PAULA YATES: suicidio rubio

POR David Margolick

Paula Yates descubrió el sexo a los 12 años y las drogas a los 14. A los 19 posó desnuda en las páginas de la revista Penthouse y a los 40 apareció muerta, el 17 de septiembre de 2000, en su departamento de Notting Hill en Londres

Paula Yates, una rubia oxigenada de extraño atractivo, estuvo destinada para la fama desde el primer momento en que apareció, en 1983, como conductora de un programa televisivo británico llamado The Tube. Aunque sólo se trataba de un espacio dedicado al hit parade semanal de la música pop, Yates y su compañero de trabajo, Jools Holland, captaron las audiencias adultas y juveniles, sobre todo a causa de los gestos provocativos y posturas sexuales de ella, quien con los dedos a la altura de la cintura invitaba al público con un sugerente “vengan”.

Durante ese mismo año, una banda rockera emergente australiana llamada INXS fue invitada al programa. De manera natural, Paula Yates, que tenía facilidad para coquetear con lo hombres, se centró en el cantante de la banda: Michael Hutchence. Él era, diría más adelante la conductora, el hombre más sexy del mundo. Nadie imaginaba en ese entonces que los dos se encontrarían en 1987 en un hotel de Londres, cuando ella apenas había tenido su primer hijo de Bob Geldof –cantante de la agrupación inglesa The Boomtown Rats— y Hutchence, a la cabeza de INXS, había vendido en el mundo 9 millones de copias de su disco Kick.

Tampoco nadie sabe si Michael Hutchence tenía una mente premonitoria al escribir en una canción con fecha de 1990: “Suicidio rubio/Fue el color de su cabello/Como una distracción barata/Por un romance nuevo/Ella sabía que terminaría/Antes de que comenzara/Alguien me dijo que perdiste la brújula”. La letra de esta pieza anticipaba una tragedia en la que estarían envueltas tres celebridades del rock, escándalo magnificado por la intrusión morbosa de los medios. Hutchence quizá no predijo su muerte, pero su canción es una profecía oscura de los tiempos por venir. En mayo de 1999, Paula Yates intentó suicidarse de manera similar a como lo hiciera Hutchence un año antes, quien se quitó la vida colgándose del cuello con su cinturón, en un cuarto de hotel de Sidney, rodeado por fotografías de Paula Yates, prueba irrefutable del amor que sentía por ella.

Sexo excesivo

La historia de este drama comenzó con una niñez miserable, en una esquina sucia de Gales, con un padre mujeriego y una madre de una coquetería casi patológica. Comenzó con una niña sufriendo anorexia, a quien aterrorizaba la noche, a quien aterrorizaba ser abandonada por su madre, una actriz fracasada. Al final de ese paisaje sórdido estaba el padre maniaco depresivo, organista de un popular programa religioso. Paula Yates descubrió el sexo a los 12 años de edad y las drogas a los 14. A los 19 años apareció desnuda en las páginas de la revista Penthouse, un ejemplo temprano de una carrera en la que siempre se le identificaría como una diosa pagana del sexo.

Y entonces apareció Bob Geldof… Se conocieron cuando la adolescente Yates escribía para una publicación de rock, y la agrupación de Geldof, The Boomtown Rats, estaba a uno año de su primer gran éxito, el sencillo I Don´t Like the Mondays. Mientras él era cerebral e introvertido, ella era despampanante y pública. Geldof opinaba que el estado de pasión permanente era “terriblemente aburrido”; para Yates el sexo excesivo no era suficiente. Como muestra de la tenacidad en el amor de la rubia, ésta siguió a The Boomtown Rats a París, donde permaneció, pese a la baja temperatura que hacía, fuera del hotel donde la banda se hospedaba hasta que Geldof salió a recibirla. En esos momentos, la autoestima de la mujer estaba bajo cero.

Cuando se casaron, en 1986, Yates apenas había dado a luz al primero de sus tres hijos, y Geldof había actuado su papel en el concierto Live Aid, el cual lo convirtió en una celebridad del rock, al recaudar una gran cantidad de dinero para contrarrestar la hambruna en Etiopía. No obstante, Geldof prefería mantener una sana distancia con los medios de comunicación. No así Paula Yates, quien constantemente buscaba el frenesí de la fama, anticipándose al pacto faustiano que años más adelante adoptaría la princesa Diana: ambas despertaban a la vez la atracción y repulsión en los medios.

Y si el matrimonio por fuera aparentaba marchar bien, los amigos cercanos de la pareja opinaban lo contrario, alegando que ambos eran capaces de establecer romances breves y encuentros sexuales casuales mientras mantenían en pie la fachada familiar. Sin embargo, en una actitud desconcertante, Yates se daba tiempo para escribir libros acerca, por ejemplo, de las responsabilidades de la maternidad, causando el asombro de la gente que la conocía. Por supuesto, todo era una ilusión, intentos por recrear una atmósfera familiar que ella imaginaba desde niña. Contrariamente a la pantalla pública que quiso proyectar, Yates no era la gran madre que pretendió ser, prefiriendo el papel de mujer fatal que su progenitora le heredó.

Mujer de escándalo

Al momento en que se le empezó a relacionar con Paula Yates, Hutchence salía con una modelo danesa: Helena Christensen. Pero, aunque lo negaba en las entrevistas, la prensa ya hablaba de su romance con Yates. Por otra parte, después de que su hija menor dijera “mamá y Michael [Hutchence] estaban besándose en tu cama”, Bob Geldof no pudo ya mostrar indiferencia a los rumores. En el pasado, el líder de The Boomtown Rats hizo caso omiso de los romances pasajeros de su esposa, pero esta vez era diferente. Pese a todo, en un principio la relación entre los tres personajes de esta trama lucía cordial, pero lo cierto es que las buenas intenciones empedraban el infierno, que estaba a la vuelta de la esquina.

Fue hasta que Yates quedó embarazada de Hutchence que la amistad con Geldof se vino abajo. Ahora la pesadilla compartía el lecho con el cantante de INXS, máxime cuando la rubia, a principios de 1997, descubrió ser la hija ilegítima de su madre, quien durante su vida había tenido más de mil amantes. Por si fuera poco, la guerra entre Geldof y Hutchence dio inicio. Cuando la policía allanó el hogar de Hutchence y Yates, en Londres, encontrando accesorios de sexo fetichista e instrumentos para fumar opio, Bob Geldof fue señalado de haber plantado las evidencias para así obtener la custodia de sus hijos. Independientemente de que Hutchence fuera víctima de una teoría conspiratoria, todos sus amigos sabían que era adicto a la heroína y otras drogas.

Al ser lanzado mundialmente el décimo álbum en estudio de INXS, Elegantly Wasted, Hutchence lucía devastado por la presión que había sufrido en los últimos meses a causa de la presión de los medios y de la batalla legal que sostenía Yates por la custodia de sus hijos. Al momento de sobrevenir la muerte del cantante australiano, la prensa internacional no sólo se refirió a su suicidio sino “a una orgía de alcohol y sexo” en la que participó antes de tomar su fatal decisión. En la última noche de Hutchence, éste tuvo una discusión telefónica con Geldof, misma que terminó con las siguientes palabras enigmáticas que muchos han visto como una despedida: “Ya he cogido lo suficiente”.

Es fácil asumir que Michael Hutchence llegó al límite empujado por la presión que significó la batalla legal por la custodia de los hijos de Geldof y Yates. Pero también hubo otro factor: Elegantly Wasted fue un trabajo destruido por la crítica especializada, el heraldo que anunció que los mejores días del cantante de INXS habían terminado. “Adoro ser famoso –había dicho durante una entrevista realizada en 1987—, me hace sentir querido y amado por el mundo”.