1984: El gran Hermano cumple 60 años

POR Cathy Young

La maquinaria opresiva en 1984 es un Estado tiránico que mantiene un control total sobre la vida e incluso los pensamientos de sus individuos y una brutalidad que aplasta toda disidencia

La segunda semana de junio de este año marcó el 60 aniversario del libro más famoso del siglo 20: 1984, de George Orwell. La obra cambió nuestro lenguaje, proporcionándonos palabras y frases como “policía ruda”, “nueva habla”, “doble pensamiento” y “Gran Hermano, por no mencionar el término “orwelliano”. Pero, ¿cuál es la relevancia actual de esa perturbadora novela? ¿Es una advertencia sobre los horrores del futuro que pueden llegar si fracasamos en salvaguardar nuestra libertad? ¿Habla de cosas que ya están presentes en nuestra vida?

Orwell, el periodista y escritor británico, elaboró su libro en 1948 como un comentario acerca del totalitarismo soviético, un peligro vigente en ese entonces. Su distopia era, de muchas formas, una versión incluso más oscura que la Unión Soviética de Stalin, con un líder endiosado, un partido gobernante que reforzaba la ideología del Estado y una policía secreta omnipresente (Distopía es el opuesto de utopía. Cancela la esperanza y nace de la frustración del hombre de ver a sus pares como potentes destructores de sí mismos). Sin embargo, Orwell era un socialista, un hombre de izquierda cuya polémica estuvo dirigida en gran parte contra los espejismos prosoviéticos de sus correligionarios de izquierda. Desde entonces, tanto izquierda como derecha han intentado apropiarse de la visión de Orwell y la reclaman como propia.
La más reciente de esas apropiaciones proviene de la derecha. El Instituto de Competencia Empresarial (CEI, siglas en inglés), que se opone a incrementar la regulación, utilizó el mencionado aniversario orwelliano para publicar un artículo aduciendo que “la cruzada global, abanderada por grupos activistas ambientales en el nombre del combate al calentamiento global” representa una amenaza estilo 1984 a la actual libertad personal. De hecho, el CEI trasmitió un video basado en el famoso 1984, en el que incorpora un anuncio de computadoras Apple, en el que Al Gore aparece como el Gran Hermano sermoneando sobre los peligros del calentamiento global a una audiencia cautiva tipo zombie, que viste uniformes grises.
Independientemente de lo que uno puede pensar del cambio climático, dicha imaginería y retórica corre el riesgo de trivializar el lado maligno del verdadero totalitarismo, de desacreditar el argumento propio, excepto a los ojos de aquellos que no necesitan convencimiento. Lo cierto es que Al Gore no tiene en sus planes instalar calabozos secretos donde se tortura a la gente hasta que ésta acepta los errores de su pensamiento.
Control total
La preocupación de Orwell no eran los poderes excesivamente regulatorios de los gobiernos democráticos o los poderes excesivos de la seguridad nacional (en los años de la Guerra Fría, él mismo proporcionó una lista de simpatizantes comunistas y posibles espías soviéticos a una agencia de inteligencia británica). Ciertamente, no es la habilidad de las corporaciones para rastrear los hábitos de compra de los clientes con la que algunos abogados privados la han vinculado al ojo vigilante del Gran Hermano.
La maquinaria opresiva en 1984 es un Estado tiránico que mantiene un control total sobre la vida e incluso los pensamientos de sus individuos y una brutalidad que aplasta toda disidencia. Es un poder descontrolado, “la bota que eternamente estruja un rostro humano”. La fuerza política actual más cercana a esta visión de pesadilla, además de reliquias comunistas como Corea del Norte, es el radicalismo islámico tipo talibán.
Pero 1984 contiene lecciones más allá de la experiencia totalitaria. Consideremos la definición en el libro de “doble pensamiento”, el ideal mental de la distopia ciudadana orwelliana: es “el poder de abrazar dos creencias contradictorias simultáneamente en una mente y aceptemos de ambas” la habilidad “para mentir deliberadamente, mientras que por otro lado creemos genuinamente en ellas, para olvidar cualquier hecho que pudiera resultar inconveniente, y después, cuando se vuelve necesaria otra vez, regresarla del olvido justo por el tiempo que la necesitemos, para negar la existencia de la realidad objetiva y todo lo que mientras tanto acontece de la realidad que uno niega.

La estimulación del odio
No son sólo los gobiernos –democráticos o no— los que despliegan una versión menos extrema de la gimnasia mental descrita en la obra. Son los activistas de toda laya, los programas de entrevistas que invitan a las luminarias del espectro político y, finalmente, la gente ordinaria. Lo mismo vale para la verdad de la “nueva habla”, terminología inventada para diluir el verdadero significado de ciertas creencias o actos, para hacerlos más atractivos. (Incluso, dichos términos populares como “pro-elección” para “derechos pro-aborto” y “pro-vida” para “antiaborto” tienen sobretonos de la nueva habla).
Otro rasgo fundamental del Estado orwelliano es la práctica constante de la estimulación del odio hacia el enemigo del día. Observando gran parte de nuestro discurso político de hoy en día, de los programas de radio de la derecha hasta los blogs de izquierda, es difícil no pensar en rituales como “Dos minutos de odio” y “La semana del odio”. En muchos websites políticos cada semana es “La semana del odio” –ya sea que el objeto del odio sean los liberales, los musulmanes, los neoconservadores o los fanáticos religiosos. La propaganda partidista y los traficantes profesionales del odio tienen gran parte de la culpa, pero son muy efectivos para “regular” a la gente, que en realidad requiere de muy poco para satanizar a los políticos de la oposición.
El sistema inhumano que inspiró la obra maestra de Orwell se ha colapsado, pero el doble pensamiento, la nueva habla, el pensamiento político y el odio virtuoso son tentaciones eternas del alma humana, incluso en las sociedades más libres. Hemos dado con el Gran Hermano y él ha dado con nosotros.

Tomado de: Reason On Line. Junio 11 de 2009.
Traducción: José Luis Durán King.