Cine porno: un enfermo sin arrugas

POR José Luis Durán King

Las grandes fortunas del porno californiano han sido construidas en detrimento de la salud de actores y actrices, quienes deben evitar la utilización de profilácticos durante las filmaciones, debido a que el público quiere ver sexo sin protección

Cada uno en su momento, por motivos diferentes y de manera distinta, encendió las luces de alerta en la industria porno. Primero fue John Holmes, un actor que blandía en la entrepierna un monstruo de varias pulgadas de longitud, que presumía haber tenido relaciones sexuales con más de 10 mil mujeres y al que en 1985 le fue diagnosticado sida, pero que continuó “trabajando” hasta 1988, año de su muerte. Después correspondió a Linda Lovelace, la primera gran estrella del entretenimiento erótico, protagonista de Garganta profunda (1972), la cinta de culto que narra la bizarra historia de una mujer que tiene el clítoris en la zona que da título a la película y que en los años 80 salió del olvido para denunciar públicamente las adicciones, infecciones y vejaciones que sufrió durante el tiempo que laboró en los estudios del cine para adultos. Ambos ahora están muertos prematuramente y sus casos al parecer son vistos como gajes del oficio en la que quizá sea la más inhumana de las industrias marginales, que no clandestinas.
En un reportaje publicado en Los Ángeles Times el 12 de enero de 2003, titulado “See No Evil”, el periodista P.J. Huffstutter abordó un problema de salud vigente en la industria fílmica porno de California, cuya falta de regulación se ha reflejado en la preocupante cifra de actores infectados por VIH y otras enfermedades de trasmisión sexual.
El reportero refiere, en una comparación que indigna, que durante la producción de la película Mimic en 1997, representantes de la American Humane Association rondaban por los sets, asegurándose que una horda de cucarachas estuviera bien cuidada. Los insectos estaban protegidos por las leyes anticrueldad, estatales y federales, y su labor consistía –y para ello las habían entrenado– en rodear los pies de la actriz Mira Sorvino. Las cucarachas tenían que comer cada cierto tiempo. Sólo podían trabajar unas cuantas horas al día. No podían ser dañadas.
En otro lugar de la Unión Americana, en el Valle de San Francisco, paraíso de la industria porno –continúa el periodista–, los actores y actrices son tratados, literalmente, peor que cucarachas. Pasan varias horas en los estudios, generalmente sin tomarse pausas para comer. Los baños a menudo están sucios y carecen de papel higiénico, jabón o agua. Pero el asunto posee un aspecto más grave: los trabajadores de la industria del cine XXX están expuestos a una gran cantidad de infecciones y, en ocasiones, a enfermedades mortales.
La quimera de la carne
El Valle de San Francisco, que hasta hace unos cuantos años era un suburbio habitado por trabajadores de bajos ingresos, se convirtió de la noche a la mañana en la Meca del cine para adultos. En ese rincón otrora olvidado, las empresas XXX conforman una industria que emplea decenas de elementos, entre productores, directores, actores, maquillistas, diseñadores, fotógrafos, carpinteros, sastres, por mencionar sólo unos cuantos de los oficios que la quimera de la carne convoca. ¿Por qué? Por una razón muy sencilla: en California la industria porno es completamente legal, pero está al margen de toda reglamentación. La ausencia de regulación se traduce para los productores en ganancias de varios billones de dólares anualmente por concepto de programación –en televisión por cable, videos y sitios de Internet– de una oferta fílmica que demanda un público de apetitos insaciables. No es de extrañar, entonces, que los grandes barones de la pornografía paguen impuestos, oficinas lujosas en Sacramento y pongan parte de su riqueza al servicio de las campañas políticas.
Sin embargo, las grandes fortunas del porno californiano han sido construidas en detrimento de la salud de actores y actrices, quienes deben evitar la utilización de profilácticos durante las filmaciones, debido a que el público quiere ver sexo sin protección y, en el negocio de los efluvios corporales, el cliente siempre tiene la razón. Sólo que, contrariamente a lo que la mayoría de la gente piensa, las estrellas porno no son desechables. Todo lo contrario: después de tener veintenas de relaciones sexuales bajo los reflectores, actores y actrices regresan a la intimidad de sus vidas privadas.
Para Joycelyn Elders, ex cirujano general de California, “Estas personas son un almacén. No sólo tienen sexo uno con otro. Lo tienen con gente común y corriente que está fuera de su negocio: doctores, abogados, maestros, puede ser tu vecino de la puerta de a lado”.
Para el también cirujano general, Everett Koop, la indiferencia en el discurso en torno al destino de las estrellas porno, guarda grandes similitudes con las opiniones que se generaron alrededor de la comunidad gay en los primeros días del sida. Pero Koop ha ido todavía más lejos, al señalar que en Nevada los burdeles legales están sujetos a una estricta vigilancia estatal y que la propagación de las enfermedades sexualmente trasmitidas ha sido reducida en cantidades ostensibles.
Y en este punto vale la pena detenerse un momento. En California, el negocio de las cintas para adultos es notablemente similar en cifras a la prostitución legal en Nevada, en términos de número de personas empleadas y la naturaleza del trabajo. Hasta aquí las semejanzas, ya que la industria porno, al autorregularse con la nomenclatura triple X, se aleja de cualquier vigilancia sanitaria. Everett Koop ha planteado el problema de la manera siguiente: “El hecho de que nadie ausculte esta industria es aterrorizante. ¿Cuánta gente tiene que ser infectada con una enfermedad de trasmisión sexual antes de que alguien haga algo?”
El tiempo que deberá transcurrir y la cifra de infectados que se requiere para que las autoridades se sacudan la indiferencia los ignoramos. Pero lo cierto es que John Holmes y Linda Lovelace fueron las primeras hebras visibles de un enorme tejido cuya descomposición es cada vez más evidente.
Índices epidémicos
Pocas son las compañías de cine XXX que exigen a sus actores exámenes recientes de VIH, así como la utilización de condones mientras actúan. Vivid Video Inc. en Van Nuys y VCA Pictures en Chatsworth lo hacen. Pero son golondrinas que no crean veranos entre las docenas de productoras de cintas porno que se abstienen de esos molestos requerimientos.
En el caso contrario de los pornógrafos gay las reglas son distintas: si no hay condón ni examen de VIH, no hay audiencia. Esta decisión, que una primera instancia podría parecer estar alentada por la seguridad personal de los actores, en realidad tiene motivos financieros. Mientras el nicho de público heterosexual demanda sexo no protegido, pocos clubes de video o de internet colocan cintas gay de relaciones inseguras sin arriesgarse a la crítica social. “Los actores y los espectadores gay no ven al sexo no protegido como una fantasía. Para ellos, ver sexo no protegido es como estar viendo a la muerte en la pantalla”, aduce Roger Tansey, ex director ejecutivo de Aid For AIDS, una organización no lucrativa con base en Hollywood que brinda asistencia a personas con VIH.
Por supuesto, la nula presencia de condón en las filmaciones de cintas porno para el público heterosexual tiene sus bemoles. La Fundación de Cuidado y Salud Médicos para la Industria Adulta (AIM, por sus siglas en inglés) administró exámenes voluntarios a un grupo integrado mayoritariamente por trabajadores de películas para adultos. De 483 personas examinadas entre octubre de 2001 y marzo de 2002, alrededor de 40% tenía por lo menos una enfermedad. Casi 17% resultó positivo en clamidia, 13% en gonorrea y 10% en hepatitis B y C, de acuerdo con Sharon Mitchell, una ex actriz porno que fundó la AIM. Ninguno de los exámenes en esa ocasión dio positivo en VIH, aclaró Mitchell. Sin embargo, los productores aceptan haber autorizado que sus empleados acudieran a la AIM bajo presión de Sharon Mitchell y otros después de que Anne Marie Ballowe y varias actrices más contrajeron VIH.
Tiempos oscuros
La demanda de Anne Marie Ballowe, una diosa del cine porno que lubricó las mentes de los espectadores de principios de los años 90, llegó en 1998, una época en que, una por una, las actrices porno dieron positivo en sus exámenes de VIH. Entre los veteranos de la industria, aquel periodo es conocido como “los tiempos oscuros”. En enero de ese año, la actriz Tricia Devereaux dio positivo. Fue seguida por Anne Marie Ballowe en marzo; una actriz húngara que utilizaba el nombre artístico de Caroline, en abril; y Kimberly Jade en mayo.
La demanda de Ballowe establece que durante varios días de filmación en Chatsworth, en febrero de 1998, la actriz tuvo sexo con alrededor de 25 hombres –una mezcla de actores establecidos en el negocio, novatos que intentaban irrumpir en la industria y fanáticos de las películas para adultos que habían sido reclutados en las tiendas de cintas porno. La mayoría de los hombres mostró un certificado en el que se declaraba ser VIH negativo. Algunos utilizaron condón, Otros, como Marc Goldberg, no lo utilizaron. Asimismo, Ballowe aduce que K-Beech y Hard Core no proveyeron un ambiente laboral sano, como lo establece la ley. Específicamente, la actriz señala que las empresas “no verificaron los certificados de salud… para así asegurarse de que no fueran falsos y estuvieran completamente en orden”.
Ahora sólo resta esperar y Ballowe lo sabe. Y su mensaje al respecto es lapidario: “De haber sido una campesina ilegal, estaría viva. Ahora estoy muerta. Seré sepultada antes de que me salgan arrugas”.
Y la actriz tiene razón: los actores del cine porno nunca envejecen frente a las cámaras.