Stephen King: el horror de lo cotidiano

POR Opera Mundi

Los cuentos macabros de Stephen King sirven siempre a un mismo propósito: permitir al público ingresar a la carpa de pasatiempos que es Norteamérica, pasatiempos que van desde la quema de brujas de Salem hasta la inseguridad que representa nuestro sillón favorito

En 1997, Stephen King dejó la editorial de toda su vida, Viking, cuando ésta le negó un pago adelantado de 18 millones de dólares por la novela Bags of Bones. Su mudanza subsecuente a la firma Simon & Schuster fue altamente publicitada, además de que la casa editorial citada dio a King un adelanto de 2 millones de dólares por sus tres próximos libros y un concepto de regalías de 50 por ciento. El conflicto con editorial Viking, como más adelante aclararía el propio King, no fue sólo el dinero sino la credibilidad: después de más de dos décadas de mantenerse como el novelista de horror más importante de Estados Unidos, el escritor necesitaba ahora también el respeto de la crítica literaria especializada.
Así, la publicación de los bestsellers Bag of Bones y The Girl Who Loved Tom Gordon introdujo en las publicaciones no sólo una prosa más fina que sirve de marco para el desarrollo de los personajes principales: dos mujeres, un ardid del escritor para captar el interés del público lector femenino. También es necesario agregar que King apunta hacia una imagen literaria refinada, digna de su nueva casa editorial, que comparte con escritores de la talla de Don DeLillo.
Al parecer, Stephen King logró sus propósitos. Bag of Bones y The Girl Who Loved Tom Gordon obtuvieron reseñas positivas de la crítica especializada y grandes derramas económicas. Después, con Hearts in Atlantis, King intentó hacerse de una estrella más en su larga carrera de éxitos. Por supuesto, hubo motivos de sobra para albergar el escepticismo en tormo a ese pretendido cambio, pues es difícil imaginar que los escritores posean una llave mágica para cambiar, de la noche a la mañana, un estilo cultivado en el horror por otro más cercano a las bellas artes.

En descargo, hay que señalar que Stephen King no es sólo el practicante mejor conocido de lo que se denominó el fin de siècle gótico de Estados Unidos; es, de hecho, un personaje gótico por sí mismo. Con la publicación de Carrie en 1974, King recreó el género, colocando a la vez las piedras del camino que habría de transitar la pesadilla americana emanada de la posguerra en el último cuarto del siglo XX. La literatura estadounidense, gótica o no, ha servido para expiar los pecados de aquella nación, sean éstos raciales, sexuales, industriales, bélicos o económicos. Hearts in Atlantis, por ejemplo, condensa todos estos pecados en un solo crisol, utilizando el “regreso a casa después de la guerra” tan en boga a finales de los años sesenta como una especie de caleidoscopio que juega libremente con los conceptos de la culpa –enraizada sobre todo en la clase media estadounidense— y la pérdida de la inocencia.
La capacidad para crear iconos culturales de la nada es precisamente uno de los grandes aciertos en la obra de Stephen King. Junto con sus contemporáneos George Lucas y Steven Spielberg, King se ha servido de las piezas sueltas de la posguerra norteamericana –cómics aterradores, música estridente, comida chatarra, automóviles veloces, muchachas sexualmente inmaculadas, películas de monstruos, programas televisivos de ciencia ficción— para construir un gran escenario central.
En “Why We´re in Vietnam”, una de las cinco historias vinculadas que integran Hearts in Atlantis, King ofrece una probadita de las secuelas de la violencia institucionalizada mediante una visión surrealista que tiene sus orígenes en los traumas de la guerra. En esa historia, un veterano de Vietnam se encuentra atrapado en un embotellamiento vehicular tipo Periférico norte a las siete de la mañana, cuando, de repente, todos los desperdicios de esta época se desploman desde el cielo: grabadoras, guantes para lavar trastes con grasa de harina de pastel todavía adherida en su superficie, un acuario con el pez aún nadando dentro de él, relojes y escritorios, cafeteras, elevadores con los cables sueltos, un sofá, todo el universo de lo inservible se estrella contra el asfalto.

Monstruos cotidianos
Lucas y Spielberg paulatinamente optaron por transigir su temática en favor del público infantil. King nunca lo hizo. En vez de eso explotó al máximo el poder simbólico de todo aquello que el ser humano teme –es decir, el imperio de lo equivocado—, forzando a lectores y audiencias a mirar a través de un largo y tortuoso túnel. El secreto del éxito de Stephen King no radica en que describe magistralmente a monstruos y fantasmas sino que escribe para persuadirnos de que éstos existen. Los demonios que exorciza para meternos calor no son de la estirpe de Satán, son las grandes plazas comerciales, las esposas fodongas, los padres abusadores, los alcohólicos renegados, los veteranos de guerra, los policías agresivos y los vendedores de puerta en puerta. Su función de Gran Guiñol puede montarla en la banqueta de enfrente, teniendo como personajes principales a nuestros vecinos y amigos, todo mundo es invitado al carnaval del terror.
Los cuentos macabros de Stephen King sirven siempre a un mismo propósito: permitir al público ingresar a la carpa de pasatiempos que es Norteamérica, pasatiempos que van desde la quema de brujas de Salem hasta la inseguridad que representa nuestro sillón favorito. En este contexto, King es un escritor sano, la voz más seductora de la agonía finisecular de Estados Unidos, es el tejedor de historias que la gente jamás se cansará de escuchar y de las que, al parecer, King jamás se cansará de contar. Son las historias de la colegiala sumisa que hace extensiva su venganza contra los compañeros que la atormentan, es el triunfo de lo normal, representado por la lectora que fractura las piernas de su escritor favorito con tal de que éste no huya de la hospitalidad que ella le brinda.
No han sido pocos los críticos que se han referido a Stephen King como el Dickens estadounidense. Por ejemplo, el novelista Peter Straub señala: “Creo que la alusión a Dickens es un arma de dos filos. La tremenda popularidad de King inevitablemente evoca a la del escritor inglés… Lo cierto es que los verdaderos méritos de King –el enorme talento natural de novelista, el instinto por la narrativa, la gran inteligencia dentro de un ser humano común y corriente, y su imaginación visionaria— aún no han sido valorados del todo. Si King hubiera sido un escritor de crimen, hace mucho tiempo hubiera sido canonizado”.
Independientemente de la canonización postergada, no todo ha sido miel sobre hojuelas para el autor de Cementerio de mascotas. Así, mientras la metamorfosis de Stephen King ha impresionado incluso a los severos críticos del New York Times, hay otros, como el purista Harold Bloom que mantienen vivo su escepticismo. En la introducción a un ensayo escrito acerca de la obra de King (editado por el propio Bloom), éste deja correr la tinta como si de ponzoña se tratara: “Cientos de miles de colegiales norteamericanos, que no han leído nada de lo que les dejan de tarea, devoran regularmente las historias de King… el triunfo del genial Stephen King es un gran emblema de los fracasos del sistema educativo de Estados Unidos”.
A Bloom le corresponde su cuota de razón, aunque jamás haya extraído de su educación clásica una imagen siquiera aproximada a la magia de King. La belleza casi siempre aterradora de las historias de Stephen King generalmente provienen del corazón oscuro del gótico estadounidense: culpa y redención, transformación y posibilidad constante de trascendencia, tres elementos antropológicos, ladrillos de la arqueología del saber, que entronizan al escritor de Maine en el castillo de los maestros góticos del siglo XX, un horizonte en el que Harold Bloom, con todo y su corpus de erudición, nunca verá ponerse el Sol.