Unabomber: manifiesto para una generación

 

POR José Luis Durán King

 

El 3 de abril de 1996, Ted Kaczynski fue arrestado en una cabaña de Lincoln, Montana. Antes de conocerlo como Unabomber, los agentes del FBI lo llamaban el “bombardero chatarra”, debido a que sus artefactos explosivos fueron elaborados con material de desperdicio

Unabomber_1(www.independent.co.uk)

Durante 18 años, en una pesadilla que inició en 1978, el Unabomber aterrorizó a Estados Unidos, matando a tres personas e hiriendo a otras 23, todas ellas víctimas de pequeñas bombas hechas a mano y recibidas por correo u ocultas en paquetes de apariencia inofensiva. Como resultado de esa campaña de miedo, las autoridades organizaron la cacería humana más grande en la historia norteamericana, la cual no obtuvo resultados en el corto plazo. En 1993, el bombardero loco escribió una carta a The New York Times, identificándose como un miembro del grupo anarquista Club de la Libertad. Dos años después apareció simultáneamente en The New York Times y The Washington Post un manuscrito extraordinario de 35 mil palabras intitulado “La sociedad industrial y su futuro”, el cual prometía que cesarían los crímenes del Unabomber.
El Manifiesto, como ahora se le conoce, denunciaba a la tecnología moderna y llamaba a una revolución en nombre de la naturaleza salvaje. Jefferson Morley, editor de The Washington Post, calificó al Manifiesto como “un documento perturbador y romántico, equiparable a la Declaración Port Huron, la cual marcó, en 1962, el nacimiento de la nueva izquierda” en Estados Unidos; aunque, paradójicamente, también tenía muchas similitudes con Witness, la autobiografía escrita en 1952 por Whittaker Chambers, que dio comienzo a la nueva derecha. El grueso de los lectores de Estados Unidos no leyó el Manifiesto, pues consideraba a su autor un loco cobarde.
David Kaczynski, un trabajador social de Schenectady, Nueva York, leyó el manifiesto en Internet y creyó reconocer el lenguaje e ideas de su hermano mayor. Después de una dolorosa recapacitación, se puso en contacto con el FBI y Ted Kaczynski, de 53 años, fue arrestado el 3 de abril de 1996 en su cabaña cercana a Lincoln, Montana, culminando así una época de terror explosivo en manos del Unabomber.
Ahora que el código encapuchado tiene rostro humano, Unabomber ha sufrido una metamorfosis: la profusión de lecturas y relecturas de sus actos lo han convertido, del explosivo ensayista y crítico social, a un icono de la cultura pop. Un oráculo de nuestros tiempos cuyas transmisiones telepáticas pocos pudieron escuchar antes de su aprehensión.

Servidumbre social
Unabomber subrayó de manera explosiva su crítica social con la incontrovertible autoridad del mutismo, con su naturaleza inescrutable. Durante varios años, Ted Kaczynski, Unabomber, vivió detrás de su capucha para el imaginario popular. Sus pequeñas máquinas infernales fueron hechas en casa con madera, en vez de material electrónico rastreable; incluso incorporaron pequeñas ramas de árbol de cerezo. Llegaban a sus destinatarios en paquetes simpáticos, en artesanías cuyo interior traía un truco que hacía saltar espinas de madera y, para una de sus primeras víctimas –el presidente de United Airlines—, la bomba llegó oculta en un libro publicado por la editorial Arbor House (Casa del Árbol), cuyo símbolo es una hoja. El nombre del ejecutivo, coincidentemente, era Percy Wood.

Unabomber vivía en Lincoln, Montana, un pueblo pequeño del noreste rural de Estados Unidos, cercano a la extensión más grande de naturaleza salvaje de esa nación. Como el poblado que apareció en la serie televisiva Twin Peaks, Lincoln es un sitio de poder con minas de oro y activistas locales. Kaczynski conocía y admiraba el emblema de Abraham Lincoln en las pancartas de los activistas y seguramente estuvo al tanto de las condiciones agónicas de la economía local, consecuencia de las megatendencias hacia una economía posindustrial que se basa en una gran cantidad de trabajadores que llevan sobre sus espaldas a unos cuantos zánganos. En Lincoln ya casi no existen buenos empleos. Sólo hay trabajo relacionado con la industria turística, es decir, una industria que convierte a los trabajadores en sirvientes.

Lincoln, como muchos de los pequeños pueblos de Estados Unidos, está en quiebra. Extrañamente, los medios que hicieron la cobertura informativa relacionada con Unabomber nunca realizaron un análisis socioeconómico que sirviera como indicador de patologías individuales dentro de un gran contexto cultural de aproximación psicobiográfica acorde a la memoria recobrada del interior infantil. Abundaron, eso sí, sobre todo en lo que respecta a las revistas Time y Newsweek, tesis que mezclaban a Freud con el Antiguo Testamento, alegorías que comparaban a Kaczynski y a su hermano David –quien lo delató al FBI— con Caín y Abel. El artículo de Newsweek, “Hermanos sangrientos”, jugó en la historia con aspectos edípicos, anotando que Kaczynski hería a su madre con “diatribas”, en cartas que la culpaban por su fracaso uterino de no engendrar a alguien que fuera capaz de establecer relaciones románticas con las mujeres.

Cada lectura tuvo sus propias directrices morales. El National Enquirer lanzó el drama de Edipo desde un ángulo espeluznante, algo entre Hitchcock y Hard Copy, integrando al elenco a Wanda Kaczynski como la madre sofocantemente protectora de la película Psicosis, que convirtió a Ted en un pequeño Norman Bates arrullado con párrafos extraídos de la revista Scientific American. “Mientras otros muchachos andaban por ahí practicando juegos como el baseball –anota la citada publicación—, Ted y su madre visitaban los museos de ciencia, naturales y planetarios”.

Extrañamente, el Unabomber –cuya madre lo llevaba a los museos de arte en un intento por estimular el intelecto del niño y que demandaba constantemente las mejores calificaciones a sus hijos— encontró eco en el Enquirer para sus acciones y vociferaciones acerca de la alta cultura y la educación. En su manifiesto de 35 mil palabras, aparecido en The Washington Post, intitulado “La sociedad industrial y su futuro”, se lee: “No es natural para un adolescente pasar la mayor parte de su tiempo sentado en un escritorio absorto en el estudio… Entre los indios americanos, por ejemplo, los muchachos eran entrenados para propósitos inmediatos, es decir, el tipo de cosas que a los jóvenes agrada. Pero en nuestra sociedad, los chicos son obligados a estudiar temas técnicos, la mayoría a regañadientes.”

La moral en la fábula de Unabomber, inolvidablemente intitulada por el Enquirer “Del hijo de mamá al loco homicida”, apunta directamente a la obra Motherguilt: How Our Culture Blames Mothers For What´s Wrong With Society (algo así como Madre culpable: cómo nuestra cultura culpa a las madres por lo que está mal en la sociedad) de Diana Eyer. Unabomber no es inducido a entender, es un experimento skinneriano llevado al extremo, una lección objetiva de los peligros de las condiciones heredadas; con sus inyecciones hipodérmicas de literatura cultural y la “meticulosa educación en su desarrollo [de Ted]”, Wanda Kaczynski creó un profesor chiflado que se rebeló contra la ciencia estadounidense que lo fabricó.

El hombre peludo del interior

Unabomber_2(www.enotes.com)

Estas y otras lecturas construyen casi tendenciosamente un retrato del Unabomber como un espectro semiótico de aspecto cambiante. De hecho, el aspecto cambiante es altamente remarcado, arrojando luz en un aspecto no considerado del ecoterrorista: las líneas enterradas de conexión entre el Unabomber y la inercia entre la naturaleza salvaje (de su utopía alternativa a la modernidad tecnológica) y los nudos naturales. Las cinco fotografías de Kaczynski en la historia de portada del Time, “La odisea de un genio loco”, van de la década de los cincuenta a los noventa, invitándonos a leer esa odisea como una transformación en escena de Un hombre lobo americano en Londres o El aullido, proyectando sólo un lapso de vida. Como en dichos filmes, la metamorfosis de Kaczynski desde la high school hasta el matemático nerd de Harvard de los cincuenta y sesenta, desgarbadamente ataviado con saco y corbata, para arribar al hombre despeinado de rostro cetrino, el ermitaño fotografiado en 1996. La historia narrada, como todos los cuentos de hombres-lobo, es el de la naturaleza salvaje vengándose de la cultura: la pesadilla que comparte créditos con Darwin y Freud, el retorno de lo que atinadamente alguien llamó “el hombre peludo del interior”: la bestia pisando los talones de la civilización. Aquí, sin embargo, los elementos de los cuentos tradicionales son eclipsados por la imagen de una naturaleza vindicativa sobreponiéndose a la cultura en la persona de un macilento profesor de matemáticas transformado en un hombre salvaje, peludo, sucio, con colmillos rojos y garras.

Si la analogía Unabomber-Hombre-lobo parece extraña, ésta se queda corta ante la tendencia de los medios impresos para explotar la misantropía y licantropía en sus caracterizaciones de Kaczynski: Time, Newsweek y U.S. News & World Report llenaron extasiáticamente sus planas con descripciones escalofriantes acerca del feroz recluso. Los tres medios utilizaron la frase “lobo solitario” en sus reportajes, destacando el Time, el cual fabricó un manto de niebla del cual emergió un asesino serial que había “dejado sus rastros como un grizzly” en los últimos 18 años.

Pero, como en las películas mencionadas en párrafos anteriores, donde las transformaciones de humano en animal, irónicamente, son efectuadas mediante tecnología (piel de látex, vejigas inflables, etcétera), aquí la naturaleza salvaje encubre la naturaleza del hombre: el Unabomber puede ser un hombre-lobo, pero su habilidad tecnonerd descansa debajo del pelo.

Violencia tecnológica
El Manifiesto de Kaczynski ha llegado a todos los rincones del planeta por medio de la red de redes y ahora es alabado por grupos como los de alt.fan.unabomber o por la Unabomber-for-President Website, financiada por el Comité de Acción Política Unabomber, el Unapack.
Superficialmente, la acogida de la Internet al Unabomber tiene mucho que ver con el humor negro plasmado en las páginas electrónicas, pero debajo de esa superficie frágil yace una ansiedad corrosiva producto de la velocidad suprahumana del cambio tecnológico: “El Unabomber es el único candidato que realmente condesa los temas de la destrucción de la naturaleza salvaje y del incremento de la pobreza en nuestras vidas diarias a causa de la violencia tecnológica. Eso no es ninguna broma”, argumenta Chris Korda, vocero del Unapack.
Los dardos del Unabomber estuvieron dirigidos hacia los monopolios que manipulan a la sociedad. En la carta que escribió a una de sus víctimas, el científico en computadoras David Gelernter, Unabomber cita al futurólogo Steward Brand –quien ha dicho que las elites son las conductoras de la civilización—, cuando apunta: “Hay una buena cantidad de personas que resienten amargamente la forma en que los tecnonerds quieren cambiar al mundo”.

En la carta electrónica titulada CyberWire Dispatch, Brock Meeks concedió que hay algo en el mensaje del Unabomber que, “sangre y entrañas aparte, ha tocado un nervio. Y puede ser un nervio que, debajo de la deformada trama actual y autocongratulante masturbación ciber, es muy sensitiva para los cientos de millones de personas que no están conectados [a la red]”.
Pero al mismo tiempo que algunos entre muchos millones han visto al Unabomber como la corporización patológica de las ansiedades provocadas por un mundo cada vez más conectado por el incremento de un mundo desnaturalizado, hay otros en la cibercultura que lo admiten como uno de los suyos. Lo reconocen como un mercenario de los hardware que empezó, en la mejor tradición de los mercenarios, como un adolescente chapucero de sótano que fabrica las bombas más temibles.

Después de leer el texto de Kaczynski, Industrial Society, el autor de Out of Control, Kevin Kelly, fue pródigo en sus comentarios, aduciendo que el Unabomber era “un crítico mucho más interesante que Kirk Sale, Jerry Mander o Langdon Winner, todos ellos críticos liberales de izquierda, reconocidos por sus comentarios en torno a la tecnocultura. Kelly, por su parte, también soltó una bomba: “Lo más importante es que este tipo [Unabomber] es un nerd. Es uno de nosotros. El manifiesto está estructurado como una tesis doctoral o como aquellos documentos de ciencia computarizada con gráficas numeradas. Todo muy ordenado, como las bombas”.

El amo de la chatarra

Undercover History II: Unabomber(republik-tawon.blogspot.com)

A su vez, para los simpatizantes de los tecnonerds, los fabricantes caseros de bombas son sin lugar a dudas ciberpunks. Kaczynski invita a ser interpretado como una reencarnación patológica de William Morris, el diseñador de finales del siglo XIX, quien hizo un llamado a rechazar la producción masiva y retornar a las artesanías medievales, lo que corresponde a las referencias de “exquisita manufactura” utilizadas en The New York Times (4 de abril de 1996) y de “atención esmerada” del Newsweek (8 de mayo de 1995), descripciones periodísticas de las bombas caseras del Unabomber. Pero Kaczynski fácilmente puede reconocerse en la novela de William Gibson, The Winter Market, en el personaje que “reanima” la basura industrial al convertirla en robots ciberpunk, “un amo de la chatarra, pescando en el mar los desechos que los siglos han dejado”.

Antes de que el FBI lo apodara el Unabomber, los investigadores llamaron a Kaczynski el “bombardero chatarra”, en referencia a que sus artefactos destructivos fueron elaborados a partir de cordones de lámparas, flotadores de baño, piezas de muebles, tornillos viejos, cabezas de cerillo y pedazos de pipas, materializando ominosamente la contraseña lanzada por William Gibson: “La calle encuentra sus propios usos para las cosas.”

Incluso la naturaleza salvaje, la “ecoutopía” antitecnológica en el corazón de la ideología de Kaczynski, encuentra plena consonancia con los mitos ciberpunk. El Manifiesto ofrece una visión curiosamente hobbesiana del paraíso recuperado, donde los humanos disfrutan el cumplimiento de lo que Kaczynski llama “una necesidad (probablemente basada en la biología) de lo que denominaremos `el proceso del poder´”, una tesis que para él parece significar la búsqueda de requerimientos básicos de supervivencia, más que la consunción de las imágenes cómodas que caracterizan a la cultura del consumo. Alejada del fordismo, el taylorismo o de cualquier otra instrumentalización líder de la sociedad industrial, la naturaleza salvaje se torna en la provincia aislada de la libertad, definida por el Unabomber como “tener el control de los bienes de la vida y la muerte: comida, vestido, abrigo y defensa contra cualquier amenaza que pueda estar en el ambiente de uno”.

Reduciendo los seres a sus cuerpos (por ejemplo, las necesidades físicas inmediatas) y redefiniendo la libertad como una lucha por la supervivencia, el darwinismo social del manifiesto del Unabomber no es más que la resonancia del primitivismo posapocalíptico, romantizado en películas ciberpunk como Escape de Nueva York y Mad Max. Un brebaje extraño de fantasías masculinistas, mitología fronteriza, cintas de ciencia ficción y el inefable culto estadounidense a los solitarios. “En películas como Mad Max. Más allá de la cúpula del trueno –anota Scott Bukatman—, el pan y circo de la barbarie de una sociedad arcaico-futura enmascara un utopismo profundo: la esperanza perversa de que algún día las condiciones garantizarán un retorno al cuerpo en cuanto la tecnología se colapse hasta las ruinas”.

Apoteosis del consumismo
Los supervivencialistas y los antiestado –el Unabomber y el ciberpunk—hacen causa común en sus inclinaciones libertarias: las declaraciones del Unabomber en carta enviada al Times, de que “me gustaría, idealmente, fracturar toda sociedad en unidades pequeñas, completamente autónomas”, son paralelas a la visión ciberpunk de la sociedad descentralizada en zonas autónomas y autosuficientes al estilo de Lo-Tek Nighttown, de la novela Johnny Mnemonic, de William Gibson.

El libertarianismo es la política de la vida real ciberpunk al estilo de los “otaku” japoneses, la subcultura mercenaria que inserta la tecnología en fines obsesivos que incluyen lo que la revista Wired ha denominado “la apoteosis del consumismo y una fuerza laboral ideal para el capitalismo contemporáneo”.

La filosofía libertaria de un mínimo de gobierno y un máximo de libertad individual seduce también a los profesionales trotamundos de las computadoras, conectados con teléfonos celulares, fax y módem al espacio mundial de una incesante información y capital líquido, pero completamente desligados de los espacios públicos y de las responsabilidades sociales, lo que es una dinámica inquietante que Robert Reich ha identificado como “la secesión del éxito”.
A pesar de sus resonancias obvias con el pensamiento libertario y con los neo-ideólogos de la izquierda estadounidense, el Unabomber es el chivo expiatorio de la cultura podrida de los años sesenta, del exceso lunático del movimiento ambientalista y de la izquierda académica malhumorada que rechazó incluso de manera suicida al carrusel del progreso capitalista. Joe Klein, del Newsweek, describe a la generación del Unabomber como “cualquier cantidad de académicos de izquierda pesimistas ante la noción de que `el progreso tecnológico´ traería desesperación, desempleo y ruina ecológica´”.

LINK: El Manifiesto