CONTRA BABEL: un universo desprovisto de berreras lingüísticas

POR José Luis Durán King

En más de 2 mil años de cristianismo, muchos han sido los esfuerzos por reconquistar un lenguaje único que, de acuerdo con La Biblia, fue despojado de los seres humanos en el amanecer de su existencia

Uno de los intentos más importantes por lograr un idioma mundial ha sido el movimiento del Esperanto, que se ha esforzado al máximo por atraer discípulos a sus filas con la imagen de un mundo desprovisto de barreras lingüísticas. El Esperanto es, de hecho, el líder de los lenguajes artificiales gracias a su simplicidad, pues posee sólo 16 reglas gramaticales, carece de verbos irregulares y sus palabras se pronuncian tal como se escriben. Asimismo, su vocabulario es fácil de aprender, especialmente si la persona habla alguna de las lenguas europeas, de donde precisamente proviene el Esperanto. Se estima que el número de hablantes de Esperanto en el planeta podría ir de 50 mil a 10 millones, aunque un millón parece ser una cifra razonable, es decir, casi tantos como los que hablan el estoniano.
Con aguda visión, el Esperanto fue propuesto por primera vez en 1887 por el oftalmólogo polaco L.L. Zamenhof. Por crecer en la políglota Varsovia –en ese entonces aún bajo el dominio ruso—, Zamenhof vio la necesidad de una lengua común de alcances mundiales. Siendo un joven publicó su propuesta bajo el seudónimo “Doktoro Esperanto”, un término que significaba, de acuerdo con su invención, “alguien que desea”. El lenguaje ganó rápidamente más adeptos de los esperados. Entre éstos estuvo el escritor ruso León Tolstoi, quien lo citó en uno de sus artículos, provocando sospechas en el zar en turno, por considerarlo un código sedicioso. Dicha acusación sería la primera pero no la última. Hitler, por ejemplo, menospreció el Esperanto –quizá porque Zamenhof era judío— y preparó una ofensiva especial para anularlo.
Juegos de guerra
El Esperanto siempre ha gozado de enormes simpatías en Europa, donde docenas de dialectos comparten fronteras cercanas. En el continente americano su aplicación se ha utilizado sobre todo en los juegos de guerra; de hecho, cuando tuvieron lugar las batallas europeas, el ejército estadounidense designó al Esperanto como el lenguaje oficial de las fuerzas aliadas.
Alrededor del mundo actualmente se hablan aproximadamente 5 mil lenguajes diferentes. No obstante, para algunas personas esta cifra es insuficiente y continúan inventando más. Esta tendencia lingüística forma parte de una gran tradición. Empezando por la Lingua Ignota –confeccionada por la abadesa Hildegard en el siglo 12—, la gente ha creado más de 700 lenguajes artificiales o planeados. Un objetivo recurrente en estos proyectos es servir de contrapeso a los excesos eternos de lenguajes mediante la creación de una moderna Lingua Franca, como el latín lo fue en el medioevo (y lo sigue siendo al interior del Vaticano que, dicho sea de paso, aún no abandona su propio oscurantismo), como el francés lo fue en los círculos diplomáticos y como el Esperanto lo aspira a ser en algún momento. En el siglo 19 el deseo por una lengua internacional fue tan impetuoso que cientos de miles aprendieron el Volapük, que era esencialmente un revoltijo del alemán. Sin embargo, cuando el Esperanto hizo acto de presencia en 1887 casi todos los volapükistas dieron lo que en la nomenclatura política mexicana se conoce como “chaquetazo”, es decir, cambiaron de partido.
Las motivaciones primarias en la creación de lenguajes tienen algo de milenaristas, o sea, regresar a una época de oro en la que la humanidad era aparentemente perfecta. En el caso que nos ocupa, el deseo se limita a recrear el discurso de ur, el lenguaje en boga antes de que la ira de Dios destruyera la Torre de Babel. Ramón Llull (1232-1316) luchó por la perfección del lenguaje, convencido de que serviría como herramienta para los misioneros cristianos. Consistente en cuatro figuras y nueve letras, su Ars Magna estaba sobre todo provista más de estratagemas para generar sentencias teológicas que de conceptos para hablar un dialecto (bk, por ejemplo, significa “la bondad es gloriosa”). Para fines meramente anecdóticos, apuntamos que Lull murió intentando vanamente convencer a los infieles sarracenos de las virtudes de su invención.
Emblemas de identidad
Muchos lingüistas han propuesto regresar al latín, aunque sea en una versión corregida y aumentada: el Latino Sine Flexione, más adelante conocido como el Interlingua (no confundir con la academia comercial de enseñanza del inglés), que eliminó conjugaciones y declinaciones. De hecho, el Vaticano continúa trabajando meticulosamente para incorporar al latín términos de objetos modernos. Una encíclica reciente denominó la palabra videocaset como sonorarum visualiumque taeniarum cistellulae.
En el proceso de esta creatividad inagotable se ha hecho evidente la carencia de un acuerdo mutuo acerca de los rituales de vocalización. Lo que sí resulta innegable es que los lenguajes llegan a ser emblemas de identidad nacional o étnica, de identificación personal o de grupo, así como de habilidad tecnológica. Por ejemplo, y haciendo el orgullo a un lado, los japoneses tienen razones de sobra para que el inglés sea el idioma estándar en Internet. Así el lenguaje puede ser un símbolo de beneficios y poder. El inglés llegó a ser el lenguaje dominante en India no porque los sikhs estuvieran locos por la dramaturgia de Shakespeare sino a causa de los músculos fuertes del imperio británico.
Palabras artificiales
Por su parte, la extraña progenie de los escritores ha inventado ocasionalmente sus propios lenguajes artificiales para investir su obra de ficción. Anthony Burgess acuñó el Nadsat, el lenguaje de los yobbos en Naranja mecánica, una cruza de inglés, ruso, malayo, holandés, gitano, francés y, por supuesto, cockney. Burgess también se inventó el vocabulario de gruñidos para la película La guerra del fuego. Para su trilogía Native Tongue, la autora de ciencia ficción y profesora de lingüística, Suzette Haden Elgin, creó un lenguaje de mujeres, el Láadan, que revertía las influencias genéricas del inglés. Para El señor de los anillos, J.R.R. Tolkien empleó media docena de lenguajes mayores de su propia invención; las lenguas de los dwarves y los ents aparecen sólo en pequeñas partes, pero la filología de los elves es altamente desarrollada por Tolkien, al grado de crear poemas épicos y canciones en elvish. Tolkien fue todavía más lejos al inventar una lengua antigua, el westron, el cual competiría paralelamente con el inglés.
En ocasiones pareciera que la gente saca de la alforja lenguajes artificiales sólo como entretenimiento. En el uni, todos los nombres en singular tienen exactamente tres letras. El monling utiliza exclusivamente palabras de una sola sílaba. El Código Gibson emplea números en vez de letras. Aunque uno de los lenguajes artificiales más sorprendentes fue el solrésol, inventado por FranÇois Soudre en 1827, quien razonó que si la música era un lenguaje universal, entonces las siete notas de la escala musical servían perfectamente para construir bloques de un vocabulario internacional. Las notas sencillas fueron reservadas para las palabras simples (do para “no”, re para “y”), mientras que las notas dobles para los pronombres, las triples para palabras cotidianas (do-re-la para “año”).
Durante el siglo 17, la búsqueda de un lenguaje perfecto adquirió aromas científicos: lingüistas amateurs rastrearon el medio ideal para traer la marcha del progreso al hombre común e imponer orden en los irregulares lenguajes europeos. Francis Bacon sugirió que las ideas podían ser clasificadas en un alfabeto que representara nociones fundamentales. En 1629 Descartes propuso un esquema similar basado en índices numéricos. Más cercanamente, en 1960, el matemático holandés Hans Freudenthal se puso a tono con la época: diseñó el Lincos, un lenguaje con aplicaciones específicas: comunicarse con alienígenas de otras galaxias.
Paradójicamente, el lenguaje artificial más divulgado en la actualidad no proviene precisamente de la experiencia humana como tal. Los klingons, los samurais interestelares de Viaje a las estrellas, poseen un lenguaje gutural propio.
La comunicación artificial es algo más que simples códigos. Pese a que la distinción puede tener diversas connotaciones, generalmente un código es un intento para distinguirse de otros lenguajes. Los programas computacionales, por ejemplo, son conocidos como códigos por una buena razón, aunque cumplen con precisión con una de las metas más antiguas de los inventores y diseñadores de lenguajes: son una lengua universal cuya perfección recuerda los días anteriores a Babel.
Los verdaderos creyentes de los lenguajes nuevos y artificiales sostienen su fe en la perspectiva de una lengua internacional promulgada indirectamente por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. En 1876 predijo que –“con la misma certeza de que llegará el día en que alguien viajará por el aire”— arribaríamos al uso de una lengua común internacional.