Star Stalkers: agresores de estrellas

POR José Luis Durán King

El asaltante de estrellas ha irrumpido en la cultura contemporánea y sus actuaciones lo colocan a la par de otras entidades del mal, como los satanistas, los asesinos seriales, las supermodelos y demás aberraciones modernas
La pesadilla de la fama comenzó el 14 de junio de 1949, cuando Eddie Waitkus, primera base de los Phillies de Filadelfia, recibió en la mejilla una bala escupida por un rifle calibre .22 accionado por Ruth Ann Steinhagen, una mujer enferma de sus facultades mentales, quien siguió al deportista hasta el hotel Edgewater. Ruth, de 19 años, se sentía atraída poderosamente por el beisbolista y su mayor sueño era tenerlo sentado todas las noches en la mesa familiar de los Steinhagen. La ilusión se convirtió en obsesión y la obsesión en cárcel para Ruth Ann, la cual, dicho sea de paso, está considerada la madre de los asaltantes de estrellas.
Tras el incidente que significó el declive de la carrera de Eddie Waitkus, el frenesí de la fama se ha caracterizado, entre otras cosas, porque las celebridades se convierten en blanco de cartas obscenas, llamadas telefónicas amenazantes y acoso de fanáticos y paparazzi. Aun así, los famosos gozaban de cierta seguridad… Hasta que llegó Mark David Chapman.
Chapman, nativo de Fort Worth, Texas, reclamó su pedazo de notoriedad en forma brutal, al disparar en cinco ocasiones contra John Lennon, el 8 de diciembre de 1980. A pesar de que era una persona que sufría de alucinaciones, fue sentenciado a cadena perpetua, con posibilidades de obtener su libertad bajo palabra después de 20 años de prisión, lo que no ha sucedido. Chapman ha solicitado en varias ocasiones su libertad, la cual se le ha negado y actualmente cumple condena en la prisión estatal de Ática. El asesinato a sangre fría de Lennon fue la llave que abrió las puertas del manicomio de Arkham. Pocos meses después de la aparición en escena de Chapman, otro delirante, John Hinckley Jr., consideró ocioso rotular corazones en las cortezas de los árboles y prefirió demostrar su amor por la actriz Jodie Foster disparando, el 30 de marzo de 1981, al presidente estadounidense Ronald Reagan, cuando éste salía acompañado de su equipo de seguridad del hotel Hilton de Washington, D.C. Hinckley declaró haber visto varias veces la película Taxi Driver (1976), en la que un hombre intenta asesinar a un candidato presidencial. A partir de entonces decidió acosar a la joven actriz, quien, involuntariamente, se convirtió en el detonante de la mente de Hinckley.
En agosto de 1998, la cantante Linda Ronstand llegó a su casa y entró en pánico al descubrir las sábanas de su cama en tirones, además de una nota que decía: “Tú eres la próxima”. La policía arrestó a Bernard A. Ortiz, quien irrumpió en el domicilio de la artista mientras ésta preparaba un concierto que daría en Sun City, Arizona. “La amo”, dijo el sospechoso, “yo sólo quería estar con ella”. La epidemia continuó ese año. Ralph Nau, quien tenía antecedentes por haber amenazado a Cher y a Olivia Newton-John, agredió con un hacha a su hermanastro sólo porque a éste se le ocurrió cambiar de canal al momento en que se transmitía un concierto de Olivia.

Entidades siniestras
El asaltante de estrellas ha irrumpido escandalosamente en la cultura contemporánea y sus actuaciones lo colocan a la par de otras entidades del mal como los satanistas, los asesinos seriales, las supermodelos y demás aberraciones modernas.
El fenómeno ha crecido a pasos agigantados. En 1949, el ataque de Ruth Ann Steinhagen fue un hecho aislado. Cincuenta años después, la Agrupación de Valoración de Amenazas, una firma consultora de seguridad con sede en California, estimaba que alrededor de 200 mil estadounidenses habían sufrido agresiones por parte de esa modalidad de asaltante. De la cifra anterior, 17 por ciento gozaba de algún tipo de celebridad.
Para la fiscal de distrito de Los Ángeles, California, Marcia Clark, “la única forma en que [los asaltantes de estrellas] pueden acceder a la celebridad es asesinando a alguien famoso y adherirse como una especie de parásito a la fama que esa persona tenía”.
Lo cierto es que, como lo apunta el reportero británico Peter Gould, “para muchas personas la vida de los ricos y famosos es una fuente de fascinación. (…) Sin embargo, el fan obsesivo quiere más. Algunos se convencen de que tienen algún tipo de relación con el objeto de su admiración. Pero cuando la adoración se vuelve en furia, quizá porque se siente rechazado por la estrella, las ilusiones del fan obsesivo pueden tornarse peligrosas”. (BBC News. “Lonely Fans Who Target Celebrities”. Julio 2, 2001).
Para algunos analistas de Estados Unidos, la televisión ha sido un factor determinante en el aumento constante en el número de ataques contra celebridades. “La tele en una de las esquinas de la sala trae los rostros de los famosos a la intimidad de los hogares de personas solitarias y perturbadas”. (Peter Gould. Íbid).
Quizá por la naturaleza de su trabajo, la gente de los medios electrónicos es más accesible al público que las estrellas de cine y de rock, quienes cuentan con mayores recursos para pagar equipos de seguridad. Nuevamente, el periodista Gould señala que una encuesta elaborada en Estados Unidos arrojó que las amenazas para la gente de presencia pública que trabaja en estaciones de radio y canales de televisión norteamericanos por individuos con alguna afectación en sus facultades mentales son “relativamente comunes”.
En el otro lado del Atlántico las cosas no varían demasiado. A principios de la década actual, en el Reino Unido, un hombre de aproximadamente 30 años fue enviado a prisión después de hacer la vida de cuadritos a la conductora de televisión Sara Lockett. Al ser aprehendido, el sujeto, con total desparpajo, dijo: “Toda celebridad necesita que alguien la acose”.
El siguiente caso resultó fatal. Robert John Bardo, de 19 años, era empleado de un restaurante de comida rápida. Durante dos años escribió decenas de cartas de amor a Rebecca Schaeffer, estrella del programa de televisión My Sister Sam. Tras contratar un detective privado para localizar el domicilio particular de la estrella, el 18 de julio de 1989 Bardo tocó la puerta de su obsesión. Schaeffer salió a recibir al extraño, quien cortésmente dijo: “No tengo mucho tiempo”. Después de esa breve introducción, Bardo accionó su Mágnum .357 contra la actriz, quien falleció instantáneamente. Al parecer, el asaltante no pudo soportar los celos que le causaba ver a Rebecca Schaeffer en escenas amorosas –actuadas– con otros actores.
El ataque sirvió para que el Departamento de Policía de Los Ángeles creara la Unidad de Manejo de Amenazas, que tiene como objetivo prevenir, identificar y capturar –si así se requiere, dado el índice de peligrosidad del sujeto­ a los asaltantes de celebridades.
Una mujer triste
Otro episodio padecido por una celebridad de televisión involucra al popular conductor David Letterman. Durante los años ochenta, Margaret Ray, considerada por los expertos en agresiones a artistas como “la asaltante triste”, invadió por lo menos en 12 ocasiones las propiedades de Letterman. En 1988, la señora Ray fue detenida después de haber robado el Porsche del personaje, aduciendo que su hijo de cuatro años era producto de sus amoríos con Letterman. La mujer fue liberada, una vez que la celebridad optó por no levantar cargos.
Craso error, porque el acoso tomó mayor fuerza. Fueron reiteradas las veces en que Letterman encontró a la mujer esperándolo al interior de alguna de sus propiedades. Incluso, en una ocasión Margaret le había preparado la cena. Afortunadamente para el hombre espectáculo, Margaret Ray se “enamoró” de otra celebridad y, en esa dialéctica extraña, los problemas de irrupción terminaron para Letterman y comenzaron para el nuevo Romeo.
El 5 de octubre de 1998, Margaret Ray, de 46 años y madre de cinco hijos, perdió la batalla contra la esquizofrenia, saltando a las vías de un ferrocarril en Colorado. En el editorial de su programa de televisión, David Letterman dijo que así terminaba “una triste y confusa vida”.
Madonna tampoco se libró de los acosadores. En 1995, un guardaespaldas de la cantante disparó contra Robert Dewey Hoskins, quien allanó en dos ocasiones la mansión de la artista. La trayectoria de Hoskins en la vida personal de Madonna empezó con cartitas de fan diciendo “Te amo y serás mi esposa”. Ante el silencio de la pop star, Hoskins subió de tono sus misivas, hasta que de plano le advirtió: “Me casaré con esa perra o le rebanaré la garganta”.
La cantante, que en ese entonces residía en Los Ángeles, declaró ante la policía, hundió en la prisión al asaltante y tomó las de Villadiego hacia Miami, donde supuestamente estaría más segura.