La fiebre de Norma

Hay muchas cosas malas dentro
de su cabeza, dijo la doctora…
Y dicen que fue tan bella que se volvió loca…
Con sólo verla, es rara en La Castañeda..
“La Castañeda” (grupo de rock)

Sólo miró aquella casa desvaída y a la anciana de suéter gris medio encubierta tras la cortina negra, al regreso de sus labores en el almacén y, casi sin darse cuenta, la envolvió aquella amargura. Pasaron días y semanas y a Edelmira se le pobló la mente de nubes pardas a las que ella empezó a nombrar tinieblas, palabra tal vez escondida cuando, de adolescente, leía algún folleto que las catequistas regalaban a la salida de la iglesia de su rumbo.
De aquel vestir más o menos cuidado se había recorrido, casi sin darse cuenta, hacia una figura desvaída, como si fuera la esposa del carnicero y no la hija del abogado. Se pintaba una línea muy negra en las cejas y también con un bilé negro se dibujaba los labios en su cara bella, casi traslúcida.
No faltaron las vecinas, desde sus cuevas, que se burlaran de ella con frases entre dientes, como “Edel ya no mira” o “Edel dejó de ser mirra”; al final de malabarear palabras y dichos, se le quedó el apelativo de “Edelmirra” por el rumbo. Una tarde, al regresar del almacén, sin todavía atardecer, se la vio envuelta entre sombras como si caminara, levitando, sobre un abismo apenas sostenida por un puente enjuto tejido de tedio.
Tenía un pretendiente quien, al notar en Edelmirra sentimientos abatidos y tachonados de negrura tras sus ojos amarillos, cuando antes sólo veía castores y garzas espabilados, se fue distanciando antes de que los pesares de ella lo infectaran. El hombre se despidió, diciéndole “Adiós, Edelmira” y ella le dijo “Ese no es mi nombre: me llamo Norma”.
Cuando ella se dio cuenta de que su cuerpo y su alma eran una impetuosa negrura, pensó en hablar con su padre para saber su opinión sobre internarse en La Castañeda, pero no tuvo la oportunidad de verlo porque el hombre iba de los juzgados a los presidios; luego a su oficina y, ya en la noche, de allí a un bar nocturno donde visitaba a una puta con la cual se quería casar, pero ella nunca aceptó sin importarle los regalos espléndidos del abogado.
Era casi seguro de que Edelmirra o Norma no estuviera loca, ya que discernía el mundo como siempre, su entorno lo veía con claridad, trabajaba con dedicación, pero casi se decía que si no hubiera visto hacia la casa desvaída ni a la anciana del suéter gris, quien la miró tras las cortinas de la ventana del piso superior, ella hubiera seguido siendo la Edelmira de siempre y no esta Norma y a lo mejor ya estuviera preparando su casamiento.
Ahora se encontraba en la disyuntiva de optar ella misma ir a La Castañeda, un puñal o medio litro de veneno para ratas que nunca habían usado, ya que las ratas se fueron dos días después de que ella fuera invadida por la amargura primera.
Eligió el puñal que el licenciado había traído de un viaje a España, copia del que uso El Cid, y cuyo filo era virgen. Ya con el estilete en la mano, Norma o Edelmirra se hizo de súbito una rajadura horizontal en el estómago como había visto en un documental japonés: el interior de su vientre se desbordó hacia el suelo en formas sin forma, entre líquidos blancuzcos y rojos. Ella observó aquel desparramiento de sus vísceras como sólo viera las de los guajolotes que ella había dispuesto para cenas de fin de año con su padre y otras familias de abogados. Ningún dolor acudió a lo que había sido su vientre.
De inmediato, se practicó varias rajaduras hondas en las muñecas y en partes superiores de los brazos. Cuando empezó a apuñalarse con vigor la zona del corazón, recordó a las catequistas a la salida de la iglesia de su rumbo y esbozó una leve sonrisa.