De literatura fantástica y narcoviolencia

POR Alfredo C. Villeda

La literatura fantástica, escribe François Angelier, es hija no de la Edad Media, sino de nuestros razonables tiempos modernos. Una rebelde sin causa a contracorriente del Siglo de las Luces y, al contrario de los cuentos de hadas, dirigida a un lector escéptico. Lo fantástico, resume Roger Caillois, es un escándalo, un desgarramiento, una irrupción insólita, casi insoportable, en el mundo real; una ruptura de la coherencia universal; una agresión prohibida, amenazante, que arrasa con la estabilidad de un escenario cuyas leyes eran consideradas rigurosas e inmutables.
Con esas características y filo zahirió nuestra realidad la narcoviolencia. La pregunta renace con frecuencia porque el lector no acaba de asimilar el horror cotidiano. Y tiene razón. ¿Por qué la foto de un colgado en Tijuana? ¿Por qué la foto de una carnicería en Guerrero? ¿Por qué la foto de expertos ataviados como astronautas que revisan un tambo con dos sujetos disueltos en ácido, abandonado frente a una reja en la que un vendedor suele instalar su puesto mañanero de tamales?
Algunos argumentan que dar a conocer esos crímenes, resaltar las fotografías en primera plana o simplemente publicarlas es darle voz a los homicidas. Otros rechazan esas imágenes por creer que es amarillismo puro, pulp fiction, para recordar el filme de Quentin Tarantino, El Señor de los Madrazos. Pero hay otros críticos: los técnicos de la información, que desde sus sanitizadas burbujas pontifican sobre el quehacer periodístico, del que si acaso son espectadores, y alegan que el disparo de la violencia es una exageración de la prensa, porque los datos fríos reflejan una disminución.
Con esa lógica Truman Capote no le hubiera entrado al tema del asesinato de una familia en un pueblito llamado Holcomb, en Kansas, donde nació su reportaje novelado A sangre fría (Anagrama); Vicente Leñero hubiera desechado como noticioso el doble homicidio de los Flores Muñoz por el nieto, suceso que dio vida a la obra Asesinato (Plaza y Valdés); la epidemia de la muerte negra no le habría parecido relevante a Daniel Defoe, autor de Diario del año de la peste, o los miles de empalados de Vlad Tepes hubieran pasado inadvertidos para los registros que hicieron posible documentarlos en la obra Los Drácula, de Ralf-Peter Märtin (Tusquets).
Por cotidianos (si bien excepcionales en términos de Historia, porque tuvieron un periodo definido), se pregunta el fusilero, ¿había que dejar de documentar el exterminio nazi de judíos, el genocidio de opositores de Stalin, el maltrato y matanza de negros en la Sudáfrica del apartheid? La narcoviolencia se metió a nuestra realidad y su diversa morfología es noticia. Hace unas semanas apareció un ahorcado en Tijuana, fotografiado por Guillermo Arias, de AP. Una semana después, el propio fotorreportero retrató a otra víctima y, sin duda, esa imagen superó en estética a la primera. Una se fue a portada, la otra no. Déjà vu. La segunda ya no era noticiosa.
Así sucedió con la primera narcomanta, con la primera que aludía al Presidente, con el primer ajusticiamento masivo en La Marquesa, con la primera fusilata en un centro de rehabilitación, con el primer decapitado en Acapulco. El narco, salvo temas de coyuntura, ha dominado la atención de todos los ámbitos. Nadie escapa. Un obispo ha estado en el ojo del huracán al revelar detalles de la residencia de un capo, si bien después se hizo el desententido. Habían pasado meses de aquella foto del tambo con dos sujetos cocinados en ácido, cuando detienen a un hombre que confiesa haber hecho pozole, según el argot delincuencial, a 300 personas. Ahí hay una nota, una historia, y nada tiene que ver el amarillismo ni la apología del delito. Y luego la Mataviejitas. Y el Caníbal que no era caníbal. Y el ejecutor de gays…
Antes limitada a las últimas páginas, al relleno, a la esfera del amarillismo, la información policiaca es ahora, todos los días, de primera plana, y quizá no desde la irrupción del narco, sino a partir de los homicidios de Posadas, de Colosio y de Ruiz Massieu en los años 90. Los reporteros no están ahí por castigo o novatez, como antaño, sino que son especializados, y su trabajo, indispensable para la edición diaria. Por eso, concediendo certeza a las cifras de la burbuja, si antes había menos violencia, periodísticamente no dejaban de resaltar la matanza del río Tula o los torturados en los sótanos de los separos derruidos con el temblor de 1985. Tampoco los crímenes masivos en Acteal o El Charco. Ahí estaban las notas.
La narcoviolencia irrumpió, como lo fantástico en la literatura, de forma tajante, desgarradora, en nuestra realidad. Hay que dejar constancia y documentar los hechos. Si dentro del conocido género violencia hay subgéneros noticiosos, por extraordinarios, por insólitos, por insospechados, los sucesos que le pertenecen deben ser registrados y difundidos. Es tarea de la policía investigar, de los fiscales perseguir los delitos y de los jueces sancionarlos. El de la prensa es informar y su misión es destacar lo novedoso. Aunque se corra el riesgo de llevar un mejor expediente, al menos en términos de número de víctimas, que las propias autoridades. Según el ábaco de este diario, van más de 17 mil… y contando.

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