue despedido de su trabajo magisterial. El Partido Comunista, al que se había unido después de la guerra, lo expulsó “por indignidad moral y política”.
“No me gustaría nacer nuevamente si tengo que revivir ese momento”, escribiría más adelante. Pero su partida hacia Roma, acompañado, como siempre lo sería, por su adorada madre, lo condujo a las mejores cosas que jamás le sucederían. Se establecieron en los borgate, con lo que Pasolini adoptó el modelo de vida que seguiría hasta el final. “Trabajo todos los días como un mono y por las noches vago como gato callejero buscando amor”.
Aunque nunca fue un producto genuino de la pobreza extrema, Pasolini conocía las calles, inspirado por un deseo –algunas veces sexual, otras intelectual e incluso espiritual— de reunirse con los adolescentes que pertenecían a ese mundo.
En 1955 sus exploraciones quedaron plasmadas en su primer trabajo importante, una novela maravillosa llamada Ragazzi di vita, sobre la vida en los suburbios más pobres de Roma. Inicialmente recibido como un trabajo ejemplar del realismo socialista, el libro describe las rudas travesuras de la “explotada” juventud borgate, no con ultraje sino con afección y subrayado erotismo. Pese a que Ragazzi di vita sólo se vendió modestamente, el gobierno lo prohibió por obsceno. El patrón quedó conformado: en los años venideros casi todo lo que Pasolini escribió, filmó o dijo recibió el rechazo de los censores gubernamentales y eclesiásticos y, regularmente, de los jerarcas comunistas.

Producto de la nostalgia
Pasolini comenzó una novela llamada Petroleo, acerca de una “sociedad consumista” que al final vende a la gente y se consume a sí misma. Desde su columna del Corriere della Sera intentó forzar a Italia para que reflexionara sobre su camino hacia la prosperidad.
En los años que precedieron a su muerte escribió algunos de los artículos más ultrajantes que se hayan publicado. Apoyó el uso de las drogas incluso a niveles excesivos, se opuso al aborto pero estuvo a favor de la homosexualidad como una opción para evitar la explosión demográfica. Pese a sus propias preferencias sexuales nunca expresó simpatía por los derechos gay, ya que para él todo lo que hiciera el sexo más fácil lo convertía en parte de la comodidad, en parte de la ideología “hedonista” del consumismo. Etiquetó los disturbios estudiantiles de 1968 –posiblemente la insurrección que había estado esperando durante años— como un movimiento burgués, al tiempo que alabó a los policías como los verdaderos hijos de los campesinos.
Hoy esos artículos se pueden leer como los mapas de la torturada psique de Pasolini. El novelista Italo Calvino escribió que intentar seguir el pensamiento de Pasolini era como “hacer señas al paso de un conductor de Fórmula Uno para pedirle un aventón”. El novelista y semiólogo Humberto Eco alguna vez comentó que el paraíso de Pasolini siempre ha existido “sólo en la juventud y en las memorias privadas aún no contaminadas”, sugiriendo que la intolerancia política de Pasolini en realidad era producto de la nostalgia.
Deseando vehementemente plasmar su nuevo pesimismo en un filme encontró la monstruosa crónica de perversión sexual del siglo XVIII del marqués de Sade, Los 120 días de Sodoma. Prometió ir más allá de lo que jamás se había hecho y hacer una película que nunca sería absorbida por “la falsa tolerancia neocapitalista”. Sería, como él dijo, “indigerible”. Saló, o los 120 días de Sodoma se convirtió en un regalo póstumo, horrendo, de Pasolini al mundo: fue asesinado un día después de haber completado la edición final. Pasolini dijo que la película era parte de su Trilogía de la Muerte.
El juicio al asesino de Pasolini y la obligada audiencia sobre la obscenidad de Saló fusionaron al hombre y a la película en la imaginación popular. El abogado defensor de Pelosi argumentó que quien quiera que haya hecho Saló podía perfectamente haber atacado a un joven indefenso a quien se había atraído a un lote baldío. Y aunque Pelosi fue encontrado culpable de homicidio, la prensa argumentó que Pasolini era “culpable de asociación artística”.