Albert Camus: la alegoría política de la peste

La peste, la alegoría de Albert Camus sobre la ocupación de Francia en tiempos de guerra, volvió a abrir un capítulo doloroso en el pasado reciente francés, aunque de forma indirecta y ostensiblemente apolítica

POR Tony Judt

La peste, la alegoría de Albert Camus sobre la ocupación de Francia en tiempos de guerra, volvió a abrir un capítulo doloroso en el pasado reciente francés, aunque de forma indirecta y ostensiblemente apolítica
(vetrova.deviantart.com)
La peste , la fábula de Albert Camus acerca de la llegada de la enfermedad a la ciudad de Orán, en África del norte, fue publicada en 1947, cuando Camus tenía 33 años. Fue un triunfo inmediato. En el curso de un año fue traducida a nueve lenguas, con muchas más por venir. Nunca ha salido de circulación y se convirtió en un clásico de la literatura, incluso antes de la repentina muerte de su autor en un accidente automovilístico en enero de 1960. Más ambiciosa que L’Etranger (El extranjero), la obra que cimentó la reputación de Camus, y más accesible que sus trabajos posteriores, La peste es el libro por el cual millones de lectores conocen al escritor.
Hoy, La peste adquiere un significado fresco. La insistencia de Camus en colocar la responsabilidad moral individual en el corazón de las opciones públicas hiere bruscamente los hábitos confortables propios de nuestra edad. Su definición de heroísmo –la gente ordinaria hace cosas extraordinarias fuera de la simple decencia– está vigente más allá de lo que pudiéramos reconocer en un principio.
Su descripción de los juicios ex cátedra –“Mis hermanos, ustedes se lo merecen”– serán gravemente familiares para todos nosotros. La compasión de Camus por los incrédulos y los comprometidos, con los motivos y errores de la humanidad imperfecta, empatada con su firme asimiento de la diferencia entre el bien y mal, arroja una luz poco grata sobre los relativistas y oportunistas de nuestra época. Y el empleo polémico de una epidemia biológica para ilustrar los dilemas del contagio moral tuvo un éxito que el escritor jamás imaginó.
Icono de una nueva generación
(beyondheroandvillain.wordpress.com)
Camus empezó a reunir material para su novela en enero de 1941, cuando arribó a Orán, la ciudad costera de Argelia donde la historia se desarrolla. Continuó trabajando en el manuscrito en Le Chambon-sur-Lignon, un pueblo montañés de Francia, donde fue a recuperarse de uno de sus ataques periódicos de tuberculosis en el verano 1942. Pero pronto se unió a la resistencia, y no fue sino hasta la liberación de Francia que pudo volver a poner su atención en el libro. Para entonces, el oscuro novelista argelino se había convertido en una figura nacional: un héroe de la resistencia intelectual, editor de Combate (un diario con enorme influencia en los años de la posguerra), y en un icono de una nueva generación de hombres y mujeres franceses hambrientos de ideas e ídolos.
Hermoso y encantador, defensor del cambio radical social y político, miles de sus compatriotas se identificaron con él. En palabras de Raymond Aron, los lectores de los editoriales de Camus “se formaron él hábito de construir su opinión diaria a través de él”. Había otros intelectuales en el París de la posguerra que estaban destinados a jugar papeles mayores en los años por venir: el propio Aron, Simone de Beauvoir y, por supuesto, Jean-Paul Sartre. Pero Camus era diferente. Nacido en Argel en 1913, era el más joven de sus compañeros de izquierda, quienes, en su mayoría, ya habían cumplido 40 años al terminar la guerra. Camus era más “exótico”, al provenir de Argel y no del entorno frío de los colegios y escuelas parisinos; eso lo convertía en alguien especial. Un observador de la época lo describió perfectamente: “Quedé impactado por su rostro, tan humano y sensible. Hay en este hombre una integridad tan obvia que impone el respeto casi inmediatamente; no se parece a otros hombres”.
La personalidad de Camus garantizó el éxito de su libro. Pero en esto también tuvo que ver mucho la puntualidad de su distribución. En la época en que el libro apareció, los franceses comenzaban a olvidar las incomodidades y los compromisos de ocupación la alemana. El mariscal Pétain, el jefe de Estado que inició y encarnó la política de colaboración con los nazis, había sido juzgado y encarcelado. Otros políticos colaboracionistas habían sido ejecutados o se habían desvanecido de la vida pública. El mito de una gloriosa resistencia nacional fue cuidadosamente cultivado por políticos de todos los colores, desde Charles de Gaulle a los comunistas; los recuerdos privados incómodos fueron resanados con la textura de la versión oficial, en la cual Francia había sido liberada de sus opresores por los esfuerzos conjuntos de los miembros domésticos de la resistencia y las tropas libres francesas conducidas desde Londres por De Gaulle.
En ese contexto, la alegoría de Camus sobre la ocupación de Francia en tiempos de guerra volvió a abrir un capítulo doloroso en el pasado reciente francés, aunque de forma indirecta y ostensiblemente apolítica. Eso evitó despertar pasiones partidistas, excepto en los extremos de la izquierda y la derecha, al tiempo que abordó asuntos sensibles sin provocar el rechazo a escuchar. Si la novela hubiera aparecido en 1945, la ira, el humor partisano de venganza habría ahogado sus reflexiones moderadas acerca de la justicia y la responsabilidad. Y si se hubiera retrasado hasta los años cincuenta, su materia subjetiva probablemente habría sido sepultada por los nuevos alineamientos surgidos de la guerra fría.
Enfermedad y exilio
La peste en Roma (fineartamerica.com)
Orán, el lugar en que se ubica la novela, era una ciudad que Camus conocía bien y por la que sentía cierta aversión, en contraste con su ciudad natal Argel, a la que adoraba. El escritor encontró a Orán aburrida y materialista y sus recuerdos van aún más lejos por el hecho de que su tuberculosis empeoró durante su estancia en esa ciudad. Esta privación involuntaria de todo lo que Camus más amaba de su lugar de nacimiento argelino –la arena, el mar, el ejercicio físico y el sentimiento mediterráneo de tranquilidad– fue compensada cuando fue enviado a convalecer a la campiña francesa. El Macizo Central de Francia es tranquilo y fresco, y el pueblo remoto donde Camus llegó en agosto de 1942 pudo ser el ideal soñado de todo escritor. Pero 12 semanas más tarde, en noviembre de 1942, las tropas aliadas aterrizaron en África del Norte. Los alemanes respondieron ocupando Francia del sur (a partir de entonces gobernado desde Vichy por el gobierno marioneta de Pétain) y Argelia fue separada del continente. Camus fue así apartado no sólo de su patria sino también de su madre y su esposa, a las que no volvería a ver hasta que los alemanes fueron derrotados. La enfermedad el exilio y la separación estarían presentes tanto en la vida de Camus como en su novela, y sus reflexiones en torno a esas circunstancias forman un contrapunto vital de alegoría.
Camus se identifica en tres personajes de la obra, utilizándolos para representar su perspectiva moral. Rambert, el periodista joven separado de su esposa en París, al principio está desesperado por escapar de la ciudad puesta en cuarentena. La obsesión con su propio sufrimiento lo hace indiferente a la tragedia más grande, de la cual él se siente bastante separado –él no es, después de todo, un ciudadano de Orán, donde quedó atrapado por casualidad. Es en vísperas de su huida que comprenderá cómo, a pesar suyo, se ha convertido en la parte de la comunidad y, por lo mismo, comparte su destino; ignorando el riesgo y encarando sus necesidades egoístas, permanece en Orán y se une a “los equipos de salud”. De una resistencia puramente privada contra la desgracia termina solidarizándose con una resistencia colectiva contra el flagelo común.
La identificación de Camus con el doctor Rieux es una resonancia de su cambio de humor en estos años. Rieux es un hombre que, enfrentado con el sufrimiento y una crisis común, hace lo que debe y se convierte en un líder, un ejemplo, no del coraje heroico o el razonamiento cuidadoso, sino más bien con una especie de optimismo necesario. Para finales de los años cuarenta, Camus estaba agotado y deprimido por la carga de expectativas colocadas sobre él como un intelectual público, como lo confía en sus apuntes: “Todos quieren al hombre que sigue buscando alcanzar sus conclusiones”. Del filósofo “existencialista” (una etiqueta a la que Camus siempre tuvo aversión), la gente esperaba una visión del mundo pulida; pero Camus no tenía ninguna para ofrecer. Como él lo expresó a través de Rieux, estaba “cansado del mundo en el que vivía”. Todo lo que pudo ofrecer con alguna certeza fue “alguna compasión por sus prójimos y [él estaba] determinado por su parte a rechazar cualquier injusticia y cualquier compromiso”.
El doctor Rieux hace las cosas bien debido a que ve claramente las necesidades que existen. En Tarrou, Camus invirtió una exposición más detallada de su pensamiento moral. Tarrou, como Camus, está a la mitad de sus treinta, dejó su casa por decisión propia tras disgustarse con su padre por el apoyo abierto que éste profesa por la pena de muerte, un tema de profunda consternación para Camus y sobre el cual escribió profusamente en los años de la posguerra. Tarrou ha reflexionado con mucho dolor sobre su vida y compromisos del pasado, y su confesión a Rieux representa el corazón del mensaje moral de la novela: “Pensé que yo estaba luchando contra la plaga. Aprendí que indirectamente yo estaba apoyando la muerte de miles de hombres, que incluso yo había causado sus muertes por aprobar las acciones y principios que inevitablemente condujeron a ellos”.
Este pasaje puede ser leído como las reflexiones amargas de Camus acerca de su paso por las filas del Partido Comunista en Argelia durante los años treinta. Pero las reflexiones de Tarrou van más allá de la admisión del error político. “Todos somos la peste… Todo lo que sé es que hay que hacer lo posible por no ser una víctima más de la peste… Y por eso he decidido rechazar todo lo que, directamente o indirectamente, provoca que la gente muera”. Esto es la voz auténtica de Albert Camus y bosqueja la posición que él asumiría hacia el dogma ideológico, el asesinato político o judicial, y todas las formas de irresponsabilidad ética para el resto de su vida –una postura que más adelante le costaría perder algunos amigos e influiría en el mundo polarizado de la intelectualidad parisina.
La invasión de las ratas
(dawnfrost.deviantart.com)
La mayor parte de la historia es contada en tercera persona. Aunque estratégicamente disperso a través del texto está el ocasional “nosotros”, y el “nosotros” en cuestión –por lo menos para las principales audiencias de Camus– son los franceses en 1947. La “calamidad” que ha caído sobre los ciudadanos de la ficticia Orán es la que cayó sobre Francia en 1940, con la derrota militar, el abandono de la república y el establecimiento del régimen de Vichy bajo el tutelaje alemán. La narración de Camus sobre la llegada de las ratas hizo eco de la condición dividida de Francia en 1940: “Era como si el suelo en el que nuestras casas fueron construidas se purgara de un exceso de la bilis, que iba dejando ebulliciones y los abscesos levantaran a la superficie lo que hasta entonces estaba devorando adentro”. Muchos en Francia, al principio, compartieron la reacción inicial del padre Paneloux: “Hermanos, se lo merecen”.
Durante algún tiempo, la gente no se da cuenta de lo que está sucediendo y la vida parece seguir adelante –en apariencia, nada ha cambiado.; “La ciudad estaba habitada por personas dormidas sobre sus pies”. Más adelante, cuando la plaga ha pasado, la amnesia se incorpora –“negaban que habíamos sido aquella gente obnubilada”. Todo esto y mucho más –el mercado negro, el fracaso de los administradores a llamar las cosas por su nombre y de asumir la dirección moral de la nación– describía perfectamente el pasado reciente de Francia más allá de lo mal que pudieran interpretarse las intenciones de Camus.
Sin embargo, la mayor parte de los objetivos de Camus se resisten a las etiquetas fáciles, y la alegoría funciona absolutamente contra el grano de la retórica moral polarizada en uso después de la guerra.
Cottard, quien acepta que la plaga es demasiado fuerte para combatir y que piensa que los “equipos de salud” son una pérdida de tiempo, es claramente alguien que “colabora” en el destino de la ciudad. Él prospera en la nueva situación y tiene todo para perder si hay un regreso a las “viejas formas”. Pero es descrito compasivamente, y Tarrou y los otros continúan frecuentándolo e incluso discutiendo con él sus acciones.
Al final, Cottard es golpeado brutalmente por los ciudadanos nuevamente liberados –una reminiscencia de los castigos impulsados por la liberación contra los presuntos colaboracionistas, a menudo en manos de hombres y mujeres, cuyo entusiasmo por la venganza los ayudó a ellos y a otros a olvidarse de sus propios compromisos en tiempos de guerra. Las mismas observaciones pueden aplicarse a los elementos de la Resistencia. Para Camus, como para Rieux, la Resistencia no era heroísmo del todo o, si lo era, era el heroísmo de la bondad. “Puede parecer una idea ridícula, pero la única manera de combatir la plaga es la decencia”. Ensamblar los equipos de salud no fue en sí mismo un acto de gran significado; más bien, “no hacerlo habría sido increíble en ese entonces”. Este punto se repite una y otra vez en la novela, como si Camus estuviera preocupado en que se olvidara. “Cuando ves lo que el sufrimiento trae”, Rieux comenta en un momento, “tienes que estar enojado, ciego o ser un cobarde para resignarte a la peste”.
Camus, como el narrador, rechaza “hacer un panegírico elocuente de una determinación y un heroísmo a los que él da solamente un grado moderado de importancia”. Lo anterior debe ser entendido en su contexto. Había, por supuesto, un enorme valor y sacrificio en la resistencia; muchos murieron por la causa. Pero a Camus le incomodaba el mito con aire satisfecho del heroísmo insuflado en la Francia de la posguerra, y aborrecía el tono de la superioridad moral con la que los estilizados resistentes anteriores (incluyendo algunos de sus compañeros intelectuales famosos) miraban por arriba del hombro a aquellos que no hicieron nada. En opinión de Camus era la inercia, o la ignorancia, la que explicaba la falta de interés de la gente para actuar. Los Cottard del mundo eran la excepción; la mayoría de la gente es mejor de lo que piensas. Como Tarrou afirma, “Sólo necesitas darles la oportunidad”.
Verdugos nobles
Peste en Marsella, 1720 (fineartamerica.com)
En consecuencia, a algunos de los intelectuales contemporáneos de Camus no les interesó particularmente La peste. Esperaban de él una escritura un poco más fluida y encontraron ambigüedades en el libro, además de un tono de tolerancia y moderación políticamente incorrectas. En especial, Simone de Beauvoir desaprobó fuertemente la utilización de Camus de la pestilencia natural como símbolo (ella pensaba) del fascismo –releva a los hombres de sus responsabilidades políticas, insistió, y los aleja de la historia y de los problemas políticos verdaderos. En 1955, el crítico literario Roland Barthes llegó a una conclusión similarmente negativa, acusando a Camus de ofrecer a los lectores una “ética antihistórica”. Incluso hoy en día ese criticismo en ocasiones surge entre los estudiosos de Camus: deja al fascismo y a Vichy a un lado, desplegando la metáfora “de una plaga sin ideología y no humana”.
Dichos comentarios son doblemente reveladores. En primer lugar sólo muestran cómo la historia aparentemente directa de Camus estuvo expuesta al malentendido. La alegoría pudo haber estado atada a Vichy, pero “la peste” rebasa cualquier etiqueta política. No fue “el fascismo” el tema central de Camus –un objetivo fácil, sobre todo en 1947– sino el dogma, el conformismo, la sumisión y la cobardía en todas sus formas de intersección pública.
En segundo lugar, la acusación de que Camus era demasiado ambiguo en sus juicios, demasiado apolítico en sus metáforas, ilumina no sus debilidades sino su fuerza. Esto es algo en lo que quizá estamos mejor colocados para entender ahora a los primeros lectores de La peste. Gracias a Primo Levi y a Vaclav Havel nos hemos familiarizado con la “zona gris”. Entendemos mejor que en condiciones extremas raramente encontraremos las categorías consoladoramente simples de bien y mal, culpable e inocente. Conocemos más sobre las opciones y compromisos afrontados por hombres y mujeres en tiempos duros, y no somos tan perspicaces para juzgar a aquellos que se amoldan a situaciones imposibles. Los hombres pueden hacer las cosas bien desde una mezcla de motivos y pueden con la misma tranquilidad hacer cosas terribles con las mejores intenciones –o sin ninguna intención en absoluto.
Esto no tiene nada que ver con el hecho de que si “las pestes” que la humanidad esparce son “naturales” o inevitables. Pero la responsabilidad de asignación de ellas –y por lo tanto la prevención de ellas en el futuro– puede no ser un tema fácil. Y con Hanna Arendt hemos sido presentados a una complicación concomitante: la noción “de la banalidad del mal” (una formulación que el propio Camus probablemente habría tenido cuidado de evitar), la idea que los crímenes indecibles pueden ser cometidos por hombres notables con conciencias limpias.
Camus era un moralista que inmediatamente distinguió bien del mal, pero que se abstuvo de condenar la debilidad humana. Fue un estudioso del “absurdo” que rechazó ceder ante la necesidad. Fue un hombre público de la acción que insistió que todas las preguntas realmente importantes llegaran hasta los actos individuales de la bondad y la calidad. Y, como Tarrou, era un creyente de las verdades absolutas que aceptó los límites de lo posible: “Otros hombres harán la historia… Todo lo que puedo decir es que sobre esta tierra hay pestilencias y hay víctimas –y en la medida de lo posible hay que rechazar estar sobre el lado de la pestilencia”.
Mirando hacia atrás sobre los ásperos registros del siglo 20, podemos ver ahora más claramente que Albert Camus identificó los dilemas centrales de la moral de la época. Al igual que Hanna Arendt, Camus cree que “el problema del mal será la pregunta fundamental de vida intelectual de la posguerra en Europa –como la muerte se convirtió en la pregunta fundamental después de la última guerra”.
Cincuenta años después de su primer aparición, la sentencia final de la gran novela de Camus resuena más fuerte que nunca, es una bola de fuego en la noche de la complacencia y el olvido: “El bacilo de la peste nunca muere o desaparece completamente … puede permanecer inactivo durante por docenas de años en muebles o ropa… espera pacientemente en dormitorios, sótanos, troncos, pañuelos y papeles viejos, y … quizás llegará el día que, por instrucción o desgracia de humanidad, la peste despertará sus ratas y les enviará a morir en alguna ciudad bien contenta”.
Tomado de: The Guardian.
Traducción: José Luis Durán King.