LORA: el final

POR Alfredo C. Villeda

El promedio de vida de un león es de cinco años. Entre su infancia y ocaso, tiene acaso dos para ostentar su efímero blasón de monarca selvático. Cuando es echado de la manada por sus congéneres en plenitud, que no pocas veces arrebatan en banda a las hembras tras duelos a muerte, el felino se retira a vagar, a vivir de sus antiguas glorias y, para decirlo con una figura nietszcheana, involuciona como vulgar hiena husmeando entre los despojos que desprecia su otrora disciplinada prole.
Cómo recuerda ese ciclo de vida a ciertos personajes, vividores de una fama lejana, antes creativos y contestatarios, devenidos decrépitos aulladores de lugares comunes, de oportunismo, viajeros estancados de la inercia. Anteayer, como se sabe, Alex Lora no sólo subió a YouTube el video de una auténtica triste canción dedicada al no menos triste personaje Rafael Acosta, sino que también avisó que ya tiene garabateadas rolas sobre el pastor loquito que pronostica temblores a medio vuelo Cancún-México, el impuesto de 2 por ciento a todo y una deformación a la clásica Metro Balderas del gran Rockdrigo, que tan buen cóver le había hecho.
Lejos, sobradamente distantes, quedaron los conciertos de Lora en el auditorio Che Guevara de Filosofía y Letras, ahíto de la banda universitaria, cervezas, mota y rocanrol, o sus reventones en San Bernabé o en el penal de Santa Marta; lejos también lucen sus trabajadas rolas sobre la tragedia de San Juanico, sobre la crisis de trabajo infantil o las clásicas urbanas como ADO, Perro negro y callejero y Oye, cantinero, sin olvidar su obra máxima, el álbum Simplemente, con el que inaugura al Tri y desde ahí veía pasar, desde un justificado pedestal, la llamada ola del rock en español, la interna y la venida de España y Sudamérica.
Ya sin la chela en mano, más bien él en la mano de una chela, ahora está, como él lo reconoce, domado. Cantarle a Juanito a una semana de que se conozca el desenlace, en primera instancia, de este vergonzoso episodio de la política mexicana, habla de un fallido concepto de oportunidad. De la falta de ideas y, handicap eterno de Alex, de lecturas. Cuando el feelin’ ya no alcanza, cuando el unicornio azul (la musa, según el concepto de Silvio Rodríguez) se le ha perdido ayer, este símbolo del rock mexicano opta por hacer el swing a todo lanzamiento. Pensará él, o quien toma las decisiones, que igual y Ricardo Arjona o Maná se le adelantaban con los temas.
El ocaso alcanzó a Alex, el otrora ocurrente líder de una banda que aclaraba, allá por 1986, en pleno Mundial, que no confundieran al Tri de Lora con el Tri de Bora. El león, en su declive, se torna licaón, especie cuyo entorno es gobernado por una hembra alfa. Felino devenido perro salvaje, tarareando de vez en vez aquella estrofa de una rolita de Scorpions: “The bitch is hungry”. A vagabundear entre la sabana urbana, husmeando entre los despojos sociales, entre los mausoleos, entre la decrepitud de la política, como Juanito, personaje que, sin duda, jamás habrían soñado las creativas y retorcidas mentes de los surrealistas, que distinguieron a México y Perú como los únicos países dignos de ser parte de su universo.
Tristan Tzara y su banda veían, pensaban y presagiaban a Frida Kahlo, a Diego Rivera, a Juan Orol, a César Vallejo y a Ciro Alegría, pero jamás hubieran engendrado en sus mentes irracionales, lúcidas casi por voluntad, a Juanito, a Josmar, a El Pozolero, a Abimael Guzmán o a Alberto Fujimori. El surrealismo ya habría borrado a México y Perú de su geografía, pese a que Breton se sentara a platicar con un colibrí en una casona multicolor de Coyoacán. Por lo demás, como dijo el clásico, pues qué chingados, que viva el rocanrol.
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