Vampiras: las hijas de la oscuridad

POR Opera Mundi

La vampiresa está estrechamente entrelazada con los excesos sexuales y sociales de las mujeres, por lo que no resulta extraño que haya sido el prototipo de la lesbiana en la represiva atmósfera sexual del siglo 19 europeo, al trasgredir el concepto de conducta “femenina” aceptable

Tienen de brujas y vampiros— para beber la sangre de los elefantes. En Japón, la vampira felina de Nebeshima ataca a la gente y succiona su sangre por los cuellos, en una interesante asociación de los gatos tanto con brujas como con vampiras.
Llama particularmente la atención que, cuando una vampira no es lo bastante madura o sofisticada para despertar el deseuna larga historia… Desde el principio de los tiempos fueron la representación de las mujeres “malas”. No sólo las criaturas sobrenaturales que salen de noche en busca de sangre, sino que, de acuerdo con el Random House Dictionary, son también mujeres que “inescrupulosamente explotan, arruinan, o destruyen a los hombres que seducen”.
Las vampiresas primigenias compartían el lado destructivo de las diosas. En el mejor de los casos, como a las diosas, se les asociaba con los ciclos de la vida, muerte y renacimiento. Sin embargo, generalmente se les vincula con la sangre, la muerte y la sexualidad peligrosa. Con el paso del tiempo, tales características se han despojado de su lado divino para convertirse en atributos exclusivos de las vampiresas, ya no de las diosas.
La representación de la diosa como vampira –señala Pam Keesey en la introducción del libro Daughters of Darkness. Lesbian Vampires Stories— está, parcialmente ligada al crecimiento de la influencia judeocristiana en occidente, así como a la visión dicotómica del mundo al que estas creencias estaban esposadas. Las diosas acrisolaban el concepto de maldad de acuerdo con la filosofía judeocristiana: eran femeninas, sexuales, paganas y, por si fuera poco, abrazaban la muerte como parte del ciclo de la vida. Mujeres así no eran unas santas, eran monstruos.
La esposa original de Adán, Lilith, así como la segunda consorte, Eva, son consideradas irrefutablemente las madres de las vampiras de hoy. Lilith y Eva desafiaron a la sociedad patriarcal y, cuando fueron castigadas, se rebelaron, confirmándose así que “La rebelión del vampiro es la rebelión de Satanás, con toda su carga de pecado y su energía desbordante”. También se las ha asociado con la sangre, la sexualidad “excesiva” y, en ocasiones, sobre todo en lo que respecta a Lilith, con el devoramiento de infantes. De acuerdo con el Talmud, Lilith rebatió la autoridad de Adán y lo abandonó. En castigo por sus “pecados”, sus hijos fueron destruidos. Lilith más adelante regresaría –inmortal, no-muerta y vengativa— para asesinar a los hijos de Eva.
En el mismo contexto, Jacobo Siruela, en la antología intitulada simplemente Vampiros, ofrece rasgos adicionales de Lilith: “Figura alada, de cabellos largos y revueltos, cuyo cuerpo desnudo a veces acaba en forma de serpiente; libidinosa con los hombres, suele arrancar los recién nacidos a las madres para beber su sangre, comer su carne y sorber la médula sus huesos”.
En las tradiciones asirias y babilónicas la vampira vaga por la noche en busca de la sangre de adolescentes. En la mitología griega, ella es Lamia, quien procrea hijos con Zeus sólo para que éstos sean asesinados por la celosa Hera; en venganza, Lamia recorre la Tierra matando el mayor número posible de niños.
En el prólogo de la obra citada líneas arriba, Jacobo Siruela añade: “Encontramos monstruos semejantes en la tradición griega: las estriges, hijas de las arpías, espantosas pajarracas ávidas de sangre humana, con los ojos inmensos, pico curvo, garras retorcidas y cuerpo cubierto de plumas blancas; la Lamia, insomne en su acecho y ávida de carne humana; o las empusas, malignas seductoras, de las que Filóstrato nos refiere que acostumbraban comer cuerpos hermosos y jóvenes porque la sangre de éstos es pura.
Existen noticias de vampirismo en casi todas las latitudes y culturas: Babilonia, India, China, Japón, Indonesia”. Por ejemplo, en India las vampiras se hallan en las encrucijadas de los caminos –una locación familiar en las tradiciones o sexual entre sus potenciales presas, tienen que conformarse con la sangre de niños o animales.
Los vampiros de ambos sexos se asocian con la sexualidad desbordante. Así, la vampira es por legado antropológico seductora, una criatura de grandes apetitos. Es irresistible para hombres y mujeres. Está estrechamente entrelazada con los excesos sexuales y sociales de las mujeres, por lo que no resulta extraño que la vampira haya sido el prototipo de la lesbiana en la represiva atmósfera sexual del siglo 19 europeo. La vampira es aquella que trasgrede el concepto de conducta “femenina” aceptable.
Amenazas morales
La aparición de la vampira lesbiana en la literatura romántica inglesa del siglo 19 condena claramente el amor homosexual entre mujeres, tal como lo ilustra el poema Christabel de Samuel Taylor Coleridge, publicado en 1817, donde la virtuosa Christabel es víctima de las pasiones de su compañera de juegos, Geraldine, una vampira cuya mayor amenaza es representada por su ataque frontal a los valores establecidos decimonónicos victorianos.
Están también La muerte enamorada, de Gautier, un relato fresco delirante donde Clarimonda revive de la muerte gracias al beso de un jovencito sacerdote recién ordenado. De acuerdo con la narración, “la cortesana Clarimonda ha muerto recientemente tras una orgía que duro ocho días y ocho noches. Pálida, semidesnuda, con el pelo suelto, parece haber conservado todos los encantos de su coquetería”.
Para el siglo 19 –afirma Jacobo Siruela— la superstición ha quedado relegada a los confines rurales y en las ciudades el vampiro sólo visitará a los poetas. Es la era que marca el inicio de la belleza maldita. Milton, lord Byron y John Polidori serán los profetas de una época bañada en noches de láudano. Así, si en la primera parte del siglo 19 el amante fatal de las novelas es normalmente un hombre, en la segunda mitad del siglo la mujer tendrá mayor presencia como fuerza simbólica en la imaginación masculina. Atrás quedan las mujeres fatales de Lewis (Matilde), Flaubert (Salambó) y Merimée (Carmen), para ceder el paso la Lamia de Keats y las vampiras de Goethe, Tieck y Hoffmann, pese a que el arquetipo de la vampira no está aún plenamente conformado. “Habrá que aguardar a los cantos baudelerianos para que se configuren las características de la dama fatal, un arquetipo turbio que reúne en sí todas las seducciones, vicios y voluptuosidades, pero contaminadas por la presencia inequívoca de la muerte que, al fin y al cabo, es donde desembocan las pasiones despertadas por el vampiro”.
La historia que marcó todo un hito en el género de la mujer fatal y de los amores lésbico-vampíricos fue Carmilla (1871), del escritor irlandés J. Sheridan Le Fanu. “En Carmilla –señala Leslie Shepard en el prólogo al libro Drácula. Las mejores historias de vampiros— se ha entretejido un tema, curiosamente moderno, de amor lésbico.
Sin embargo la acción se desarrolla dentro de la mejor tradición vampírica: un viejo castillo en la región de Estiria, la tumba del vampiro con un cuerpo bien conservado, y el aterrorizador acto final con una estaca de hierro, decapitación y cremación del cuerpo. LeFanu era todo un maestro en historias fantasmales –misterioso recluso de Marrion Square, Dublín, en la Irlanda decimonónica— y se le conocía como el “príncipe invisible”. Hombre obsesionado por extrañas pesadillas, escribía a altas horas de la noche y bebía interminables tazas de té, al igual que el personaje de su cuento Green Tea. Bram Stoker, también dublinés, lo leyó cuando sólo era un joven reportero, y habría de tenerla presente por espacio de 25 años antes de incluir el tema vampírico en su obra maestra, Drácula”.
La vampirización de Carmilla sobre Laura, la heroína de la historia, es un verdadero cuento de seducción que se expresa sobre todo mediante imágenes oníricas. La naturaleza sexual de los sueños abandona paulatinamente sus propias fronteras para asentarse en la realidad. Cuando Carmilla finalmente entra a la habitación de Laura lo hace en forma de gato, el cual muerde a su víctima, succionándole la sangre, no de la garganta, sino de las venas de los senos. Está por demás apuntar que el erotismo de esta escena escandalizó a la audiencia victoriana. No fue sino hasta la producción de cintas de porno suave con temas vampíricos de los sesenta y setenta que los elementos sexuales de Carmilla fueron francamente expuestos.
El hijo del dragón
La imagen moderna del vampiro ha sido innegablemente delineada por el personaje creado por Bram Stoker, el cual fue personificado por actores legendarios como Bela Lugosi y Christopher Lee. A su vez, el Drácula de Stroker se basa en un príncipe rumano llamado Vlad Tepes, quien fue héroe de su país en la guerra contra turcos.
Vlad Tepes nació en 1430 o 1431. Su padre, también llamado Vlad, fue condecorado con la Orden del Dragón por el rey de Hungría merced a su “valor en la batalla” contra los turcos. Draco en latín significa dragón. Vlad el Viejo llegó a ser conocido como Vlad el Dragón, o Vlad Dracul. Drácula es el diminutivo de Dracul, y Vlad el Joven ganaría el nombre de Vlad Drácula. Este último también fue llamado Vlad el Empalador, en referencia a su forma favorita de tortura y ejecución, que consistía en empalar gente en grandes estacas. Vlad Tepes utilizó su ejército para hacer retroceder a las tropas turcas y así impedir la expansión del imperio otomano por Europa. Después de que los turcos fueron ahuyentados, Drácula continúo empalando a la población local en grandes números como método de asegurar la ley y el orden. Fue retirado de su trono por el rey de Hungría y murió en circunstancias misteriosas alrededor de 1476.
Aunque el vampiro de Stoker lleva el nombre de Drácula, existen razones para creer que la trama del escritor irlandés se basó en la vida de la “condesa sangrienta”, Elizabetha Bathory, una noble húngara del siglo 16 llevada a juicio bajo los cargos de tortura y asesinato de entre 150 y 600 jóvenes mujeres y hombres.
En Drácula Was a Woman: In Search of the Blood Countess of Transilvana (Drácula fue mujer: en busca de la condesa sangrienta de Transilvania), Raymond McNally, profesor de Estudios Rusos y de Europa del Este, además de ser especialista en la leyenda de Drácula en el Boston College, subraya los motivos para creer que el conde Drácula literario está basado en la figura histórica de la condesa Bathory:
“Después de haber escrito cuatro libros en torno al Drácula histórico, el novelado y el vampirismo, estaba razonablemente seguro de haber tenido éxito en la exploración temática del conde Drácula. Sin embargo, continué encantado por varias preguntas sin resolver: no existían asociaciones entre el histórico Vlad Tepes, conocido como “El Empalador”, y el acto de beber sangre en ninguno de los documentos del folklore rumano, tal como lo apuntó Bram Stoker, autor de la novela Drácula. El Drácula histórico, sobre el que Stoker sabía bastante, fue un príncipe, ¿por qué entonces, Stoker lo presentó sólo como un conde? Vlad Tepes era rumano, no húngaro, como se apunta en la novela, ¿por qué el conde Drácula es retratado como un miembro de la antigua Hungría que lleva en sus venas sangre de Atila el Huno? ¿De dónde extrajo Stoker la idea de presentar al conde como un joven después de beber sangre humana, una noción no prevaleciente en el folklore rumano? Además hay una gran carga de erotismo en la novela, aunque poco en la vida del Vlad Tepes histórico, ¿de dónde provino ese erotismo?”
La respuesta a sus interrogantes, McNally la guía por los senderos recorridos por Elizabeth Bathory, que fue un personaje con características tan interesantes como terroríficas. Los registros de su juicio confirman que la condesa y sus cómplices asesinaron un extraordinario número de mujeres jóvenes después de haberlas torturado, aduciendo que los crímenes poseían un cierto placer erótico. Al término del juicio, los cómplices fueron ejecutados y Bathory pasó el resto de sus días en prisión. Murió, sin mostrar signos de remordimiento, en 1615.
Las referencias frecuentes a las preferencias sexuales de Bathory han contribuido a crear de ésta una imagen de vampira lesbiana. Su tía Ana Klara –también una reconocida lesbiana— y Elizabeth gustaban de “vestir ropa de hombre y jugar juegos de varones”. Asimismo, durante el juicio realizado el 7 de enero de 1611 dos testigos afirmaron que sobrevivió a las torturas y declaró que “mucha de la sangre drenada era transportada por la misma condesa, ayudada por dos mujeres vestidas de hombre”.
La obsesión por la tortura, dolor y muerte en la condesa Bathory ha sido transformada por la poeta argentina Alejandra Pizarnik en una colección de viñetas intitulada La condesa sangrienta (1917), una historia que deja al lector con un sentimiento de temor. Aunque la obra no es propiamente un cuento de vampiros, incluye algunos de los temas de éstos: obsesión por la sangre, lujuria y sexualidad. La misma Pizarnik estuvo asociada con el lesbianismo tanto en su vida personal como en su poesía, aunque nunca lo hizo público. Se suicidó en 1972 y La condesa sangrienta se convirtió en un libro clásico subterráneo de Argentina.
Época de oro
Lo mismo Carmilla que la condesa Bathory han inspirado un subgénero propio. Lo que podría llamarse la época dorada del cine de vampiras lésbicas ocurrió a principios de los setenta del siglo pasado. Más de una veintena de películas de vampiros con temas lésbicos fue realizada por una variedad de estudios internacionales e independientes tan sólo entre 1970 y 1974. Los personajes vampiro– lésbicos en la Countess Drácula (Condesa Drácula), Daughters of Darkness (Hijas de la noche) y The Night of the Walpurgis (La noche de Valpurgis) fueron rodadas basándose en Elizabeth Bathory, mientras que Carmilla fue el pilar de la trilogía lésbico-vampírica de los Hammer Studios (conocida como La Trilogía Karnstein), que incluye Vampire Lovers (Amantes vampiras), Lust for a Vampire (Lujuria por un vampiro) y Twins of Evil (Gemelas del mal).
Aunque las lesbianas han llevado los papeles centrales en las cintas anteriormente mencionadas, aquellas han sido presentadas bajo una luz poco positiva. En forma general, dichas vampiras reforzaron los estereotipos antimujeres y antilésbicos.
Con el crecimiento del mercado de la literatura lésbica, muchas lesbianas se dieron a la tarea de reinterpretar las historias de vampiros tradicionales. No obstante que se ha incrementado la escritura y publicación de historias lésbico-vampíricas es todavía difícil hallar tales obras en los flujos principales del mercado editorial, algo que resulta una pena ya que, desde la novela de Bram Stoker, las insinuaciones lésbicas han estado presentes en la mitología de los seres de la noche y la han enriquecido.