Un fantasma del Concorde

POR Alfredo C. Villeda

Manuel Vicent ha compartido en su texto “Hoteles con fantasmas” un viaje al París sesentero en cuyo Barrio Latino, mitología intelectual de por medio, se coló al célebre hospedaje de La Lousiane, en la calle del Sena, donde quiso ocupar la austera habitación que otrora dio albergue a Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus y Juliette Gréco, y usar el ascensor que sirvió a Charlie Parker (que Cortázar ya nos contó cómo olvidó su saxofón debajo de un asiento del subterráneo de la capital francesa, en “El perseguidor”) y a Dizzy Gillespie.
Porque los hoteles son sedes naturales para las apariciones sobrenaturales. Así lo concebían Edgar Poe y H. P. Lovecraft, Stephen King y su cómplice Stanley Kubrick (El resplandor). En el Hotel Normandía de la canción homónima, en voz de la gran Patricia Kaas, irrumpe una figura de culto, que en la silvestre versión del fusilero dice a la letra:
Quedará de nuestro amor
la fea habitación de un día breve
y las palabras que me dijiste
en el Hotel Normandía

Quedará nuestra historia,
guitarras roqueras, un piano negro,
el fantasma de David Bowie,
Hotel Normandía

La anécdota que sigue, empero, es personal, simple, pero especial: ocupado de sobra el espacio hotelero parisiense, el viajero debe optar por un refugio en las afueras de la Ciudad Luz, porque la noche caerá pronto en el aeropuerto Charles de Gaulle. Al norte, cerca de la terminal aérea, un pueblito apartado, rodeado de campiña, Gonesse, es la elección. El taxi llega antes del ocaso a un amplio, largo conjunto de habitaciones de apenas tres niveles y dos estrellas. Es el 1 de octubre de 1994.
El hotel se llama Les Relais Bleus. En la recepción, una mujer a finales de sus treinta, largos y rubios sus cabellos sueltos, inquietantes mechones oscuros entrelazados, breve el vestido negro que dibuja su esbelta figura, de trato amable y fluido inglés, despacha igual las llaves de los cuartos que los tragos de huéspedes que, deslumbrados por la anfitriona, de súbito tienen sed. El fusilero no es la excepción, por lo que desempaca de prisa, se da un baño y en menos de una hora, cuando las sombras comienzan a cubrir Gonesse, ya está instalado en su banquito, vaso en mano, en gran charla… hasta que aparece, malencarado, bigotón y con ridículos tirantes, el esposo, a la vez dueño del sitio.
Venido a menos el singular momento, con la distinguida dama en huida, cabizbaja con la sola presencia de su amo, y los ojos del inoportuno disparando toda serie de malas artes al turista ligador tercermundano, el fusilero, que es uno y el mismo, pide un taxi para lanzarse a lo que su entonces amplia cultura le dicta como primer punto, original, de su visita a París: la Torre Eiffel.
Cierto, hay más espectros entre las tumbas del cementerio Père-Lachaise durante ese primer periplo a Francia. También en el segundo. Pero desde el 25 de julio de 2000, cuatro años después del último rol en aquellas tierras, hay un fantasma de hotel que no da tregua. Porque fue en Les Relais Bleus, el peculiar negocio del bigotón malhumorado y bella damita que lo acompañaba, donde cayó entre llamas el famoso Concorde, accidente que dejó 113 muertos, la mayoría turistas alemanes que hacían la ruta París-Nueva York. Cuatro de las víctimas, no obstante, fueron en tierra, en un anexo del pequeño centro de hospedaje de Gonesse.
Los fantasmas, quienes los han visto lo saben, sofocan. Al estilo del íncubo de la pesadilla, te someten con sus cadenas invisibles y se mueven libres a tu alrededor. La hermosa anfitriona de Les Relais Bleus me visita a menudo desde la fatídica noche del 25 de julio de 2000, horas después de que descubrí, en los cables informativos, el sitio en que terminó su viaje el gran pájaro supersónico. Como resulta imposible moverse o emitir exclamación alguna, escucho atento cómo este huésped del inframundo repite en cada visita “Ah, Mexico, so far away!”, mientras me sirve, diligente, otro jaibol. Yo, paralizado, apenas si evoco en cada una de estas citas, canturreando, aquella cancioncilla de campiña que Nirvana revivió en su recital MTV Unplugged:

Girl, my girl,
don´t lie to me.
Tell me where
did you sleep
last night.