La inocencia erótica

POR Opera Mundi

A la par de la pureza que vemos en los infantes y del miedo que sentimos porque el sexo pueda corromperlos corre un contrasentido: la excitación de los adultos por trasgredir ambas premisas. La indignación va de la mano del placer

En 1997, el Buró Británico de Clasificación Fílmica otorgó un certificado “de 18 años o más” a la cinta Lolita de Adrian Lyne, evidenciando de esta manera su opinión de que la mencionada película “podría inflamar los deseos de los pedófilos”. Tras consultar a psiquiatras infantiles y a autoridades policiacas, el presidente del buró hizo patente su satisfacción “de que el filme no pueda ser visto como corruptor o de alentar la pedofilia”.

Por otra parte, en Estados Unidos los distribuidores enlataron la película por más de un año, antes de que la compañía Samuel Goldwyn decidiera liberarla. Debe haber alguna razón para tantos temores. ¿O es que acaso Lolita estimulaba la pedofilia después de todo? Quizá la respuesta hay que buscarla más en nosotros que en la controversial cinta. En realidad, para la sexualidad humana existe muy poca diferencia entre mantener enlatado o no un filme como el de Adrian Lyne.

Lo que deseamos es una narrativa de nuestros deseos; en el caso de Lolita, un tema acerca de la corrupción de menores con el cual podamos sentir primero cosquilleos, después ultraje y, finalmente, alivio. Una vez gratificados nos movemos en busca de una nueva historia, probablemente más ultrajante, más incómoda.

Indignación y placer
Al estado emocional en el cual mostramos una preocupación falsa por mantener a buen resguardo la sexualidad infantil, el profesor de Lengua Inglesa de la Universidad del Sur de California, James R. Kincaid, lo ha denominado “inocencia erótica”. La pureza que vemos en los infantes, el gran peligro en el que parecen estar y nos obliga a resguardarlos, el analista arguye que dichos sentimientos pertenecen al terreno de los “mitos de protección”. No obstante, en una premisa que no deja de ser inquietante, Kincaid señala que el miedo de que el sexo pueda corromperlos es a la vez sexualmente excitante para los adultos. La indignación corre a la par del placer.

Pero existe un territorio aún más oscuro, según el autor del libro Erotic Innocence: “El tema de la sexualidad y el atractivo erótico infantiles, junto con nuestra evasión y concesiones que hemos hecho a los dos puntos anteriores, estructuran actualmente nuestra cultura”. Por supuesto, tal noción se aplica si por cultura se entiende Oprah, Macaulay Culkin, Jodie Foster y Michael Jackson, y si nos remitimos a una gran parte de las industrias del cine y de la televisión.

La inocencia erótica también se vincula, además del abuso infantil, con los rituales satanistas, las abducciones alien, el fenómeno de las estrellas de cine y televisión recién despojadas de su infancia (de Shirley Temple en adelante) y el síndrome de la memoria recobrada, entre muchas de las calamidades sociales que hoy engalanan a las sociedades de todo el planeta. Obviamente en la obra del escritor no falta la pregunta ¿por qué? ¿Por qué esta historia y no otra? ¿Por qué un pedófilo termina en prisión o bajo los garrotes de un linchamiento y no en el diván de un psicoanalista?

Abuso emocional
Independientemente de las generalidades propuestas por Kincaid, hay aserciones que bien vale la pena reflexionar. “Fijamos nuestros ojos –dice el investigador— en el abuso sexual porque nos place hablar de él. El abuso emocional está tan extendido que ahora nos es difícil estudiarlo. Además de Noruega y Suecia, que dieron los primeros pasos para reconocer formalmente los derechos de los niños, el resto del mundo ha mostrado una gran demora en otorgar esas garantías. Posiblemente, en general se cree que no tienen ninguno”.

Entre los ejemplos propuestos por el autor de Erotic Innocence destaca el análisis del affair Woody Allen, en el cual el cineasta, una vez que hubo admitido haber dormido con la hija adoptiva de su esposa, Soon-Yee Previn (ya adulta), de repente se encontró acusado de acosar a su propia hija adoptiva: Dylan. En ese capítulo de “Adolescentes: casos de la vida real”, el público desembolsó alegremente su cuota por pago por evento, retrocediendo la bobina cada vez más, corriendo la cinta al revés para que la joven de 21 años, Soon-Yee, se hiciera más joven, hasta alcanzar el cuerpo de siete años de edad de su hermanastra Dylan.

La perversión de la inocencia ha estado históricamente más cerca de lo que el hombre contemporáneo quisiera creer. Las fábulas abundan en torno al caso desde tiempos bíblicos. Existe, por ejemplo, una leyenda medieval escocesa que habla de una criatura llamada Silkie o Skule Ferry, mitad foca, mitad hombre, que se roba a una niña cerca del mar (aparentemente con el único propósito de enseñarla a nadar). Por supuesto no debemos olvidar el cuento de cuentos del acoso infantil, al que el moralista Charles Perrault desprovee de toda su sabrosa perversión: Caperucita roja, la niña perdida en el bosque cuya vida se ve amenazada por el terrible lobo (símbolo de masculinidad adulta), quien la espera “en la cama” disfrazado de abuela.

Finalmente están los casos más cercanos de abuso infantil y perversión de menores, protagonizados por los famosos hermanos Menéndez, quienes asesinaron a sus padres y que, ya en la corte, adujeron que fue en venganza por todos las aberraciones sexuales a que fueron sometidos por sus progenitores; y el de Thomas Hamilton, quien un día nublado llegó armado hasta los dientes a un kínder con un solo objetivo: acabar con todos los niños que las balas encontraran a su paso.