Charles Whitman: cartas desde la trinchera

POR José Luis Durán King

Antes de iniciar su cacería desde la torre de la Universidad de Texas, Charles Whitman –el mejor francotirador de su generación como marine— escribió unas cartas en las que intentó explicar los motivos de su lobo interior

El domingo 31 de julio de 1966, Charles Joseph Whitman decidió escribir una carta destinada a ser leída después de su muerte.

Eran las 6:45 de la tarde.
“No puedo comprender del todo lo que me empuja a escribir esta carta. Quizá es para dejar una vaga razón de las acciones que he llevado a cabo recientemente. En verdad, no me he entendido en estos días. Se supone que soy un joven promedio, razonable e inteligente. Sin embargo, últimamente (no puedo recordar cuándo comenzó esto) he sido víctima de muchos pensamientos inusuales e irracionales. (…) En marzo, cuando mis padres acordaron un receso físico, consulté a un doctor Cochrum en el centro de salud de la universidad y le pedí que me recomendara a alguien con quien yo pudiera hablar acerca de algunos desórdenes psiquiátricos que sentía. Conversé con el doctor alrededor de dos horas y traté de convencerlo de los temores que siento, que se están convirtiendo en impulsos violentos. Nunca volví a verlo y desde entonces he tenido que luchar con mi confusión yo solo. Después de mi muerte deseo que se me haga una autopsia para ver si existe algún desorden físico visible. He tenido algunos dolores de cabeza tremendos y he consumido dos frascos grandes de exedrina en los últimos tres meses.
“Tras pensarlo mucho decidí asesinar a mi esposa, Kathy, anoche, después de pasar por ella a su trabajo, en la compañía telefónica. La quiero mucho y ha sido la esposa que cualquier hombre pudiera desear. No sé si es egoísmo o si no quiero que enfrente la vergüenza que mis acciones seguramente le causarán. La razón principal en mi mente es que no considero este mundo digno de vivirse, y estoy preparado para morir, y no quiero dejar que sufra sola en esto. Intenté matarla con el menor dolor posible.
“Motivos similares provocaron tomar también la vida de mi madre. No creo que la pobre mujer haya disfrutado alguna vez la vida como lo merecía. Fue una joven sencilla que se casó con un hombre posesivo y dominante”.
Para las tres de la mañana del lunes 1 de agosto, Whitman escribió un nuevo mensaje, que empezaba con la frase: “Ambas muertas”. El joven de 25 años acabó, mediante estrangulamiento, con la vida de su madre cerca de las 12 de la noche del domingo. Poco antes de las tres de la mañana, Kathy, la esposa, murió apuñalada mientras dormía. Tras cumplir la primera etapa de su plan, de escribir algunas notas más, Whitman guardó parte de su arsenal y otros artefactos de supervivencia en un salchichón de guerra verde olivo, entre otros: radio de transistores AM/FM, cuaderno de notas, luces de flash de baterías, cuerdas de nailon, martillo, municiones, encendedor, un reloj despertador, binoculares, cantimplora, cuchillos, rifles, cajas de cerillos, comida enlatada, papel de baño, talco desodorante (¿?), antídoto contra mordeduras de serpiente (¿?) y ni un solo frasco de exedrina.
Su padre le había trasmitido la pasión por las armas. En la marina, Whitman había logrado hacer 215 puntos de 250 posibles en los entrenamientos, convirtiéndose en el mejor francotirador de su generación. Si ponía en práctica sus habilidades contra la gente, como se lo proponía, la carnicería estaba garantizada.

Sólo 96 minutos
Después de pasar a Sears a comprar revólveres, rifles con mira telescópica y munición, Whitman entró a las instalaciones de la torre de la Universidad de Texas, en Austin, alrededor de las 11:30 horas del 1 de agosto de 1966. En un “diablo” cargaba sus pertrechos. Abordó el elevador. Nadie le prestó atención. Al llegar al piso 28, una recepcionista le preguntó a dónde iba, extrañada porque en una mano Whitman sujetaba un rifle, éste descargó un culetazo que fracturó el cráneo de la mujer, quien minutos después falleció. Una pareja bajaba por las escaleras. Whitman la saludó amablemente. No tuvieron la misma suerte otras cuatro personas que también se dirigían al observatorio de la torre. El hombre les disparó a quemarropa. Dos murieron al instante, mientras que los otros dos quedaron inválidos por el resto de sus días.
Aproximadamente a las 11:48 horas, Whitman realizó sus primeros disparos. A 300 metros entre el cielo y la tierra, los mensajes mortales de un marine enloquecido, pero pleno en sus habilidades de francotirador, hacán blanco en lo que capturaba su mira telescópica. Fueron 13 muertos entre estudiantes y maestros de la Universidad de Texas, además de civiles. Más de 30 heridos saturaron las instalaciones del Hospital Brackenridge. Algunos testigos dijeron que, a tres cuadras de distancia del epicentro de ese terremoto con nombre y apellido, los disparos no se escuchaban. Varias personas murieron sin saber qué los agredió.
La furia de Whitman duró 96 minutos. Las autoridades enviaron un aeroplano para combatir al agresor. Pero había demasiado viento para que el piloto pudiera hacer algo más que salir en las filmaciones de la época. Fueron tres hombres –los policías Ramiro Martínez y Houston McCoy, además del civil Allan Crum— los que terminaron con la pesadilla y la vida de Whitman.
Las cartas de Charles Whitman evidencian un hombre torturado, profundamente afectado en su equilibrio emocional. La autopsia determinó un tumor cerebral, pero nadie se ha atrevido a concluir si esa condición fue determinante para detonar la conducta violenta del individuo. De haber sobrevivido su propia guerra, Charles Whitman seguramente no habría pisado la cárcel. Su deterioro psicológico le habría garantizado una estancia perenne en el hospital.